P. CERIANI: SERMÓN DE LA SOLEDAD DE MARÍA DOLOROSA

Hemos entrado de lleno en la contemplación de los augustos misterios de la Pasión y muerte del Hombre-Dios, Jesucristo.

Y de este tiempo privilegiado quiso la Iglesia escoger un día para dedicarlo a la consideración de los dolores y amarguras de la Santísima Virgen María, ya que justo es, según la expresión del Apóstol, que los que con Cristo padecieron, con Cristo sean glorificados.

Bajo el nombre de los Dolores de María comprendemos toda aquella serie de padecimientos que afligieron el Alma de la Benditísima Señora, desde la profecía de Simeón hasta sus horas de soledad, después de la sepultura de su Hijo.

Pero más singularmente se fija la atención de los fieles en los que debió sufrir durante la Pasión del Redentor, y en particular al pie de su Cruz, como que ellos fueron la suma y el compendio de todos los dolores de su vida.

Porque, en efecto, todos los sufrimientos de la Madre de Dios anteriores a los de la Pasión habían sido acompañados al mismo tiempo de singulares consuelos, que pudieron hacérselos más suaves y llevaderos.

Si en Belén vio a su Hijo pobre, desnudo y tiritando de frío, pudo al menos allí abrigarle en su propio seno y reanimarle con su leche virginal; si tuvo que sacarle fugitivo y desterrado por el camino de Egipto, le pudo siquiera librar por este medio de la saña de sus enemigos; y si durante los tres años de su predicación le vio objeto de la envidia de los fariseos, la fama en cambio de sus prodigios, las bendiciones de los enfermos curados y de las madres a quienes había devuelto los hijos, fueron sin duda gran parte para consolarla de la ruin ingratitud de aquellos malvados.

No así en el Calvario.

Le vio desnudo sin tener con qué cubrirle, sediento sin poder ofrecerle una gota de agua, perseguido sin que le fuera posible ponerle a cubierto de sus enemigos, ultrajado sin que nadie se atreviese a responder por Él en aquel trance doloroso.

Los Evangelios no nos dicen se levantase una sola protesta en su favor de entre aquel horrible concierto de blasfemias y sarcasmos con que insultaban los fariseos su agonía.

Fue necesario que la naturaleza entera diese muestras de su dolor, que las piedras se rajasen, que el sol se oscureciese, que la tierra devolviese sus muertos, para que un hombre, soldado y gentil, exclamase después de la muerte de Cristo: Verdaderamente, Éste era el Hijo de Dios.

Y a tan desgarrador espectáculo tuvo que estar presente el Corazón de una Madre.

Bien lo canta la Iglesia en aquel su tristísimo himno en que contempla las angustias de María junto a la Cruz.

Stabat, nos dice.

Estaba de pie, no desmayada ni desfallecida, sino serena y animosa, bebiendo con su Hijo el cáliz de la Pasión, resuelta a apurar de él hasta las heces.

Sabía que tales padecimientos constituían el precio de nuestra Redención, y los sufría gustosa por nosotros, para poder así, con justo título, llamarse nuestra Madre y nuestra Corredentora.

Con estos dolores adquirió esta nueva maternidad; fuerza será que amemos y compadezcamos a Quien tan a su costa nos hizo hijos suyos.

Oigámosla, pues, a la dolorida Señora quejarse así con nosotros, los ingratos hijos de su Corazón:

¡Mi Hijo, mi único Hijo, el Hijo de mi alma y de mi amor, me lo han apresado, escupido, azotado y crucificado! Era el más hermoso entre los nacidos de mujer, escogido entre millares, lleno de dulzura y suavidad para con los pobres y los pecadores; labios que sólo se movieron para articular palabras de misericordia y perdón; manos con que no atendió sino a derramar beneficios…

¡Vedle ahí en la cruz, despreciado y escarnecido, sangrientas las espaldas por el látigo, descoyuntados los huesos, abiertos pies y manos con clavos crueles, manojo de espinas por corona y almohada, desgarrado el costado por la lanza!

Sí, pecadores, éste es mi Hijo y yo soy su Madre; éste el que habéis clavado vosotros en cruz, y yo la que habéis amargado con tan acerbos dolores.

¡He aquí vuestra obra de iniquidad! ¡He aquí lo que cuestan vuestros pecados! Y, sin embargo, sois hijos míos, aunque ingratos y matricidas; hijos míos por quienes volviera Él gustoso a morir y yo gustosísima a padecer, si no bastaran para redimiros y salvaros a todos tanta sangre y tantas lágrimas derramadas.

¡Hijos míos! ¡Oíd, pues, la voz de la Madre a quien tanto costáis, a quien tanto debéis!

No queráis pisotear con nuevos pecados esa sangre y esas lágrimas que valen tanto; no queráis sumir en eterna desventura esas almas que han costado tan caras al Hijo de Dios y a su Madre afligidísima.

¡Hijos míos! Esta cruz se ha alzado sobre el Calvario para salvaros, y desde la sangrienta cima extiende ella sus brazos de amor para abrazaros a todos; pero mirad que, si la despreciáis, esta cruz misma os ha de juzgar y os condenará.

¡Hijos míos! No más pecar, no más ultrajar al Juez que os ha de dar la sentencia; no más insensatez y locura, no más vida de perdición, al fin de la cual sólo os podéis prometer horrible muerte y espantoso infierno.

¡Hijos míos! No más diversiones escandalosas, no más lecturas impías, no más blasfemia y maldición, no más impurezas y liviandades.

¡Hijos míos! El Cielo os ha comprado con mis dolores: ¿queréis renunciar a él? La Sangre de mi Hijo he dado de buena gana por vuestras almas: ¿queréis así de balde entregarlas al infernal enemigo?

¡Hijos míos! Sed castos y caritativos, humildes y fervorosos, buenos padres y buenos esposos, hijos perfectos de mi Corazón y devotos de mis Dolores.

¡Hijos míos! Con lágrimas en los ojos, por esa cruz, por esos clavos y espinas, por esa lanza y esa hiel, por las agonías de mi Hijo, os pide vuestra Madre dolorida una buena Confesión.

Vosotros habéis clavado esas espinas, vosotros habéis azotado esas espaldas, vosotros habéis abierto ese costado, vosotros habéis horadado esas manos y esos pies…

¡Y es mi Hijo, y es vuestro Dios! Decid, ¿qué os había hecho el Hijo de mi alma para que le trataseis así? ¿Acaso porque os amó con entrañable cariño; porque os buscó como ovejas perdidas, con incesante afán; porque os adoctrinó con enseñanzas del Cielo; porque su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Vida y su Divinidad todo os lo dio para ganaros a fuerza de dádivas el corazón?

¡Ingratos! ¿Podíais tratar más cruelmente a quien hubiese sido vuestro más fiero enemigo, en vez de haber sido vuestro más generoso bienhechor?

Por vosotros lo di a luz y lo amamanté en Belén; con inefable amor le estreché mil veces en mis brazos, pensando a qué sacrificios le llevaría el ofrecerse a ser vuestro Redentor.

Cuando en la soledad de Egipto o en el silencio de Nazaret le oía balbucir sus primeras palabras o sonreír dulcemente con sus primeras sonrisas, resonaba en mi Corazón una espantosa profecía: Este Hijo ha de ser tu espada de dolor…

Pero aún se clavaba más adentro en mi alma aquella otra: Puesto ha sido este Niño para ruina y resurrección de muchos en Israel…

¿Cómo? ¿Qué dijiste, anciano Simeón? El Restaurador del mundo, ¿ha de ser ruina de muchos? ¿Perdición ha de ser para alguno el que ha venido para ser de todos Salvador?

¡Ah! sí, era verdad la dolorosa palabra del inspirado anciano… Mi Hijo, mi dulce Hijo, el Salvador de los hombres, ha de ser para vosotros, ¡oh pecadores!, no salud y vida sino eterna ruina y perdición…, si no os apresuráis a volver a Él.

Esas llagas y esas espinas, esa sangre y esa cruz, para quienes lloren contritos su pecado serán fuentes de perdón, prendas de paz y de consuelo… Pero, para quienes persistan en despreciarlas, causa de eterna condenación…

¡Tú las has abierto esas heridas, pecador; y no obstante claman en favor de ti misericordia! Pero si, duro y sordo, no te rindes a ese grito amoroso, ¿qué han de gritar en el último día contra ti sino venganza y justicia, y sentencia de infierno?

Aquí te las presento estas prendas de reconciliación y de paz, pecador ingrato, y aquí las ofrezco al eterno Padre por ti. Madre soy tuya y de Jesucristo.

¿Aceptas mi oficio de Medianera? Ven, y con lágrimas en los ojos dile a tu Padre y a tu Dios: Padre mío, Dios mío, Redentor mío, pequé. Pequé, y no soy ya digno de que me llames tu hijo. Pero volveré a serlo el día en que me otorgues tu perdón.

¡Dios mío! ¡Jesús mío! Por esas llagas y cruz, por esas agonías y dolores, por las lágrimas y congojas de vuestra Madre, ten compasión de este pobre pecador…

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Precisemos y contemplemos a María Dolorosa en la Calle de Amargura, descubramos su Amor a la Cruz y tomemos algunas resoluciones prácticas.

Llegaron para Ella los horribles días de la Pasión.

Jesús, pedida licencia a su Madre, se entregó como cordero en manos de sus feroces enemigos.

Fue preso, abofeteado, escupido, azotado, coronado de espinas, y condenado a muerte de cruz.

Supo Nuestra Señora la fatal sentencia, y fue a abrazar a su Hijo en el camino del Calvario, y le siguió luego hasta la hora de su crucifixión.

Esto nos manifiesta que no debe bastarnos el que Jesús haya padecido y muerto por nosotros. Debemos hacernos nuestra su Cruz y hacernos encontradizos con Ella y tomarla sobre nuestros hombros, y seguir así todos los pasos de nuestro divino Redentor.

María Dolorosa no se estuvo sosegada en su habitación cuando supo que llevaban a crucificar a su Hijo, ni se contentó con lamentarse en su soledad con estériles desconsuelos.

Animosa y varonil buscó al Hijo de su alma entre aquel mar de sufrimientos en que andaba acongojado; no temió al pueblo seducido, ni a los fieros sayones, ni a la brutal soldadesca.

No paró hasta encontrarse cara a cara con su dulce Jesús, y asociarse hasta el fin a su dolorosa tragedia.

Suyas quiso fuesen las injurias que recibía, suyas las maldiciones con que era insultado, suyos los golpes y heridas que recibía Él en su cuerpo y que María sentía redoblados en su Corazón.

Nos alcance gracia para asociarnos a los padecimientos de su Hijo por medio de la perfecta mortificación.

De dos maneras podemos realizarlo:

Primeramente, sufriendo con paciencia y buena voluntad lo que nos afligiere y desconsolare, ya venga directamente de mano de Dios, como las enfermedades, rigores de la estación, muertes de amigos, etc., ya nos venga pasando antes por las de los hombres, como persecuciones, difamación, menoscabo de intereses y demás.

En segundo lugar, buscando por nosotros mismos la cruz por medio de las asperezas de la penitencia; privando a nuestro cuerpo de inútiles regalos; viviendo parcamente y sin fomentar la sensualidad; satisfaciendo con prudentes y proporcionados castigos lo que debemos por nuestros desórdenes pasados y presentes a la justicia de Dios.

Tomemos la resolución de vivir en adelante, a imitación de nuestra Madre y Señora, vida paciente, mortificada y crucificada.

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El espectáculo del Calvario nos presenta a Cristo clavado en cruz. Los dos ladrones crucificados a derecha e izquierda. Los fariseos y escribas delante, insultando los últimos momentos del divino Moribundo. María Dolorosa y las demás piadosas mujeres y San Juan firmes al pie del cadalso.

Admiremos la constancia y firmeza más que humanas de esa animosa Mujer.

Desde que buscó y encontró a Jesús en la calle de la Amargura, fue siguiéndole, paso tras paso; y no quiso ya separarse más de Él.

Vio su desnudez, oyó el martillar sobre los clavos de sus pies y manos, le miró alzado en alto sobre el sangriento madero, una a una recogió sus últimas palabras y recomendaciones, mantuvo rostro sereno ante el horror de los elementos perturbados al espirar el divino Salvador.

Esta es la imagen de lo que debe ser toda alma fiel en los azarosos momentos en que llega a su alma la amargura de la tribulación.

Asida a la cruz de Cristo, sabiendo que allí está su seguridad y su apoyo, no ha de temer borrascas, ni retroceder antes las injurias, ni abandonar, sean cuales fueren las amarguras que haya de pasar su despedazado corazón.

No se vive en amor sino a costa de graves dolores, que son la prueba de su valor y precio.

Almas tibias, que vaciláis a la menor contradicción y huis despavoridas del lugar del sacrificio, cuando os lo exige la honra de lo que amáis, ¿es verdad que amáis?

No amó así María, nuestra Madre y Madre de Dios.

Mirémonos en ese espejo, y aprendemos en María y de María la fuerza y firmeza incontestables del verdadero amor a prueba de todo sufrimiento.

Bebamos como Ella nuestro cáliz de pasión hasta el fin, hasta lo más amargo de sus heces, si queremos reinar un día sin llanto ni pena alguna en el gozo de nuestro Señor.

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No era aún el término del dolor de María de la Compasión…

Dos piadosos varones bajan de la cruz el cuerpo del Señor, y después de haberlo tenido en sus brazos la desconsolada Señora, le dan honrosa sepultura y cierran luego la entrada de ella con una piedra.

María Dolorosa se ve privada hasta de ese último consuelo sensible, y sumida en la más dolorosa soledad.

La sufre también alguna vez el alma cristiana, cuando place al Señor probar su fidelidad en el divino servicio por medio de las tristezas del desamparo.

Las consolaciones sensibles suele prodigarlas el divino Esposo a las almas primerizas en la virtud, que necesitan la leche de tales dulzuras para que les sea más fácil el desapego de las mundanas satisfacciones, a que tal vez vivieron en su principio demasiadamente entregadas.

Mas pasada esta como espiritual infancia, no es ya la leche de los consuelos el manjar de las almas adultas; es muchas veces el pan duro de la interior tribulación.

Se esconde aparentemente el Señor a las miradas del alma enamorada; deja de hacerle oír su voz en el corazón; la rodea por todas partes noche tenebrosa; se cree la infeliz realmente abandonada de su Dios y Señor.

Los más grandes Santos han pasado por la dolorosísima prueba de la interior desolación.

Dios, bondadoso con ellos, incluso en medio de su aparente olvido, no permite sucumban a la duda y a la desesperación, pero se vale de esta espada para acabar de cercenar del corazón, que quiere para sí, todo resto de humano afecto, para asegurarle en la humildad y baja estima de sí propio.

Como se afina el oro en el crisol y como se aquilata en el yunque el diamante, así lo son las almas fieles, bajo la amargura del interior desconsuelo.

No desmayemos, aunque negras sombras de desolación nos roben al parecer la presencia sensible del Señor.

Separación verdadera de Dios sólo se hace por el pecado mortal, que es lo único que debemos verdaderamente temer.

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No era la fe de María Santísima flaca, asustadiza y desconfiada como la de los discípulos.

Estos, medrosos y despavoridos, se habían encerrado por temor de los judíos después de la muerte del Señor, y se puede muy bien entender, del relato de los Evangelistas, que no tenían de la próxima Resurrección de su Maestro toda la seguridad que debían inspirarles las divinas promesas.

María Santísima, animosa y varonil, nunca perdió esta seguridad; y con toda certeza esperó para el tercer día la Resurrección del Hijo de su amor.

Este debe ser el carácter de las almas verdadera y sólidamente cristianas, así en las perturbaciones de su propio espíritu como en las persecuciones y catástrofes que amenazan y aun abruman frecuentemente en nuestros días a la Iglesia de Dios.

Esperar contra todo motivo que pueda hacer vacilar su esperanza; tenerse firme y en pie a pesar de todas las opuestas corrientes, he aquí las muestras y distintivos del verdadero amor.

Aunque me mate, decía Job, esperaré en El.

Esta es la fórmula más exacta de la suma confianza en las divinas promesas, que no debe nunca ni por nada perder el buen cristiano.

¿Qué días pudieran presentarse más horribles y tenebrosos que los que precedieron a la Resurrección del Señor?

¿No aparecía evidente el triunfo de sus más enconados enemigos?

¿No se hubiera podido juzgar enterrada con el divino Jesús toda esperanza de triunfo para su doctrina?

Sin embargo, el Salvador había dicho: Después de tres días resucitaré.

Y María, dolorosa pero segura de la promesa de su Hijo, templaba el infinito dolor de su alma con esa infalible certeza.

Así se nos ha dicho y se ha dicho a la Iglesia Santa: sufrid y esperad; después de corto plazo triunfaréis, y vuestra tristeza se convertirá en gozo, y este gozo vuestro ya nadie os lo podrá arrebatar.

Debemos creer en esta promesa. No seríamos cristianos si no lo creyésemos, porque es palabra de Dios, cien veces repetida en las Santas Escrituras.

Tengamos, pues, confianza y seguridad conformes a esta creencia.

Mientras tanto, como fieles hijos de María Santísima, acompañemos a la Dolorosa en su soledad y aflicción…