P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

El Evangelio del Domingo de Sexagésima despliega la Parábola del Sembrador, es decir, de Nuestro Señor Jesucristo que siembra la Palabra de Dios.

Ahora bien, siendo la semilla siempre la misma, el fruto depende de las condiciones del suelo.

En efecto, hay diferentes clases de almas respecto de la religión, de la fe… Existen diversas clases de hombres, los que fallan en la fe y los que responden bien.

Entre aquellos que fallan en la fe, hay tres clases:

1ª) Los superficiales, en los que no ni siquiera ha podido penetrar la divina palabra…, y es hollada.

2ª) Los dubitantes, en los cuales la semilla germina, pero la planta se quema pronto.

3ª) Los enardecidos, representados por la semilla que cae entre espinas y la planta se asfixia.

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Vamos a detenernos hoy en aquellas almas tipo suelo pedregoso, para analizar una enfermedad típica de ellas… La indecisión es la enfermedad de la voluntad.

La primera prudencia es alejarse de las fórmulas indecisas que nos rodean, para obedecer las decisiones de la Gracia, para comprenderse y reflexionar sobre sí mismos, para instalar la conciencia en la decisión que genera orden.

La indecisión impide encontrarse libre… Es necesario liberarse de las vueltas atrás, de los escrúpulos, del esperar y ver…

¿Cómo? Con el cumplimiento del deber, la confesión, el don de sí mismo, la franqueza.

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Echemos un vistazo más de cerca, pues la voluntad depende de la inteligencia, la naturaleza de ésta es recurrir a la demostración para llegar a la certeza.

Se es alguien, desde el momento en que se encuentra dentro de sí razones de peso para llegar a ser el hombre capaz de decidir por sí mismo.

La Fe libera al hombre de toda demostración mediante certezas sobrenaturales. El hombre se une a las evidencias divinas a través de las certezas que conducen a ellas.

Por lo tanto, en el ámbito del pensamiento, la duda voluntaria es un pecado contra el intelecto de Dios.

Y en el ámbito de la acción, el vicio, que hoy se promueve como virtud natural, es un verdadero desaire a la voluntad divina, que nos hizo para el bien verdadero.

Reconozcamos en la vida moderna la situación inhumana, incluso contra la naturaleza, de la falta de decisión.

El primer auxilio y servicio que se debe prestar a las conciencias es enseñarles a decidir. Y para ello, examinar la situación sin ideas preconcebidas para poder basar el juicio en la piedra sólida de la decisión sin prejuicios.

Luego, establecer la valentía de mirar el propio campo de batalla con los ojos de la oración, con la independencia que da Dios, porque orar es participar de la inteligencia de Dios que decide…

¡Poder entrar en la vida con la vida de Dios!, porque se ha tomado la decisión de considerar todo en la verdad y según la verdad.

Se es salvo cuando se puede ver el caso personal con esa mirada interior que no desvía, que es simple, que juzga “Lo que es, es; lo que no es, no es”.

En este caso, necesariamente uno se convierte en un hombre de razón y de fe.

Finalmente, la decisión se adquiere por un juicio interno, libre de los juicios externos, del respeto humano, de las opiniones e intereses.

Psicológicamente hablando, ¿qué significa decidirse?

No dejar al mecanismo sensitivo, impresionado por el exterior, ajeno a la razón y a la Fe… Esto sería impulsividad, pasiones, laxitud…

Renunciar a todo lo que obscurece la meta objetiva, la meta de la razón razonable, la meta de la Fe.

El primer pecado de la voluntad es evadir la meta.

¿Cómo reaccionar? Por una gran virtud: la obediencia a Dios, que consiste en avanzar en la dirección de una inteligencia que está ante nosotros y que dice: “Este es el camino que debes seguir”.

Obedecer es aprender a mandarse a uno mismo, es formar el libre albedrío para elegir una meta. Quien quiera ser líder debe empezar por obedecer; en la obediencia encontrará las razones para mandar, según la razón y según la Fe.

Ahora veamos la esterilidad de la indecisión.

La indecisión que proviene de la inteligencia, es actuar sin saber, sin conocer…

La indecisión proveniente de la voluntad, es saber, sin atreverse a querer; se sabe que se debe hacer, pero no se atreve a arriesgarse.

En teología moral pueden surgir tres casos:

– un acto sin un objetivo conocido = no es un acto moral, no es un acto humano.

– un acto peligroso, sin una finalidad que lo califique a pesar del riesgo = es culpable;

– un acto indeciso, abandonado al azar de las consecuencias = es inmoral en su causa.

En los tres casos falta el fin, la meta, sea para la razón, sea para la Fe.

Pasemos al ámbito de las pasiones.

Un buen acto, sostenido por una pasión al servicio de la bondad del acto, hace que esta pasión cumpla su papel de manantial maravilloso.

La pasión, utilizada moralmente, se nos da para tener el coraje de perseguir el bien y rechazar el mal hasta el final; debe ayudarnos a superar la indecisión.

La esterilidad de la Fe proviene de la falta de coraje… Somos católicos, pero no somos creyentes…

Jesucristo quiere una Iglesia capaz de los hechos más extraordinarios que existen: salir de la indecisión frente al pecado, el mal, el error, el infierno…; y esto a través de riesgos, preferencias, lealtades, decisiones interiores y exteriores.

No tiene nada en común con el temblor de las almas llamadas católicas ante los gestos caballerescos de los creyentes; ni con la esterilidad de los católicos indecisos, ni la victoria del modernismo y del conciliarismo, que han neutralizado a los creyentes acostumbrándolos, católicamente, a ideas falsas…

¿Cómo volver a ser creyente?

Primero, alimentar el juicio interior con una Fe vivida en secreto: la oración, la adoración, la súplica, los recuerdos de la Gracia, la generosidad del sacrificio…

Luego, reconocer las realidades que movilizan en nuestro corazón la capacidad de gustar la decisión, de presentarse ante la vida con el coraje de mostrar el camino a quien lo busca, arriesgando la decisión de un Credo vivido, una elección que honra la de los mártires, la fidelidad a ideas objetivas, doctrinales, tradicionales, uniendo el futuro al pasado sin ningún defecto indeciso, sin temor a las indecisiones de la naturaleza.

Consideremos ahora la indecisión en la conciencia.

Sólo Dios es capaz de sembrar la tierra como Él quiere. Desde la caída original, le dijo a Adán que la tierra produciría abrojos y espinas, especialmente la tierra interior… la del alma…

La Gracia tiene la ambición de preparar el campo de nuestras conciencias, sea roturando, sea quitando las piedras, sea desmalezando…

Y ahí es donde comienza el drama…, pues las razones opuestas son muy diversas:

– la ignorancia de lo sobrenatural;

– el miedo a la semilla divina;

– el recelo de ver a Dios ocupar su lugar;

– la tristeza de no saber superar la propia impotencia.

Todo esto impide que nuestra vida pertenezca a Dios.

De ahí un sentimiento de fracaso, de recomenzar indefinidamente, un sentimiento de tristeza, a pesar de las grandes cualidades naturales que se poseen.

Sentimos que, entre la vida y su fertilidad absoluta, todo se detiene por un estado de indecisión.

Pero aquí es necesario añadir una precisión teológica: debemos saber que este defecto original, que impide al alma decidirse, es utilizado por la Gracia para sembrar a fin de producir virtudes florecientes y fructíferas.

Es la venganza del Amor misericordioso e infinito contra el mal del pecado original.

Tengamos en cuenta la exhortación de Jesús: Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os restableceré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.

Esta reflexión invita a confiar en Jesús para encontrar paz interior y seguridad, en esta vida y en la eterna. También invita a entregar sus cargas a Cristo, para que Él fortalezca el alma y le permita sobrellevarlas.

Jesús no dice: Yo eliminaré el defecto, la dificultad. Él dice: Os restableceré, utilizando el defecto como instrumento. Es la invitación dirigida al pobre género humano a encontrar nuevamente la esperanza.

La indecisión de la conciencia es un peso habitual, un lastre, que nos da un estado de pesadez.

Venid a Mí, dice Jesús, mi yugo es fácil…, pero sigue siendo yugo…; mi carga ligera, pero no quito la carga…

Él nos enseñará cómo podemos convertir un yugo en mansedumbre y una carga en ligereza.

De este descubrimiento surgirán grandes victorias dentro de uno mismo… Hacer que el yugo produzca, hacer que la carga genere…, con mansedumbre y suavidad.

El Señor no anuncia la supresión de la indecisión, sino que la aliviará.

¿Cómo lo hará? ¿Cómo podemos darle lo contrario de un peso a la gravedad?

La ley natural de la gravedad es entorpecer la marcha. Y, sin embargo, en física se utiliza la gravedad para aumentar la velocidad.

La indecisión en la conciencia es el peso más atroz que entorpece el mejor uso que se puede hacer de un peso.

¿Cuáles son las causas de la indecisión?

Son múltiples: hereditarias, desarrolladas por una educación torpe, demasiado estricta o demasiado laxa.

A veces también son causas que no se pueden definir: escrúpulos, orgullo, miedo, interés, ambición.

¿Las consecuencias? Todas son en beneficio de lo más fácil.

No se quiere pelear. Se llega a una espiritualidad formalista, sin coraje, sin ganas de comprometerse.

Al “claroscuro” procedente de la naturaleza, el indeciso añade la profundidad de su indecisión, y hay un momento en que la noche se vuelve cada vez más espesa: la indecisión se ha convertido en un estado.

¿Cómo sanar estas conciencias?

Sobre todo, debemos demostrarles que la indecisión es el primer enemigo del alma. Aceptarla es correr el riesgo de acabar aceptando una paz falsa: “Estoy en paz”…, en la falsa paz del mundo…

Sentimos muy bien que esto no es cierto, hemos fingido el problema, hemos engañado a la vida, que es lo peor para la vida consciente.

Hay que redescubrir los principios de la verdadera paz:

– Un razonamiento objetivo, con la ayuda de consejos y confidencias, para dejar libre la razón;

– La Fe, que razona con lo que la caracteriza, lo contrario de la indecisión: las certezas. Certezas que llegan hasta la oración que pide.

En una palabra, llegar a poseer una conciencia iluminada por la razón y por la Fe, primera resurrección de la voluntad, primera resurrección de la Fe activa.

Iluminar así la noche de la indecisión, no con la luz del día, eso no es posible (el defecto original está ahí), sino con “esta luz oscura que cae de las estrellas”, la luz nebulosa, el claroscuro, que da suficiente luz para permitir a la voluntad, a la decisión, avanzar.

Las almas que están en la indecisión, ni siquiera están en el claroscuro, están en la noche, con toda la profundidad de la noche; es decir, en la imposibilidad de caminar, en la imposibilidad de elegir.

Por tanto, no son felices, no se sienten orientadas hacia una noche que terminará con el amanecer.

Lo que caracteriza al indeciso, es que no camina, ya no tiene el caminar orientado hacia una decisión que proviene de Dios, que proviene de la razón iluminada por la Fe, que proviene de actos de Fe que son capaces de transformar la noche cerrada en noche estrellada.

La verdad de Dios no es un problema de sensibilidad, sino de verdad que obra, porque Dios necesita obligarnos a practicar las virtudes de la paciencia, la humildad, la esperanza, la confianza, el coraje, que habríamos sido incapaces de producir si hubiésemos sido una persona decidida.

Removamos, pues, todas las piedras que hay en nuestra alma, con paciencia, humildad, esperanza, confianza y coraje…, y la Palabra de Dios dará su fruto…