P. CERIANI: SERMÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Y habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos, y le dijo: ¿Eres Tú el que has de venir o esperamos a otro? Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y anunciad a Juan lo que habéis oído y lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados, y bienaventurado el que no fuere escandalizado en Mí. Después que se marcharon ellos, comenzó Jesús a hablar a las turbas acerca de Juan. ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿A una caña agitada por el viento? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas? Mirad, los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes; pero ¿qué fuisteis a ver? ¿A un Profeta? Aun os digo y más que a un Profeta, porque éste es de quien está escrito: Mira: Yo envío a un ángel mío ante tu rostro, y éste preparará tu camino delante de ti.

El Evangelio de este Segundo Domingo de Adviento pone a nuestra consideración la embajada enviada por San Juan Bautista desde la cárcel a Nuestro Señor.

Mientras Juan estuvo con los suyos, les hablaba continuamente de todo lo relativo al Mesías y les recomendaba la fe en Jesucristo. Cuando estuvo próximo a la muerte, aumentaba su celo, porque no quería dejar a sus discípulos en el más insignificante error ni que estuvieran separados del Ungido, a Quien procuró desde el principio llevar a los suyos.

Ahora bien, el anhelo de un redentor futuro era la esperanza que respondía a la solemne promesa hecha por Dios a nuestros primeros padres en el Paraíso, renovada con reiteración durante la historia del pueblo de Dios, y que se adulteró, como otras tantas verdades primitivas, en los pueblos de la gentilidad.

Incluso en el mismo pueblo judío el concepto del Mesías sufrió lamentables deformaciones.

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Detengámonos un momento sobre este punto.

En Israel, en efecto, al futuro salvador de las naciones se le llamó Mesías, palabra que equivale a Cristo o Ungido.

Como se ungía a los sacerdotes, a los reyes y, a veces, a los profetas, y por ello eran llamados Cristos, como señal de la misión teocrática que debían ejercer en Israel, así debía ser el futuro redentor, el Mesías o Ungido por antonomasia, por cuanto debía recibir la plenitud de la unción, no la unción litúrgica o material, sino lo simbolizado por ella, que no es otra cosa que la efusión sobre el ungido de los dones del Espíritu Santo.

Mesías era, pues, un nombre representativo de todos los títulos que reuniría el futuro redentor. El Mesías, porque debía ser el ungido con la plenitud de todos los dones de Dios, sería el Rey, el Sacerdote, el Profeta, el Doctor del pueblo redimido; sería el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, el Hijo de David, el Enviado, el Admirable, el Padre de la raza futura, el Emmanuel, etc.

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Un hecho insólito en la literatura universal es que en un período de más de mil años tenemos una serie de libros escritos por varios hombres, de diferentes culturas, que desarrollan distintos géneros literarios, y que, no obstante, conservan la más absoluta unidad de pensamiento.

Y dentro de este hecho está aquel otro de una serie de predicciones relativas a un personaje futuro y que definen perfectamente no sólo su carácter personal, sino las circunstancias históricas en que debía aparecer y la obra grandiosa que debía realizar.

Son las profecías mesiánicas, así llamadas por referirse a la persona y a la obra del Mesías.

Ellas jalonan todos los siglos anteriores a Cristo, desde las puertas del Paraíso hasta el mismo momento en que aparece Jesús a la vida pública, señalándole el Bautista, último de los antiguos Profetas, como el Esperado de las naciones.

Estas profecías forman un trazo de luz espléndida, que guía a la humanidad desde el Edén hasta Jesucristo. A través de los vaticinios mesiánicos se ve el pensamiento de Dios, manifestado de diversas formas a los hombres, relativo al que debía ser el Salvador de las naciones.

Aun podríamos decir que el elemento profético relativo al futuro Mesías es en el Antiguo Testamento como el aglutinante y el soporte de los factores heterogéneos que integran los Sagrados Libros: historia, religión, literatura, constitución política del pueblo de Dios, sus relaciones, etc.

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El Mesías es:

– el hijo de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente;

– el Dios que habitará en las tiendas de Sem;

– el descendiente de Abraham, Isaac y Jacob;

– el hijo de Judá, que vendrá al mundo cuando falte el cetro de Israel de la casa de este Patriarca;

– la estrella de Jacob que viera Balaam;

– el Profeta anunciado por Moisés.

La idea del Mesías, que en el período patriarcal pudo aparecer como un simple hombre, se desarrolla y explicita en el período de los reyes en el sentido de que será el mismo Yahvé, Dios, quien revestirá la forma del Mesías.

David le ve de lejos, y le canta con una magnificencia que nadie podrá igualar:

– es el Hijo de Dios: El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendré hoy;

– es el Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec;

– se ofrecerá Él mismo en holocausto a Dios;

– y cosa que parece inverosímil, este Hijo de Dios y Sumo Sacerdote sufrirá los dolores de una pasión atrocísima, que describe el real Profeta como si se hallara presente en el Calvario al pie de la Cruz de Jesús.

Todo el Salterio está impregnado del pensamiento del Mesías y lleno de episodios de su vida futura.

En el período llamado propiamente profético florecen, por espacio de trescientos años, dieciséis profetas, algunos de los cuales viven simultáneamente.

Cada uno de ellos aporta a la obra divina de la descripción del Mesías una serie de rasgos de precisión portentosa:

– su madre será virgen;

– nacerá en Belén, no obstante haber ya nacido del seno del Padre desde toda la eternidad;

– se fija, año por año, el de su nacimiento;

– visitará el templo de Zorobabel;

– será poderoso taumaturgo y, al mismo tiempo el tipo de la dulzura y mansedumbre;

– se cuenta el episodio de su venta y el número de monedas en que se le estima;

– se describen minuciosamente los oprobios de la pasión;

– también el de la gloria de su sepulcro;

– la dilatación de su reino…

Todos estos trazos, y cien otros que podrían añadirse, de tal manera forman, en el pensamiento de Israel, la idea del futuro Mesías, que cuando llegue el Esperado de las naciones no habrá más que proyectar la luz de la profecía sobre Él para reconocerle de manera inconfundible y aclamarle Hijo de Dios e Hijo del hombre.

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Sin embargo, debido a la deformación que los judíos habían hecho de esta noción, Jesús sólo reivindica para sí el título de Mesías en los lugares y ocasiones en que la declaración de su mesianidad no fomente equívocos prejuicios ni ponga en peligro su obra.

Rehúye el título y la consideración de Mesías en los lugares y ante los auditorios en que dominaba el error de un Mesías político que debiese restaurar el antiguo esplendor de Israel.

Pero cuando Jesús ha realizado ya su obra de evangelización y ha puesto los cimientos de su reino espiritual, deja todo reparo y se presenta claramente como Mesías.

Cuando pocos días antes de su última Pascua entra con solemnidad en Jerusalén, y las turbas le reciben como Mesías a los gritos de Hosanna al hijo de David, al ruego de los fariseos que le pedían hiciese callar a sus discípulos, responde Jesús: En verdad os digo que, si callasen éstos, hablarían las piedras.

Y la noche antes de morir, al solemne conjuro del Sumo Sacerdote que le exige, en el nombre de Dios vivo, que diga si es el Cristo Hijo de Dios, responde Jesús: Tú lo has dicho, es decir, sí, lo soy; y añade un rasgo que en la mente de todo judío era inseparable del carácter de Mesías-Dios, a saber, el presentarse un día Él, sentado a la diestra del Dios poderoso, viniendo sobre las nubes del cielo.

Después de su resurrección afirma reiteradamente su carácter de Mesías o Cristo, presentando sus sufrimientos y humillaciones, no sólo compatibles con su carácter de Mesías, sino como una condición esencial de la mesianidad, porque así estaba profetizado de antiguo. Sólo que Israel había desviado la idea del Mesías, tomando de las profecías, y exagerándolas en su sentido temporal, aquellas que fomentaban el espíritu de reivindicación política del pueblo judío.

Por lo tanto, las generaciones sucesivas ya no esperarán, en ningún pueblo, el advenimiento del Mesías, porque no podía venir en otro tiempo que en el de Jesús, ni podía ser otro que Jesús.

Ese Primer Adviento es el que nos preparamos a conmemorar en Navidad, mientras ansiamos y pedimos su Segundo Advenimiento en Gloria y Majestad.

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A la pregunta de los emisarios de San Juan, Jesucristo respondió: Id y anunciad a Juan lo que habéis oído y lo que habéis visto… Es decir, las señales y milagros responden por Mí…

“Id y contad a Juan lo que oís y veis”, como si les dijese: Todo lo que los Profetas han predicho sobre el Mesías prometido, yo lo hago. Veis realizarse los oráculos de los Profetas, en particular, los de Isaías. Las obras que hago dan testimonio y prueban que el Padre me envió. Así pues, juzgad por vosotros mismos, si soy el Cristo anunciado o si debéis esperar a otro.

Destaquemos con cuidado que algunos días antes de su Pasión, mientras Jesús contemplaba Jerusalén y las grandes construcciones del Templo, los Apóstoles le plantearon esta cuestión: ¿Cuál será la señal de tu advenimiento?

En respuesta, al igual que a los discípulos del Bautista, el Señor les indicó los signos precursores, no de su Primera Venida, sino los de su vuelta, su Parusía; y, después de haberles enseñado detenidamente, agregó: Ved que todo os lo tengo predicho… Estad atentos, ved que os lo he anunciado todo con antelación… Cuando estas cosas empiecen a verificarse, erguíos y levantad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra liberación.

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Para mayor consideración, tengamos en cuenta lo que la Liturgia nos enseña por medio de la Epístola de hoy, tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos.

El Apóstol dice allí que todo lo que se ha escrito ha sido para nuestra instrucción; a fin de que por la paciencia y por la consolación que se saca de las Escrituras, conservemos una esperanza firme de ver la verificación de todo lo que se ha predicho.

En las Sagradas Escrituras nos habla el mismo Dios, cuya Palabra es el fundamento inquebrantable de nuestra esperanza, porque está llena de promesas.

San Pablo recalca el valor permanente de la Sagrada Escritura en orden a nuestra instrucción, al infundir en nosotros, con sus enseñanzas, la esperanza de los bienes eternos, dándonos así paciencia y consolación en las pruebas de esta vida.

Ahora bien, como sabemos, las Escrituras hablan de dos venidas de Cristo: de la Primera, que ya ha tenido lugar; y de la Segunda, que se realizará al fin de los tiempos.

San Juan Evangelista expone el misterio de la Encarnación y la trágica incredulidad de Israel, que no lo conoció cuando vino para ser la luz del mundo: Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron … Él vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron.

Esas mismas tinieblas son las que se ciernen sobre el firmamento del fin de los tiempos…

Por eso, entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es la que San Pablo llama la bienaventurada esperanza.

Este término equivale a la manifestación de la gloria de Jesucristo en su Segundo Advenimiento.

Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo de su Hijo.

De ahí que el que ignore las profecías bíblicas fácilmente vive en la ilusión, no percibe el sentido trágico de la vida presente, ni el destino tremendo a que marchan las naciones.

Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser, pues, la que recomienda el mismo Señor: Velad, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón.

Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la segunda Carta a Timoteo.

He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo.

No desear su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa su Parusía, tanto para él mismo, como para nosotros, para nuestra alma y para nuestro cuerpo.

Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él, asemejados a Él, entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera.

No olvidemos, no despreciemos tan consoladora Profecía…, porque todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza.

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Por eso proclamamos lo que está escrito, y anunciamos sus señales.

Conocemos los signos del que ha de venir en su plenitud.

Tenemos las pruebas del verdadero Mesías, que ha de venir manifiestamente de los Cielos…

Huyamos del Mentiroso y de los embaucadores…

Esperemos al Verdadero Señor, que vendrá en gloria y majestad…

Guardemos el depósito acerca de Jesucristo, realizando con decoro buenas obras, para obtener el Reino, manteniéndonos en pie con confianza ante el Juez.

Y cuando se nos plantee o nos planteen el interrogante: ¿Es Jesucristo, el que ha de venir, o esperamos a otro?

Retengamos la respuesta de Jesús: Id y anunciad lo que habéis oído y lo que habéis visto en las Sagradas Escrituras y en la Tradición