DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPÚES DE PENTECOSTÉS
Epístola, del Apóstol San Pablo a los Efesios, VI, 10-17: Hermanos: fortaleceos en el Señor, y en el poder de su virtud. Revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del diablo. Porque no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes, y potestades, contra los tenebrosos rectores de este mundo; contra los espíritus del mal en los cielos. Por lo cual, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y ser perfectos en todo. Tened, pues, ceñidos los lomos con la verdad, y estad vestidos de la coraza de la justicia, y tened los pies calzados con la preparación del Evangelio de la paz; tomad en todo el escudo de la fe, con el cual podáis extinguir todos los dardos encendidos del malvado; y del yelmo de la salud, y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios.
Hoy, 2 de Noviembre, nos encontramos en el Vigesimoprimer Domingo de Pentecostés. La Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos se traslada al día de mañana.
En la Epístola, el Apóstol San Pablo señala que no debe faltar ninguna pieza en la armadura de los miembros de la Iglesia Militante.
Debemos resistir, firmes en la Fe, con la armadura de Dios, ceñidos los lomos con el cinturón de la verdad, revestidos de la coraza de la justicia, calzados con la disposición para propagar el Evangelio de la paz, cubiertos con el escudo de la fe, tocados con el yelmo de la salud y empuñando con la diestra la espada del espíritu.
El cinturón de la Verdad, es decir, de la fidelidad a la fe en Jesús y en su Iglesia, jurada en el Santo Bautismo.
La coraza de la Justicia, es decir, de una vida santa, perfecta.
Los pies calzados con la disposición, con el deseo, con la firme voluntad de vivir constantemente conforme al espíritu de las enseñanzas y del ejemplo del Señor, para de este modo poder anunciar, representar y defender ante el mundo el Evangelio, el verdadero catolicismo.
En la izquierda llevemos el escudo de la Fe en el Señor y de la ciega confianza en su presencia, en su fuerza y en su gracia, las cuales están a nuestra disposición y obran eficazmente en nosotros.
Sobre la cabeza llevemos el yelmo de la salud, la gozosa Esperanza de la salud eterna que nos aguarda.
Con la derecha empuñemos la espada del espíritu, es decir, de la Palabra de Dios.
El Apóstol San Pablo trata, pues, aquí de las armas espirituales que debemos emplear. Las armas con que combatimos no son carnales, sino que son poderosas en Dios para derrocar fortalezas. Con ellas destruimos los proyectos y toda altanería que se engríe contra Dios y su Cristo.
La meditación de este texto nos sirve de transición entre la Fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.
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Debemos tener en cuenta que el único juicio cierto sobre las cosas es el de la eternidad. Verlas desde acá como eternamente se han de ver, es apreciarlas en su debido valor.
Los grandes combates de la Iglesia Católica se han de considerar con la mirada atenta a la eternidad; de lo contrario, se cae en el desaliento. En efecto:
¿Qué es batirse, un día y otro día, por ideales que el mundo juzga irrealizables?
¿Qué es luchar a todas horas por lo que la generalidad de las gentes califica de locura?
¿Qué es remar constantemente contracorriente de las humanas opiniones y de los humanos intereses y puntos de vista, cuando tan fácil y deleitoso es dejarse ir rio abajo con la general corriente avasalladora?
Debemos reconocer que en todo esto tiene razón el mundo, y no la tenemos nosotros, y no la tiene la Iglesia y no la tiene Dios, si el punto de vista de la eternidad no es el único que en todo debe alumbrarnos y conducirnos.
Si la eternidad es verdad, si su punto de vista es el único seguro y verdadero…, los católicos tenemos toda la razón y no la tiene el mundo fantasioso, ni la tienen sus miserables aduladores.
El santo combate por la fe cristiana necesita ante todo soldados firmes y robustos; en segundo lugar, armas de precisión y buen alcance; luego después, destreza y soltura en el manejo de ellas; además de esto, confianza, o mejor, completa seguridad en sus jefes, y por fin, algún linaje de sanción en sus trabajos, o sea premio y castigo que, dada la natural flaqueza, son siempre estímulos del valor, y guarda y garantía de la perfecta disciplina.
Sin estas condiciones no puede darse, en lo divino o en lo humano, ejército capaz de cualquier campaña.
Pues bien, sin la influencia iluminadora y vigorizadora del pensamiento de la eternidad, nada haremos de provecho en cualquiera de nuestras empresas.
Nunca será buen soldado de la verdad quien no se inspire en la idea de lo eterno en todas sus acciones.
Pequeño es y caduco, y por tanto de escaso valor, cuanto puede encerrarse en el estrecho marco de los sesenta o noventa años que a lo más puede durar nuestra vida.
Si, pues, nuestro ideal no ha de extenderse más allá de este reducidísimo horizonte, ciertamente vale muy poco la pena de que se fatigue nadie por él, y mucho menos de que se imponga por él cualquier costoso sacrificio.
Recordemos que somos hijos de Dios, que hemos nacido para el Cielo, que desde el nacer traemos entre manos una empresa grandiosa.
Reflexionemos que esta sublime empresa es servir a Dios, darle gloria, procurar se la den otros y le sirvan, y mediante esto ganarnos para nuestra alma y para muchas otras los gajes de una gloriosa inmortalidad.
Comprendamos que todo lo gana quien de esta manera logra ganarse el Cielo, así como todo lo pierde quien eso no acierta a ganarse; en este asunto, no ganarlo todo, es perderlo todo; no se da en ese campo de operaciones el recurso de una hábil retirada, sino que es preciso o salir de él victorioso y triunfador, o miserablemente vencido y destrozado, pues no se da medio aquí entre la completa victoria y la completa ruina.
Y maravilla de inconsecuencia sería la del que, creyendo todo esto, viva de otra manera… Lo cual, por desgracia, no es raro ni maravilloso, según lo vemos con nuestros propios ojos todos los días…
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Y todo esto tiene una explicación… Y es que el Naturalismo es la epidemia moderna, la negación práctica del concepto de la eternidad.
Pero prescindir de la eternidad, es negarla prácticamente; y son muchos los que de esta manera la niegan. No ven más allá de las fronteras de esta vida.
Y el punto de vista de la eternidad, no sólo es indispensable para dar robustez y firmeza al buen soldado de la fe, sino que lo es de un modo particular para proveerle de bien templadas armas, de fina precisión y seguro alcance.
Consideremos que nuestra empresa es, ante todo, de orden sobrenatural, y por tanto eterna; que los intereses que en este combate se tratan son también sobrenaturales, y por tanto eternos; y que por consiguiente, si en cada cosa han de ser proporcionados los medios a los fines, las principales armas del soldado cristiano en esta su campaña han de ser espirituales, o que con el grave pensamiento de la eternidad resulten perfectamente espiritualizadas.
Con recursos humanos, con artificios humanos, con diplomacias humanas, con humano talento, con humano saber y con humanos prestigios presumimos frecuentemente poder realizar nuestra gran obra que, una de dos, o la tenemos por obra nuestra, o la creemos obra de Dios.
Si la juzgamos obra de Dios, ¿cómo nos atrevemos a prescindir prácticamente de Dios en cosa que reconocemos suya, y que, principalmente apoyados en Él, podemos acometer?
Apretado es el dilema, y no deja salida.
Asombra ver lo que se escribe, oír lo que se expone y argumenta, considerar lo que se proyecta y organiza… Y, sin embargo, a lo aparatoso de los trabajos no corresponde con frecuencia la grandeza de los resultados, pequeños o desproporcionados, y muchas veces nulos.
Esta esterilidad se debe a la falta de vigor interno de que adolecen ciertas obras, vigor interno que sólo pudo darles el pensamiento de la eternidad, vigor interno de que carecen porque aquel pensamiento no las presidió.
A muchos soldados se les ha mojado la pólvora; porque pólvora mojada son TODAS las obras del Naturalismo, por más que en apariencia conserven todavía ciertas sombras de cristianas.
En realidad, son paganismo puro; y no es con armas de esta índole con que se conquista el Reino de Dios.
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Encendamos en nosotros mismos la ardiente fragua donde con el continuo pensamiento de Dios y de la otra vida se forjen y se templen esas armas sobrenaturales que para el diario combate son menester…
El calor de esas ideas eternas nos dará celo por los intereses eternos que ellas simbolizan; nos inspirará abnegación para soportarlo todo por ellos.
Nunca será poderoso en el combate quien no sea un retrato de la fe que profesa y defiende.
No le bastan al soldado buena talla y robustez, ni tiene suficiente con estar provisto de finas y bien templadas armas. Algo más necesita para su oficio… Necesita, además de las armas, soltura y agilidad en el manejo de ellas.
Y, una vez más, el constante pensamiento de la eternidad es el único que puede darle al buen soldado la cualidad moral más indispensable para el oportuno y acertado empleo de sus armas.
Esta cualidad es la serenidad de espíritu en medio de los mayores contratiempos, la fortaleza de corazón en las más duras pruebas, la paz e interior alegría, sean cuales fueren las contrariedades que presente el combate.
Fue realmente en todos tiempos considerada como esencial virtud del soldado esa superioridad de ánimo, sin la cual nada son las armas.
San Bernardo arengaba a los cruzados diciendo que los verdaderos soldados de Cristo han de ir pacíficos a la batalla… Y la Sagrada Escritura destaca que los esforzados Macabeos peleaban con alegría las batallas de Israel…
No deja de parecer antitético eso de que se vaya con corazón de paz al ejercicio de cosa tan opuesta a ella como es la guerra, así como de que se muestre alegría, más bien que fiereza, en los angustiados trances de la batalla.
La antítesis o aparente contradicción, inexplicable en lo humano, se explica muy satisfactoriamente con que el guerrero cristiano sólo atienda en sus combates al gran punto de vista de la eternidad.
Le basta en sus más apremiantes sucesos reflexionar un momento sobre la eternidad para rehacer su espíritu, y enfrentar con sosegado corazón y aun con la sonrisa en los labios a cualesquiera peripecias de su accidentada campaña.
¿Que fracasan los cálculos al parecer más acertados? Terrible es…, pero pertenecen al tiempo que pasa, y no por eso perecen los intereses de la eternidad.
¿Que no responden los resultados con la prontitud con que los desea nuestro anhelo? No apurarse por eso; Dios tiene para sus empresas plazos muy largos, como que es suya la eternidad.
¿Que nos faltan de repente o en lo más crítico de las circunstancias recursos con que contábamos, y sin los cuales, al parecer, no podremos salir de ciertos atolladeros? Cálmense nuestras impaciencias; todo se pasa, y Dios no se muda; una sola cosa importa, y es que deje yo bien asegurados para mi alma los intereses de la eternidad.
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Y si alguno objeta que esta parsimoniosa filosofía es más apropiada para producir espíritus apáticos y remolones con la imperturbabilidad de la excesiva confianza, que provocar generosos arranques, ímpetus briosos del alma hostigada… Debemos hacerle ver que se equivoca…
En efecto, todo lo contrario…
Además de lo transitorio, que vemos desfilar ante nuestros ojos, está lo eterno, que debe ser nuestro primer ideal…
Los hombres y los sucesos humanos son puro accidente en nuestra contienda…
Un trabajo tenaz, constante y decidido se requiere siempre, pero no es de él de quien precisamente depende el éxito, sino de Dios, que se tiene reservado el papel principal…
Todo esto no invita al ocio, ni fomenta la pereza, ni entibia el ardor del corazón, sino que mantiene en él viva y ardiente la esperanza de imperecederas coronas, afianzado con la seguridad de indefectibles victorias.
Dado que el combate es por los intereses de la eternidad, un revés que acá se sufra no es tal revés, es una gloriosa herida que se anota en nuestra hoja de servicios, en los archivos del Cielo; un vacío que la muerte produzca en las filas, no es tal hueco, es un ascenso que se ha dado a uno de nuestros cófrades en el inmortal escalafón.
Considerando todo esto, no se cansa el brazo de luchar, ni el rostro de afrontar la lucha…
Y no sólo esto, sino que la impetuosidad irreflexiva y tal vez pasajera, del que todo lo hace por primeros movimientos, cede ante la convicción serena, ante la resolución madura y meditada, ante el firme e inquebrantable propósito de quien ha tomado por divisa “combatir en la inhóspita trinchera a vencer o morir”, porque está cierto de que, luchando por tal causa, hasta en la muerte halla la más cierta victoria.
¡Cómo se trabaja entonces, y con qué abnegación!
¡Cómo se mira entonces, y con qué segura confianza, la deshecha batalla que brama en torno!
¡Cómo se dan por Dios honra, salud, sangre, vida, hermosa juventud, plácida ancianidad, todo lo que constituye el tesoro de la existencia!
¡Y con qué desinterés! ¡Y con qué regocijo!
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También otra ventaja tiene sobre todos los demás el ejército cristiano que se bate únicamente con los ojos puestos en la eternidad. En efecto, mirada así nuestra campaña, resulta que no hay más jefe en ella que Jesucristo Nuestro Señor. La causa es de Dios, y no se tratan en ella intereses humanos o temporales.
Es de gran aliento servir a las órdenes de un tal Rey y Señor…
Es intrépida campaña la que se hace bajo los pliegues de una bandera como esta…
Los sucesos que a nuestra miope vista aparecen como dolorosos accidentes o lastimosos desastres han de reputarse como victorias…
Claro está que ninguna de estas cosas hay que mirarla aisladamente, sino al revés, considerarla como mero insignificante detalle de un cierto plan general, o, lo que es lo mismo, considerarla desde el gran punto de vista de la eternidad, y puestos los ojos en el eterno Rey que desde muy lejos ha previsto y dispuesto todas las contingencias del plan, y que únicamente para un resultado eterno y de consecuencias y de aplicaciones eternas lo está desarrollando y conduciendo a feliz término.
Dios quiera tuviesen en cuenta estos principios y por ellos se gobernasen todos los católicos de hoy… No darían tanta importancia a personalidades de carne y hueso, cuyo humano prestigio para muchos parece ser todo el secreto y la llave única de su porvenir…
Más frecuentemente levantarían el corazón y consagrarían sus esfuerzos a lo imperecedero, a lo inmortal, a lo eterno, en una palabra, a lo divino, único merecedor de que por él se libren empeñados combates como los que a todas horas anda exigiendo la santa causa de la Verdad.
Lo cual se comprende únicamente cuando se miran las cosas como recomendamos, esto es, desde el gran punto de vista de la eternidad.
Y, desde ese mirador, queda claro que hay Cielo, que hay infierno… Sí, hay Cielo, y éste eterno para el fiel soldado de los buenos combates… Hay infierno, y éste eterno también para el tránsfuga y traidor, y tal vez incluso para el mero cobarde y perezoso…
No son laureles de acá los que promete al buen soldado de su milicia el Rey celestial; ni son temporales castigos con los que amenaza a los que no le sirven como merece…
Si esto de continuo pensásemos y tuviésemos a la vista, muy otro sería el aliento de nuestros corazones, muy otra la serenidad y bravura de nuestras almas, muy otro el empuje nunca desfallecido de nuestros brazos, muy otro el incansable tenor de toda nuestra vida…
No pensaríamos entonces, y menos diríamos, como hoy tan dolorosamente se oye decir: ¿Qué pensará, o qué dirá de mí Fulano de Tal? O ¿qué se juzgará de mí en el grupo de mis amigos? O ¿qué concepto va a formar de tales o cuales actos míos la pública opinión?
Que nos quede a todos muy grabado en la memoria que somos soldados del eterno Rey; a la obra eterna tenemos consagradas nuestras vidas; galardón eterno es el que esperamos, y renunciamos a cualquier otro; amenazas eternas tememos, y ninguna otra de menor cuantía ha de hacernos vacilar.
Este programa completo es el único que puede sacar cristianos completos y el único a que deben atenerse siempre los cristianos cabales…, los soldados de la inhóspita trinchera…
Hermanos: fortaleceos en el Señor, y en el poder de su virtud. Revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del diablo. Porque no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes, y potestades, contra los tenebrosos rectores de este mundo; contra los espíritus del mal en los cielos.

