MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Quinto
EL HECHO DE LA CAÍDA
Como resulta de nuestra experiencia, del raciocinio y de la revelación, la realidad es semejante a una escalera, que va desde el ínfimo escalón hasta Dios.
Los seres —múltiples y variados— están dispuestos con un orden admirable. Se comienza con la materia inorgánica; de allí se sube a la vida vegetal en la numerosa familia de géneros, de especies, de variedades, de individuos distintos; pásase, luego, al reino animal, también rico y variadísimo; desde allí, se asciende al hombre, el viviente compuesto de alma y de cuerpo, que vegeta y siente, pero también razona; después del hombre tenemos a los Ángeles, que son espíritus puros, sin materia y sin sentidos; finalmente, sobre los Ángeles tenemos al Espíritu perfectísimo, Dios.
Solamente los Ángeles y el hombre, entre los seres de esta escala, podían ser elevados al orden sobrenatural, ya que, si no repugna que Dios pueda elevar a una inteligencia creada a una visión intuitiva y a un correspondiente amor hacia Él, repugna en cambio que una piedra —por ejemplo— pueda ver intuitivamente y amar a Dios. Ante todo, sería necesario que a esta piedra le fuera dada una naturaleza racional; sólo así, semejante naturaleza podría ser elevada a la gracia y a la gloria sobrenatural.
De hecho, la revelación nos enseña que Dios ha elevado a la gloria de la divinización a los Ángeles y a los hombres. Por tanto, estudiaremos la historia de unos y otros.
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I
LOS ÁNGELES
Aunque Dios no estaba obligado a crear a los Ángeles, sin embargo no puede ponerse en duda la conveniencia de estos espíritus, que señalan el paso progresivo, conforme a la ley de la graduación, entre el hombre y Dios.
La Escritura nos atestigua la existencia de estos seres simples, puros, espirituales, incorruptibles por tanto, e inmortales, provistos de inteligencia y de voluntad.
Aparecen a Abrahán, a Jacob, a Josué, a Tobías, a los Profetas y otros. A cada paso los encontramos en el Evangelio: llevan el mensaje a la Virgen, a Zacarías y a José; en la noche de Navidad cantan sobre la gruta «gloria a Dios en las alturas» y auguran «la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»; invitan a los pastores que vayan a Belén; salvan a la Sagrada Familia de la persecución de Herodes; rodean a Jesús después de las tentaciones de Satanás en el desierto; agitan el agua de la piscina probática; consuelan la agonía de Getsemaní; remueven la piedra sepulcral y anuncian al Resucitado.
Con mucha frecuencia comparecen en los Hechos de los Apóstoles. El mismo Jesús nos habla a menudo de ellos. Mientras el Divino Redentor acaricia los rubios rizos de los niños, nos advierte que «sus ángeles ven siempre en el cielo el rostro del Padre».
Y así como la Escritura nos habla de los Ángeles buenos, del mismo modo, nos pone en guardia contra los ángeles rebeldes, los demonios, los cuales, como leones rugientes nos circundan tratando de devorarnos.
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1
Los Ángeles y el orden sobrenatural
Dios había creado a los Ángeles; y no conforme con haberles dado una naturaleza angélica, muy superior a la naturaleza de los demás seres creados que conocemos, los elevó al orden sobrenatural.
Eran también creaturas, y Dios los quiso elevar a la dignidad de hijos. Pero fueron sometidos a una prueba, en la que muchos, guiados por Lucifer, se rebelaron, mientras otros, siguiendo a San Miguel fueron fieles.
Los primeros fueron precipitados al infierno y son los demonios; los segundos son los Ángeles buenos, que gozan de la visión beatífica de Dios.
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2
Nosotros y los Ángeles
No hay que creer que nosotros estemos separados de estas dos clases de espíritus; proviniendo todos los seres de un Ser único, Dios, nada más conveniente que su gran variedad no destruya su unión.
Y así como el espíritu humano está en contacto con la naturaleza y con sus semejantes, y sufre el influjo del mundo que lo rodea, como también el influjo de su propia carne, del mismo modo, puede entrar en comunicación con los Ángeles.
A la verdad ¿qué son muchas tentaciones, sino el influjo de los espíritus rebeldes, a los que el cristiano debe dirigir las palabras de Cristo: «Apártate, Satanás?»
No se puede negar que muchas otras tentaciones provienen de nosotros mismos, de nuestra carne, de las pasiones, y también del mundo que nos rodea; pero es asimismo verdad que el demonio nos tienta a todos nosotros como tentó a Adán en el Edén y a Jesús en el desierto, después de su ayuno de 40 días y de 40 noches.
Nosotros, hijos de Dios, somos un reproche, una condena y un remordimiento para el demonio. Mas ¡ay, cuántos desgraciadamente caen en sus redes y los siguen en la rebelión!
Afortunadamente, también los Ángeles buenos se comunican con nosotros. No solamente aman, adoran y alaban a nuestro Padre, que también es el suyo, sino que por amor al Padre, cuyos mensajeros y ministros son, nos custodian y defienden.
Nunca estamos solos; un Ángel siempre nos acompaña. ¡Sin embargo, nunca, o casi nunca pensamos en ello!
Este espíritu puro nos ama, nos sigue, ruega por nosotros, toma nuestras preces y nuestras obras virtuosas y las ofrece a Dios, nos inspira santos pensamientos, nos asiste aun cuando nos rebelamos contra el Padre, y, como buen hermano y fiel amigo trata de reconducirnos a Él.
Si tenemos conciencia de este hermoso don de Dios, no olvidemos nunca a nuestro Ángel. ¡Es tan bello invocarlo cuando estamos solos en su única compañía! ¡Es tan dulce confiar en su ayuda en el momento del peligro y en los combates del bien! ¡Jamás debiéramos dirigir a nadie una palabra de consejo o de admonición, sin hablar a la vez con su Ángel! A Él —como a un medio seguro— deberíamos recurrir para hablar a Dios.
La Iglesia, en el prefacio de la Misa nos invita a unirnos «a toda la milicia del ejército celestial» y a cantar con los Ángeles el himno del triunfo, diciendo perennemente: «Santo, Santo, Santo, Señor, Dios de los Ejércitos. Llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria. Hosanna en las alturas, ¡Bendito Aquél que viene en el nombre del Señor! Hosanna en las alturas».
Los santos no olvidaron a su Ángel. Descubrimos a los Ángeles junto a las Vírgenes y a los Mártires, en el momento de la lucha. Defienden a Santa Cristina entre los tormentos. A ellos apela Inés cuando responde al Prefecto de Roma que la amenazaba de muerte, que no temía porque tenía consigo a un Ángel, uno de los ministros de su Esposo Jesús, dispuesto a defenderla. Santa Francisca Romana veía siempre junto a sí a su Custodio celeste, la Beata Ángela de Foligno, en su áureo Libro de las visiones y consolaciones Admirables, se goza de la presencia de los Ángeles, los cuales con su aspecto le infundían una plácida y reposada alegría; y San Luis Gonzaga, habiendo sido interrogado por qué al caminar por las calles se mantenía algo separado del muro, respondió: «Para dejar lugar a mi Ángel».
No dejemos a los Ángeles librados a la fantasía de los pintores, que los materializan en nombre del arte o al canto de los poetas que se extasían con su aspecto fulgurante o con su vestimenta de nieve. Imitemos, más bien, a Santa Gema Galgani, que profesaba gran devoción a su Ángel.
Esta Virgen lucense decía: «Jesús no me deja nunca sola, sino que hace que esté siempre conmigo el Ángel Custodio». Y junto con su Ángel gritaba a porfía: «¡Viva Jesús!…» y Jesús se mostraba muy contento. A menudo conversaba con su Ángel de esta manera: «Querido Ángel, ¡cómo te quiero!… Tú me enseñas a ser buena, a conservarme humilde y a complacer a Jesús»; o si no, le daba este dulce encargo: «¡Salúdame a Jesús!»
Dirá algún pedante espíritu fuerte: ¡Éstas son papillas aderezadas para simples!
— ¿Cómo? Me parece, sin embargo, que, si tenemos fe, no podemos descuidar a nuestro Ángel Custodio; debemos —mediante su ayuda— recurrir a Jesús; debemos recitar con mayor atención, pensando en el Ángel bueno que nos acompaña, nuestro Angele Dei: «Ángel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor; a mí que soy vuestro encomendado —por la bondad del Padre común—, alumbradme, regidme y gobernadme».
Si nos asemejásemos al que tiene abiertos los ojos solamente a la luz del día, a las cosas sensibles, y nos pareciese penetrar en una noche obscura cuando la fe nos habla de Ángeles, sería entonces el caso de responder: —No temas, ¡hermano!, las «tinieblas de la fe» son tinieblas fecundas; como sólo a la noche se pueden contemplar los millares y millares de soles, que son las estrellas, así sólo con la fe se pueden descubrir los esplendores del cielo de Dios, nuestros Ángeles.
Mas ¡ay!, el caso es otro. No se piensa, o no se cree en los Ángeles, porque se tienen puestos los ojos en el fango.
Miremos hacia arriba. ¡En las alturas brillan las estrellas!
Continuará…
