PRIMER DOMINGO DE CUARESMA
Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el Diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Entonces el Diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios. Otra vez el Demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, pues, que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los Ángeles se aproximaron y le servían.
El Evangelio de este Primer Domingo de Cuaresma presenta la oración y el ayuno de Jesucristo, y las tentaciones posteriores a que fue sometido por el Demonio.
Como no tengo ni espacio ni tiempo para introducciones, voy directo al tema: si, como hemos visto el Cuarto Domingo de Adviento y el Quinto de Epifanía, la Santa Iglesia debía pasar por una Pasión, al igual que se Fundador, también había de padecer tentaciones por parte del Demonio…
San Gregorio Magno, el Cardenal Manning, Monseñor de Ségur y el Padre Emmanuel, entre otros, han escrito sobre la Pasión de la Iglesia. El Padre Emmanuel, en su libro El Drama del Fin de los Tiempos, resume con claridad:
Dios ha querido que los destinos de la Iglesia de su Hijo único fuesen trazados de antemano en las Escrituras, como lo habían sido los de su Hijo mismo. La Iglesia, como debe ser semejante en todo a Nuestro Señor, sufrirá, antes del fin del mundo, una prueba suprema que será una verdadera Pasión. Los detalles de esta Pasión, en la cual la Iglesia manifestará toda la inmensidad de su amor por su divino Esposo, son los que se encuentran consignados en los escritos inspirados del Antiguo Testamento y del Nuevo.
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En cuanto a las tentaciones de Nuestro Señor, debemos saber que ellas fueron antimesiánicas, contrarias a la misión misma de Jesucristo, en contra de la obra encomendada por el Padre.
El diablo sabía que Nuestro Señor era un varón religioso, y lo tentó como a tal. Sabía que era el Mesías, y lo tentó contra su misión. Sospechaba que fuera el Hijo de Dios, y lo tentó para sacarse la duda y desviarlo de su obra.
El diablo tienta prometiendo o dando las cosas que Dios nos ha de dar, si somos fieles y si esperamos la hora de Dios, siguiendo el camino por Él trazado.
El diablo tienta sugiriendo adelantarse, insinuando desviarse, aconsejando utilizar otros medios.
Las tres tentaciones que sufrió Nuestro Señor, no son quizá más que una misma tentación, desenvolviéndose en tres grados.
Por la primera tentación, el Demonio induce a Nuestro Señor a empezar su misión por un acto contrario a la voluntad del Padre. No le ofrece suculentos manjares, sino que lo incita simplemente a que manifieste su divinidad, convirtiendo en pan las piedras del desierto… Es decir, emplear los poderes religiosos, el poder de hacer milagros, en proveer a sus propias necesidades y adquirir bienes terrenos.
En el fondo es tentación de desobediencia, como en el Paraíso. Como si dijera: el Padre te mandó al desierto para que ayunes; ya que eres el Hijo de Dios, rompe con tu propia voluntad una condición que te rebaja.
Jesús defrauda al Demonio: ni le revela su divinidad, ni entra en sus intenciones de desviarse de la voluntad del Padre. Por eso le responde: la vida del hombre no se conserva únicamente con el pan, sino que puede sustentarse de la forma que Dios quiera. Si Dios quiere que sufra hambre y viva, viviré sin pan. Hacer un milagro para procurarme qué comer, sería contrariar, en este momento, la voluntad de Dios.
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Como Jesús demostró en la primera tentación suma confianza en Dios, ahora, en la segunda, es tentado para que se exceda ilegítimamente en esta misma confianza. Y así como Jesús se valió de la Sagrada Escritura para vencer al Demonio; del mismo modo el diablo, tienta ahora a Jesús, falseando otro texto de la misma Escritura, en que promete Dios especial asistencia a los justos en las circunstancias peligrosas.
Dios quiere que el Mesías cumpla su misión en medio de dolores y desprecios; y el diablo lo tienta para que caiga en presunción y en la vía clamorosa de honores y fama. Como si dijera: Emplea tus facultades religiosas para ganar prestigio y poder; para ser conocido, aclamado, obedecido, venerado; para brillar entre los hombres y el pueblo.
Jesús lo vence sin descubrirse; y, con el escudo de la Sagrada Escritura, rechaza los dardos que le vienen de la Palabra de Dios falseada.
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Dios había prometido al Mesías la posesión de todos los reinos de la tierra (Salmos 2 y 71); pero debía conquistarlos a fuerza de dolores y abatimientos. El diablo intentará persuadirlo que invierta el orden de la Providencia, llegando al dominio del mundo por un pacto con el mal, comprometiendo así su misión mesiánica.
Por eso le promete el dominio y el régimen de todas las cosas de toda la tierra y el honor que de ello se deriva. Es más, en una afirmación mentirosa de su orgullo, suplantándose a Dios, Dominador y Dueño de todo, añade: porque me han sido dadas, y las doy a quien quiero…
El diablo es el Príncipe de este mundo. El Mesías debe serlo, pero lo ha de lograr por el dolor, por las humillaciones y por la muerte.
El Demonio le ofrece la posesión de las cosas en un instante, sin pena ni dolor, por medio de una horrible blasfemia y de la idolatría.
Jesucristo le rebate con las Sagradas Escrituras y le rechaza con indignación; le repudia y le repele (lo que no hizo en las dos primeras tentaciones), para demostrar que es el vindicador de la gloria de Dios. Rebate al Demonio con otra frase bíblica, y de este modo, quien buscaba adoraciones, oye la palabra que le condena al eterno reconocimiento de la superioridad divina.
Buscando desviar a Jesús de la voluntad del Padre, el diablo recibió la lección de la absoluta sujeción que él mismo debe a ella. En cada respuesta, Jesús hizo intervenir los derechos de Dios, reivindicando la autoridad y el poder divinos.
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Ahora bien, luchando contra Adán en el Paraíso, el Demonio tenía en cuenta a todos sus descendientes. Combatiendo contra Jesús, lo hace con la Cabeza de una nueva raza.
Comienza la lucha del Demonio contra Jesús; en el desierto, el Señor la sostuvo solo, como Cabeza; a lo largo de la historia, se continuará sin treguas contra cada alma y contra la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.
Si Cristo fue tentado, la Iglesia, su Cuerpo Místico, también sería tentada…, y con las mismas tentaciones que sufrió su Cabeza. Y siempre el esquema de la tentación será el mismo; es decir, será una tentación de falso mesianismo, una seducción de judaizar… un mesianismo judaico, un milenarismo craso, carnal…, merecedor de condena…
¡Pido y exijo sopesar bien las palabras!… Se trata del mesianismo judaico, del milenarismo craso, carnal…, merecedor de condena…, y no del milenarismo patrístico de los primeros siglos de la Iglesia, al cual ni San Jerónimo, ni San Agustín, ni Pío XII condenaron ni pudieron condenar…
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Pasemos, ahora a las tentaciones de la Iglesia, para lo cual hago uso de lo enseñado por el Padre Castellani, cuyo cuadragésimo cuarto aniversario de fallecimiento conmemoramos el próximo sábado.
Se puede decir que la primera tentación contra la Iglesia tuvo lugar en la Edad Media; la segunda la padeció en el Renacimiento; y la tercera la está sufriendo actualmente, al fin de los tiempos.
1ª) La primera tentación consistió en procurarse bienes materiales por medio de bienes espirituales o religiosos: como si dijésemos “intercambiar milagros por pan”.
Esta tentación puede llegar a un extremo que se llama simonía o venta de lo sagrado. En la Edad Media era la lucha por las investiduras.
Los bienes de la Iglesia no son el Bien de la Iglesia. A veces, desgraciadamente, son la cola que arrastra por tierra, la cola de la cual decía con gracia el santo varón Don Orione: “Algunos clérigos son perros mudos: para soltarles la lengua, habría que cortarle la cola”… los millones de dólares, diríamos hoy…
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2ª) La segunda tentación, que tuvo lugar durante el Renacimiento, consistió en obtener el prestigio, el poder, la gloria que dan los hombres por medio de la religión.
Dicen los hombres de iglesia: “Si la religión no es reverenciada, si no es obedecida, de poco sirve”.
Respuesta: ¿Acaso buscas tu propia gloria en eso? Debes buscar la gloria de Dios, la gloria de la Iglesia, la buena reputación de tu Orden, de tu convento; debes procurar el honor del Pontificado, del clero.
Dicen los mundanos: “¡Muéstrate al mundo!”, como dijeron a Cristo sus parientes y amigos…
“¡Asombra a las masas! ¡Haz bajar el fuego del cielo! ¡Haz un signo en las nubes! ¡Ven, que queremos coronarte como nuestro Rey!”
El exceso de pompas y de magnificencias, aunque sean religiosas…; de ceremonias, de cosas exteriores, de propaganda, como dirían hoy; la excesiva obsecuencia a la ciencia y sus artilugios, el apego a instrumentos mundanos pesados, la secularización y la mundanización de la actividad religiosa, la burocracia clerical excesiva o inerte, los sacerdotes funcionarios, la agitación y el sacramentalismo, en vez de la contemplación; en resumen, lo que Péguy llamaba “el descenso de la mística a la política”, constituye en la Iglesia el fermentum phariseorum que hincha y desvanece la masa, y constituye la segunda tentación.
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3ª) La primera tentación fue humana; la segunda, farisaica; la tercera es satánica: “Todo esto es mío, y te lo daré, si prosternándote me adorares”.
La tercera tentación, que es manifiestamente diabólica, es ponerse de rodillas delante del tentador; postración sacrílega con el fin de dominar el mundo.
Es decir, buscar para la religión un reino en este mundo; y buscarlo por los medios más eficaces en ese sentido, que son los satánicos…
Así como los judíos cayeron en la tentación de desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.
A esta tentación sucumbió la Sinagoga al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y es consecuentemente sin cesar tentada la Iglesia.
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Es muy interesante observar que en la tradición judía la primera confrontación entre el Mesías y el Demonio tiene un sentido radicalmente opuesto al relato de la tentación evangélica: lo que Jesucristo rechaza como una sugerencia diabólica, es precisamente para los rabinos lo que debe manifestar la dignidad mesiánica.
En efecto, para ellos, el Mesías debía, milagrosamente, dar abundancia de pan a los pobres, manifestarse desde la cumbre del Templo; allí declarar su Reino, la liberación de Israel y el sometimiento de todas las naciones paganas; de este modo, Jerusalén se transformaría entonces en la capital del mundo.
Se ve, pues, que el Mesías del judaísmo del primer siglo es el Anticristo del Evangelio.
Más tarde, entre los judíos modernos, se llegó, poco a poco, a la negación de la creencia en un Mesías personal, substituyéndola por la concepción de la misión mesiánica del propio pueblo de Israel, que se concretaría en la era mesiánica de la humanidad, es decir, el reino del Anticristo.
Se ve aquí claro el falso mesianismo propuesto por el Demonio.
Entonces, es necesario tener cuidado con el mesianismo del diablo, el falso mesianismo, este movimiento de reunión universal y fraternización de los hombres en la felicidad perfecta: es una seducción judaizante, una fascinación de judaizar… se trata del mesianismo judaico, del milenarismo craso…, condenado por la Iglesia…
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Ahora bien, la Iglesia militante no es el Reino de Cristo en este mundo, sino el instrumento de congregación de la Esposa de Cristo, para que sea arrebatada con Cristo en su Venida.
Cuestión discutible y delicada. San Gregorio Magno, por ejemplo, afirma que los términos Reino de Dios e Iglesia no son siempre equivalentes; aunque se use a veces Reino por Iglesia.
La tentación de entregarse a los poderes de la tierra, de buscar aquí abajo la salvación del hombre, de adorar el Estado tiránico, es la tentación suprema.
Así como los judíos cayeron en desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.
A ella sucumbió la Sinagoga, al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y es consecuentemente sin cesar tentada la Iglesia.
El diablo está hoy tentando a la humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo, con las solas fuerzas del hombre. Pero para ello exige ser adorado de rodillas…
Todo ese gran movimiento del mundo de hoy representa esa aspiración innata al hombre, aspiración a la unidad pacífica. Es una promesa divina, pero el diablo quiere llegar primero y ofrecerlo al margen de Dios y contra Jesucristo.
Ese Reino Universal de paz y armonía ciertamente se realizará, pero con y por Cristo, pero no intra-históricamente, sino meta-históricamente…, después de la Parusía, como vimos el Quinto Domingo de Epifanía.
La manera en que se está ofreciendo no podemos aceptarla porque es la preparación al Anticristo…
Llegará un día en que un hombre aceptará el trato: «todo esto es mío y lo doy a quien quiero; todo esto te daré, si cayendo a mis pies me adorases». Y el Demonio reinará por medio de sus dos súbditos, la Bestia del Mar y la Bestia de la Tierra.
Recordemos las palabras de Monseñor Lefebvre con ocasión de sus sesenta años de sacerdocio, el 19 de noviembre de 1989:
Sabemos muy bien que el objetivo de las sectas masónicas es la creación de un gobierno mundial con los ideales masónicos, es decir los derechos del hombre, la igualdad, la fraternidad y la libertad, comprendidas en un sentido anticristiano, contra Nuestro Señor. Esos ideales serían defendidos por un gobierno mundial que establecería una especie de socialismo para uso de todos los países y, a continuación, un congreso de las religiones, que las abarcaría a todas, incluida la católica, y que estaría al servicio del gobierno mundial, como los ortodoxos rusos están al servicio del gobierno de los Soviets. Habría dos congresos: el político universal, que dirigiría el mundo; y el congreso de las religiones, que iría en socorro de este gobierno mundial, y que estaría, evidentemente, a sueldo de este gobierno. Corremos el riesgo de ver llegar estas cosas. Debemos siempre prepararnos para ello.
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Las tentaciones de Jesucristo terminaron con su absoluta victoria sobre el Demonio: Retírate, Satanás, está escrito que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo, y los Ángeles se aproximaron y le servían.
Igualmente, todo católico que resista al Demonio, al Anticristo y al Falso Profeta, velando y orado, recibirá su recompensa… No sólo será servido por los Ángeles, sino por el propio Maestro, como Él mismo lo anticipó en la Parábola de la Vigilancia:
Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas. Y sed semejantes a hombres que aguardan a su amo a su regreso de las bodas, a fin de que, cuando Él llegue y golpee, le abran en seguida. ¡Felices esos servidores, que el amo, cuando llegue, hallare velando! En verdad, os lo digo, él se ceñirá, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles. Y si llega a la segunda vela, o a la tercera, y así los hallare, ¡felices de ellos! Sabedlo bien; porque si el dueño de casa supiese a qué hora el ladrón ha de venir, no dejaría horadar su casa. Vosotros también estad prontos, porque a la hora que no penséis es cuando vendrá el Hijo del hombre.
Jesús tiene derecho a que creamos a esta promesa inaudita, porque ya nos dijo que Él es nuestro sirviente, y que no vino para ser servido, sino para servir. Él, que desde Isaías se hizo anunciar como “el siervo de Yahvé”, quiere también reservarse, como cosa excelente y digna de Él, esa función de servidor nuestro.
Vemos, pues, que la inmensidad de las promesas de Cristo, más que en la opulencia de darnos su misma realeza y ponernos a su mesa y sentarnos en tronos, está en el amor con que quiere ponerse Él mismo a servirnos.
¡Oh dignación de nuestro buen Dios! A los que hallare ceñidos sirviéndole, Él corresponderá en la misma forma: los hará sentar a la mesa para que descansen los que se fatigaron, y se recreen, en el cuerpo y en el alma, los que por Él se mortificaron.
Y les preparará el banquete de la gloria; distribuirá a cada uno según sus dones la copiosa donación de todo bien; a cada cual según sus merecimientos; a todos según la misma medida de su propia duración, que es la eternidad…
Para ese día, para el Día del Señor, preparémonos, venciendo las diabólicas tentaciones por medio de la vigilancia y de la oración…

