PADRE LEONARDO CASTELLANI: DIRECTORIALES DE JAUJA

N° 35 – Noviembre de 1969

En mitad del camino de mi vida —un poco más allá— tuve una experiencia brutal con la Santa Madre Iglesia Jerárquica, o la Jerarquía de la Iglesia, o la Des-Jerarquía, si se quiere.

El choque fue como para no dejarte una ilusión a vida. Encontré que en mi caso no se veía por ningún lado la bondad y la santidad, sino al contrario. Los Jerarcas (algunos) se portaban con un sacerdote afligido no como Santa Madre sino como Madrastra —por no decir Hiena.

No quiero ahora pormenorizar el incidente, del cual ya he hablado mucho; aunque convirtiéndolo en veta de «creación» (dicen ahora) producción poética. Baste decir que sufrí una persecución mortífera, que pudo llevarme a la muerte —o a algo peor; Dios me sacó della, y no ningún auxilio humano: «torcular calcavi solus» (pisé solo el lagar). La persecución duró años y se puede decir continúa todavía, muy mucho atenuada; otro que «reparaciones».

Dios me mantuvo la fe entremedio la tormenta —que importaba una tentación contra la fe. El medio para defenderla era muy sencillo: San Juan de la Crú — «con el marabú, marabú». Decirme canónicamente a mí mismo Yo era el malo y mis perseguidores eran buenos, no servía de nada: para pensar lo que hacían era santo, sería preciso amputar mi sentido moral y mi discernir del Bien y el Mal.

Pero yo me decía: ¿Y San Juan de la Cruz? ¿No fue objeto de una persecución mortífera de parte de los suyos? ¿Perdió la fe en la Iglesia? Su fe no se movió un jeme.

La diferencia era que la Iglesia entonces estaba ordenada y al poco tiempo la persecución se disipó. Alguno dirá había otra diferencia y es que él era santo y yo no.

Pero la diferencia más morrocotuda es que las cosas más diferentes que hay en este mundo son que te duela el estómago a vos o me duela a mí. Y así yo había leído la historia del insigne Carmelita antes, y me había quedado más tranquilo que Pancho. Cuando el azote vino por mi casa, entonces realicé lo que había pasado por él. Después en España conocí la vida de Mosén Cinto Verdaguer, que también enfrentó invicto una tormenta de la misma índole.

Sé qué es andar sacudido
En la mar por la tormenta
Mas las tormentas más recias
Las he pasado en la tierra.

Dijo el gran poeta catalán.

La mía amainó, aunque después de años. Vuelto a mi tierra, me resigné a los daños sufridos y comencé a querer retejer mi vida, atando hilos. Como dijo el otro poeta:

«Con las ruinas, Señor, de mi palacio
Voy a hacer una choza…»

Más hete aquí que amanece un nuevo contraste, después de un Concilio hecho con grandes alharacas: la Iglesia comenzó como a querer desintegrarse; es decir, se levantó una confusión, novelerías, apostasías, afloje del clero, amenazas de cisma, guerra interna, una sutil y proteica herejía desparramada por todo y tomando varias formas —no condenada hasta ahora.

¿Dónde está la Iglesia Santa e Inmaculada de San Pablo, si en la misma jerarquía hay disensiones y levantamientos?, nos decían cazurramente las grandes revistas judaicas de que gozamos. «Grietas en el casco y motín a bordo» —dice la revista protestante DESPERTAD.

«De aquellos polvos vinieron estos lodos», me dije: aquella experiencia que tuve es la clave de que había una enfermedad latente incubándose en la Iglesia; «¡Y yo sin saber!» como dicen los Chalchaleros. Otra vez fui atacado por el temible espíritu de perplejidad, que dice el de Yepes: «Spiritus vertiginis». En fin, que Pateta metió la pata.

Y otra vez me ayudó la Historia, maestra de la vida. ¿No nos trae la Historia otra crisis —y no es la única— análoga a la actual, en el estallido de la Pseudo Reforma del siglo XVI? ¿No contagió a sacerdotes y obispos en gran número? ¿No se produjeron sectas, cismas y sangrientas guerras? ¿No perdió la Iglesia media Europa? El diabolismo no cesa de obrar en el mundo.

Pero los elegidos de aquel tiempo se mantuvieron firmes en la vieja fe de los Apóstoles —a costa de muchos martirios desde luego. Pasaron por el hierro y por el fuego, afrontaron las fauces de los leones, perseveraron.

Mas en aquel tiempo surgieron muchísimos santos, se fundaron muchas Órdenes, saltaron a la liza estadistas y escritores insignes, una monarquía potente se hizo portaestandarte de la Iglesia, España Gonfaloniera. La cual emprendió el trabajo hercúleo de la Evangelización de América. Hubo muchos defectos, fallas y tropezones en la Contrarreforma; pero ella se asentó al fin con honor en el antiguo predio. Ahora no ha pasado tal, ni parece ha de pasar.

Así que me conformé con el actual «progreso» y el barullo por más peligrosos que se me hicieran.

Pero a la tercera la vencida, me sobrevino otro contraste, otro sacudón a la fe; que no haré público, entre otras razones porque ni yo mismo lo entiendo. Ni debe hacerse público.

Él me hizo ponerme en las manos de Dios de la manera más ciega, y acudir al «consuelo de la Escritura» —ad consolationem Scripturarum. El último libro della, la Revelación (apokalypsis), predice sacudidas y barquinazos en el mundo peores que los que vemos. ¿O no?

Dado que yo veo poco y no abarco el conjunto, puede que la borrasca hodierna coincida con las que San Juan puso. Pues entonces más en mi favor, como dijo aquel español; que interpeló a uno en la calle, diciendo: «Hola Ramón, tanto tiempo. Pero ¡qué cambiado estás, hombre, qué cambiado estás!» —Dispense, señor, —le dijo el otro— yo no soy Ramón —¿Qué no eres Ramón? Pues ¡más en mi favor!

Y así entre apuros y golpes, vamos surcando el mar no manso de la vida, con 200 metros de agua abajo y el esquife escorado, hacia una lejanísima estrella.