MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI – EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capítulo Sexto – CRISTO EN LA HISTORIA – Continuación…

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capítulo Sexto

CRISTO EN LA HISTORIA

Continuación…

3

Jesucristo y los pueblos antiguos

Todo esto es evidente y será admitido por todos.

Pero —se objetará— ¿dónde está Jesucristo en la historia de los otros pueblos? ¿Acaso se mezcla con la superstición de la idolatría, con la obscenidad de las costumbres perversas, con los horrores de la esclavitud, con el surgimiento y la decadencia de los imperios antiguos?

No hay lugar a dudas, responde Fornari. Todos los pueblos de la edad antigua han sido los obreros de la civilización. A través de errores y horrores, han trabajado en el mismo edificio y cada uno continuó el trabajo del otro. Perecían los pueblos, pero quedaba su obra y preparaban el porvenir.

Babilonia y Nínive; Egipto y la China; la India y Persia representan jornadas laboriosas y fecundas de la civilización.

Luego Grecia marca uno de los mayores progresos; el grupo de sus filósofos, especialmente Sócrates, Platón y Aristóteles; la falange de sus historiadores, como Herodoto, Tucídides y Jenofonte; la gloria de sus artistas y la belleza de su Partenón; la multitud de sus poetas, desde Homero y Píndaro hasta Sófocles, Aristófanes y Esquilo, afirman en los siglos el primado del pensamiento.

Y Roma, la dominadora del mundo y la reafirmadora poderosa de la primacía de la acción, todo lo sintetiza. Desde el Apólogo de Menenio Agripa hasta la escritura de las doce tablas, desde las leyes licinias hasta la extensión del derecho romano a toda Italia, desde sus orígenes hasta su desenvolvimiento grandioso y el triunfo de sus águilas y sus Césares que podían afirmar que dominaban el mundo, Roma presenta ese carácter orgánico y unitario.

Horacio, que en el Carmen sæculare volvía los ojos hacia el sol y proclamaba que no podía ver nada más grande que Roma; y Virgilio, que exclamaba con inmortal altivez: «Tu regere imperio populos, Romane, memento» —acuérdate, oh Romano, de que riges con tu imperio a todos los pueblos— no hacen más que expresar en forma poética la misión de Roma, donde desembocan juntas todas las civilizaciones históricas, agigantándose en una síntesis superior. Entonces Julio César reformó el calendario, como si los años se debiesen contar de nuevo; Augusto ordenó el censo del imperio, como se hace inventario de los bienes de un muerto, cuya herencia debe pasar a otros; mientras tanto, en Belén de Judá nacía Jesús.

Transcurrirán pocos años y Roma será la ciudad «onde Cristo é Romano», será la sede del Vicario de Cristo y el centro de la nueva religión. Las águilas serán sustituidas por una Cruz y la fuerza por el amor; se obrará una nueva síntesis según el programa de San Pablo: «Examinadlo todo; lo que hay de bueno, conservadlo»; lo natural no será destruido, sino elevado al orden sobrenatural; todo lo que habían producido las antiguas civilizaciones, servirá como piedra para la novísima basílica dedicada a Cristo.

¿Qué han producido los pueblos antiguos? Nos dieron las artes, las industrias, las comodidades, el lenguaje literario, el arte, la belleza, la filosofía, la literatura, la poesía, el derecho. Han desenvuelto la naturaleza. Pero, también la han deformado. Erigiendo los bienes finitos a la categoría de bienes infinitos, considerando como eterno lo que es caduco, no sólo se precipitaron en la idolatría (que no es otra cosa que una falsa divinización de lo que es humano), sino también en los excesos de la inmoralidad.

Pero, los mismos excesos eran un grito implícito a Cristo que habría levantado la humanidad caída tan hondo; la misma idolatría era una expresión del deseo desesperado de lo divino; el mismo desenvolvimiento de los valores humanos era la preparación de lo que iba a ser una vez sublimado y divinizado por el Hombre-Dios, que como unía en sí las dos naturalezas —la humana y la divina en la unidad de Persona— así debía unir la civilización y la religión, el hombre y Dios, lo natural y lo sobrenatural.

Por esto, no puede ser captado el verdadero significado de las civilizaciones antiguas, sino considerándolo en función del cristianismo, como no pueden ser comprendidas las primeras páginas de un poema en su sentido completo, sino releyéndolas y confrontándolas con las últimas.

El hombre obraba y no sabía que era conducido por Dios; los pensadores de la Hellas disputaban, pero sin conciencia de que trabajaban las piedras para la futura basílica del pensamiento cristiano; las águilas romanas marchaban de triunfo en triunfo, y la sometida Grecia imbuía al vencedor con su cultura: «Græcia capta ferum victorem cepit, et artes intulit agresti Latio».

Pero la gloriosa síntesis resultante no estaba iluminada por el conocimiento de su valor y de su destino final. Y mientras los carros de los triunfadores ascendían hacia el Capitolio, entre las imprecaciones de los vencidos y gritos de la muchedumbre, Cristo avanzaba en la historia. Él se servía de las humillaciones de unos y del orgullo de otros para preparar sus caminos —caminos de paz, de justicia y de amor.

Y en la plenitud de los tiempos —plenitud fijada por Dios— entró en la historia, como centro del pasado y del porvenir, y como vida nueva de la humanidad.

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4

La historia después de la venida de Cristo

Después de la venida de Jesús su figura brilla dominadora, de un modo manifiesto.

En vano la persecución quiere sepultarlo en las catacumbas: Jesús, después de tres siglos de lentas y graduales conquistas, resurge, como había removido la piedra sepulcral, después del tercer día en Jerusalén.

En vano el torrente devastador de los Hunos, de los Godos, de los Vándalos, de los Longobardos y demás bárbaros, desciende amenazante para desarraigar y destruir la planta aún tierna de la Iglesia; Cristo les hace frente, a veces en la persona de su Pontífice los rechaza (como hizo León I con Atila), y siempre los domina, los modifica y con San Remigio dice a Clodoveo: «Incende quod adorasti, adora quod incendisti. —Incendia lo que adoraste; adora lo que incendiaste». Agustín y los cuarenta monjes enviados por Gregorio Magno a Inglaterra, son el Cristo que va, evangeliza y triunfa.

Y a través de largos siglos de evolución, de luchas, de contrastes, la gloria de Cristo brilla y aparece como el verdadero dominador de la historia y el Maestro de la vida.

El Sacro Romano Imperio es un acto de homenaje y de sujeción a Cristo; las Corporaciones medievales, de arte y oficios, las cadenas de la esclavitud rotas, la libertad de los siervos de la gleba, recuerdan el influjo benéfico de la idea cristiana en el campo de la economía; los municipios libres cantan himnos a Jesús; y a la voz de la Roma papal responden París y las Universidades de la Edad Media, las Sumas de Santo Tomás de Aquino, el Itinerarium de San Buenaventura, las bellas catedrales que surgen y se lanzan hacia el cielo como aspiración hacia Él.

Nace Dante en Florencia y crea la Divina Comedia, donde en honor de Cristo se funde la ciencia con la teología, Homero y Virgilio con el Evangelio, el pasado y el presente, las grandes ideas y los grandes hombres. En ningún otro siglo, como en aquél, inaugurado por Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, se comprende mejor que el centro de la historia es Jesucristo.

Es verdad también que se han sucedido algunos siglos, durante los cuales se ha intentado, por todos los medios, destronar a Cristo, para sustituirlo por algún ídolo de preferencia.

Desde el Humanismo y el Renacimiento hasta la Revolución Francesa y desde la diosa Razón hasta la filosofía contemporánea; desde Maquiavelo hasta la política laica de nuestros días; del liberalismo económico al socialismo y la anarquía; desde Boccaccio a Anatole France, es una sucesión de rebeliones en todos los campos, en el artístico, literario, civil, económico, social, científico, filosófico, pedagógico y demás actividades del pensamiento humano.

Pareciera que la obra de toda la historia moderna fuera una renegación de Cristo y una preparación para una nueva civilización anticristiana. Mas siempre sucede lo que aconteció en la antigüedad: el hombre, que se diviniza a sí mismo y erige a la categoría de Absoluto su pequeño yo, por un lado cae en el abismo de desastres individuales y sociales que le indican su error; por otro, desenvuelve, elabora, perfecciona la naturaleza, preparando de ese modo el material que después deberá ser elevado y purificado por el beso de Cristo.

La misma rebelión contra Jesús echa los cimientos de su futura victoria; y en la vida y el pensamiento contemporáneos hay un estremecimiento nuevo, y una nueva orientación. Sentimos que se aproxima la hora de una nueva síntesis, en la que el histórico resultado de verdad, de belleza y de bondad de la época contemporánea, debe encuadrarse en la visión de la vida cristiana, floreciente en la sonrisa de otra primavera.

En todo el mundo, de Francia a Holanda, de Alemania a Inglaterra, de Italia a Dinamarca, una muchedumbre de ilustres convertidos —como dice Giovanni Papini— se siente orgullosa de reconocerse, también hoy, después de cuatrocientos años de usurpación, súbditos, y soldados de Cristo Rey.

Una atmósfera sobrenatural empieza a sustituir los gases asfixiantes de ayer. Ejércitos de almas generosas se agrupan en torno al Pontífice y se cobijan bajo la bandera de la Acción Católica, para apresurar el reinado social de Cristo. Con este programa, se ha abierto y se desenvuelve una Universidad en Milán, que proclamando a Cristo Rey de la historia, ha tomado el nombre del Sagrado Corazón.

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5

Consecuencias prácticas

La conclusión de esta rápida visión histórica se impone por sí misma.

1. Ante todo, debemos reformar nuestra cultura y hacerla verdaderamente cristiana.

Escuelas y libros, oradores y escritores se han conjurado contra Cristo y pretenden borrar su nombre de la historia. Estudiamos el latín (o sea, la civilización romana), o el griego (o sea la civilización griega), la economía política y social, la literatura de los diversos pueblos, la evolución del derecho y otras cosas sin preocuparnos para nada de la relación de todas estas ramas del saber con la idea cristiana.

Si Cristo es el centro de la historia, no debemos tolerar más este método, sino que, a imitación de Contardo Ferrini, quien al margen de un Horacio de su propiedad escribía esta suave invocación: «¡Jesús, Señor!», debemos examinar, pensar y enseñar todas las cosas en función de nuestro cristianismo.

El material es idéntico para nosotros y para los adversarios; pero la diferencia es enorme; pues éstos leen el libro de la historia deteniéndose en la superficie de los hechos y alterando su sentido; mientras que nosotros auscultamos en cada página del gran volumen una palpitación de un Corazón divino, en el que se concentran las diversas corrientes del saber y en el que se esconden todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría». El catecismo —en pocas palabras— exige y reclama hoy una verdadera revolución cultural.

2. Otra consecuencia se relaciona con nuestra vida, esto es, con el modo de avalorar los acontecimientos históricos pasados y presentes, y crear la historia del próximo porvenir.

Si somos cristianos, debemos trabajar por el triunfo de Cristo. El mismo impío —lo repito— coopera contra su voluntad. Pero nosotros, sus hijos, debemos contribuir a ello con conocimiento, con decisión y con amor.

Así como Cristóbal Colón, apenas descubierto el soñado continente, descendió de su carabela y plantó la Cruz en la nueva tierra, así nosotros queremos que se alce y se imponga el signo de la Redención en la historia de mañana.

Y como San Bernardino imponía en todas las casas de Siena el nombre de Jesús, nosotros debemos trabajar, para que mañana se escriba este nombre, con caracteres de oro sobre la pequeña casa de cada corazón, en toda institución civil o social, en toda iniciativa pública o privada, en todos los momentos del porvenir.

Cristo ya no debe ser un Rey recluido en los Tabernáculos, sino un Rey que triunfa en todas partes, en medio del entusiasmo de los pueblos y el canto de los corazones.

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RECAPITULACIÓN

La historia, no obstante los errores y los extravíos de los individuos y de los pueblos, es racional, porque la Providencia divina saca el bien del mal.

Habiendo sido elevado el hombre al estado sobrenatural, es evidente que se hace necesario lo sobrenatural para explicar la historia: el centro, el dominador, la única meta de la historia es Jesucristo.

1. Lo pone de manifiesto, ante todo, el pueblo hebreo, pues todas las vicisitudes y toda la vida de este pueblo, dicen relación al Esperado de las gentes.

2. También las antiguas civilizaciones deben ser consideradas en relación al Cristianismo, ya porque han desenvuelto la naturaleza, preparando lo que debía ser sublimado y divinizado por Cristo, ya también, porque se sintetizan en Roma, que debía ser la sede central de la Iglesia.

3. Después de la venida de Cristo, su figura domina la historia, y, a través de luchas y persecuciones, se impone y vence.

Es necesario, por tanto, reformar nuestra cultura, de suerte que la inspire el pensamiento cristiano.

Es menester asimismo dedicar nuestra vida a apurar el triunfo completo de Cristo. Él debe ser el centro de nuestro pensamiento y de nuestra actividad.