P. CERIANI: SERMÓN DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

PASCUA DE RESURRECCIÓN

En aquel tiempo, pasado el sábado, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a ungir a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, llegaron al sepulcro, al salir el sol. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” Y al mirar, vieron que la piedra había ya sido removida, y era en efecto sumamente grande. Y entrando en el sepulcro vieron, sentado a la derecha, a un joven vestido con una larga túnica blanca, y quedaron llenas de estupor. Mas él les dijo: “No tengáis miedo. A Jesús buscáis, el Nazareno crucificado; resucitó, no está aquí. Ved el lugar donde lo habían puesto. Pero id a decir a los discípulos de Él y a Pedro: va delante de vosotros a la Galilea; allí lo veréis, como os dijo.”

Domingo de Pascua de Resurrección…, el Domingo más importante del Año Litúrgico.

La Epístola es breve, dado la emoción y alegría no permiten largos razonamientos. San Pablo exhorta: Hermanos, Expurgad la vieja levadura, para que seáis una masa nueva, así como sois ázimos. Porque ya nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada. Festejemos, pues, no con levadura añeja ni con levadura de malicia y de maldad, sino con ácimos de sinceridad y de verdad.

El Apóstol se limita a recomendarnos la renovación espiritual, la de nuestro espíritu a semejanza de la Resurrección corporal del Salvador.

El Evangelio es corto también, y refiere la sorpresa de las piadosas mujeres al visitar el sepulcro la madrugada del domingo y hallarlo vacío, recibiendo de un Ángel la feliz noticia de la Resurrección: “No tengáis miedo. A Jesús buscáis, el Nazareno crucificado; resucitó, no está aquí. Ved el lugar donde lo habían puesto”.

¡Qué hermosa es la Secuencia que se canta antes de este Evangelio!

Ella resume el pensamiento pascual:

Es corto el plazo de sufrir; pero es eterno el de la dicha que nos espera.

Hay semana de Pasión; pero hay eternidades de Pascua.

Hay negras sepulturas custodiadas por enemigos armados y suspicaces; pero hay Resurrección gloriosa y confusión de verdugos.

Hay noches tristísimas de soledad y luto; pero hay auroras clarísimas de gala y de aleluya.

¡Cómo se trocaron las suertes en Jerusalén aquella dichosa madrugada que siguió a los días de la Pasión!

Los verdugos ¿dónde están? ¿Dónde el Calvario ensangrentado y el afrentoso patíbulo? ¿Dónde los cálculos de la Sinagoga?

¡Y qué pena que tan poco nos acordemos de estas magníficas enseñanzas de nuestra fe!

¡Luchar! ¿Y qué importa luchar cuando es segura la victoria?

¡Padecer! ¿Y qué afecta padecer cuando el triunfo es infalible?

¡Morir! ¿Y qué aflige morir, cuando hay la seguridad de una eterna resurrección?

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Y, si pensamos en la Iglesia de Jesucristo, ¿por qué ha sido Ella siempre combatida? Claro está que porque nunca ha sido vencida…

Si el infierno ha tenido necesidad de renovar tantas veces el ataque, es sin duda porque los anteriores le salieron siempre infructuosos…

No la combatiría hoy, si la hubiese vencido en el combate de ayer; ni la hubiese combatido hace tres siglos, si la hubiese vencido hace ocho…

Pues bien…, la combatirá del mismo modo hasta el fin de los tiempos, porque ni aún entonces habrá alcanzado todavía la victoria que tantas veces se ha prometido…

He aquí el misterio de esta Iglesia, siempre vencida y siempre vencedora. Ambas cosas son verdad.

Pero su derrota no pasa de ser pasajera y parcial; su victoria es lo que resplandece en el conjunto.

¡Que brame el infierno! ¡Aleluya!

¡Que maquinen los poderes de la tierra! ¡Aleluya!

¡Que se burlen de nuestras exageraciones los fariseos! ¡Aleluya!

¡Que triunfe la iniquidad!; que nos abata, que nos abrume, que nos confunda, que profane y demuela nuestros templos, que sacie de oprobio nuestras almas… ¡Aleluya!

Nuestra existencia sobre el mundo tiene dos aspectos diversos, ambos profundamente verdaderos. Es Pasión continua y es Pascua eterna. ¡Aleluya!

De un lado el eclipse, las tinieblas y las agonías del Viernes Santo; del otro los resplandores magníficos y la feliz alborada del día de Pascua.

¡Bendita madrugada! ¡Aurora dichosísima!, que con tus tibios fulgores alumbraste la majestad de nuestra primera victoria…

Hora matinal en cuyo solemne y misterioso silencio resonó el primer Aleluya cantado por los Ángeles del Cielo… Aurora, cuya dudosa claridad presenció la primera vergüenza de nuestros enemigos… ¡Que nunca cese de traernos la noticia victoriosa a la memoria de nuestra alma harto necesitada vuestros consuelos! ¡Que nunca cese de alentarnos vuestro recuerdo en las negras horas de la tribulación! ¡Que se conserve siempre fresco en el corazón de los pueblos, para enseñarles a esperar siempre y a nunca desfallecer!

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Tiempo Pascual se llaman los cuarenta días que median entre Pascua de Resurrección y la Ascensión del Señor. Es tiempo de espiritual regocijo.

Nuestro Señor Jesucristo pudo dar por consumada su estancia entre los hombres el día en que salió vencedor del sepulcro, emprendiendo su Ascensión a la gloria del Padre, sin que se le viese más en forma humana hasta el día de la Parusía.

No lo hizo así, sino que permaneció conversando familiarmente entre los hombres otros cuarenta días cabales, y sólo después de muchas y detenidas entrevistas con ellos emprendió su ida a la diestra de Dios Padre.

Varias consideraciones suelen aducir los Santos Padres y expositores bíblicos para explicar la razón de esos cuarenta días que quiso el Señor resucitado pasar todavía visible entre los hombres después de su Resurrección gloriosa.

Y lo que aparece en primer lugar es que correspondía en gran manera a la ternura de su Corazón bondadosísimo recompensar con su divina presencia a los que tanto habían sufrido por su causa durante las horas dolorosísimas de su Pasión.

No se cita en los Evangelios la aparición de Cristo resucitado a su Madre Santísima, pero ¿quién duda que no debió citarla el Evangelista por parecerle ocioso dar cuenta de un hecho tan natural? Igualmente podemos suponer que tal aparición fue continua hasta el día de la Ascensión, y no de a ratos tan sólo como se concedió a los demás amigos.

Lo que no es fácil comprender y mucho menos ponderar es cuán afectuosa y de cuán regalados consuelos fue esta primera entrevista de los dos purísimos Corazones. Ante esta escena, como ante las de la Calle de Amargura, del Calvario y del Sepulcro, se queda muda la mayor elocuencia.

Diremos solamente que el gozo debió ser en María y en Jesús tan inmenso como fuera antes su pena, y como lo había sido y lo era entonces y lo había de ser siempre su mutuo celestial amor.

Favorecida con análoga demostración de cariño fue la Magdalena, aquella mujer tan grande en su arrepentimiento como antes lo fue en su extravío; tipo de las almas pecadoras, restauradas, rehabilitadas, ennoblecidas por la penitencia, que tiene su encanto divino como la misma angelical pureza.

Ni cabe pensar menos de la aparición que citan los Evangelistas hecha a San Pedro, aunque no la describen. El Apóstol, por breves momentos infiel y perjuro, había recobrado después de su pasajera infidelidad y cobardía todo el ímpetu y bríos de su antiguo amor.

Por esto, sin duda, y por su carácter de Príncipe electo del Apostolado, y por su condición de arrepentido pecador, mereció también especial visita.

Tenemos bellamente descrita la aparición hecha a los dos discípulos de Emaús, tan dramática, tan encantadora y llena de suaves cuanto profundas enseñanzas.

Está también la que hizo a los Apóstoles juntos el día mismo de la Resurrección, convidándoles a palpar su cuerpo para que se cerciorasen de que no era fantástico, sino muy real. Y la que llevó a cabo ocho días después a los mismos, estando con ellos Tomás, que no estaba el primer día, y en que corrigió la terquedad de este discípulo en no querer aceptar plenamente el testimonio que le daban sus compañeros.

La otra en el mar de Tiberíades, estando de pesca varios discípulos con Pedro, en que les mostró la singular fineza de pedirles de comer, y de comer con ellos para más asegurarles de su real y física personalidad.

Y por fin la que concedió a muchos en un monte de Galilea donde les había dado cita y a la que concurrieron en número de más de quinientos.

El primer saludo de casi todas estas apariciones fue: La paz sea con vosotros; y la primera frase tranquilizadora de su ansiedad y turbación: No temáis.

Y se comprende que la necesitasen los corazones flacos y muy vulgares de aquellos pobres pescadores, a quienes el horror de los recientes sucesos, el odio de toda la plebe de Jerusalén, las amenazas de los príncipes, y después lo nuevo e insólito de la forma en que veían a su Maestro, había de sacar como fuera de sí, y luchando entre el miedo de lo pasado y el pasmo de lo presente.

Por esto vemos tan solícito al Salvador para darles toda clase de seguridades, y para volver de nuevo a su equilibrio aquellas almas agitadas por tan recia tempestad.

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Además del cariñoso anhelo de consolar a los suyos y compensarles sus pasadas amarguras, tuvo por objeto principal Cristo Nuestro Señor, en los cuarenta días que permaneció visible en la tierra después de su Resurrección, robustecer la fe de ellos en este misterio, y por consiguiente en todos los demás de la fe cristiana, que sobre éste como sobre su principal fundamento debían basarse.

Es notable, en efecto, que, si bien Cristo hizo durante su predicación muchos milagros, nunca llamó tanto la atención sobre ellos como sobre el postrero de todos, que debía ser el de su Resurrección. Repetidas veces lo echaba como un reto a la incredulidad de sus enemigos y a las desconfianzas de sus propios discípulos.

De modo tal que era su tema constante antes de morir hablar de su Resurrección. Y tanto lo era, que los mismos judíos tomaron pie de eso para pedir a Pilatos guardias y sellos para su sepulcro.

La Resurrección de Cristo había de ser, en efecto, la columna maestra de todo el edificio cristiano. Gran milagro era que Cristo resucitase a un muerto, pero mayor sin comparación había de ser que Cristo muerto se resucitase á sí propio.

Convenía por tanto que este milagro, más que todos, tuviese todos los caracteres de pública notoriedad que habían de hacer de él arma incontestable en manos de los primeros predicadores.

Éstos, por otra parte, lo necesitaban más que nadie, ya por la debilidad de su naciente fe, ya por la espantosa contradicción a que en ellos más que en nadie debía verse expuesta.

Por esto vemos que Cristo nuestro Señor no se contenta con aparecer una u otra vez a sus Apóstoles y discípulos, sino que se les presenta repetidas veces; de modo que tiene con ellos casi igual familiaridad que antes de morir tuviera. Y no sólo se deja ver, sino que se deja palpar y examinar, y convida s que le palpen y examinen…Y para alejar toda idea de que fuese ilusión o fantasma, como algunos creían, conserva las señales de sus llagas en las manos, pies y costado, y permite que un Apóstol incrédulo haga por sí mismo la experiencia de tocárselas.

De suerte que, al desaparecerles Cristo, pudieron muy bien aquellos Apóstoles y primeros discípulos decir como dijo San Juan: Lo que nuestros ojos han visto y lo que nuestras manos han tocado, eso os anunciamos.

Y era preciso que fuese así. Aquellos primeros testigos eran los únicos que ante todo el mundo y ante todos los siglos debían dar fe del milagro, y por tanto debían estar plenamente certificados de él, hasta poder morir firmes en su defensa, si necesario fuese.

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Esos cuarenta días fueron, pues, el plazo que les dio el Señor para dejar plenamente asegurada su convicción.

Debían empezar su predicación perfectamente convencidos de la primera pieza del proceso que iban a desplegar ante todos los hombres.

Después de lo cual notamos que, al empezar los Apóstoles su predicación, casi sólo predican la Resurrección de su Maestro. Ante los judíos, sobre todo, por ahí empiezan siempre, y por ahí prosiguen y por ahí acaban.

Sabían bien que, admitido este hecho fundamental, quedaba ya admitido todo lo demás.

Y notamos también que nadie de sus contradictores se levanta a negar tal Resurrección. Ni los judíos, ni los filósofos gentiles impugnaron jamás el hecho, que harto veían era indestructible.

Y he aquí otro de los fines muy elevados que tuvo Cristo en permanecer durante algún tiempo visible en el mundo después de su Resurrección.

No sólo para dejar muy acreditada ante sus discípulos y ante el mundo toda la verdad de su gloriosa Resurrección, sino también para mostrarnos con su modelo lo que habrá de ser un día nuestra resurrección.

Con aquello puso el fundamento más firme de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Y a la verdad no sería llamado con razón Cristo primogénito de entre los muertos y primicia de los que duermen, si no tuviera este significado su Resurrección gloriosísima.

Pues pudo resucitarse a sí mismo, también ha de poder resucitarnos a todos nosotros.

El Cuerpo sacrosanto de Cristo era como nuestro cuerpo. Pues bien, a esta igualdad de condición corporal en la vida presente corresponde una igualdad de condición en la vida futura.

Y de lo que seremos, cuando por su virtud hayamos resucitado, nos da idea mostrándolo durante estos cuarenta días.

Convenía que, del mismo modo que durante las amarguras de Getsemaní, del Pretorio y del Calvario vimos en Cristo la huella de nuestro pecado, así en la gloria de esos cuarenta días vislumbrásemos el triunfo completo de la gracia sobre este mismo pecado, y la futura elevación nuestra por los méritos de Cristo a ser compañeros de su glorificación.

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Otro de los fines que tuvo el Salvador en permanecer visible cuarenta días sobre la tierra después de su Resurrección, fue hacer a los Apóstoles las últimas confidencias o revelaciones de su celestial doctrina y de la organización de la Iglesia Católica.

Llegado este momento, nos dicen los Libros Santos que las conversaciones particulares que tenía con sus discípulos eran sobre asuntos del Reino de Dios; con lo cual claramente nos significa que les daba entonces las más precisas instrucciones sobre la gran obra que por su orden y en su nombre iban a emprender.

Así, pues, a estas instrucciones secretas del Salvador hemos de atribuir el origen de las verdades y preceptos que enseña y dicta aún hoy la Iglesia Católica, y que no constan explícitamente en los Libros Sagrados, sino que forman lo que se llama el Depósito de la Tradición, tan respetable y autorizado como el de las mismas Santas Escrituras.

Esta Tradición oral empezó aquí.

Oralmente comunicada a los Apóstoles y por éstos a sus primeros discípulos, ha sido consignada después en los libros de los Santos Padres y en las prácticas de los fieles.

A esta clase pertenecen las materias y formas de varios Sacramentos y la institución de algunos de ellos, así como muchas prácticas y verdades admitidas en el Catolicismo desde los primeros siglos, de las cuales, sin embargo, no se habla en los Evangelios.

Más aún. Varias cosas que antes de su Resurrección no había hecho el Salvador más que prometerlas, las realizó durante aquellos cuarenta días.

Así el Primado sobre la Iglesia le fue prometido a Pedro cuando su confesión de la divinidad de Cristo, pero no le fue conferido hasta aquel apacienta mis corderos y mis ovejas, después de la Resurrección.

También el poder de perdonar los pecados no se lo confirió Cristo a los Apóstoles hasta después de su Resurrección.

Como igualmente aquella soberana delegación para predicar el Evangelio a toda criatura, no se les dio más que por Cristo después de resucitado.

Así, pues, hemos de considerar al divino Salvador en los tres años de su predicación por la Judea, disponiendo el terreno para su edificio; en su muerte y Resurrección, poniendo en éste la primera piedra; durante estos cuarenta días, echando los restantes solidísimos fundamentos.

Hecho esto, partió, dejando a sus Apóstoles el cuidado de continuar la obra, cuya consumación y remate volverá a ponerle Él en persona el día de su Parusía.

Para ese día, preparemos nuestra alma y nuestro corazón… ¡Aleluya!