P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

En aquel tiempo fue enviado por Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. Y habiendo entrado el Ángel a ella, dijo: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres.

En el orden cronológico, el primero de los grandes privilegios concedidos por Dios a la Santísima Virgen María, en atención a su futura Maternidad divina, fue el privilegio singularísimo de su Concepción Inmaculada, misterio que celebramos hoy con gran gozo.

Sabemos que todos los títulos y grandezas de María Inmaculada arrancan del hecho colosal de su Maternidad Divina.

Porque es la Madre de Dios, María es Inmaculada, llena de gracia, Corredentora de la humanidad, fue asunta en cuerpo y alma al Cielo para ser allí la Reina de cielos y tierra y la Mediadora universal de todas las gracias, etc.

La Maternidad Divina la coloca a tal altura, tan por encima de todas las criaturas, que Santo Tomas de Aquino, tan sobrio y discreto en sus apreciaciones, no duda en calificar su dignidad de, en cierto modo, infinita.

Y su gran comentarista, el cardenal Cayetano, dice que María, por su Maternidad Divina, alcanza los límites de la divinidad.

Entre todas las criaturas, es María, sin duda ninguna, la que tiene mayor afinidad con Dios. Y es porque María, en virtud de su Maternidad Divina, entra a formar parte del orden hipostático, es un elemento indispensable —en la actual economía de la divina Providencia— para la Encarnación del Verbo y la Redención del género humano.

Ahora bien: como dicen los teólogos, el orden hipostático supera inmensamente al de la gracia y la gloria, como este último supera inmensamente al de la naturaleza humana y angélica.

La Maternidad Divina está por encima de la filiación adoptiva de la gracia, ya que esta no establece más que un parentesco espiritual con Dios, mientras que la Maternidad Divina de María establece un parentesco de naturaleza, una relación de consanguinidad con Jesucristo y una, por decirlo así, especie de afinidad con toda la Santísima Trinidad.

La maternidad divina, que termina en la persona increada del Verbo hecho carne, supera, pues, por su fin, de una manera infinita, a la gracia y la gloria de todos los elegidos y a la plenitud de gracia y de gloria recibida por la misma Virgen María.

Y, con mayor razón, supera a todas las gracias gratis dadas o carismas, como son la profecía, el conocimiento de los secretos de los corazones, el don de milagros o de lenguas, etc., porque todos son inferiores a la gracia santificante, como enseña Santo Tomas.

De este hecho colosal— María Madre del Dios redentor— arranca el llamado principio del consorcio, en virtud del cual Jesucristo asoció íntimamente a su divina Madre a toda su misión redentora y santificadora.

Por eso, todo lo que Él nos mereció con mérito de rigurosa justicia, nos lo mereció también María, aunque con distinta clase de mérito.

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Habiendo, pues, decretado la Encarnación Redentora, la Santísima Trinidad, entre innumerables mujeres que vio en su eternidad, puso los ojos graciosamente en la Virgen María, y la escogió para ser Madre del Verbo divino encarnado y su Cooperadora en la redención del mundo; Madre y Abogada de los hombres.

Esta elección, como dicen los Santos Padres, fue la raíz de las otras grandezas de esta Señora, y de ello tuvo siempre grande estima y agradecimiento, viendo que había sido de pura gracia, y sin merecimientos suyos.

En su eternidad, escogiendo a esta Señora para ser Madre suya, juntamente la escogió para ser vaso excelentísimo de su misericordia, en quien depositase todas las grandezas de gracia y gloria que convenía a Madre de tal Hijo, y, por consiguiente, las mayores que se concediesen a una pura criatura.

Fue escogida para ser santa con todos los grados de santidad y en todo género de gracias y virtudes que se habían de dar a las demás criaturas, y con muy mayor excelencia que a ella.

Porque, como dice San Jerónimo, las gracias que están repartidas entre los otros Santos, todas juntas con gran plenitud se dieron a María, porque había de nacer de Ella el Autor de todas las gracias, Cristo Jesús; el cual, como es Santo de los Santos, quiso santificar a la que había de ser su Tabernáculo, para que, entre las puras criaturas, fuese como Santa de las Santas superior a todas en la santidad.

Fue escogida para ser pura y sin mancilla, con todos los grados de pureza que se podían hallar en pura criatura, sin que tuviese mancha de culpa ni rastro de ella.

Porque, como dice San Anselmo, convenía que la Virgen resplandeciese con tal pureza, que, después de Dios, no la hubiese mayor, por cuanto había de ser Madre del que es la misma pureza; el cual, como en cuanto Dios tiene un Padre puro y limpio de todo pecado por su divina esencia, así en cuanto hombre quería tener una Madre pura y limpia con semejante pureza, por especial gracia, para que la Madre de la tierra se pareciese al Padre del Cielo.

Fue escogida para ser santa y sin mácula en la presencia de Dios; esto es, para que, con santidad y pureza, no fingida, sino verdadera; no exterior solamente, sino también interior, anduviese en la presencia de Dios como fiel Hija, como también en la presencia de Dios Humanado, sirviéndole como Madre.

Todo lo cual procedió de la infinita caridad con que la Santísima Trinidad la amó sobre todos y la predestinó para tanta gloria. El Padre, porque había de ser Madre de su propio Hijo. El Hijo, porque había de ser su propia Madre. Y el Espíritu Santo, porque había de obrar en Ella la concepción de este Hijo, Dios y hombre verdadero.

Este es el fin de la elección y predestinación de la Virgen, por lo cual hemos de alabar a la Santísima Trinidad y gozarnos de la gloria que de aquí resulta a la que tenemos por Madre.

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Llegado entonces el tiempo en que Dios quería hacerse hombre, para asentar la primera piedra de este edificio creó a la Virgen que había de ser su Madre, y en el mismo instante de su concepción le comunicó excelentísimas gracias y singulares privilegios.

Siendo esto así, nada debe sorprendernos ni extrañarnos en torno a las gracias y privilegios de María Santísima, por grandes y extraordinarios que sean.

El primero de los cuales, en el orden cronológico, es el privilegio singularísimo de su Concepción Inmaculada y de la plenitud de gracia con que fue enriquecida su alma en el primer instante de su ser natural.

En efecto, por gracia y privilegio singularísimo de Dios omnipotente, en atención a los méritos previstos de Jesucristo Redentor, la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción.

He aquí el texto de la declaración dogmática de Pío IX:

“Para honor de la santa e individua Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles”.

Siglos enteros necesitó la pobre razón humana para hallar el modo de concordar la Concepción Inmaculada de María con el dogma de la Redención Universal de Cristo, que afecta a todos los descendientes de Adán, sin excepción alguna para nadie, ni siquiera para la Madre de Dios.

Pero, por fin, se hizo la luz, y la armonía entre los dos dogmas apareció con claridad deslumbradora.

La razón de esto fue porque Cristo Nuestro Señor venía al mundo para redimir a los hombres y librarlos de toda culpa, especialmente de la original; lo cual podía ser en dos maneras: o sacándolos de la culpa después de haber caído en ella, o preservándolos de no caer.

De dos maneras, en efecto, se puede redimir a un cautivo: pagando el precio de su rescate para sacarlo del cautiverio en el que ya ha incurrido (redención liberativa) o pagándolo anticipadamente, impidiéndole con ello caer en el cautiverio (redención preventiva).

Y este segundo modo es mucho más excelente, y en él resplandece más la omnipotencia y misericordia del Redentor; porque, como no hay mayor miseria que la mancha del pecado, así no hay mayor misericordia que preservarnos de ella de modo que ni por un instante nos toque.

Dios omnipotente, previendo desde toda la eternidad los méritos infinitos de Jesucristo Redentor, rescatando al género humano con su Sangre Preciosísima derramada en la Cruz, aceptó anticipadamente el precio de ese rescate y lo aplicó a la Virgen María en forma de redención preventiva, impidiéndole contraer el pecado original que, como criatura humana descendiente de Adán por vía de generación natural, debía contraer, y hubiese contraído de hecho sin ese privilegio preservativo.

De aquí es que, para gloria del Redentor y de su Redención, era muy conveniente usar de esta misericordia con la que había de ser su Madre redimiéndola con el mejor modo de redención que era posible; preservándola de la infamia y miseria de la culpa original en el instante en que había de caer en ella; honrándola y hermoseándola con su gracia para que la Madre fuese semejante al Hijo en la pureza, siendo los dos concebidos sin pecado, Él por derecho, y Ella por privilegio; Él como Redentor del mundo, y Ella como Corredentora, su cooperadora en la obra de Redención.

Con lo cual, la Virgen María recibió de lleno la Redención de Cristo —más que ningún otro redimido— y fue, a la vez, concebida en gracia, sin la menor sombra del pecado original.

Este es el argumento teológico fundamental, recogido en el texto de la Declaración Dogmática de Pío IX.

El pueblo cristiano, que tiene el instinto de la fe, que proviene del mismo Espíritu Santo, y le hace presentir la verdad, aunque no sepa demostrarla, hacía muchos siglos que aceptaba alborozadamente la doctrina de la Concepción Inmaculada de María y no hacía caso cuando los teólogos ponían objeciones y dificultades a la misma.

Por eso aplaudía con entusiasmo y repetía jubiloso los argumentos de conveniencia, que, si no satisfacían del todo a los teólogos, contentaban la piedad de los fieles. Tales eran, por ejemplo:

– Dios pudo hacer inmaculada a su Madre; era conveniente que la hiciera; luego la hizo.

– La Madre de Dios, ¿esclava de Satanás?

– La Reina de los Ángeles, ¿bajo la tiranía del demonio y vencida por él?

– ¿Mediadora de la reconciliación y enemiga de Dios, aunque más no fuese que por un solo instante?

 – Eva, que nos perdió, fue creada en gracia y justicia original, y María, que nos salvó, ¿fue concebida en pecado?

– La Sangre de Jesús, ¿brotando de un manantial manchado?

Todos estos argumentos de conveniencia eran del dominio popular siglos antes de la definición del Dogma de la Inmaculada.

Pero el argumento teológico fundamental es el de la redención preventiva.

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Un segundo privilegio nos enseña que la Santísima Virgen María en el primer instante de su Concepción Inmaculada fue enriquecida con una plenitud inmensa de gracia, superior a la de todos los Ángeles y Bienaventurados juntos; de modo tal que la Virgen Inmaculada comenzó su carrera por donde los Ángeles acabaron la suya, y estando en la tierra tenía más grados de santidad que los que vivían en el Cielo.

Es el aspecto positivo de la Inmaculada Concepción de María, mucho más sublime que la preservación del pecado original, que es su aspecto negativo.

La Bula Ineffabilis Deus, por la que Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, comienza con el siguiente párrafo: “El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar a cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre, impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad, y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su Unigénito Hijo, hecho carne de Ella, naciese en la dichosa plenitud de los tiempos; y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual, tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, libre siempre absolutamente de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios”.

San Lorenzo Justiniano ya lo había explicado: “El Verbo divino amó a la Santísima Virgen María, en el instante mismo de su concepción, más que a todos los ángeles y santos juntos; y como la gracia responde al amor de Dios y es efecto del mismo, a la Virgen se le infundió la gracia con una plenitud inmensa, incomparablemente mayor que la de todos los ángeles y bienaventurados juntos”.

La Virgen Inmaculada fue creciendo continuamente en gracia con todos y cada uno de los actos de su vida terrena, hasta alcanzar al fin de su vida una plenitud inmensa, que rebasa todos los cálculos de la pobre imaginación humana.

Dios ensanchaba continuamente la capacidad receptora del alma de María, de suerte que estaba siempre llena de gracia y, al mismo tiempo, crecía continuamente en ella.

Santo Tomás habla de una triple plenitud de gracia en María.

– Una dispositiva, por la cual se hizo idónea para ser Madre de Cristo; y esta fue la plenitud inicial que recibió en el instante mismo de su primera santificación.

– Otra perfectiva, en el momento mismo de verificarse la encarnación del Verbo en sus purísimas entrañas; momento en el que recibió un aumento inmenso de gracia santificante.

– Y otra final o consumativa, que es la plenitud que posee en la gloria para toda la eternidad.

La plenitud de la gracia de María lleva consigo, naturalmente, la plenitud de las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, así como también de las gracias convenientes a la dignidad excelsa de la Madre de Dios, tales como la ciencia infusa, el don de profecía, etc.

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El tercer privilegio fue confirmarla en gracia con un modo singularísimo, de tal suerte que por todo el tiempo de su vida nunca pecase actualmente, ni por obra, ni por palabra, ni por pensamiento alguno, asistiendo Nuestro Señor con particular providencia con Ella en todas sus obras, para que todas fuesen obras gloriosas y puras, con los tres grados que hay de pureza; esto es, sin mancha de pecado mortal, y sin arruga de pecado venial, y sin imperfección alguna; dejando de lado, no solamente lo malo, sino lo imperfecto y menos bueno, escogiendo siempre lo que tenía por mejor y estampando en cada obra la gloriosa pureza que tiene la Iglesia triunfante.

El Concilio de Trento enseña: “Si alguno dijese que el hombre puede evitar durante toda su vida todos los pecados, aun los veniales, si no es por especial privilegio de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia, sea anatema”.

Santo Tomás expone hermosamente la razón teológica de este privilegio de María en la siguiente forma: “A los que Dios elige para una misión determinada, les prepara y dispone de suerte que la desempeñen idónea y convenientemente. Ahora bien: la Santísima Virgen María fue elegida por Dios para ser Madre del Verbo encarnado y no puede dudarse de que la hizo por su gracia perfectamente idónea para semejante altísima misión. Pero no sería idónea Madre de Dios si alguna vez hubiera pecado, aunque fuera levemente, y ello por tres razones:

– Porque el honor de los padres redunda en los hijos; luego, por contraste y oposición, la ignominia de la Madre hubiera redundado en el Hijo.

– Por su especialísima afinidad con Cristo, que de Ella recibió la carne.

– Porque el Hijo de Dios habitó de un modo singular en el alma de María y en sus mismas entrañas virginales.

Hay que concluir, por consiguiente, que la bienaventurada Virgen no cometió jamás ningún pecado, ni mortal ni venial, para que en ella se cumpliese lo que se lee en el Cantar de los Cantares: “Toda hermosa eres, amada mía, y no hay en ti mancha ninguna”.

Por estas mismas razones hay que decir que la Santísima Virgen María no cometió jamás la menor imperfección moral. Siempre fue fidelísima a las inspiraciones del Espíritu Santo y practicó siempre la virtud con la mayor intensidad que en cada caso podía dar de sí y por puro amor de Dios, o sea con las disposiciones mas perfectas con que puede practicarse la virtud.

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Finalmente, la Santísima Virgen María, desde el primer instante de su Concepción Inmaculada, fue enteramente libre del fomes peccati, o sea de la inclinación al pecado, la raíz, semilla y cebo del pecado, que es la rebeldía de la carne contra el espíritu, y de la sensualidad contra la razón.

Y esto sucedió para que la casa de su alma, con todos sus moradores, que son las potencias, tuviese perpetua paz y concordia, porque había de ser morada del Príncipe de la paz.

La inclinación al pecado es una consecuencia del pecado original, que inficionó a todo el género humano. Pero, como la Virgen María fue enteramente preservada del pecado original, se sigue que estuvo enteramente exenta del fomes, que es su consecuencia natural.

De suerte que esta Señora nunca sintió la guerra interior que todos sentimos y gemimos; porque su carne no codiciaba contra el espíritu, ni el espíritu hallaba dificultad en gobernar a la carne; la ley de los apetitos no contradecía a la ley de la razón, ni la razón tenía trabajo en domar las pasiones de los apetitos; antes con sumo gusto se unían y concordaban en sujetarse a la ley eterna de su Dios.

El dolor y la muerte no afectan para nada al orden moral; y, por otra parte, era conveniente, y en cierto modo necesario, que la Virgen pasara por ellos con el fin de conquistar el título de Corredentora de la humanidad al unir sus dolores y su muerte a los de su divino Hijo, el Redentor del mundo. Por eso, si bien fue enteramente exenta de la inclinación al pecado, no lo fue del dolor y de la muerte.

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Si al finalizar la obra de la Creación, la Sagrada Escritura dice que “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”…, ¡qué satisfacción recibiría la Santísima Trinidad mirando la excelencia de María Inmaculada!

El Padre Eterno se holgaría de tener tal Hija; el Hijo de Dios se alegraría viendo tan bella a la que había de ser su Madre, y el Espíritu Santo se regocijaría en tener tal Esposa, y todos tres entraron en Ella por gracia y moraban en Ella con sumo gozo.

¡Oh Reina de Cielos y tierra!, Te saludamos en el vientre de tu madre con las mismas palabras con que Te saludaría más tarde el Arcángel San Gabriel: “Dios Te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres”, porque en el primer instante de tu concepción hallaste gracia delante de Dios…

¡Ave María Purísima!

¡En gracia concebida!