ALEGRÍA DE MORIR
UN CARMELITA DESCALZO
LA HERMOSURA Y BONDAD DE DIOS
ACRECIENTAN LOS DESEOS DE VERLE
Las alegrías de los sentidos son tan dispares de los goces del espíritu, que quien procura el placer de aquéllos no es posible pueda figurarse lo que es el contento espiritual y la alegría comunicada por Dios al alma.
La tierra no da flores de Cielo, ni en el ruido y agitación mundanos se perciben las armonías de los coros angélicos. Las flores del Cielo se marchitan en la tierra y los acordes de los ángeles, han de oírse en total silencio. Mas quien se recoge callado en lo íntimo de su espíritu, a solas con Dios, que habla allí, no ocupándose de su ruidosa, inquieta y presumida nada, «quien se niegue a sí mismo» (1), ése recibirá del Señor alegrías inefables, que saben a gloria eterna; experimentará que el abrazo divino es incomparablemente superior a cuanta felicidad se pueda soñar y trasciende toda ciencia. Y no es de extrañar sabiendo que es noticia comunicada por Dios en puro espíritu, que sabe a esencia de Dios y a vida eterna.
¿Cómo se ha de soñar que la tierra pueda comprender al Cielo? La tierra no pasará de ser tierra y el Cielo ha sido creado por Dios para ser dicha y felicidad.
El alma que, por la gracia y misericordia divina, gusta algo de Dios, encuentra insípido y vacío todo lo del mundo; y cuando se ha entreabierto la ventana y, con un rayo de luz celeste, vio algo de las perfecciones divinas, no puede complacerse con menos que con el mismo Dios. Gime el alma encerrada en la cárcel del cuerpo con gemidos hondos, suspirando por la anchura y claridad del Cielo.
Son los Santos los testigos experimentados y veraces, y los únicos que nos pueden notificar este hecho. De la Sagrada Escritura y de los Santos tomaremos las palabras para expresarlo.
No brota flor tan perfumada y primorosa en nuestra tierra; es la mano de Dios quien da fragancia y color. Ya nos advierte la Imitación de Cristo, para que seamos agradecidos: «Hijo, cuando sientes en ti algún deseo de la bienaventuranza, y deseas salir de la cárcel del cuerpo para poder contemplar mi claridad sin sombra de mudanza, dilata tu corazón y recibe con todo amor esta santa inspiración» (2).
El profeta David nos dejó un precioso Salmo, que diariamente repite el alma que vive el amor: ¿Qué hay para mí en el cielo ni en la tierra fuera de Ti, Dios mío? (3).
Esta misma idea la expresaba San Juan de la Cruz en sus versos:
Que estando la voluntad
de divinidad tocada,
no puede quedar pagada
sino con divinidad (4).
Las almas que sienten en sí el calor del fuego divino, o que han recibido un atisbo de las bellezas eternales con iluminación de la luz sobrenatural, tienen sed ardiente e insaciable de ver a Dios y no pueden menos de desahogar su pecho en suspiros pidiendo al Señor que les sacie su sed.
No es ficción de la poesía o lirismo de los que cantan la hermosura de la naturaleza o de los seres, sino la inspiración del profeta David (superior a todo poeta), quien cantó estas ansias y deseos del alma enamorada, y diariamente lo repiten cuantos se abrasan en la hoguera del Espíritu Santo: Como brama el sediento ciervo por las fuentes de aguas, así, oh Dios, clama por Ti el alma mía. Sedienta está mi alma del Dios vivo y fuerte. ¿Cuándo me será concedido que yo llegue y me presente ante la cara de Dios? (5).
No es Fray Luis de León, que dice a la solitaria cima con muy hondo sentimiento:
Recíbeme en tu cumbre
y do está más sereno
el aire me coloca (6).
Es el mismo David quien veía la cumbre de los collados eternos en el Verbo y decía a Dios: Escóndeme en lo escondido de tu rostro, que es el Verbo, y a Ti dice el alma mía; buscaré la luz de tu rostro (7).
No puede prescindirse de ese sentimiento, pues, como ya vimos, «todos los hombres coinciden en el deseo, que llevan en su misma naturaleza de conseguir el último fin, y todos anhelan por alcanzar su perfección, y la perfección total es el último fin» (8), «porque la bienaventuranza es la perfección total ya conseguida y que excluye todo defecto de quien la consiguió» (9), dice con la precisión y profundidad de siempre Santo Tomás, sin que ni un solo deseo quede insatisfecho. Más aún: en esta misma vida de la tierra saciará Dios los grandes deseos de divino amor.
Por eso las almas de trato íntimo con Dios desean con alegría la muerte. Le recuerdan constantemente que no olvide que las creó para tenerlas consigo en el Cielo y hacerlas participantes de su gloria, y le piden que tenga a bien, en su misericordia, no prolongarlas mucho su destierro, sino que las mire con amor y venga pronto a llevarlas a su compañía.
Santa Teresa de Jesús, como gran enamorada, vuelve a decírnoslo: «Queda el alma tan deseosa de gozarle del todo… que vive unas ansias grandísimas de morirse, y así, con lágrimas muy ordinarias, pide a Dios la saque de este destierro. Todo la cansa cuanto ve en él» (10). Y «el entendimiento está tan vivo para entender la razón que hay que sentir de estar aquel alma ausente de Dios; y ayuda Su Majestad con una tan viva noticia de Sí en aquel tiempo de manera que hace crecer la pena en tanto grado, que procede quien la tiene en dar grandes gritos» (11).
Desean volar ya libres de todo lazo a la atmósfera de luz, al foco de toda sabiduría, al manantial inexhausto del amor, al origen de toda vida ya la plenitud de todo bien. Desean que venga pronto la muerte para entrar en seguida en la vida feliz que es «juntura de todos los bienes» (12).
Lejos de parecerles triste la muerte, la ven vestida de esplendorosa belleza, y la esperan con más ilusión que los niños a los Magos de Oriente.
La muerte es salir de entre ponzoñosas sabandijas, que en la oscuridad continuamente sobresaltan y asustan, a la compañía dulcísima de los bienaventurados del Cielo en la luz inextinguible. La muerte es dejar la pesadez, los dolores y la torpeza del cuerpo, para vestirse de la claridad, sutileza y radiante hermosura; es dejar este mundo de ambiciones e injusticias, de guerras y amenazas, de incertidumbres y duelos, para entrar en el reino de la paz, de la abundancia, del amor y vivir en la resplandeciente morada de la Sabiduría; quedar libre de la crueldad de hombres duros, para ser acogido en los regalados y suavísimos brazos del Padre Celestial.
«¡Oh muerte! -me decía el solitario sentado junto al ciprés de su ermita y mirando dulcemente al cielo. ¡Oh muerte amable!; en esta soledad miro por si llega hasta mí la luz que anuncia tu presencia para entonar el cántico de alabanza. Eres la mensajera que anuncia al Señor».
La muerte es la trasformación de esta vida de tierra en vida de luz; es recibir el dulcísimo abrazo en el pecho de Dios. ¿Quién no deseará despojarse de los harapos del cuerpo para vestirse de la claridad y hermosura celeste?
No resisto a la tentación de transcribir la bellísima muerte del justo, descrita por Fray Luis de Granada:
«El que desea ser desatado y verse con Cristo, no se ha de decir de él que muere con paciencia, sino que vive con paciencia y muere con alegría. Así que el justo no tiene por qué entristecerse ni temer la muerte, antes con mucha razón se dice de él que muere cantando como cisne, dando gloria a Dios por su llamamiento.
No teme la muerte, porque al justo la muerte no es muerte, sino sueño; no muerte, sino mudanza; no muerte, sino último día de sus trabajos; no muerte, sino camino para la vida y escalón para la inmortalidad, porque entiende que después que la muerte pasó por el minero de la vida, perdió los resabios que tenía de muerte y cobró dulzura de vida» (13).
El amor es la capacidad de conocimiento de Dios, y, por tanto, de la gloria que será capaz de recibir, del mismo modo que el deseo es la capacidad del amor.
El alma iluminada y esclarecida por el amor agranda también la capacidad para conocer y recibir la luz de Dios, y recibe más conocimiento vivo y más sabiduría sustancial de lo infinito de las perfecciones divinas. Lo recibe ahora en la tierra por la esperanza cierta que la da la fe; y la verdad enseñada por la fe es mucho más segura y más clara en su oscuridad que las verdades que enseña la ciencia humana y la misma teología, y recibe también la sabiduría por las noticias especiales y comunicaciones que dijimos ponía el mismo Dios en la esencia del alma, irradiando destellos de luz increada sobre el entendimiento de aquellos que le aman de todo corazón, le obedecen con fidelidad, le tratan en perseverante oración y viven en ejercicio de continuado amor.
Guiado el espíritu por la viva fe y con estas noticias especialísimas que Dios le ha infundido en total silencio de sus potencias, pero que le ha dejado lleno de una luz más clara que la que da la teología sobre Dios y sus innumerables y altísimos atributos, no puede ya soñar con nada mejor ni tener ideal más elevado que a Dios mismo con su hermosura y su gloria. Porque toda otra ciencia, todo otro trato y todo Otro ideal, es oscuridad, imperfección y pequeñez ante lo que ha visto y conoce en Dios.
San Pablo, recordando lo que se le había mostrado, decía: En cotejo del sublime conocimiento de Jesucristo miro todas las cosas como basura por ganar a Cristo (14).
Una vez más cito a Santa Teresa de Jesús, Maestra la más segura en estas ciencias experimentales de las obras de Dios en el alma, la cual corrobora lo que dijo San Pablo. Dice la Santa (que, como buena mujer, no olvida flores y perfumes): «Cuando veo alguna cosa hermosa, rica, como agua, campo, flores, olores, músicas, etc., paréceme no lo quería ver ni oír: tanta es la diferencia de ello a lo que yo suelo ver, y así se me quita la gana de verlo…; esto me parece basura» (15).
¿Cómo ha de haber ni atrevimiento siquiera para comparar lo terrenal con las perfecciones de Dios? ¿Cómo los que gustaron algo de la dulzura divina no han de hallar amarga la tierra?
Dios, Dios, Dios infinito y glorificador es el ideal del alma enamorada y su ardoroso y único deseo.
Bien dice la Imitación: «Por eso es poco e insuficiente cualquier cosa que me das, o prometes, o me descubres de Ti mismo, no viéndote ni poseyéndote cumplidamente… Miserable soy como encarcelado y preso con grillos hasta que Tú me recrees con la luz de tu presencia» (16).
El anhelo y el ansia es que llegue ya la clara visión de lo infinito enseñado por la fe o por las ilustraciones especiales del Señor. Resaltando el ansia de poseer ya esta hermosura escribía San Basilio:
¿Qué hay, me pregunto, más admirable que la divina hermosura? ¿Ni qué idea puede concebirse más agradable que la majestad de Dios? ¿Quién podrá imaginarse un deseo semejante al que se produce divinamente en las almas limpias de todo defecto? ¿Ni dónde se dará un deseo tan vehemente y tan acuciante?
Ciertamente, del alma así afectada se puede decir con toda propiedad: Yo desfallezco de amor y me encuentro herida de amor. Los resplandores que manan y saltan de aquella brillantísima fuente de la divina belleza exceden completamente toda explicación y no pueden describirse, no hay palabra que dignamente los exprese ni oído que pueda comprenderlo.
Porque aun cuando lo expresaras con más esplendor que tiene el muy brillante lucero de la mañana, con más blancura que la luz de la Luna o que la deslumbrante del mismo Sol, comparado con el brillo de la divina hermosura todo sería como pura oscuridad y su valor es como nada si queremos acercarlo a la grandeza de esta divina hermosura. La diferencia que hay de ellos a la luz verdadera de Dios excede inmensamente a la que hay entre las negras tinieblas de la profunda noche y la clarísima luz del mediodía, ni se pueden parangonar.
No es posible que alguno vea con los ojos del cuerpo la majestad de esta altísima hermosura.
Cuando alguna vez llega a verse., sólo puede alcanzarse con el espíritu y con el pensamiento.
Y si, por gracia especialísima de Dios, envuelve esta hermosura divina a algún alma por algún tiempo, imprime en ella un ardiente y como insufrible deseo, que la hace expresar con vehemencia el tedio que la produce vivir aún esta vida de tierra, y suelen exclamar: ¡Ay de mí, que se ha prolongado mi destierro! y ¿cuándo vendré y me presentaré ante el rostro del Señor? Y deseo ser desatado y estar gozosamente con Cristo. Y mi alma tuvo sed de Dios vivo.
Esas almas santas aborrecían terriblemente esta vida, como se aborrece una cárcel abominable, en tanto grado que se las hacía difícil conformarse a vivir aquí cuando ya tenían su pensamiento lleno de la hermosura del amor de Dios, y ardiendo en un insaciable deseo de ver la belleza divina, la pedían y que se les concediese, ya que su entendimiento fortalecido con la luz de la gloria pudiese ver la feliz y eterna vida de Dios en sí misma y les sacase del camino de esta vida» (17).
Mientras llega esa hora, vive el alma en vigilante silencio. La Virgen vivió en altísima soledad y es la guía preciosa y fecunda de las almas interiores. Dios era para Ella todo, y Ella toda para su Dios. Altísima soledad, sublime, llena con la fe.
(1) San Maleo, XVI, 24.
(2) La Imitación de Cristo, lib. III, cap. XLIX.
(3) Salmo 72, 25.
(4) San Juan de la Cruz: Poesías. Glosa a lo Divino.
(5) Salmo 41.
(6) Fray Luis de León: Poesías: El Apartamiento.
(I) Salmos 30, 21, y 26, 8.
(8) Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, I-II… Q. I, a. VII.
(9) Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, I-II… Q. V, a. 4, ad. 1.
(10) Santa Teresa de Jesús, Moradas, VI, cap. VI.
(11) Santa Teresa de Jesús, Moradas, VI, cap. XI.
(12) San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción III, de Boecio.
(13) Fray Luis de Granada, Guía de pecadores, lib. I, part. II, cap. XXIV, par. I.
(14) San Pablo, A los Filipenses, III, 8.
(15) Santa Teresa de Jesús, Relaciones, I. Vida, cap. XIX.
(16) La Imitación de Cristo, lib. III, cap. XXI.
(17) San Basilio; Ex lib. Regl, fusius disp. in Resp. ad ipterrog. 2.

