SOBRE LA FELICIDAD
La felicidad es el estado perfecto de bienestar del hombre, para el cual fue creado, de plenitud, de realización.
Algunos sinónimos: beatitud, gozo, júbilo, contento, exultación.
La felicidad se logra por la posesión del bien supremo que es Dios, por una unión de amor, fusionante y de asimilación, salvando la alteridad.
El hombre está hecho para Dios, y solo en Dios encuentra su reposo.
Hay dos tipos de felicidad: la celeste, suprema y definitiva que es la bienaventuranza eterna.
Y la terrenal, durante la vida mortal, provisoria, parcial, frágil, precaria, volátil.
La celestial puede definirse como “la total posesión, definitiva, perpetua y simultanea de todos los bienes”. Es el arquetipo de la felicidad terrena, el fin que debe mover al hombre en su vida; y su meditación, la mayor causa de felicidad terrestre.
De estas escuetas consideraciones se deduce que la felicidad celeste es, indiscutiblemente, la principal, si las consideramos en sí mismas.
Aunque, quizás, la felicidad temporal, sea la más urgente, en cuanto que toca a nuestra actual condición de mortales.
Y cabrían la siguiente pregunta:
¿Debe aspirarse a la felicidad terrenal y cómo alcanzarla? Siendo superflua la primera parte de la pregunta respecto a la celeste.
Aristóteles dice, en un enfoque filosófico, que la felicidad se encuentra en la vida virtuosa.
La vida virtuosa es la que sigue la recta razón en el obrar; que se deduce de la ley natural impresa en el corazón humano, y que podría resumirse en hacer el bien y evitar el mal.
El hombre es un animal racional. Su acto diferencial y específico es el conocimiento intelectual, en el cual encuentra máximo deleite.
El pecado original vino a descalabrar este correcto funcionamiento humano, con las heridas de la tendencia al mal y la dificultad para obrar el bien.
El crimen de Adán consistió en emanciparse de la causa de este buen funcionamiento, que es Dios.
La única vía para restablecer el equilibrio es volver a conectarse a la fuente del Bien: Dios.
La auténtica felicidad terrena radica en la constante búsqueda de la unión a Dios, Bien indefectible.
Volviendo a Aristóteles, y en consonancia, nos recuerda también, que la felicidad está en la contemplación de la verdad.
La felicidad se concede al hombre, en la medida que priorice la investigación de la verdad trascendental, que es Dios.
Y Dios suministra la felicidad como gracia para el bien obrar, a la luz de esa Verdad, de un modo sobrenatural a la capacidad humana, divinizando al hombre, que participa del actuar divino.
Convirtiéndose Dios en la fuente principal de acción del hombre, respetando su libertad, pero elevando su dignidad humana hasta la participación en la misma divinidad.
La felicidad se vuelve un desafío cotidiano y constante.
Debe procurarse a cada momento, por el recuerdo de Dios, es decir poner en el corazón a Dios recurrentemente.
La presencia de Dios rectifica la intención, concentra la atención en el momento actual, poniendo la mente en clima de eternidad, disipando los fantasmas que provocan la infelicidad: miedo, ansiedad, tristeza; que suelen aparecer por la fuga inadvertida hacia el pasado o el futuro.
El abandono a la divina Providencia es el mejor antídoto a estos desasosiegos entumecedores.
Y desacoplar la felicidad del éxito, o de los resultados, cuya vehemente expectación genera inquietud.
La felicidad es el fruto de una buena conciencia, del deber cumplido.
Y la buena conciencia depende de la intención, más que de los resultados de las acciones.
Muchas veces las cosas no salen según lo deseado, y hay que dar lugar a la resignación. Y seguir navegando según lo permitan el viento y la marea.
Como dijimos, el conocimiento de la verdad procura felicidad.
La verdad se define como “la adecuación de las cosas y el intelecto”. La verdad surge pues de la realidad, de una percepción fiel a la misma.
O sea que el empeño en reconocer y aceptar la realidad conduce a la felicidad. Así como el engaño, desbarranca en el malestar de la decepción.
Una realidad adversa y dolorosa también es compatible con la felicidad.
O, dicho de otro modo, la felicidad es asequible, incluso en la adversidad.
El sufrimiento y el dolor tienen una función purificadora y fortalecedora. Encararlo con actitud y serenidad abre enriquecedoras perspectivas. Al tiempo que socaban el “ego” despiertan el “yo”, suponiendo “ego” por la tendencia al individualismo aislacionista y solipsista; y el “yo”, lo más íntimo y personal, manifestación auténtica del principio universal.
La definición de “individuo” abre enfoques ambivalentes: “dividido de los demás, indiviso de sí mismo”.
Aquí se plantea el tema de la unidad.
La conciencia acusa, que es la distinción, la que marca la unidad individual, por la separación limitativa.
Reconozco el límite que me segrega de la realidad circundante, y ese hecho señala la propia identidad, por contraposición a lo ajeno exterior.
Pero la conciencia también me indica la inserción del propio ser en un ámbito más vasto, y en relación e interdependencia con el mismo.
Emerge aquí el perfil comunitario de la felicidad. ¿Se puede compartir la felicidad? ¿Es comunicable? La respuesta es decididamente afirmativa.
Por ser Dios fuente de la felicidad, esta no es inmanente al individuo, sino que la recibe de otro, como de su causa.
Solo Dios es autosuficiente en la felicidad. Aunque la felicidad implica amor, y el amor alteridad. Sabemos que en Dios hay tres Personas, en una misma esencia. En lo que queda salvada la relación de amor.
Pero la felicidad en las creaturas es compartida y dependiente; se retroalimenta en un dar y recibir, en el que el progresivo enfoque en el “dar” potencia exponencialmente la felicidad, al desdibujarse los límites de la capacidad individual. Desestimo mi felicidad egoísta, y me adentro en la participación del océano fontal de la felicidad, que es el Bien Común divino, que podemos relacionar con la Comunión de los Santos.
Una metáfora tan universal como ilustrativa de la vocación del hombre a la felicidad: todo mortal sueña con un mágico genio a su servicio que le cumpla todos sus deseos. O para no ser tan fantásticos, un robot con inteligencia artificial, que nos solucione todos nuestros problemas, y satisfaga hasta las mínimas necesidades.
Egoístamente nos preocuparíamos de su buen mantenimiento, no porque nos importe el robot en sí mismo, sino porque si se rompe se acabó nuestra felicidad.
La desilusión de saber que ese genio robótico no existe, debe ser remplazada por la certeza de que existe algo superior: Dios nos creó, no para sacar algo de nosotros, nada puede agregarse a Dios, sino solo para hacernos felices sin tasa. Él emplea su omnipotencia para procurarnos permanente felicidad. Basta que nos sumemos voluntariamente a su plan y que lo dejemos actuar y acatemos libremente sus designios, en los que siempre persigue la felicidad.
Cada momento de la vida se convierte en una aventura en busca de la felicidad. Con un gran compañero, un superhéroe, que al tiempo que es el mayor interesado, es también el principal actor. Y el hombre, una especie de mascota, mimada, en cuya felicidad Él, misteriosamente, encuentra su complacencia.
No obstante, la Sabiduría ha dispuesto que el hombre conquiste la felicidad, para que esta sea cumplida, en cuanto merecida.
Lo que no cuesta no se valora. Lo fácil pierde gracia. Este contraste resalta la alteza de la felicidad, al tiempo que facilita la comprensión del sufrimiento. El dolor es un razonable precio a pagar para acceder a la felicidad. Y la muerte, el último desafío, que entrega el título de nobleza y dignidad en la fama, el honor, y la gloria.
La molicie regalada, en cambio, degrada, envilece, indigna. El destemplado, relajado, hastiado, ha perdido la capacidad de disfrutar, ha enervado la tensión necesaria para un sano equilibrio y disposición para la exultación y la danza; se le ha embotado el sentido, y su grosería gravita abajo, en monótona postración horizontal.
En definitiva, la felicidad consiste en el bien máximo universal, conquistable exclusivamente por la cualificación singular. Se yergue así una peliaguda paradoja: la vía real para acceder a lo universal inconfigurado es por la estrechez puntual de la singularidad. “El Reino de los Cielos sufre violencia, y solo los violentos lo arrebatan” (Mt. 11,12),que podríamos glosar de la siguiente manera: “El Reino de los Felices supone violencia, y los valientes, en singular combate, conquistan su gloria”.
Se atribuye este aforismo al precipitado Ícaro: “para arrebatar tan alto trofeo no alcanza la intrepidez del héroe, sino que se requiere la candidez del niño”. Quizá, el secreto de todo héroe sea que conserva muy adentro de su corazón algo de desenfado pueril.
