ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO: CAPITULO XXXV – SAN JUAN DE LA CRUZ DESCRIBE LA DULCÍSIMA MUERTE DE AMOR DE DIOS

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

manos rezando

CAPITULO XXXV

SAN JUAN DE LA CRUZ DESCRIBE

LA DULCÍSIMA MUERTE DE

AMOR DE DIOS

¡Qué pálida e incolora parece la muerte del hombre prudente, tan bellamente fantaseada por Platón, y qué pobres las aspiraciones del alma inmortal puestas en boca de Sócrates, con ser tan hermosas, ante la muerte descrita por San Juan de la Cruz del alma que ama a Dios y muere de amor divino!

Platón, como pagano, no conoció la verdad revelada, y hablaba con incertidumbres, con discurso natural no exento de errores. No tuvo conocimiento de lo que era la gloria verdadera y esencial de la visión de Dios, ni de la verdad de la resurrección que los cuerpos gloriosos.

Adivinó que si «se llegase a contemplar la belleza en sí misma», eso sería la vida verdadera y produciría las virtudes (1). Pero ni aun esto aplicó a la muerte de Sócrates.

San Juan de la Cruz habla con la certeza de la verdad revelada y con la profundidad del amor sobrenatural con que Dios enriquece al alma en gracia. Habla del desenvolvimiento maravilloso de las doctrinas del Evangelio acerca de los misterios y verdades de la vida eterna de amor, que Dios comunicará a los Santos, sus escogidos. Sabe que la gloria esencial es precisamente la visión de la esencia de Dios, y que por la muerte se entra a esa visión ya vivir en Él y participar de su vida, y que en Dios estarán unidos, se verán y tratarán todos los buenos del Cielo.

Las palabras de San Juan de la Cruz son insustituibles tratando de la muerte. Sería necesario transcribir todo el comentario que el Santo hace a la estrofa once del Cántico Espiritual; pero sólo trasladaré aquí lo más imprescindible, recomendando al lector el texto, íntegro:

Descubre tu presencia

y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia

de amor, que no se cura

sino con la presencia y la figura.

En el comentario a esta estrofa, habla tan prodigiosamente de la hermosura de la muerte y del gozo de morir, que el ánimo suspira por ella. El Santo dice de modo inimitable cuanto yo quisiera decir, y con el peso de su autoridad, hoy por nadie discutida.

Deseando, pues, el alma verse poseída de este gran Dios, de cuyo amor se siente robado y llagado el corazón, no pudiéndolo ya sufrir, pide en esta canción determinadamente le descubra y muestre su hermosura, que es su divina esencia, y que la mate con esta vista desatándola de la carne (pues en ella no puede verle y gozarle como desea), poniéndole por delante la dolencia y ansia de su corazón, en que persevera penando por su amor, sin poder tener remedio con menos que esta gloriosa vista de su esencia.

Síguese el verso:

Descubre tu presencia.

Trata de cómo está Dios presente en el alma de tres modos. El primero, por esencia, dando el ser, y está de esta manera en todos los seres y personas buenas y malas. El segundo, por gracia, y es cuando Dios está agradado del alma; de este modo está sólo en las almas que viven en gracia de Dios. El tercer modo es por afición espiritual y está, en distinto grado, en muchísimas almas piadosas. Pero así estas presencias espirituales como las demás, todas son encubiertas, porque no se muestra Dios en ellas como es, porque no lo sufre la condición de esta vida; y así de cualquiera de ellas se puede entender el verso susodicho, es a saber: Descubre tu presencia.

Por cuanto esta alma anda en fervores y aficiones de amor de Dios, habernos de entender que esta presencia que aquí pide el Amado que le descubra, principalmente se entiende de cierta presencia afectiva que de sí hizo el Amado del alma; la cual fue tan alta, que le pareció al alma y sintió estar allí un inmenso ser encubierto, del cual le comunica Dios ciertos visos entre oscuros de su divina hermosura; y hacen tal efecto en el alma, que hace codiciar y desfallecer en deseo de aquello que siente encubierto allí, en aquella presencia, que es conforme a aquello que sentía David cuando dijo: Codicia y desfallece mi alma en las entradas del Señor.

Porque a este tiempo desfallece el alma con deseo de engolfarse en aquel Sumo Bien, que siente presente y encubierto, porque, aunque está encubierto, muy notablemente siente presente el bien y deleite que allí hay y por eso con más fuerza es atraída el alma y arrebatada de este bien, que ninguna cosa natural de su centro; y con esa codicia y entrañable apetito, no pudiendo más contenerse el alma dice: Descubre tu presencia.

…Pues tanto es el deleite de la vista de tu ser y hermosura, que no la puede sufrir el alma, sino que tengo de morir en viéndola: Máteme tu vista y hermosura.

… No hace mucho aquí el alma en querer morir a la vista de la hermosura de Dios para gozarla para siempre; pues si el alma tuviese un solo barrunto de la alteza y hermosura de Dios, no sólo una muerte apetecería por verla ya para siempre, como aquí desea, sino mil acerbísimas muertes pasaría por verla sólo un momento, y después de haberla visto, pediría padecer otras tantas por verla otro tanto.

… No le puede ser, al alma que ama, amarga la muerte, pues en ella halla todas las dulzuras y deleites de amor. No le puede ser triste su memoria, pues en ella halla junta la alegría; ni le puede ser pesada y penosa, pues es el remate de todas sus pesadumbres y penas y principio de todo su bien; tiénela por amiga y esposa, y con su memoria se goza como en el día de su desposorio y bodas, y más desea aquel día y aquella hora en que ha de venir su muerte, que los reyes de la tierra desearon los reinos y principados.

… Cuánto mejor será (la muerte)… para el alma que está necesitada de amor como ésta, que está clamando por más amor, pues que no sólo no la despojará del que tenía, sino antes la será causa del cumplimiento de amor, que deseaba, y satisfacción de todas sus necesidades.

Máteme tu vista y hermosura.

Pues sabe que en aquel mismo punto que la viese, sería ella arrebatada a la misma hermosura, y absorta en la misma hermosura, y transformada en la misma hermosura, y ser ella hermosa como la misma hermosura. Que por eso dice David que la muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor. Lo cual no sería si no participasen sus mismas grandezas, porque delante de Dios no hay nada precioso, sino lo que Él es en Sí mismo. Por eso el alma no teme morir cuando ama, antes lo desea.

El alma que ama a Dios, más vive en la otra vida que en ésta; porque más vive el alma donde ama que donde anima, y así tiene en poco esta vida temporal; por eso dice: Máteme tu vista, etc. (2).

Vuelve el Santo a tratar de esta muerte en la Llama, y se entretiene en explicar el tránsito del que muere de amor. La descripción es complemento de la anterior y en ella nos dice que el alma ha pedido a Dios rompiera la tela de este dulce encuentro, que le mandara ya la muerte para entrar en el reino de los cielos y verle a Él y vivir en su amor.

Sólo falta acabar la vida sensitiva, y ya es tan delgada, por el deseo que tiene de ver a Dios y de estar en el cielo, que puede fácilmente romperse, y lo pide para llegar a esa dulcísima entrevista. Esta alma muere gustosa, y aunque la condición de su muerte, en cuanto al natural, es semejante a las demás, pero en la causa y en el modo de morir hay mucha diferencia. Porque si las otras muertes fueron causadas por enfermedad o por longura de días, en éstas no las arranca el alma, sino algún ímpetu de amor mucho más subido que los pasados, y tan fuerte que logra romper la tela y llevarse la joya del alma.

Y así, la muerte de semejantes almas es muy suave y muy dulce, más que les fue la vida espiritual toda su vida; pues que mueren con más subidos ímpetus y encuentros sabrosos de amor, siendo ellas como el cisne, que canta más suavemente cuando se muere.

Que por eso dijo David que era preciosa la muerte de los santos en el acatamiento de Dios; porque por aquí vienen en uno a juntarse todas las riquezas del alma, y van allí a entrar los ríos del amor del alma en la mar; los cuales están allí ya tan anchos y represados, que parecen mares; juntándose allí lo primero y lo postrero de sus tesoros para acompañar al justo, que va y parte para su reino, oyéndose ya las alabanzas desde los fines de la tierra, que, como dice Isaías, son glorias del justo (3).

El alma en el momento de la muerte está en la cumbre de la montaña; de la parte de acá quedan lágrimas, espinas y sombras; del otro lado aparecen los tesoros del reino de los cielos, la luz de la gloria, cuyos rayos ya bañan su frente. El alma radiante extiende su mirada con más contento que Moisés al ver la tierra prometida desde lo alto del monte, para desde la cumbre contemplar la belleza y la luz del Reino, que por la misericordia de Dios llega, y allí entona el cántico nuevo (4).

Es la última y la más grande emoción de toda la vida. El alma espiritual se recoge en sí misma con su Dios, recuerda que el reino de los cielos está dentro del alma (5) y con humildad y alegría dirá, con San Juan: Entra el alma en el gozo de su Señor, en los cielos nuevos, y canta con Fray Luis de León:

Allí a mi vida junto,

En luz resplandeciente convertido,

Veré distinto y junto

Lo que es y lo que ha sido,

y su principio propio y escondido.

Veré, sin movimiento,

En la más alta esfera, las moradas

Del gozo y del contento,

De oro y luz labradas,

De espíritus dichosos habitadas.

¿Quién es el que esto mira

y precia la bajeza de la tierra,

y no gime y suspira

Por romper lo que encierra

El alma, y de estos bienes la destierra?

Inmensa hermosura,

Aquí se muestra toda; y resplandece

Clarísima luz pura,

Que jamás anochece;

Eterna primavera aquí florece (6).

Ya llega a Dios, a su último fin, a la gloriosa meta. Aquí ve los tesoros de virtudes, de dolores y trabajos que había acumulado durante los años del vivir y recoge, transportada en gozo, la paga del Señor.

Se dirá que ésta es la muerte del alma santa y, ciertamente, es así; pero es también la muerte de todas las almas que mueren en gracia de Dios y viven en su amor; si externamente no se presenta en todos con signos especiales, en lo sustancial es muerte santa ante los ojos de Dios. No tendrá ímpetus y transportes externos causados por un extraordinario amor, pero íntimamente la oración obra lo mismo en lo secreto y céntrico del alma y la muerte del cristiano es feliz y gloriosa. Esas almas mueren en Dios y al calor de su amor, y después de su purificación, según hayan sido sus faltas y su remisión en amar al Señor, entran también en Dios y en su gloria. ¿No amaremos y desearemos tú y yo ese momento, como el más dichoso? Mi alma, Dios mío, te deseaba.

Lo que nos importa a ti y a mí es vivir muy santamente, en continuo y vivo amor de Dios y en el ejercicio constante de las virtudes, para llegar al final de la carrera con el alma totalmente limpia de tierra, purificada y muy enriquecida. Nos importa vivir muy santamente, para tener toda la eternidad muy grande capacidad de recibir mucha gloria y no quedarnos en menguados vasos.

Que por lo demás, como nos dice Santa Teresa, «en vuestras manos está vivir y morir con ella (paz y alegría), como veis que mueren las que hemos visto morir en estas casas» (7).

Y en verdad que no le fue amarga, sino dulcísima, la muerte a San Juan de la Cruz. Tan dulcísima como la había descrito en sus obras.

Bien probado del Señor por fuertes sufrimientos interiores y exteriores, para mayor ganancia y más semejanza con Jesucristo, le anunciaron sus hermanos los religiosos que ya era llegada la hora de su partida. Era la noticia más agradable que podían darle y, sonriendo con paz y encanto de cielo, les respondió con palabras de David: ¡Oh, qué hermosa noticia se me da! ¡Que ya me voy a la casa de mi Padre Celestial! En este día se le cumplió el fin de su destierro.

Un reflejo de beatitud y apacibilidad bañó su rostro. Estaba como paladeando su llegada al gozo de Dios.

Pregunta a las once y media de la noche qué hora es y dice: «Ya se va acercando la hora; llame a los padres», y cuando llegan todos les dice: «¿Quieren que digamos el salmo De Profundis, que estoy muy valiente?» Terminada la recitación, que ha hecho él muy pausadamente, pide que le traigan el Santísimo para adorarle. Un globo de luz sobrenatural ha aparecido e iluminado al enfermo. Adora al Santísimo con fervorosas jaculatorias, pregunta qué hora es y al responderle que aún no son las doce, añade él: «A esa hora estaré yo delante de Dios Nuestro Señor diciendo Maitines.» Pide le lean El Cantar de los Cantares, comentando: «¡Qué preciosas margaritas!»

Al dar las doce pregunta: «¿A qué tañen?» Le dicen que a Maitines y exclama gozoso: «¡Gloria a Dios, que al cielo los iré a decir!» Pone sus labios en el crucifijo que tiene en sus manos, y dice pausadamente: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum, y se fue al Cielo a cantar las misericordias del Señor el día 16 de diciembre de 1591 (8).

(1) Platón, El Convite, XXIX

(2) San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, canción XI.

(3) San Juan de la Cruz, Llama de Amor viva, canción I, verso sexto.

(4) Apocalipsis, XIV.4

(5) San Lucas. XVII, 21.

(6) Fray Luis de León. Poesías. A Felipe Ruiz.

(7) Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, capítulo XXVII.

(8) Biografía de San Juan de la Cruz, por el Padre Crisógono de Jesús, cap. XX.