MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO
Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.
Capítulo Segundo
EL PROBLEMA DE LA VIDA
Se puede descuidar, con razón o sin ella, cualquier problema. Un solo problema, aunque no se quiera, hay a la fuerza que afrontarlo y resolverlo: es el problema de la vida.
Puedo desinteresarme de la cuestión social; puedo decir que ni siquiera quiero pensar en las vicisitudes históricas de China; puedo encogerme de hombros ante las contiendas por el clasicismo o por el romanticismo; puedo proclamar con PASCOLI que mi partido político es el de los hombres sin partido; puedo proferir una insolencia contra todos los filósofos, contra todos los sabios y contra todos los poetas; puedo decir que ni siquiera quiero pensar en estos problemas.
Cometeré una bobería procediendo en tal forma, pero puedo colocarme en semejante posición espiritual y asumir esa actitud. Pero, en cambio, no puedo descuidar el problema de la vida.
Si fuese un escéptico que ríe de todos y de todo, y viviese despreocupado y tomándolo todo en broma, ¿no sería esto una solución del problema?
Si fuese un pesimista, con anteojos negros, muy negros, y terminase disparándome un tiro de revólver ¿acaso no habría resuelto el problema, con ese gesto de locura?
En resumen, el que vive y el que muere, vive y muere de un modo determinado, esto es, nunca evita el mordisco de esta tenaza.
La variedad de las soluciones individuales es indefinida; unos llevan una vida de bruto y otros de santo; éste, con HORACIO, quiere coronarse de rosas porque mañana ha de morir, aquél con GOETHE, quiere gozar del instante fugaz; el uno tiende a realizar en sí el superhombre de NIETZSCHE y el otro se conforma con vivir cómodamente de renta, haciendo una visita diaria a los jardines públicos o jugando una tranquila partida de bochas.
Algunos viven encaramados en el cielo de la cultura; otros prefieren el fango de los charcos. Para unos, el campo de las contiendas políticas es el teatro de carteles sugestivos; para otros, la voz más poderosa es la de la Bolsa, la de los Alpes, los teatros, la agricultura, la oficina y el café.
Un enfermo no sabe a qué remedios recurrir para prolongar pocos días una existencia dolorosa; y un sano termina sus días ingiriendo veneno. Cada uno, a fin de cuentas, resuelve de un modo completamente particular el problema de su existencia.
Sin embargo, prescindiendo de la variedad de los viandantes, cada uno de los cuales marcha con paso propio, podemos distinguir algunas grandes calles que el hombre recorre. Ya las he consignado en un trabajo mío Primeros Rudimentos de Pedagogía. Por lo demás, basta una simple reflexión para convenir en las comprobaciones que iremos haciendo.
***
1
La vida desorganizada
La primera calle que es ancha y muy frecuentada, es la escogida por los que viven su vida en forma atomística.
Nadie se turbe oyendo hablar de «vida atomística». No es una frase difícil sino en apariencia. ¿No estamos acaso en el siglo de las organizaciones? En nuestros días todo se organiza; se organizan los obreros y se organizan los industriales; la Acción Católica es una organización; los partidos políticos son otras tantas organizaciones; los trusts americanos de carbón son organizaciones; casi nada queda sin organizar; la asistencia mediante el socorro mutuo, los ex alumnos de un colegio, el comercio y la venta de papas están organizados; y lo que no está organizado, o lo está de un modo imperfecto, trátase de organizarlo a la perfección. Es la tendencia característica de nuestros tiempos, después de la disgregación de la época individualista.
Acontece sin embargo este hecho extraño; a menudo, los que organizan a los otros y son verdaderos organizadores, no organizan su vida, vale decir, viven en forma atomística, llevando a cabo una acción tras otra, pero sin coordinar la multiplicidad de acciones, en unidad orgánica.
Dos ejemplos traigo a colación en el precitado volumen: el de la bestia y el del charlatán. Me parece que reflejan admirablemente la situación y nos ofrecen de eso una fiel fotografía.
Una bestia duerme, se despierta, come, bebe, trabaja y descansa. ¿Qué diferencia existe con la vida de tantos hombres que vegetan, se fatigan, se divierten y se agitan como brutos animales? Semejantes a un perro, viven el día momento por momento; hoy sucede un incidente, mañana otro; hoy se puede menear la cola, mañana se rabia y se ladra; hoy se lame una mano, mañana se la muerde; pero en esta sucesión de actos no existe un nexo buscado con inteligencia, que unifique los diversos instantes de la vida en acuerdo con un ideal o con un fin determinado; y por este motivo, la vida, dice SHAKESPEARE, resulta semejante a una historia contada por un imbécil: life a tale told by a idiot.
El charlatán es el símbolo más adecuado de la vida atomística. Situado en el centro de una plaza, grita: «Muy señores míos; si queréis tener suerte, escuchad mis palabras. ¿No sabéis que en el planeta Marte existen canales y habitantes? ¿Y por ventura pensáis que el fenómeno fascista puede ser impunemente descuidado? Creedme, señores míos, nada hay más importante que el cultivo de la remolacha y la utilización del abono químico. En este mismo instante, por la Plaza del Duomo de Orvieto transita un hombre con la pipa en la boca, y si alguien se ocupa de política externa, sabe mejor que yo que la cuestión checoeslovaca está muy relacionada con la paz europea.
Dejemos a un lado a Lenín y a los Estados Unidos; ¿pero no os parece, señores míos, que la Municipalidad de Gamboló debiera tener como Intendente al Sr. Checchino? El problema es serio; y hoy los recreos camperos, como las modas femeninas, debieran ocupar la atención nacional, para gloria y prosperidad de la patria. Por lo demás, señores ¿quién puede mezclar en la misma comida arroz a la milanesa, macarrones de Nápoles, papas y porotos, zapallos y pimientos, aceite de castor y un frasquito de Chianti, todo en honor de la ínsula de Creta?»
¡Ah! ¿Os reís? Perdonad mi atrevimiento; ¿pero no seréis, también vosotros, unos charlatanes? El charlatán es charlatán, no porque dice falsedades y boberías, sino porque enuncia pensamientos incoherentes; falta sentido en sus proposiciones; carecen de unidad sus palabras. Y las acciones de vuestra vida ¿no serán también incoherentes, lo mismo que el discurso del charlatán?
Las señoras que mezclan la Misa, el flirt, el baile de beneficencia, las veladas del carnaval, la predicación del brillante conferencista cuaresmal, la moda de andar vestida casi únicamente —como Eva— con su… inocencia y quizá, con todo esto la comunión frecuente ¿qué tienen que envidiar al charlatán?
Los campesinos que madrugan, borbotan sus plegarias y concurren tal vez a la primera Misa de la aurora; que luego van a beber un número edificante de copas, acompañando la libación con una discreta letanía de blasfemias; que después, si es día festivo, visten en las funciones sagradas la divisa de los cofrades del Santísimo Sacramento, juntándose terminada la doctrina con un grupo de amigotes anticlericales donde oyen la explicación de otra doctrina, precisamente poco parecida a la del párroco, y terminan el día, máxime si es la fiesta patronal, con una borrachera solemne… ¿no son semejantes al charlatán?
Ciertas señoritas de buena familia, que frecuentan los Sacramentos, pero tienen intensa pasión por las novelas de Guido da Verona; ciertos jóvenes que pertenecen quizás a óptimas asociaciones, pero que a pesar de proclamarse católicos, disipan cretinamente la flor de la edad y del espíritu con vicios vergonzosos y nefandos ¿acaso no hacen competencia al charlatán?
Toda vida sin la luz de un pensamiento, sin el soplo de unidad de un principio coordinador, con miles y miles de acciones, cada una de las cuales es
Simile a bolla, che da morta gora
pullula un tratto e si risolve in nulla
Como burbuja que en tranquila charca
surge un momento y se resuelve en nada
esa vida es una vida atomística. Puede compararse al cadáver de un náufrago mecido a diestra y siniestra por el vaivén de las olas, hasta ir a dar a las playas de la muerte; ¡y no al piloto que en lo recio de la tempestad sabe gobernar la navecilla con la mano firme puesta en el gobernalle!
En resumen: la característica esencial de una vida atomística, es la carencia de nexo, de unidad y de sentido. Y como jamás daríais el nombre de «libro» a algunas hojas impresas en las que hubiese un montón de palabras privadas de sentido, así no se puede definir como «verdadera vida» la que se ha descrito, y desgraciadamente es la vida de una multitud ilimitada de inconscientes.
***
2
La vida organizada
Hay otra calle frecuentada por la falange de los que viven su vida orgánicamente, esto es, que organizan su actividad de un modo tal, que, como las innumerables letras y palabras de un libro constituyen un solo libro, así la variadísima multiplicidad de sus acciones constituyen un todo unido y coherente.
A primera vista vemos en los que viven orgánicamente, más o menos lo mismo que lo que se observa en los que viven atomísticamente. Pero la diferencia es esencial.
También en un diario se trata de fascismo, de política exterior, de Checoeslovaquia y de Estados Unidos, de la moda femenina, de coles y hasta no faltan indicaciones para la comida del día, y, sin embargo, ¡qué impresión tan diversa la de un diario que presenta las noticias bajo el aspecto que le es propio —hasta el punto que el mismo material en otro diario se nos presenta con otro colorido— de la del charlatán de marras!
El que desea conseguir algo en la vida, debe organizarse a sí mismo; solamente las personas enérgicas, los individuos de carácter, aquéllos que tienen valor de imponerse una norma, que no se dejan arrastrar sino arrastran, que no proceden por inercia o empujados como vagones, sino que quieren ser y son locomotoras, ¡sólo éstos triunfan!
Algunos ejemplos prácticos, escritos en los Primeros Rudimentos de Pedagogía, ilustrarán este pensamiento.
Un hombre vive para los negocios y los pone como centro de su actividad. No vive atomísticamente, sino organiza todos sus actos en función de sus negocios. Se pasea en la sala, mira, ora sonríe, ora vocifera, o riñe a alguno, ya escribe números, ya redacta cartas; pero todo esto está organizado en relación a las ganancias. Entra un viajante, lo acoge afablemente, lo acompaña tal vez al café y lo invita a comer; mas todo ello con un propósito: un contrato de venta o de compra, a breve o largo plazo. Concurre al teatro y habla de negocios; lee el diario y hasta se preocupa de las novedades políticas, pero siempre en relación a sus intereses; va a dormir y piensa en la modificación de una máquina, en la pereza de un empleado, en la conquista de un buen operario; a veces entrega al párroco una suma para la restauración de la iglesia, pero este mismo gesto tiene un fin… económico. En fin, organiza su vida bajo el aspecto de los negocios…
Una mujerzuela del País de Jauja, organiza su vida, y su centro directivo es el juego de lotería. Ella también sigue los acontecimientos políticos, sociales e individuales; reza a sus santos; a veces ayuna; hasta se interesa por los sueños de las comadres del barrio. Pero todo lo refiere al ambo y al terno.
Dígase lo mismo de un artista; de un político que aspira a llegar a la Cámara o a una cartera ministerial; de una niña a la pesca de marido, la cual no dándose descanso hasta que encuentre uno, se vale del vestido, del piano, de la conversación, del baile, de la distinción de modales, de la mirada, de todo, para llegar a la realización de su ensueño.
Dígase lo mismo de una buena madre que quiere gobernar su casa y educar a sus hijos y todo lo encamina a este fin: desde la plegaria al reproche, desde el trabajo de cocina y limpieza, al paseo, al descanso y al sacrificio.
En una palabra, el que levanta sus tiendas en el campo del bien o del mal, ya se trate de un bandido o de un vicioso obsesionado por su pasión, ya de un Cottolengo, o de un don Bosco, vive orgánicamente, posee una idea central que domina su existencia, como un foco al cual convergen todas las luces y del que parten todos los rayos. ¿Y qué otra cosa enseñan la obra de Smiles Querer es Poder, y las grandes fortunas de los millonarios americanos y de cualquier self-made-man que se ha creado su propia vida y situación?
***
3
Las tres organizaciones posibles de la vida
Obsérvese: la de una vida organizada, aun teniendo un principio único inicial, divídese inmediatamente en tres grandes caminos que es menester distinguir claramente y que no pueden ser sino tres. Ya que, conforme lo enseñan los filósofos, sólo pueden concebirse estas tres cosas:
a) el no-yo, o sea las cosas exteriores, la naturaleza y todo lo que no es mi-yo, como las riquezas, la gloria, etc.;
b) el yo, o sea el hombre, su vida íntima, o mejor, su vida interior;
c) Dios, que no puede ser confundido ni con la naturaleza, ni con el hombre, ni con el individuo, ni con las cosas, ni con el sujeto, ni con el objeto.
Por eso no se pueden ni imaginar siquiera otros puntos centrales, otras orientaciones, fuera de las siguientes:
a) se puede organizar la propia vida con un principio exterior, viviendo du dehors, como dicen los franceses, esto es, de lo de afuera;
b) se puede organizar la propia vida con un principio interior, viviendo du dedans, de lo de adentro, esto es, subordinando aun las cosas externas a las exigencias de una vida interior;
c) se puede organizar la propia vida escogiendo a Dios como principio unificador, y subordinándole tanto nuestra actividad externa, como nuestra vida íntima.
No es difícil comprender que los dos primeros caminos son deficientes y que, por lo tanto, es de sumo interés examinar el tercero.
1.— Ante todo, la vida vivida du dehors no basta.
Prescindamos del hecho de las múltiples fallas y de los contrastes que sobrevienen, puesto que es sabido que no todos los aspirantes a la medallita la suelen conquistar o la retienen eternamente, ni todos los artistas llegan a producir una obra maestra. Al lado de un vencedor que celebra su triunfo, hay muchos vencidos. ¡Junto al Capitolio está la roca Tarpeya! No siempre se puede lo que se quiere. Aun las voluntades tenaces y férreas se estrellan, a menudo, contra la dura realidad. ¡Siempre es peligroso limitarse a organizar la vida desde el punto de vista de las cosas externas!
Hay algo peor. Aun en la benigna hipótesis de un éxito sin contrastes e incontrastable, sin peligro de caídas, el corazón humano nunca queda satisfecho.
El que ha escalado una cumbre aspira a otra más elevada; como en una carrera ciclística o automovilística no se dice nunca «basta» en lo referente a velocidad, y el que devoró tantos kilómetros por hora quiere superarse en la próxima ocasión; así en la vertiginosa carrera de las riquezas, de la gloria y del placer, nadie se sacia. Cuanto mayor es el avance, tanto más crece el ansia que impulsa a continuar hacia adelante. Y a veces es más intenso el descontento, mayor el disgusto que produce el sentido de la vanidad de las cosas.
El que tiene experiencia de la vida y no se mece con juvenil ligereza en utópicas fantasías, sabe de la
tristezza atroce de la carne immonda
quando la fiamma del desío nel gelo
del disgusto si spegne;
sabe del descontento del que ha logrado
por le mani audaci e cupide
su ogni dolce cosa tangibile.
La lucha por la vida, esto es, para conquistar fortuna, éxito, títulos bancarios, ¿cómo aparece después de haber triunfado? BLONDEL ha contestado con exactitud: «dos perros que pelean por un montón de basuras en el que nada encuentra el vencedor. Y los desilusionados de este modo, no solamente los que envejecen y mueren en el encanto de las bagatelas, sin ahondar jamás bajo la superficie de los sentidos, sino los mejores, los más probados, los más competentes, los hombres de acción triunfante y de ardiente pensamiento».
Aun cuando se juzgue exageradamente recargadas estas tintas, sobre las cuales, no obstante, existe un acuerdo tan elocuente; aun cuando se pretenda que una persona goza, se sacia y es feliz en su triunfo, hay siempre una sombra terrible y funesta que turba, envenena y mata todo goce: la sombra de la muerte.
Nadie mejor que el Padre GRATRY, en sus Souvenirs de ma jeunesse, ha descrito el estado de ánimo del que viviendo du dehors, mira de frente a esta triste megera; la señora Muerte.
Era joven, rebosante de salud, de confianza y de alegría. Finalizadas las vacaciones, Gratry retornó al colegio una noche otoñal. Sentado al borde de su lecho, entregóse a mil deliciosas reflexiones sobre el año clásico que iba a comenzar, y, de repente, inició en su interior este soliloquio:
«Heme aquí en segundo año de retórica. Soy el primero de mi clase y de mi colegio y quizás el primero de todos los estudiantes de París. ¿Obtendré el premio de honor? ¿Acaso no podré conquistar todos los primeros premios en el concurso general? Todos, es difícil; pero tres o cuatro, sí; es muy posible… El año que viene conquistaré probablemente en filosofía el premio de honor. En seguida estudiaré leyes. ¿Seré el primero entre los estudiantes de derecho? ¿Poseeré tanta y aun mayor ciencia e ingenio que el que más? ¿Por qué no? Ya lo estoy viendo. Los hombres trabajan poco; poquísimos tienen voluntad, perseverancia y energía. Reina una molicie y una atonía general. Por consiguiente, venceré si lo quiero, a fuerza de ardor, de trabajo y tenacidad. Aprenderé a hablar y a escribir… Seré abogado, un excelente abogado… Conquistaré una hermosa posición y una gran fortuna.
Pero un oficio no basta. Es necesario algo mejor y de gran resonancia. Hay que realizar algo bello. Escribiré una obra. ¡Ah! Pero ¿a qué nivel literario me elevará esta obra? ¿Llegaré a la Academia Francesa? Sin duda. ¿Y a qué grado de gloria? ¿Seré como Laharpe o Casimiro Delavigne? No estaría mal… aunque no me llena…
¿Seré como Voltaire, Rousseau, Racine, Corneille, Pascal? ¡Oh, esto es acaso mucho ambicionar! Por lo demás, uno no sabe nunca…
¡He aquí, delante de mí, un hermoso porvenir! ¡Qué fortuna! ¡Ánimo, valor…! Mi padre, mi madre y mi hermana serán felices… Tendré amigos. Compraré una casa de campo cerca de París. Me casaré. ¡Oh! ¡Cómo elegiré bien! ¡Cuánto amaré!»
El ensueño era encantador. Columbraba personas, cosas, acontecimientos y lugares; veía su castillo, a sus amigos, a su familia, a la bella y admirable compañera de su vida, a sus hijos, las alegrías, las fiestas, la felicidad íntima y convivida con los suyos.
Toda la felicidad posible de la tierra se había concentrado allá. Pero la contemplación realizaba su progreso. Todo marchaba de bien en mejor:
«Yo, continúa, decía siempre: ¡más! ¡más! ¿Y después? ¿Y después? Así, no escapaba a mi comprensión que en tal época de mi felicidad tendría tal edad; y comencé a pensar que mi padre ya habría muerto por aquel tiempo… Mi madre sobreviviría, pero quizá no más de diez años. ¿Y si mi hermana muriese antes que yo? ¿Y si fulano y zutano murieran? ¿Si perdiese a mi esposa?… ¿Hanse visto hombres que sobrevivieron a todos sus amigos; a toda su familia, a sus mismos hijos? ¡Oh, qué triste debe ser!…
El sol esplendoroso que momentos antes doraba mi imaginación, comenzaba a brillar con luz muy distinta. Una nube extensa y obscura pasó delante del sol. Todo empalidecía y me fue inevitable exclamar: ¡después de todo esto, yo también moriré! Llegará un momento en que estaré tendido en un lecho, me debatiré con la muerte y moriré y todo habrá terminado… ¡No más sol, no más hombres! ¡Ninguno, nada!… ¡He ahí, pues, la vida! ¡Todos nacen y mueren así! Así ha sucedido desde el principio del mundo y así sucederá hasta el fin. Las generaciones se suceden y pasan rápidamente. Cada uno vive un instante y desaparece. ¡Es espantoso!… Y veía a esas generaciones pasar y desaparecer, como rebaños que van al matadero sin percatarse, como las ondas de un río que se aproximan a una catarata, y a la que todas descienden a su turno, para quedar bajo tierra y no ver más el sol. Veía en ese río, olas pequeñas que surgían y se encrespaban un instante y en un abrir y cerrar de ojos reflejaban un rayo de sol para volver a sumergirse en la corriente. Esa ola pequeña soy yo; las que le siguen, los seres que he amado; ¡mas todo se ha fundido en el abismo! Aquella visión me dejó inmóvil y como paralizado de terror y de espanto».
Entonces Gratry se recogió dentro de sí mismo e invocó al Dios olvidado de sus primeros años. Si alguien le hubiese susurrado al oído: «basta organizar la vida du dehors«, Gratry se hubiese apiadado de él y le hubiese señalado la muerte que troncha toda esperanza, toda flor y todo ensueño.
2. — Por este motivo, hay muchas almas fuertes y arrogantes, pero no creyentes, que han elegido otro camino y se esfuerzan por organizarse a sí mismas desde el punto de vista de su yo.
Ciertamente, nuestro pequeño yo puede parecer infinitamente pequeño, pero, observa Pascal, siente su superioridad delante de lo infinitamente grande: el universo material. Y, el hacer de sí mismo el centro de todo; el no dejarse dominar por los esplendores externos, sino dominarlos; el deseo de permanecer firmes, con MARCO AURELIO, frente a las vicisitudes «como un promontorio contra el cual incesantemente se estrellan las aguas»; el ser superiores, en nombre «del genio interno», al placer o a las penas, para terminar un día la vida —habla siempre el autor de Recuerdos— «como oliva madura, que cae bendiciendo a la tierra que la mantuvo y a la planta que la engendró», puede ser una visión y un programa, a simple vista fascinador, para un espíritu noble y elevado.
Pero tampoco basta este esfuerzo de organización interior. Nosotros no somos lo absoluto; no somos el firme promontorio. El pequeño yo humano es débil, tornadizo, a menudo hundido en las tinieblas, y, aun afirmándose en sí mismo, no sólo es sacudido por el amargo oleaje de la desilusión, sino que siente su fragilidad e insuficiencia.
Después de largos años de lucha, no puede menos que repetirse la desconsoladora frase de un positivista, Roberto ARDIGÓ, quien degollándose con una navaja, murmuraba: «¿Para qué sirve la vida?» La tristeza —lo ha reconocido hasta Cayetano Negri— se infiltra en toda observación, en toda frase de Marco Aurelio, y, añadimos, de todo estoico antiguo o moderno: es la tristeza que da un gris uniforme a todo el mundo, aun en sus más variadas y sonrientes manifestaciones.
Nunca como hoy se ha pretendido hacer del hombre un Dios que se da leyes a sí mismo; pero nunca como hoy aparece el hombre como un ídolo falso y mentiroso, con un pedestal tambaleante, el cual en medio de su auto-glorificación muestra su miseria.
3. — He aquí la causa por qué SAN AGUSTÍN, con expresión profunda por miles repetida, pero por pocos comprendida, escribió: Hombre, no salgas fuera de ti, noli foras ire; vuelve a entrar en ti mismo, in te ipsum redi y encontrándote sujeto a la mudanza y a la relatividad, trasciéndete a tí mismo, trascende te ipsum, organiza tu vida tomando a Dios como centro.
Es bien clara la función de la religión: Uno es más o menos religioso según la medida en que organiza toda su existencia, toda su propia actividad, desde el punto de vista de Dios, al cual se subordinan las cosas y el propio yo.
No basta tener el nombre registrado en los libros de bautismo para ser verdadero creyente. La religión es una solución del problema de la vida, una solución completa que no descuida ni el menor gesto, ni el menor acto, ni el menor instante de nuestra laboriosidad.
La conversión verdadera y seria significa una revolución en la propia vida, una organización de la misma desde el punto de vista de Dios.
Y todo este volumen no será otra cosa que una explicación y una aclaración de semejante solución: veremos de qué manera organiza el cristiano su vida y buscaremos el modo cómo, a diferencia de los otros, resuelve su problema.
Si alguien, al recorrer estas páginas se siente con el corazón agitado porque hasta ahora ha disipado sus años, recogiendo frutos de fastidio, de tedio y de remordimiento; si el pensamiento del porvenir, de la muerte inexorable que a todos nos aguarda y hacia la cual corremos con pie veloz, lo turba; si siente el deseo de vivir, de vivir una vida digna de este nombre, evoque las páginas espléndidas de nuestro MANZONI acerca de la noche del Innominado.
«Una especie de terror, no sé qué rabia de arrepentimiento, la imagen viva de Lucía en la mente y las palabras aún resonantes al oído, lo atormentaban, lo exasperaban y lo perseguían. ‘¡A lo que estoy reducido!—exclamaba—. ¡Ya no soy hombre! ¡Ya no soy hombre!… ¡Vamos! —dijo luego revolviéndose rabiosamente en la cama que se había vuelto muy dura y bajo cobijas que parecían de piedra— ¡Vamos! Son ñoñeces que ya otras veces me aturrullaron la cabeza. ¡Ya pasará ésta también!»
¡Vana esperanza! Desfilaban por su mente fantasmas y malandrines y «se engolfó en el examen de toda su vida». Retrocediendo mucho, analizando año por año, de atentado en atentado, de sangre en sangre, de crimen en crimen, todo se presentaba ante su alma renovado, aunque separado de los sentimientos que se lo hicieron querer y cometer y aparecía con la monstruosidad que esos sentimientos no le habían dejado ver. Eran todos suyos. Era su vida; el horror de este pensamiento, que nacía junto con cada una de aquellas imágenes y las acompañaba a todas, creció hasta la desesperación. Sentóse furioso y con rabia extendió las manos hacia la pared cercana al lecho, tomó una pistola, la descolgó, y… en el instante en que iba a dar término a una vida que se había hecho insoportable, su pensamiento sorprendido por un terror, por una inquietud diríase sobreviviente, se puso a cavilar sobre el tiempo que seguiría después de su muerte. Imaginaba con espanto su cadáver deforme, inmóvil, en poder del más vil sobreviviente; la sorpresa y confusión en el castillo al día siguiente; todo revuelto, él, sin fuerza, sin voz, arrojado quién sabe adónde. Imaginaba las conversaciones que se harían allí, en los alrededores y lejos; el placer de sus enemigos… Y absorto en estas contemplaciones, convulsivamente con el pulgar jugaba con el gatillo de la pistola, cuando se le atravesó en la mente otro pensamiento.
Si esa otra vida de la que me hablaron cuando niño, de la que siempre hablan como si fuera cosa segura, si esa vida no existe, si es una invención de los curas ¿qué hago yo? ¿Para qué morir? ¿Qué importa lo que he hecho? ¿Qué importa? Es una locura la mía… ¿Y si existe esa otra vida? En semejante duda, en semejante riesgo, se apodera de él una desesperación mayor, más negra, más grave, de la que no podía desasirse ni con la muerte. Dejó caer el arma, se aferró la cabellera con las manos, crujió de dientes y tembló…
Y he aquí que al apuntar el alba… sintió que llegaba a su oído un sonido confuso; pero de acento festivo. Escuchó con atención y reconoció el repique de lejanas campanas que llamaban a fiesta… Saltó fuera de ese lecho de espinas y medio vestido corrió a abrir una ventana… «Había llegado a aquel sitio el buen Pastor que buscaba a la oveja descarriada».
Hoy también, como en todos los tiempos pasados, la religión invita con el canto de sus campanas a todos aquéllos cuya vida está envuelta en oscuras y agitadas tinieblas. «Ha pasado la noche. Asoma un día espléndido y bello. Abrid las ventanas, contemplad, informaos. Seguid el llamado de Dios que os llama y aguarda».
***
RECAPITULACIÓN
Todos los hombres, aun sin pretenderlo, resuelven el problema de la vida, porque no se puede vivir sino de un modo o de otro.
Las soluciones del problema se pueden reducir a dos:
a) Existe la solución atomística, esto es, la vida desorganizada, de los que no coordinan ni inspiran sus acciones en ningún principio informador.
b) Existe la solución orgánica, a saber, la vida organizada conforme a un principio determinado.
En el segundo caso, al organizar la propia vida, pueden tomarse tres caminos. Es decir:
a) se puede organizar la vida conforme a un principio exterior, tomando como centro los honores, las riquezas, los placeres, a saber, el objeto;
b) se puede organizar la vida según un principio interior, tomando como centro el propio yo, a saber, el sujeto;
c) se puede organizar la vida según un principio divino, tomando como centro a Dios.
Los dos primeros caminos son equivocados. Debemos seguir el tercero.
Por esto, la actual ignorancia religiosa es un pecado. No conocer a fondo el Cristianismo, significa ponerse en la imposibilidad de resolver el problema de la vida.
¿Cuál es entonces la solución cristiana de este problema?
Antes de enunciarla, es necesario exponer algunas nociones acerca del orden natural y del orden sobrenatural.
