PADRE LEONARDO CASTELLANI: EL LIBRO DE LAS ORACIONES

Es la única colección de poesías publicadas como tal por el Padre Leonardo Castellani.

Reúne composiciones que escribió desde su partida a bordo del vapor Naboland hacia Europa, en 1946, hasta su retorno a la Patria y primer año de estadía en ella, en 1950.

Son los años más tempestuosos de su existencia. En ellos se dio el conflicto con sus superiores religiosos, que dejó honda huella en su vida y en su obra

Ten piedad, cuando muera, del pobre pecador
Y recibe en tus manos su espíritu, Señor;

cuando el cuerpo, comido de plagas, se derrumba
y es un montón de ruinas que ha de tragar la tumba;

cuando sumos dolores le traigan el mensaje
de que ya llega el término de su efímero viaje;

cuando el cirio ilumine la palidez inerte
de su cara lavada del sudor de la muerte;

cuando las pulsaciones en su bregar titáneo
le suenen como golpes de válvula en el cráneo;

cuando de los sentidos abandone el imperio
y sus ojos enturbien las sombras del misterio;

cuando las oraciones mansas de sus hermanos
lleguen a su cerebro como ruidos lejanos;

cuando, fanal del viaje del que no vuelve nadie
el pan deificado sobre el copón irradie;

cuando las cosas todas se esfumen de su lado
como terrosos sueños sin color; y cansado

de luchar con la sombra que le envuelve y le arredra
quede inmóvil el parpado sobre el globo de piedra;

cuando las ligaduras de su espíritu, inválidas
se rompan como frágiles cascaras de crisálidas;

cuando medroso, débil, tembloroso, contrito
creado de la nada, caiga en el infinito;

y sienta el alma frágil al dar el grande salto
la impresión formidable de caer de lo alto

y se agarre a las médulas de su cuerpo ya frío
con el desesperado vértigo del vacío…

cuando el fallo, las culpas, lo imprevisto, lo ingente
y lo eterno lo espanten inenarrablemente;

cuando tu inteligible luz lo envuelva en un mar
de fuego, y lo conduzca donde lo has de juzgar…

Cristo, Tú no lo mires con el mirar acerbo
recibe en paz, Teandros, el alma de tu siervo;

Redentor, no la arrojes del eterno festín
Y después de esta vida, ¡que descanse por fin!