SAN JOSÉ
Esposo de la Santísima Virgen María
y Patrono de la Iglesia
La generación de Jesucristo fue de esta manera. Siendo María su Madre desposada con José, antes que viviesen juntos, se halló haber concebido en el vientre de Espíritu Santo. Y José, su Esposo, como era justo y no quisiese infamarla, quiso dejarla secretamente. Y estando él pensando en esto, he aquí que el Ángel del Señor le apareció en sueños, diciendo: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer; porque lo que en ella ha nacido, de Espíritu Santo es. Y parirá un hijo: y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados de ellos».
Celebramos hoy con gran alegría y devoción la Fiesta del Glorioso Patriarca San José, Esposo de la Santísima Virgen María y Patrono de la Iglesia.
Dedicaré dos sermones, hoy y el próximo Domingo, tomando como materia el Devoto Mes a San José, compuesto por el Padre Félix Sardá y Salvany y publicado en 1884.
Consideraremos esta tarde al Buen San José como honor y gloria del matrimonio cristiano, de la virginidad cristiana, de la paternidad cristiana, del magisterio cristiano, del trabajo cristiano y de la pobreza cristiana.
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San José, gloria del matrimonio cristiano
Esposo verdadero de María Santísima fue San José, aunque purísimo y únicamente consagrado a Dios.
Lo quiso Dios para honrar en la persona de este su siervo el santo estado del matrimonio, que tantos hombres corrompidos habían de extraviar después de su propio fin sobrenatural, ya con falsas leyes, ya con perversas máximas, ya con groseras costumbres.
Contemplemos aquella casta pareja, en quien se transparentan todos los resplandores de la virginidad más angelical, a través de las apariencias vulgares de un estado común y ordinario.
¡Qué sello de Dios en todos sus actos! ¡Qué divina atmósfera de luz, toda celestial, baña y acompaña todos sus movimientos!
El Cielo ha querido mostrarnos en esta bella unión una imagen de lo que, aunque en esfera más inferior, deben ser los verdaderos amores cristianos, los santos afectos que la Religión no condena, antes ennoblece y eleva y glorifica.
¡Cuán distinta idea ofrece la necia filosofía del mundo del lazo conyugal, sólo dirigido a fines groseramente terrenos! En unos sucia pasión, en otros interesado cálculo, en este ostentosa vanidad, en aquel afán ambicioso; he aquí las miras bajas y mezquinas que palpitan en el fondo de ese nobilísimo contrato que la Religión, para más dignificarlo, ha elevado entre los cristianos a la categoría de Sacramento.
Y si tales y tan ruines son los móviles, júzguese cuáles han de ser los resultados…
La paz huye de los hogares que el falso amor o el mezquino interés profanó, en vez de santificarlos el ideal cristiano; malditos de Dios, que no benditos de su augusta mano, son tales matrimonios en los que no preside su ley sino la de sus enemigos, el demonio, el mundo y la carne.
Tal está hoy de cuarteada y ruinosa esta piedra angular del edificio social en que todas las demás se apoyan.
Y tras esto, la corrupción pública y legal añadiéndose a la corrupción privada… En definitiva, Dios oficialmente desterrado del acto que nadie sino Él puede autorizar; la concubina vil igualada en el concepto público a la dignidad de la casta esposa cristiana; el divorcio como natural consecuencia del falseamiento de esta institución; las impurezas del amor libre como su paradero final.
¡Oh bendito José! ¡Oh Santo Esposo de María! ¡Modelo y tipo del estado conyugal conforme a la ley de Dios! Rogad por la santa ley del matrimonio cristiano, que las pasiones del hombre y las máximas ateas de la Revolución conspiran a envilecer.
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San José, gloria de la virginidad cristiana
Si tiene enemigos el estado conyugal según Cristo, no los tiene menos el otro estado de mayor perfección, que no es el celibato al que presiden intenciones mundanas, sino la santa virginidad ordenada para el mayor servicio de Dios.
Aborrecen el demonio, mundo y carne los lazos severos del matrimonio, que Dios estableció; pero no aborrecen menos las austeridades de la continencia virginal, que a determinadas personas aconseja él Evangelio.
La saña de la Revolución, el chiste impío de sus adeptos, la maledicencia de los libros sectarios, se ha cebado muy especialmente en las clases que han adoptado para sí como camino de mayor perfección, el de la santa virginidad.
Y, no obstante, Dios Nuestro Señor para realzar a los ojos de los hombres ese estado nobilísimo, del cual no tenía más que una idea muy vaga y oscurecida el mismo antiguo pueblo de elección, quiso presentarlo al mundo en la familia de su unigénito Hijo Jesús, en la persona de su Padre legal y putativo el glorioso San José.
Bajo la honrosa divisa del matrimonio, escondió Dios en San José y en la Virgen María el tesoro de la virginidad de que habían de ser ambos en el mundo cristiano gloriosos ejemplos.
Hueste numerosísima y brillante de jóvenes y doncellas consagrados a Dios, había de ser después el cortejo de esos vírgenes esposos; y la casa del Buen San José y de María Santísima, además de ser el tipo común del hogar doméstico cristiano, había de serlo también de ese otro hogar espiritual de las almas, que se llama convento o monasterio.
Así, por tan maravillosa manera, quería el Cielo unir lo que más discorde pudiera aparecer en la tierra, haciendo que así vírgenes como desposados pudiesen mirarse sin confusión en este claro espejo, encontrando ambos en él un compendio de sus más estrechos deberes.
Mírense siempre en él, ¡oh castísimo San José! de un modo particular los corazones consagrados con voto perpetuo a Dios Nuestro Señor y al santo apostolado de la vida religiosa. Vos les enseñaréis cuánto deba ser exquisita su modestia, cuán delicado su pudor, cuán susceptible de empañarse el cristal de su pureza, cuán necesitado de continuas precauciones el vaso frágil en que encierran tanto bien.
Vos los alentaréis en sus vacilaciones, Vos los sostendréis en sus desmayos, Vos los fortaleceréis en sus luchas, Vos los alzaréis en sus tropiezos y caídas, haciendo tengan siempre ante sus ojos el lirio florido, emblema de vuestro candor virginal y la corona de rosas siempre puras, que ha de ser su recompensa eterna en el Paraíso.
¡Oh purísimo José! Interceded ante Dios por los corazones ligados con votos a Nuestro Señor, y por los que en el mundo mismo anhelan seguir en igual estado la huella de vuestra luz.
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San José, gloria de la paternidad cristiana
Gran cosa es ser padre de familia y haber sido escogido por Dios para esta elevada misión de darle servidores en el mundo y almas para el Cielo.
Mas la paternidad, como la autoridad de cuyo carácter participa, pierde esta nobleza suya, si no se considera y no se ejerce según Dios; si no es, en una palabra, paternidad cristiana.
Modelo y gloria de padres de familia, que cristianamente lo sean o deseen serlo, fue el Gloriosísimo San José.
Aunque no fue padre natural de Jesús, concebido por María Virgen por obra y virtud del Espíritu Santo, tuvo, sin embargo, sobre Él, a causa de su real y verdadero desposorio con la divina Señora, todos los derechos y autoridad de verdadero padre.
El mismo Hijo de María no le negó este sublime título, y con él le distinguió públicamente en diversas ocasiones; y por tal tenían las gentes al divino Salvador, y no le reconocían con otro nombre que con el de Hijo del carpintero.
Y en este concepto mandaba José a Jesús, y Éste le obedecía; le ganaba aquel a Éste el pan con el sudor de su rostro, y Éste le ayudaba en sus rudas tareas.
¡Oh!, si se mirasen en este espejo los padres de familia para no serlo según les sugestiona el mundo, y sí sólo según la ley de Dios… Muy otra sería la suerte de ellos y la de sus hijos, tanto en lo temporal como en lo eterno.
Padre que se contenta con echar sus hijos al mundo, sin cuidar de su alma y de su último fin, ¿en qué se distingue del bruto animal que no reconoce para con sus crías otro deber que el instinto de alimentarlas? Y así son muchos padres y madres hoy día; así son, y no quieren elevar a más elevados fines su augusta misión.
Debieran considerar que son padres de almas inmortales tanto o más que de cuerpos que han de perecer; que no debe ser el único anhelo suyo proporcionar a sus hijos por medio de la instrucción y de la carrera un bienestar pasajero en este mundo, sino que han de asegurarles en lo posible por medio de una católica educación, y sobre todo por medio del buen ejemplo, el bienestar de la otra vida.
Verdugos de los hijos son los padres que no lo entienden así… De tales padres puede muy bien exclamarse: ¡Mejor les fuera no haber jamás engendrado!
¡Oh gloriosísimo San José! Rogad a vuestro Hijo legal, el divino Jesús, por la suerte de estos padres y de estos hijos, que el demonio lleva por caminos de perdición.
Rogad también y especialmente, por los padres que han asumido seriamente la noble tarea de formar cristianamente a sus hijos.
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San José, gloria del magisterio cristiano
La paternidad no es sólo una autoridad, es también un magisterio. Así fue San José, no solamente padre legal del divino Jesús, sino que fue también, en lo que exteriormente aparecía, su verdadero maestro.
Jesús, Sabiduría del Padre, nada tenía que aprender, es verdad; pero dispuesto a tomar del hombre pecador todas sus miserias, menos el pecado, tomó también exteriormente su ignorancia.
Así, de Jesús Niño nos dice el Evangelio que crecía y adelantaba en sabiduría y gracia, esto es, que, según el progreso natural de la edad, iba desarrollándose en Él aparentemente el ejercicio de sus facultades intelectuales, así como el de sus fuerzas físicas.
Así hemos de figurarnos cómo, en el seno de aquella Santa Familia que componían María y José, aprendió el Niño Dios a hablar, a rezar, a leer, a trabajar, ni más ni menos que, si desde la eternidad, no tuviese encerrados en sí todos los tesoros de la ciencia de Dios.
Y el Buen San José era el Maestro del Niño en estas cosas; y el Niño se humillaba hasta aprenderlas como buen discípulo de los labios del padre adoptivo.
Maestros naturales de sus hijos deben ser los padres; y a ellos, antes que a ningún otro, ha encargado el Cielo esta rigorosa obligación.
Ni se descargan enteramente de ella en buscarles a sus hijos ayos o profesores; no, ellos tienen en esto un deber principalísimo del que nadie les quitará ante el tribunal divino la primera responsabilidad.
De labios del padre y de la madre debe aprender el niño los rudimentos de la fe y las primeras prácticas cristianas, hasta que, con mayor extensión, se las amplié en el templo la voz del catequista o del sacerdote.
De sus padres ha de recibir el joven los consejos indispensables para no tropezar o extraviarse en los difíciles senderos del mundo en que empieza a asentar sus inexpertos pies; y vanamente se lisonjearán de haber cumplido con este su deber los padres y madres que, bajo pretexto de ser ya mayores de edad sus hijos, se creen ya descargados de la obligación de velar sobre sus pasos y acciones.
El magisterio paterno empieza al nacer el niño y no se concluye hasta la muerte del padre. En la misma postrera edad, al borde mismo del sepulcro, ¡cuán preciosas son las enseñanzas de un padre anciano que las dirige a sus hijos y a los hijos de sus hijos con la doble autoridad que le dan sobre ellos sus canas y su experiencia!
Y no menos tienen que aprender de San José los maestros, en cuyas manos descargan los padres parte de su obligación de educar a la juventud.
Los profesores que entienden la gravedad de su obligación ven en aquellas tiernas criaturas encomendadas algunas horas del día a su solicitud, otros tantos hijos suyos; de los cuales, por lo que mira a aquellas horas, habrán de dar estrecha cuenta a Dios como sus padres y madres naturales.
¡Oh insigne Maestro San José! Grandes quiebras ha recibido también en nuestros días el magisterio cristiano, así en el hogar doméstico como en la escuela y en la misma Iglesia…
Rogad a Dios para que, al menos en el hogar, reine siempre la divina Ley.
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San José, gloria del trabajo cristiano
San José es el honor y la gloria del trabajo cristiano.
Por el pecado original fue condenado el hombre a trabajar para comer, vestir y satisfacer sus demás necesidades. La naturaleza daba antes de balde como espléndido tributo al rey de la creación cuanto éste necesitaba; después de la caída no se lo da sino a costa de congojas, sudores y sacrificios.
Mas Cristo Dios, que rehabilitó al hombre caído, rehabilitó también al trabajo del hombre, haciendo le fuese su bienestar y su alegría eso mismo que se le impusiera como dura expiación y castigo.
Y al tomar carne humana el Verbo de Dios la tomó de la Esposa de un artesano.
Y al nacer a la vida y al crecer y desarrollarse en ella, quiso que el glorioso escenario de todas esas grandezas suyas fuese el taller humilde de un carpintero trabajador.
Y al presentarse al mundo para predicar su ley, consintió que no le reconociese ni llamase el pueblo de entonces más que como oscuro hijo de un oscurísimo trabajador.
Y con el trabajo de sus manos comió su pan, y en el trabajo de artesano empleó treinta años de los treinta y tres de su visible existencia sobre la tierra, glorificando con esto la condición del pueblo trabajador, las fatigas del trabajo, los enseres y herramientas del oficio…, todo eso que el mundo orgulloso no sabía antes sino despreciar y aborrecer.
Reconozca, pues, el pueblo obrero dónde está su verdadera dignidad y la gloria de sus humildes profesiones.
Desde entonces, el sudor que corona su frente cansada es tan glorioso como la diadema de los reyes; la herramienta que empuñan sus manos resplandece con más lustre que la espada de los conquistadores; el honrado cantar con que acompaña y endulza su fatigosa tarea sube al Cielo tan grato a Dios como la salmodia del monje que día y noche le rinde místicas alabanzas… Le es música armoniosa el rumor de sus máquinas; le es aromoso incienso el humo de sus chimeneas; son himnos y plegarias dirigidos a su gloria los ecos de la granja y del taller… Recordemos el lema de San Benito: Ora et labora…
Razas enteras de Santos han ganado en esos humildes pero gloriosos combates sus palmas y sus coronas; el Juez divino desde entonces ha hecho sentar en magníficos tronos de luz a cientos y a miles los hijos del jornal diario.
Y al lado de María Virgen comparte uno de los más encumbrados San José, el pobre carpintero de Nazareth, el príncipe de esa aristocracia popular, el tipo del oscuro trabajador enaltecido y glorificado.
Mírate ahí, pueblo honrado y laborioso, que ahí están los blasones de tu nobleza… Contémplalos ahí… y aprende…
Aprende, sí, a trabajar, puestas las callosas manos en la máquina o en la herramienta, pero elevado el corazón a Dios…
A trabajar para ganar el pan del cuerpo, mas para ganar además la eterna bienandanza del alma…
A trabajar como corresponde al que es, aunque pobre hoy, heredero mañana de gloriosos destinos…
Así trabajaron Jesús, María y José.
Este es el trabajo que no degrada, sino que ennoblece; trabajo que no se envilece con el polvo que levanta de la tierra, sino que se eleva y glorifica con anticipados reflejos de la gloria con que ha de ser coronado en el Cielo.
¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Sagrada Familia de trabajadores; modelo, refugio y aliento del pobre pueblo trabajador! ¡Proteged a los hijos del trabajo! ¡Libradlos de la seducción de falsos amigos y mentidos redentores! ¡En la tierra y en el Cielo llenadlos de vuestros dones de bendición y de paz!
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San José, gloria de la pobreza cristiana
Bienaventurados los pobres, ha dicho Nuestro Señor; y queriendo realzar con el ejemplo lo mismo que con la palabra el amor de la santa pobreza cristiana, pobre quiso ser Él, y nacer de madre pobre, y tener por padre a un pobre artesano.
En efecto, fue pobre San José; y, aunque descendiente de reyes, no eran riquezas materiales las que añadían pompa y grandeza exterior a lo ilustre de su estirpe.
La tradición nos pinta siempre al Santo Carpintero como un trabajador que necesita de su jornal diario para comer.
Además, ¿quién no recuerda las indigencias de Belén, cuando a su castísima Esposa no pudo dar en su alumbramiento más recogido asilo que un establo de bestias? Y en el destierro a Egipto, ¿qué comodidades pudieron tener aquellos pobres desterrados lejos del país natal, en tierra desconocida, entre gentes idólatras y enemigas de su pueblo y de su Dios?
Así quiso Dios honrar la pobreza cristiana, es decir, la pobreza mansa, resignada, sumisa en todo a la divina voluntad; no la que sufre con ira su humilde condición, no la rebelde a Dios y a los hombres, no la que odia con fieros rencores al rico sólo porque le ve con más dinero en su arcón.
A esa pobreza no la bendice Dios, ni la ennoblece la Religión, porque no es la pobreza que rodeó a la Sagrada Familia y de que fue nobilísimo ejemplar el Glorioso San José.
Ricos, respetad al pobre, porque pobre fue y con pobres quiso vivir en este mundo vuestro Dios y Señor.
Respetad al pobre, que es vuestro hermano, y que Dios ha confiado bajo severas amenazas a la providencia de vuestra caridad.
No veáis en él lo bajo de su estado, lo roto de sus vestidos, lo miserable de su aspecto; ved lo que ha puesto Dios en él, su imagen, para que le miréis con cierta veneración; vuestro igual, para que le tratéis como a vuestra propia carne.
Pobres, alzad los ojos, y mirad la humilde casita de San José, ved nacer pobre a Cristo, vedle vivir pobre entre pobrezas y privaciones, ved morir pobre, en pobrísimo lecho, a su padre adoptivo.
Amad vuestra pobreza, que es don de Dios y signo de predilección, más quizá que las abundantes riquezas, y prenda de eterna ventura y camino más llano y fácil para llegar a ella.
¡Oh Buen San José! ¡Pobre y modelo de pobres! ¡Rogad por los ricos y pobres de hoy, a quienes actualmente atiza el infierno con sacrílegos rencores para su ruina común!
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Después de recorrer la vida del Buen San José en el matrimonio, la virginidad, la paternidad, el magisterio, el trabajo y la pobreza, emerge su figura como modelo perfectísimo de la vida cristiana en todas sus facetas.
Que el Esposo de la Santísima Virgen María y Patrono de la Iglesia, se digne interceder por nosotros para que avancemos en la santidad, según nuestro estado.

