QUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS
El domingo pasado, Cuarto de Pentecostés, iniciamos una serie de reflexiones sobre la Fe, como introducción al tema del falso Ecumenismo. ¿Cómo se ha llegado al mismo?
Los errores modernos, para difundirse y conquistar los espíritus, ya no proceden mediante afirmaciones o negaciones claras, impactantes y escandalosas; sino por insinuaciones, infiltraciones y dudas.
Espíritus más dubitantes que incrédulos, y, sobre todo, más acentuados en su incredulidad, nuestros racionalistas modernos no dicen nada con claridad.
Sólo la fuerza y la certeza dogmática destruirán su obra, por eso la temen sobre todas las cosas.
Ahora bien, la herejía, que niega una parte del depósito de la Fe, es más perjudicial para la causa de la verdad que el radicalismo, que lo niega todo.
Se está más cerca de volver a la verdad cuando se niega todo, que cuando se objeta o rechaza sólo algún punto en particular.
Hay tres razones que justifican esta observación:
1°) Negarlo todo es más lógico;
2°) La buena fe y, por consiguiente, la ceguera involuntaria, son menos posibles en el radicalismo que en la herejía, que es negación parcial;
3°) El radicalismo es un estado demasiado violento para durar mucho tiempo.
Fue en el siglo XVII cuando comenzó este gran azote de los tiempos modernos, más fatal que la herejía acentuada, porque es la corrupción del bien.
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Es importante conocer la marcha del error, cómo trabaja.
El error no tendría éxito si comenzara por mostrarse con toda su fuerza y abiertamente.
Su poder reside en el arte con que se oculta bajo una apariencia de credibilidad y detrás de algunos jirones de verdad.
Es gracias a esta máscara que es aceptado, que se insinúa en los espíritus; es así que se desarrolla y avanza.
Ahora bien, los errores se enlazan como las verdades. Hay en el error una cadena de acontecimientos, una fuerza lógica que resulta de esta base de la razón, de la que el espíritu humano no puede desprenderse nunca, ni siquiera cuando se extravía; y que le obliga, una vez establecido un principio, a sacar sus consecuencias y a proseguir así, por deducción, hasta el final del camino en el que se ha entrometido.
Por otra parte, no es la falta de pruebas, es la falta de buena voluntad lo que fomenta a los incrédulos. Hubo testigos de los milagros de Jesucristo que no creyeron… Y fue el mayor número…
Y dada su incredulidad voluntaria, la visión de estos milagros, lejos de convertirlos, los volvió furiosos y deicidas… Esta ceguera les valió el retiro de la predicación apostólica, de la gracia y de la luz interior…; e incluso, al fin de los tiempos, debía llegar la seducción del error, con la que el mismo Dios hiere a los hombres de mala voluntad…
Recordemos el fuerte texto de San Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses:
“La aparición del Impío es obra de Satanás, con todo poder y señales y prodigios de mentira, y con toda seducción de iniquidad para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad. Y por esto Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira, para que sean juzgados todos aquellos incrédulos a la verdad, los cuales se complacen en la injusticia”.
Este pasaje es uno de los más terribles de la Escritura y digno de grave meditación.
Dios, que es la misericordia misma, es también la verdad, cuya expresión nos la da en su Hijo Jesucristo, que es su Verbo o Palabra encarnada, y que no cesa de presentarse como la Verdad y la Luz.
Así, pues, como habrá una tremenda venganza del Amor despreciado, así también vemos aquí la venganza de la Verdad desoída.
Vemos que Dios abandonó a sus devaneos al pueblo de Israel, que no quiso escucharle; así hace al fin de los tiempos con los apóstatas; entregándolos desarmados para que crean a la mentira, ya que no tuvieron interés en armarse de la espada del espíritu que es la Palabra de Dios.
Y se está cumpliendo aquella palabra de Jesús, en San Juan 5: 43, que algunos interpretan precisamente como un anuncio del Anticristo: Yo he venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, ¡a ése lo recibiréis!
La historia rebosa de comprobaciones de esta dolorosa realidad. Los falsos profetas se anuncian a sí mismos y son admirados sin más credenciales que su propia suficiencia. Los discípulos de Jesús, que hablan en nombre de Él, son escuchados por pocos, como pocos fueron los que escucharon a Jesús, el enviado del Padre.
Suele verse aquí una profecía de la aceptación que tendrá el Anticristo como falso Mesías…
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Habiendo llegado a este punto, recordarán que el domingo pasado dijimos que durante los tres primeros siglos el diablo atacó el fundamento mismo de la doctrina cristiana, la existencia y la autoridad de la Iglesia, de tal manera que la obligó a defender, afirmar y justificar su misión y sus derechos.
Agregamos que esto es lo que el infierno atacaría, más o menos, en todos los tiempos; y que Dios lo permitiría para evitar que la Iglesia se olvidase de sí misma y renunciase a sus prerrogativas.
Y prometimos ver en estos domingos que esto es nuevamente lo que el infierno ataca hoy más que nunca por medio del falso ecumenismo…, ese espíritu ecuménico, que ha invadido hoy todos los centros vitales de la vida eclesial y conduce rápidamente a la disolución total de la Fe.
La teología, la liturgia, la exégesis, el derecho eclesiástico y la disciplina… todo es infectado por ese mal espíritu.
Esta idea deletérea ha sido formulada en los parágrafos 15 y 16 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium y en el parágrafo 3 del Decreto Unitatis redintegratio, del Concilio Vaticano II.
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En el número 15 de la Lumen Gentium se dice que los bautizados disidentes (es decir, herejes y cismáticos) están unidos a la Iglesia por diversas razones: las Sagradas Escrituras, un sincero celo religioso, la fe en Dios omnipotente y en Cristo Redentor, el bautismo que los une a Cristo, ciertos sacramentos; que algunas comunidades disidentes tienen incluso el episcopado, la Sagrada Eucaristía, o el culto mariano.
Aquí se debe plantear la cuestión de si la posesión material de estos elementos católicos demuestra una cierta comunión vital sobrenatural con la Iglesia fundada por Jesucristo.
La Tradición enseña que no es así; hasta el punto de que se sigue considerando a estas comunidades, siglos después de su infeliz apostasía, heréticas o cismáticas, separadas, fuera de la Iglesia.
Y, en consecuencia, se intentaba su retorno a la verdadera Iglesia, sin dejar de exigir antes la abjuración de sus errores.
La Lumen Gentium prosigue: “Hay que contar también la comunión de oraciones y de otros beneficios espirituales; más aún, cierta unión en el Espíritu Santo, puesto que también obra en ellos con su virtud santificante por medio de dones y de gracias, y a algunos de ellos les dio la fortaleza del martirio”.
Así pues, la iglesia conciliar inculca que el Espíritu Santo sopla también en las comunidades disidentes y opera con su virtud santificante, incluso impulsando a algunos hasta el martirio.
Ante estas ideas y otras similares surge la pregunta: ¿se refieren a las comunidades disidentes en cuanto tales, o a sus miembros?
Si en el texto conciliar se hablase de las comunidades disidentes en cuanto tales, obtendríamos algunas conclusiones sorprendentes para quien conozca todavía la teoría y la praxis de la Iglesia Católica:
1ª) Que la justificación puede tener lugar a través de una fe globalmente falsa.
El Concilio de Trento, por el contrario, enseña que sin la Fe no se puede obtener la infusión de la gracia santificante; y habla de fe dogmática, consistente en tener por verdaderas las verdades reveladas por Dios.
Y el Concilio Vaticano I explica con amplitud cómo, con la ayuda de la gracia, la Fe Católica acepta la divina Revelación tal como es propuesta por la Iglesia.
2ª) Que la predicación de las comunidades disidentes vale tanto como la de la Iglesia: de hecho, otorga la salvación.
3ª) Que todas las comunidades tienen la suficiente credibilidad como para podérseles prestar el acto de fe.
4ª) Que el Espíritu Santo ratifica el error y la apostasía contra el Cuerpo Místico de Cristo, e inspira incluso el heroísmo sobrenatural de los mismos.
5ª) Que ya no existe una sola Iglesia, como profesamos en el Credo, sino una multitud de “iglesias”: unas más perfectas que otras, sí, pero todas ellas instrumentos de salvación.
6ª) Que las promesas de Nuestro Señor Jesucristo a su Iglesia se han demostrado falsas e ineficaces.
7ª) Que la Gracia divina se difunde también allí donde no existe la fe objetiva integral, vivificando a miembros de otros “cuerpos místicos”.
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En el número 16 de la Lumen Gentium leemos en cuanto a los no cristianos: “Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna”.
En el texto citado del Vaticano II no se exige la necesidad de la fe sobrenatural en una revelación divina.
¿Y qué significa “el dictamen de la conciencia”? ¿Se trata de la ley natural, o también de una iluminación divina?
No se afirma con claridad la necesidad absoluta del anuncio de la Revelación, anuncio que suele tener lugar por medio de la predicación de la Iglesia, pero que podría también realizarse, como enseña Santo Tomás, a través de vías extraordinarias.
En su lugar, se han llegado a concebir nuevos modos de justificación, por ejemplo, los actos inconscientes de fe, los cuales se desconocen en la enseñanza de la Iglesia, y conducen al naturalismo o a un pseudo-sobrenaturalismo.
Además, no hay que prestar tan rápidamente la buena fe a todos los acatólicos. ¿Acaso no está hoy la Iglesia Católica presente casi por todas partes?
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Unitatis redintegratio, por su parte, en su parágrafo 3 adopta la misma perspectiva, pero presenta otras afirmaciones muy problemáticas.
La primera es: “Los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica”.
¿Puede deducirse de esta afirmación que los miembros de esas comunidades están en vías de salvación?
El Concilio Vaticano II lo da por descontado y afirma impertérrito: “Sin embargo, justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo, y, por tanto, reciben el nombre de cristianos con todo derecho y justamente son reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia católica”.
Para el texto conciliar son “justificados por la fe”. ¿Por cuál? Como vemos, las dudas expuestas en torno a Lumen Gentium, encuentran aquí una clara confirmación.
En los siguientes párrafos del Decreto Unitatis Redintegratio encontramos frases como estas:
“De entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica: la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y algunos dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles”.
“Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación”.
“Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia”.
¿Dónde va a parar el Dogma de Fe Extra Ecclesiam nulla est salus?
Pregunta obligada, porque en el párrafo citado no se contemplan casos individuales en vía de conversión, sino las comunidades disidentes en cuanto tales.
Jamás ha enseñado la Iglesia Católica que las sectas heréticas y cismáticas sean instrumentos del Espíritu Santo en el misterio de la salvación. De allí la lucha de siglos contra las herejías…
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Resumiendo, los errores del Concilio en esta materia son cuatro:
1°) El concepto de comunión incompleta, que deduce falsamente, de una cierta participación material en los tesoros de la Santa Iglesia, la existencia de una comunión de gracia y de vida sobrenatural.
2°) El indebido paso desde la buena fe a la fe teológica justificante.
3°) La convicción de que una fe globalmente falsa, precisamente en cuanto no católica, puede producir la vida sobrenatural.
4°) La idea de que las comunidades disidentes pueden anunciar con eficacia la Divina Revelación y suscitar un acto de fe sobrenatural.
A propósito de este último punto es preciso un breve comentario. Para que una persona pueda realizar un acto de fe sobrenatural (necesaria para la salvación) es precisa la convicción racional de encontrarse ante una auténtica Revelación, y, además, la certeza de que el contenido de la Revelación es sin duda verdadero.
Exactamente para garantizar esto, la Iglesia Católica fue divinamente fundada y dotada de signos de credibilidad, los cuales son sus distintivos.
El Concilio Vaticano I enseña que las sectas carecen de ellos, así como que es necesaria la gracia de Dios para poder creer de forma sobrenatural.
¿Cómo puede entonces el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Verdad, obrar el asentimiento de fe en un sujeto, cuando le es propuesta una revelación desfigurada y sin signos suficientes de credibilidad?
Así pues, debemos comprobar que hoy se ha atribuido a las sectas un “estado eclesial” capaz de conceder la vida divina.
En consecuencia, los dogmas de fe sobre la necesidad de la Fe Católica y de la Iglesia Católica para la salvación (como hemos visto en la Fiesta de la Santísima Trinidad en el Símbolo de San Atanasio, o el Concilio de Florencia) son omitidos.
Por todo esto, nos encontramos hoy al término del camino que conduce a una “iglesia confederal”, con muchas inculturaciones distintas, y, por lo tanto, con muchas formulaciones “dogmáticas” y muchas “liturgias”, con un uso variable de los sacramentos y una concepción variada de la estructura y la disciplina “eclesiales”.
Todo esto se resume en la fórmula del conciliábulo vaticanesco: la única Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, en lugar de afirmar clara y paladinamente que la única Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica…
Dicha fórmula es temeraria (sin fundamento en la doctrina universal), ofensiva a los piadosos oídos (lastima el sentimiento religioso), malsonante (por equívoca) y capciosa (insidiosa por su pretendida ambigüedad) y conduce a la herejía de negar la unicidad y unidad de la verdadera Iglesia.
Dios mediante, seguiremos analizando el falso ecumenismo.

