ALEGRÍA DE MORIR
UN CARMELITA DESCALZO
CAPITULO XXVI
LA SANTÍSIMA VIRGEN
CON SU ESCAPULARIO
ES ALEGRÍA EN LA MUERTE
El Señor nos ha dado a los cristianos otra fuente de alegría y consuelo en la última hora.
La muerte es el nacimiento para el Cielo, y por eso la Iglesia celebra el día de la muerte de los Santos como su natalicio, por serlo para la vida verdadera, que jamás fenece.
Tener seguridad de conseguir esa vida, sería el mayor consuelo en la tierra. Pero mientras vivimos aquí, no podemos tener esa certeza y hemos de labrar nuestra santificación con temor y temblor (1).
Quizá por la seguridad que ponía el amor de Dios en Santa Teresa de Jesús cantaba con alto y delicado lirismo:
Pues todos temen la muerte,
¿cómo te es dulce morir?
¡Oh, que voy para vivir
en más encumbrada suerte! (2).
De la misma manera que no podemos saber con certeza si estamos o no revestidos de la divina gracia, tampoco podemos tener seguridad de nuestra salvación, no pudiendo ser completo nuestro gozo aquí.
Pero Dios nos ha dado a la Virgen Santísima para que sea nuestro puerto seguro.
Todos los días la pedimos en la Salve que nos muestre a Jesús; que nos guíe seguros a la visión eterna de Dios; se lo pedimos a Ella, Madre de misericordia y refugio de pecadores. Dios, haciéndola mediadora de todas las gracias y abogada de los hombres para obtenernos todo bien, la ha nombrado puerta del Cielo, y yo estoy seguro de que la Virgen me ama e intercede por mi salvación ante el Señor.
En tus manos, Madre mía, he puesto yo mi alma.
Llamar a la Madre de Dios Madre mía pone confianza y consuelo en mi alma. Ella me salvará, si yo quiero salvarme, si soy fiel a sus insinuaciones y coopero a las gracias que me obtiene.
Me gozo en repetir la frase de San Alfonso María de Ligorio: El verdadero devoto de la Virgen se salva (3). El amor filial a la Madre de Dios, es señal de predestinación y pone limpieza en el alma, fortaleza en la voluntad, luz en el entendimiento y ansias de gracia y virtudes en todo el ser. El amor a la Virgen comunica santidad, acerca a Dios y asegura la confianza de alcanzar las promesas de Jesucristo por su mediación: como en las bodas de Cana, se llenarán nuestros vasos por su ayuda.
Fomentar sólidamente la devoción a la Virgen es dar gloria a Dios, crecer en divino amor y vivir intensamente la vida espiritual. Es la seguridad del ósculo del Señor en la suprema hora.
La Virgen sin mancilla, con su intercesión, nos alcanzó del Señor un signo externo de pureza o de arrepentimiento en la hora de la muerte. Es su Escapulario del Carmen. El alma piadosa se recrea amando a la Virgen y repitiendo con ternura sus palabras: El que muera con él no se condenará.
¡Oh Madre! Me salvarás. Te amo. La Virgen me enseña a amar a Dios con todo mi corazón ya perder todas las cosas antes que ofenderle. Amo a la Virgen, Madre mía, y Ella ha prometido salvarme. Bendita seas. Que no me haga yo indigno de tu amor.
El 16 de julio de 1251, la Virgen Santísima entregó por Sí misma, en visión de protección y amor, el Santo Escapulario a San Simón Stock, prometiéndole que quien le llevara digna y legítimamente puesto sobre sí en el momento de la muerte, moriría en la gracia de Dios y no se condenaría.
Cuantos sienten cordial entusiasmo y tierna devoción a la Madre de Dios procuran asegurar el Cielo llevando sobre su pecho continuamente tan preciosa joya, que es salud en los peligros, prenda segura de salvación y signo exterior del amor que arde dentro del alma. La Virgen ayuda con protección singularísima a quien lo lleva devotamente, y si en el momento de la muerte está vestido con él, se arrepentirá de todos sus pecados y morirá en la gracia y amor de Dios.
La Iglesia no sólo ha aprobado, sino que fomenta muchísimo esta devoción, y el Papa Pío XII, aconseja se predique sobre el Santo Escapulario del Carmen, y ha dicho de sí mismo que ni un momento de su vida se lo quita.
¿Quién no desea asegurar su salvación y morir en los brazos de María?
El Santo Escapulario de la Virgen del Carmen nos recuerda las grandes verdades de nuestra religión, las tiernas misericordias y llamadas de la Virgen Santísima y la esperanza del Cielo. El Santo Escapulario enciende en el alma grandes deseos de virtud y de amor a Dios y da seguridad de conseguir la eterna gloria, porque el que muera con él no padecerá las llamas del fuego eterno.
Además de asegurar la salvación, comunica el Escapulario del Carmen otra muy consoladora esperanza a quien le viste.
La Madre de misericordia quiere también acortar por medio de él a sus devotos el tiempo de la purificación dolorosa.
En el año 1322 se apareció al Papa Juan XXII, mandándole que enriqueciera su Escapulario del Carmen con lo que llamamos el Privilegio Sabatino; o sea, que la Santísima Virgen sacará del Purgatorio a cuantos vistieron su Escapulario y cumplieron las condiciones ordenadas, bajando ella, a más tardar, el primer sábado después de su muerte, y los llevará al Cielo.
Dos condiciones son necesarias para ganar este Privilegio tan singular. Que llevándole legítimamente impuesto, se guarde castidad según el estado en que se vive, no impidiendo ser casado. O sea, que no se falte gravemente contra el sexto mandamiento de la Ley de Dios.
La segunda condición es que se cumplan los rezos y sacrificios prescritos; estos son el Oficio Parvo y la abstinencia de carnes los miércoles y sábados. Si no se pudiese, por alguna causa, cumplir esto, rezando las devociones en que lo conmute un confesor, sea al imponer el Escapulario o en otro momento dentro o fuera de la confesión.
No podían pensarse Privilegios más grandes y consoladores para las almas que estos dos. Por el primero sabemos que el alma que murió con el Escapulario estaba en gracia y se salvó. El Escapulario de María no da la gracia, pero es el signo de que se muere en ella. Por el segundo se abrevia el tiempo de estar en el Purgatorio, observando las condiciones prescritas.
Los cristianos fervorosos, humildes y agradecidos, abrazan con amor el Santo Escapulario y llenos de gozo le estrechan contra su pecho sin jamás apartarlo de sí, siguiendo el consejo y el ejemplo de S. S.
Pío XII.
Las almas de fe y anhelosas del Cielo siempre le visten con dignidad, devoción y amor, y encuentran en él, según las palabras de la Virgen, la ayuda para no ofender a Dios, la seguridad de un sincero arrepentimiento y la esperanza de morir en gracia. Para ello se esmeran en cumplir las devociones, y la Virgen, Madre graciosa, bajará a buscarlas para conducirlas a su celestial morada.
Para estas almas desaparecieron, en parte, los miedos excesivos a la muerte; sólo en parte, porque cuando el Señor manda sus pruebas, todo se olvida y sólo se ve la propia nada y la incertidumbre futura.
Pero durante el tiempo ordinario, en lugar de temores, tienen la confianza de que el Señor, por su misericordia y por la intercesión de su Santísima Madre, las llevará al Cielo. Cuando se ven con su Escapulario a la hora de la muerte sienten el gozo de la protección que la Virgen ha prometido.
Muchos casos milagrosos hay escritos en libros y revistas sobre la protección de la Virgen con su Escapulario en vida y a la hora de la muerte. Sólo quiero recordar dos, entre los muchos que personalmente he conocido.
Un Terciario Carmelita de La Habana, muy fervoroso y especialísimo devoto de la Virgen del Carmen, había recibido muchos favores por medio del Escapulario, que siempre llevaba sobre su pecho; algunos favores eran tan fuera de lo ordinario, que más parecían verdaderos milagros. Estando ya para morir, mostraba en sus palabras, semblante y modo de comportarse grande alegría, y decía a su familia: «¿Cómo no he de estar contento, si la Virgen me va a llevar a ver a Dios?» Añadiendo: «Pónganme el Escapulario nuevo para presentarme a la Señora con uniforme de gala.» Lleno de alegría y confianza murió con su escapulario nuevo.
Este segundo hecho me lo contaba, y me lo dio por escrito a petición mía, el bueno de don Matías Gilarranz, Párroco de Valverde del Majano, pueblecillo próximo a Segovia, admirado de la protección que la Santísima Virgen concede por su Escapulario.
Sucedió el 14 de julio de 1929. Un feligrés suyo, muy religioso y bueno fuera de lo corriente, modelo del pueblo y muy amigo del Párroco, llamado Gregorio Illana, enfermó de gravedad y dispusieron recibiera los Sacramentos. Don Matías fue a visitarle para prepararle a morir santamente, lo que esperaba hiciera muy gustoso el enfermo, pues su vida había sido muy santa.
Le notificaron al enfermo su llegada y dijo que no le recibieran y que no estaba dispuesto a recibir los Sacramentos. Don Matías, extrañado, no se explicaba aquella conducta en hombre siempre tan respetuoso con él y tan fervoroso. Le suplicó le recibiese como amigo que era, y hablando con el enfermo le confirmó que no estaba dispuesto a recibir los Sacramentos y que le agradecería se fuese, sin dar razón alguna.
Entonces el Párroco le suplicó que, por la amistad que siempre habían tenido, le permitiera imponerle el Santo Escapulario del Carmen, de quien había sido muy devoto, pero que sin saber por qué nunca se lo había impuesto. Accedió a ello el enfermo y recibió la imposición con el respeto habitual en él. Terminado de imponérsele le añade el Párroco: «Ahora le confesaré y daré los otros Sacramentos», y el enfermo contesta: «Sí; vamos, y prepáreme bien para una muerte santa», y le pidió perdón.
Amablemente instado por el Párroco del porqué había contestado antes de aquel modo, habiendo sido siempre tan bueno, tan amigo y tan respetuoso, no sabía dar ninguna razón, diciendo que él mismo no se lo explicaba, pero que le perdonase en su nombre y en el de Dios. Y gozoso, estrechando su Escapulario, vivió los pocos días que aún le quedaron, y lleno de alegría y de confianza en la Santísima Virgen, murió con la muerte de los justos.
Decía el Párroco que miraba esto como una gracia y una llamada de la Santísima Virgen para que un cristiano fervoroso no muriera sin haberse impuesto su Santo Escapulario.
Con tan poderoso escudo no producirá tristeza la muerte, sino gozo; en este momento se cumplen de modo especial las palabras de David: Nació la luz para el justo y la alegría para los buenos de corazón (4).
Siente que la Virgen ruega por él en la hora de la muerte como se lo había pedido en el Avemaria, y experimenta lo que Santo Tomás de Villanueva decía: «…que la Virgen es perfecta abogada; perfecta, porque es purísima; perfecta, porque es sumamente acepta a Dios; perfecta, porque es purísima. Todo esto es necesario para ser perfecta abogada. Ea, pues, Abogada nuestra: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. A ti recurrimos en nuestras necesidades. Cumple conmigo tu oficio y ejercita en mí tu obra de abogada» (5).
La hora de la muerte será el momento en el cual la Virgen sin mancilla me mostrará para siempre a Jesús bendito.
Espero que la Virgen, Madre mía, me concederá una muerte dulcísima.
(1) San Pablo, A los de Éfeso, 6, 5.
(2) Santa Teresa de Jesús, Poesías, XXI. Si el padecer con amor.
(3) San Alfonso María de Ligarlo, La Monja Santa, cap. XXI.
(4) Salmo 96.
(5) Santo Tomás de Villanueva. Sermón I de la Asunción.
