LA ARMADURA DE DIOS
Sus pecados y excesos

CAPÍTULO IX
LA BURLA
Puede hacerse burla de una persona estando ésta ausente o delante suyo. Yo no veo la diferencia que pueda existir entre la primera de estas dos formas de burla y la maledicencia propiamente dicha. Esta quita al prójimo su reputación, y la burla le priva del respeto que se le debe. Hay dolo en ambos casos, y muchas veces nos cuesta más perdonar al burlón que nos ha ridiculizado, que al detractor que ha atentado contra nuestra reputación. Si me fijase solamente en la mofa que se hace de una persona en su ausencia, no le consagraría un estudio especial, y la consideraría como una simple variedad de la maledicencia; pero yo pretendo hablar de la burla que tiene por blanco una persona presente y le inflige el suplicio del ridículo. Hay en ello un pecado de especie muy particular, que merece fijar nuestra atención.
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Me propongo hacer notar a mis piadosos lectores que el objeto preciso de la burla no es algo que en nuestro prójimo suponga culpabilidad. Si, por ejemplo, reprochamos a una persona en tono zumbón su conducta escandalosa, nuestro acto recibiría el nombre de injuria más bien que de burla; pues lo que a primera vista hiere y molesta ¿no es la afrenta que infligimos al prójimo? La mofa con que sazonamos esa afrenta no aparece sino como cosa accesoria. El objeto propio de la burla es, por tanto, un defecto, más bien que una falta, y vamos a ver cómo su campo, así limitado, es aún muy vasto.
Los defectos naturales proporcionan una mina preciosa que explotar para el que tiene el carácter burlón. Hay personas que están al acecho de cuanto se preste al ridículo en la palabra o en la actitud del prójimo, y que no se privan de remendarlo, aun con riegos de herir en lo más vivo. Alentados por la risa, que no pueden a veces contener los espectadores, los deslumbra el éxito y traspasan toda medida en la crueldad. Su pobre víctima toma con frecuencia el partido de reírse también; pero no hacerse ilusiones: semejante risa va empapada en lágrimas, y si pudiésemos leer en su corazón lacerado nos espantaría el suplicio que padece. Sabe que irritándose o manifestando el sufrimiento caería en mayor ridículo aún; por eso finge participar en la hilaridad general. Muy pronto, sin embargo, reflexionando a solas, prorrumpirá en sollozos y recordará con amargura cada uno de los detalles de la escena que se ha remedado con gran regocijo de los espectadores.
Quizás me diréis que no habíais previsto ese resultado, y así lo creo, pues si, habiéndolo previsto, hubieseis dado curso al tono burlón, me harías dudar de los sentimientos de vuestro corazón, que deben siempre moderar las agudezas del ingenio. Y aun convendría preguntar si ese afán de remendarlo todo merece el calificativo de ingenioso o más bien de comicastro vulgar.
¡Qué herida cruel no se infiere también a una persona preguntándole en tono de burla por alguno de sus parientes pobres, a quienes parece desconocer! Reconozco de buen grado que no interese gran cosa a actitud de esa persona, y que su torpe vanidad merece duro reproche. Nada hay más ridículo que el orgullo del rico improvisado que abomina de su descendencia o de su parentela. Pero, en semejantes circunstancias, no nos corresponde a nosotros el papel de juez; dejemos a Dios el cuidado de juzgar y castigar como El quiera, y no cedamos a la tentación de hacer reír a expensas de esa manía, por muy indigna de piedad que nos parezca.
¿Y cuántas veces no se ejercita la actitud burlona a propósito de una palabra torpe que se le ha escapado a una persona, subrayando maliciosamente, para dar a entender la cortedad o torpeza de la misma? ¿No nos produce hilaridad, muchas veces el apuro en que le pone algún desliz que acaba de tener? Sería cruel reprochar a otro su cortedad de estatura o el color de sus cabellos. Pues bien, no es, ciertamente, más humano ridiculizarle por una debilidad de inteligencia de la que no es culpable.
Y esos defectos de educación por los que nos mostramos tan despiadados y burlones, ¿no merecerían más indulgencia? Si en esta materia es uno impecable, tanto mejor. Pero la torpeza y la rusticidad no deben por eso parecernos en tal grado condenables. Dios no juzga como nosotros el sentido de matices, como la manera de saludar en un salón o de colocarse en la mesa. Conviene, pues, cerrar los ojos ante semejantes bagatelas, en lugar de darles tanta importancia o de poner en ridículo a los que no tienen la educación refinada que nosotros tenemos o creemos tener.
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Es importante saber qué pecado constituye la burla. Cuando es ligera y sólo causa pequeña molestia al prójimo no es más que falta venial. Pero si fuese de tal naturaleza que ocasiones molestia grave resultaría pecado mortal. En un examen de conciencia no convendría, por tanto, pasar demasiado a la ligera sobre este punto con el pretexto de que se ha querido reír solamente. La risa es un arma ligera, ciertamente; pero un arma de este género causa a veces heridas mortales.
Es conveniente advertir también que la burla encierra muchas veces otro pecado. Al ridiculizar, por ejemplo, a un superior, ¿no se perjudica a su autoridad? O también, al burlarse de una persona revestida de un carácter sagrado, ¿no se ofende a la religión? Circunstancias éstas y otras similares que se deben especificar en la confesión, puesto que a la malicia de la burla añaden otra malicia especial.
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Presento un caso de conciencia: ¿Tiene derecho una madre de mofarse de alguno de sus hijos? Yo no me atrevería a negárselo en absoluto. La burla puede muy bien en algún caso constituir un procedimiento de educación: hay defectos que no se corrigen en el niño sino valiéndose para ello de un tono burlón. Observa la madre a su hija que gusta de pasar largo tiempo mirándose al espejo y da excesiva importancia a los entretenimientos del tocador. ¿Le estará vedado a esa madre burlarse de la hija siempre que la sorprenda ante el espejo o discutiendo gravemente sobre el color o la forma de un vestido? No, ciertamente; antes se debe recomendar la actitud burlona, ridiculizando a la presumida coqueta e hiriéndole en lo más vivo hasta avergonzarla ante los demás, si fuera preciso. Pero es necesario hacerlo en forma tal, que la burla sirva de estimulante eficaz a la niña para corregir su defecto.
Ha de evitar, particularmente, la madre, toda prevención contra sus hijos, que llegarían a perderle muy pronto el respeto debido, consentimiento de la autoridad. Una madre ha de tener sólo una manera de gobernar: el cariño. Es necesario que un hijo pueda siempre decir con toda verdad: ¡Qué buena es mi madre! Si dijese: ¡Qué ingeniosa y aguda es mi madre!, el elogio parecería más bien una crítica.
El consejo que yo doy aquí a las madres también sirve a todos los que tienen autoridad: un superior nunca debe mostrarse agudo e ingenioso con aquellos que de él dependen. Desde luego existe desigualdad entre superior y súbditos: un inferior no puede responder en el mismo tono. Además, su palabra tiene un alcance que no prevé: se expone a que su palabra burlona cause impresión muy dolorosa en el súbdito, hasta hacerle concebir odio o aversión, en perjuicio de la caridad cristiana. Hay que evitar por todos los medios toda ocasión de sufrimiento al pobre corazón humano, tan propenso a torturarse a sí mismo.
Convendrá conmigo el piadoso lector que si la burla no está siempre prohibida, es ella un arma que jamás se debe emplear sin la debida precaución, sin asegurarse de antemano que no podrá herir. Cuando no podamos tener esta seguridad debemos callar, no queriendo fomentar la agudeza y el ingenio con detrimento de la justicia, ni a expensas de la caridad.
