MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Quinto
EL HECHO DE LA CAÍDA
Continuación…
III
EL PECADO
Es notorio que nuestros pecados pueden ser mortales o veniales, según sean transgresiones graves o ligeras de la ley moral; sábese también, que para que haya pecado mortal se requiere: a) materia grave; b) plena advertencia; c) perfecto consentimiento; por último, nadie ignora que sólo el pecado mortal nos quita la gracia santificante, y se llama mortal, precisamente porque da la muerte a nuestras almas privándolas del principio de su vida sobrenatural.
Pero, quizás, no sea igualmente conocida la naturaleza, y por lo mismo, la enormidad de nuestros pecados personales, que es menester distinguirlos del pecado original, ya que no tenemos de este último una responsabilidad personal (tan grande es esta diferencia que un niño que muere sin el bautismo, aunque no alcanza la visión de Dios, no va al infierno).
Para comprender lo que es el pecado, hay que partir del hecho de que Dios, el Ser perfectísimo, ha creado todos los seres, y que estos seres, por su misma naturaleza, tienen entre sí y con Dios ciertas relaciones que constituyen el orden.
El pecado no es otra cosa que la ruptura de este orden querido por Dios.
Así, por ejemplo, la blasfemia es un pecado, porque el orden exige que la creatura adore y alabe al Creador; en cambio, el blasfemo insulta a su Dios.
La impureza y la desobediencia son pecados, porque hieren el orden. Y así puede decirse de toda culpa. Toda culpa es esencialmente desorden.
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1
La gravedad del pecado
Semejante desorden lo podemos considerar bajo tres aspectos:
a) Bajo el aspecto del sujeto, o sea del hombre que rompe la armonía: y aquí tenemos el grado de responsabilidad de la conciencia culpable, y, por consiguiente, la pena íntima del remordimiento, proporcionada a la culpabilidad subjetiva del individuo.
En este sentido es exacto que el vicio lleva consigo su castigo, como la virtud tiene inmanente en sí su premio.
b) Bajo el aspecto de las cosas, o sea del orden trastornado; y aquí surge el problema del mal, cuya solución consiste en que Dios permite el mal (que siempre se funda en algún bien, como quiera que el mal puro sería la nada), porque del desorden que nosotros causamos culpablemente, Él sabe sacar el bien.
Don Rodrigo es culpable induciendo al Innominado a raptar a Lucía, como Nerón es culpable persiguiendo a los cristianos: pero Dios se vale del mal producido por el primero para la conversión del mismo Innominado, y de la sangre derramada por los cristianos para la conversión del mundo.
En otros términos: la Providencia, no obstante el desorden subjetivo —que no quiere en las cosas que gobierna, sino permite— saca siempre el orden.
c) Bajo el aspecto de Dios, ya que, todo el que quebranta el orden querido por Dios, en último análisis se rebela contra el Creador del orden.
Es verdad que un ladrón puede robar, no para ofender a Dios, sino por amor a la riqueza ajena; pero obrando así, como no respeta la voluntad divina, ofende a Dios.
Aun más, cualquier pecado implica la negación de la sujeción a Dios, y casi atenta contra Él mismo, que es orden absoluto. Y todo esto vale, tanto en el orden natural como en el sobrenatural.
¿Cuál es entonces la gravedad de un pecado mortal?
a) Bajo el primer aspecto, el pecado tiene una gravedad finita, ya que nuestra responsabilidad es siempre limitada; nuestro acto es finito.
b) En el segundo caso, la gravedad es indefinida, ya que todo mal cometido puede compararse a una piedrecita lanzada al lago de la sociedad, que produce ondas concéntricas que se van extendiendo más y más.
El efecto de un mal ejemplo no se limita al que lo recibe, sino que ejerce un influjo indefinidamente vasto. Pero también aquí nos hallamos frente a una gravedad limitada.
c) En cambio, bajo el tercer aspecto, la gravedad de un pecado mortal es infinita.
La demostración nos la da SANTO TOMAS, con su habitual claridad. La gravedad de una culpa —nota el gran Doctor— se mide por la dignidad de la persona ofendida.
Así, por ejemplo —este comentario, para salvar equivocaciones, es mío— Bertoldino, estando bajo las armas, cuándo trató de «cretino» a un compañero suyo, simple soldado como él, no fue castigado; cuando repitió la insolencia a su cabo, tuvo diez días de arresto; cuando se lo dijo al sargento, tuvo prisión mayor; y habiéndolo repetido al teniente, al coronel, al general y al rey, fueron los castigos en escala ascendente.
Bertoldino protestaba y razonaba de esta manera: Mi culpa es siempre idéntica; nunca digo más que esta palabra: «cretino». Entonces, ¿por qué esta diversidad de penas y castigos? ¡Esto es una flagrante injusticia!
Siendo, como era, un Bertoldino, no caía en la cuenta de que la gravedad de la ofensa se deduce, sobre todo, de la dignidad de la persona injuriada; y, sin embargo, la cosa es bien clara.
Ahora bien, cuando cometemos un pecado, el ofendido es un Dios, de una dignidad infinita.
Por eso, también la gravedad del pecado es, en cierto modo, infinita.
Y esto, entre otros motivos, explica la eternidad del infierno, pues a una culpa de gravedad infinita, corresponde una pena eterna.
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2
Estado del pecador
De lo dicho, aparece lo trágico de la condición del hombre pecador.
Por un lado, habiendo sido creado por Dios y destinado a ser su hijo, el hombre tiende a Dios; por otro, con el pecado tiene que saldar una deuda de gravedad infinita y ha perdido una gracia que no pertenece al orden natural, sino que supera todas las fuerzas de la naturaleza.
Por consiguiente, el hombre pecador se asemeja a un águila que quiere volar hacia el sol, pero a la que le fueron cortadas las alas.
Santa Catalina, siempre genial, en el Libro de la divina doctrina, trae un pensamiento felicísimo.
Entre el cielo y la tierra, entre el hombre y Dios hay un puente y el pecado lo ha hecho volar. Después de la rotura de este puente por la culpa de Adán en relación a la humanidad, y por culpa de cualquier pecado nuestro mortal en relación a nosotros, somos impotentes para obtener el perdón y volver a unir el cielo con la tierra. Y entonces nos volvemos hacia las cosas creadas para amarlas y poseerlas fuera de Dios y en contra de Dios.
«Estas cosas creadas se asemejan a las aguas que continuamente corren, y el hombre es arrastrado como lo son las aguas. El hombre cree que pasan las cosas creadas que ama; y es él el que continuamente se precipita hacia la muerte. Quisiera detener su propia existencia, y las cosas que ama, pero todo huye», y corre a «la eterna condenación».
¿Debemos entonces desesperarnos? No, que el Señor decía a la Santa:
«De mi Hijo he hecho un puente para que todos vosotros podáis llegar a vuestro fin. Contempla el puente de mi Unigénito Hijo y verás cómo su grandeza se extiende desde el cielo a la tierra, habiendo unido con la grandeza de la Deidad la tierra de vuestra humanidad… Este puente está levantado en alto y no está separado de la tierra. ¿Sabes cuándo fue levantado? Cuando fue levantado sobre el madero de la santísima Cruz, no separándose más la naturaleza divina de la bajeza de la tierra de vuestra humanidad…»
Volvamos ahora la mirada alegre a este puente de vida: a Jesucristo, rey de la historia.
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RECAPITULACIÓN
En la escala de los seres —desde la materia hasta Dios— se encuentran el Ángel y el hombre. La historia tanto de los Ángeles como la del hombre, preséntanos su elevación al estado sobrenatural y su caída.
1. En cuanto a los Ángeles, no todos cayeron. Los rebeldes fueron condenados al infierno y son los demonios, que nos asaltan, con las tentaciones. En cambio los Ángeles, fieles a la prueba, son eternamente bienaventurados en la felicidad sobrenatural y muchos de ellos son nuestros custodios. Debemos rechazar los ataques de los primeros, y en cambio recurrir e invocar a los Ángeles Custodios.
2. También el hombre fue creado, elevado al orden sobrenatural y sometido a una prueba.
Nuestros progenitores representaban a toda la humanidad y tenían tres clases de dones: a) naturales; b) preternaturales; c) sobrenaturales.
Habiéndose rebelado contra Dios, perdieron para sí y para toda su descendencia los dones preternaturales y sobrenaturales. De aquí que nosotros nazcamos con el pecado original, o sea, sin la gracia que debíamos haber tenido. Venimos así al mundo, no con una naturaleza divinizada, sino con una naturaleza caída.
3. La gravedad del pecado de los progenitores y de todo pecado grave, si es finita bajo el aspecto del sujeto y es indefinida con relación a los efectos, resulta infinita con respecto a Dios.
En realidad, la gravedad de una culpa guarda proporción con la dignidad de la persona ofendida; y siendo Dios —esto es, el Infinito— la persona ofendida, es evidente que la gravedad de un pecado mortal es en cierta manera infinita.
Por consiguiente, el hombre caído se hallaba imposibilitado de reparar adecuadamente el mal hecho y sus desastrosas consecuencias, ya que no hay proporción entre sus fuerzas finitas por un lado, y la gravedad del pecado, como también, por otro, el orden sobrenatural perdido.
El Redentor prometido da la solución del problema.
Por esto, el Redentor resulta el centro de la historia.
