ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO: APÉNDICES I – MUERTE PRECIOSA DEL JUSTO

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

manos rezandoSÚPLICA PIDIENDO AL SEÑOR LA SALVACIÓN

Pero yo, Señor, soy un pobre pecador. Pequé contra Ti, Dios mío, y he merecido ser para siempre condenado.

¿Cómo podré mirar al Cielo con la confianza de las almas inocentes? ¿Cómo no temeré la muerte, temblando de perder el goce de la vida eterna?

Dios mío, heme aquí ya arrepentido y humilde. A Vos recurro pidiendo perdón de mi pasado, gracias para el presente y perseverancia para el futuro.

Perdonadme, Señor mío, y dadme vuestra gracia.

Mirad que Jesucristo, vuestro Santísimo Hijo, os ha ofrecido su vida y su Pasión dolorosa por mí, y desde la Cruz os pide mi salvación. En el amor de mi Señor Jesucristo y en su Pasión sacratísima y en vuestra misericordia infinita confío. Os ofrezco el gozo de Jesús al dar su vida en alabanza vuestra, padre mío.

María, Madre de misericordia, Madre mía, Virgen llena de amor; pues Dios os nombró Intercesora y Medianera de todas las gracias, no abandonéis a vuestro hijo, que se confía a Vos. Mirad me con misericordia ahora y asistidme en la hora de mi muerte como Madre. Os lo pido como hijo arrepentido y confiado.

Señor, Dios mío; pues me habéis criado para el Cielo y Jesucristo os ofreció su vida por mi salvación, perdonad me mis ofensas y desvíos y, mirándome con ojos de misericordia, salvadme.

Ahora, con vuestra ayuda, pongo mi alma en vuestras manos y quiero ponerla en la hora de mi muerte y no seré confundido. Acogisteis benigno a la Magdalena y al buen ladrón y les disteis vuestra paz y vuestro cielo. También me lo daréis a mí, arrepentido.

Os doy gracias, porque me habéis esperado para hacer penitencia y me habéis llamado a vuestro amor.

Os amo; quiero amaros eternamente.

Padre mío, confiado en vuestra misericordia, espero que mi última mirada sea poner mis ojos con amor en vuestros ojos, mis labios en el crucifijo y que me recogeréis en vuestro Cielo.

Disponed de mi vida.

Así os lo pido, y así lo espero, por Jesucristo, vuestro Hijo y mi Redentor.

***

APÉNDICES

Quiero terminar este pequeño libro con el magnífico párrafo que el Venerable Padre Fray Luis de Granada escribe sobre la muerte del justo, y a continuación unas poesías de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, de la Madre Gregoria Francisca de Santa Teresa y del Padre Florencio del Niño Jesús, para que nos digan ellos, almas espirituales y poetas, sus sentimientos sobre la muerte.

Agrego a las hermosísimas poesías, que tan vehementemente cantan el deseo de morir para ir a Dios, otras de autores distintos, en las cuales se ensalza la belleza de la muerte; pero como los autores no tienen vida tan llena de espíritu, no sube su entusiasmo ni su mérito a la altura de las primeras, y otra en que se muestra la tristeza de quien desea la muerte que no lleva a Dios.

***

I

MUERTE PRECIOSA DEL JUSTO

GUÍA DE PECADORES, por Fr. Luis de Granada, de la Orden de Santo Domingo, -Libro I, Parte II, Cap. XXVII, Par, I, (1504-1588).

Más… la muerte de los justos, ¡cuán ajena está de todos estos males! Porque así como el malo recibe aquí el castigo de sus maldades, así el bueno el galardón de sus merecimientos, según aquello del Eclesiástico, que dice: Al que teme a Dios irá bien en sus postrimerías, y en la hora de la muerte será bendito, esto es, será enriquecido y galardonado por sus trabajos, y esto es lo que más claramente significó el evangelista San Juan en el Apocalipsis, el cual dice que oyó una voz del cielo que le dijo que escribiese, y las palabras que le mandó escribir eran éstas: ¡Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor! Porque luego les dice el Espíritu Santo que descansen ya de sus trabajos, porque sus obras buenas van en seguimiento de ellos. Pues el justo que esta palabra tiene de Dios, ¿cómo desmayará en esta hora, viendo que va a recibir lo que procuró toda la vida?

Pues por esto se escribe en el Libro de Job, hablando del justo, que a la hora de la tarde le saldrá el resplandor del mediodía, y cuando le pareciese que estaba consumido, resplandecerá como lucero.

Sobre las cuales palabras dice San Gregorio: Que por esto amanece este resplandor al justo en la hora de la tarde, porque a la hora de la muerte reconoce la claridad y gloria que le está aparejada, y así, en el tiempo que los otros se entristecen y desmayan, está él en Dios consolado y confiado. Así lo testifica Salomón en sus Proverbios, diciendo: Por su malicia será desechado el malo; mas el justo, a la hora de su muerte, estará confiado.

Si no, dime: ¿Qué mayor confianza que la que el bienaventurado San Martín tenía a la hora de su muerte? El cual, viendo ante sí al demonio, dijo estas palabras: ¿Qué haces aquí, bestia sangrienta? No hallarás en mí cosa muerta en que te puedas cebar, y por esto el seno de Abraham me recibirá en paz.

¿Qué mayor confianza, otrosí, que la que en este mismo paso tenía nuestro Padre Santo Domingo? El cual, viendo a sus frailes llorar por su partida y por la falta que les hacía, los consoló y esforzó, diciendo: No os desconsoléis, hijos míos, porque en el lugar donde voy os seré más provecho. Pues ¿cómo podía en aquel trance desconsolarse ni temer la muerte quien tenía la gloria por tan suya, que no sólo esperaba alcanzarla para sí, sino también para sus hijos?

Pues por esta causa los justos no tienen por qué temer la muerte; antes mueren alabando y dando gracia a Dios por su acabamiento, pues en él acaban sus trabajos y comienza su felicidad, y así dice San Agustín sobre la Epístola de San Juan: El que desea ser desatado y verse con Cristo, no se ha de decir de él que muere con paciencia, sino que vive con paciencia y muere con alegría.

Así que el justo no tiene por qué entristecerse ni temer a la muerte; antes, con mucha razón se dice de él que muere cantando como cisne dando gloria a Dios por su llamamiento.

No teme la muerte, porque temió a Dios, y quien a este Señor teme, no tiene más que temer. No teme la muerte, porque temió la vida; porque los temores de la muerte efecto son de mala vida. No teme la muerte, porque la vida gastó en aprender a morir y en aparejarse para morir; y el hombre bien apercibido no tiene por qué temer a su enemigo. No teme la muerte, porque ninguna otra cosa hizo en la vida sino buscar ayudadores y buenas obras. No teme la muerte, porque tiene al Juez granjeado y propicio con muchos servicios que le ha hecho. Finalmente, no teme la muerte, porque al justo la muerte no es muerte, sino sueño; no es muerte, sino mudanza; no muerte, sino último día de trabajos; no muerte, sino camino para la vida y escalón para la inmortalidad; porque entiende que después que la muerte pasó por el minero de la Vida, perdió los resabios que tenía de muerte y cobró dulzura de vida.

Ni tampoco desmaya por todos los otros accidentes y compañeros de este paso. Porque sabe que estos son dolores de parto con que nace para la eternidad, por cuyo amor tuvo siempre la muerte en deseo y la vida en paciencia. No desmaya con la memoria de los pecados, porque tiene a Cristo por Redentor, a quien siempre agradó; no por rigor del Juicio divino, porque le tiene por abogado; no por la presencia de los demonios, porque le tiene por Capitán; no por el horror de la sepultura, porque sabe que allí siembra el cuerpo animal para que después nazca espiritual.

Pues al fin se canta la gloria, y el postrer día, como dice muy bien Séneca, juzga de todos los otros días, y da sentencias sobre toda la vida pasada, porque él es el que justifica o condena todos los pasos de ella, y tan pacífico y quieto es el fin de los buenos y tan congojoso y peligroso el de los malos.

¿Qué más era menester que esta sola diferencia, para escupir la mala vida y abrazar la buena? ¿Qué montan todos los placeres, toda la prosperidad, y todas las riquezas, y todos los regalos y señoríos del mundo, si en el fin vengo a ser despeñado en el infierno? ¿Y qué me pueden dañar todas las miserias de esta vida, acabando en paz y tranquilidad y llevando prendas de la gloria advenidera?

Sea el malo cuán sabio quisiere en saber vivir, ¿para qué presta este saber, sino para saber adquirir cosas con que te hagas más soberbio, más vano, más regalado, más poderoso para el mal, más inhábil para el bien, y para que te sea tanto más amarga la muerte cuanto era más dulce la vida?

Si hay eso en la tierra, no hay otro mayor que saber ordenar convenientemente los medios para su fin. Por donde si es sabio médico el que sabe ordenar la medicina para la salud, que es el fin de esa medicina, aquél será perfecto y absolutamente sabio que supiera ordenar su vida para la muerte; esto es, para la cuenta que se ha de dar en ella, a la cual se debe ordenar toda la vida.