QUINTO DOMINGO DE EPIFANÍA
Semejante es el Reino de los Cielos a un hombre que sembró buena simiente en un campo. Y mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Y después creció el trigo e hizo fruto, apareció también entonces la cizaña. Y llegando los siervos del padre de familias le dijeron: Señor, ¿por ventura no sembraste buena simiente en tu campo? ¿Pues de dónde tiene cizaña? Y les dijo: el hombre enemigo ha hecho esto. Y le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la recojamos? No, les respondió; no sea que recogiendo la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer lo uno y lo otro hasta la siega, y en el tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primeramente la cizaña y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo en mi granero.
El Evangelio del Quinto Domingo de Epifanía trae la Parábola del Trigo y la Cizaña, una de las más misteriosas y más instructivas del Evangelio.
Afortunadamente, los Apóstoles pidieron y obtuvieron una aclaración y explanación. De este modo, tenemos directamente de Nuestro Señor la interpretación genuina e incontestable.
Él les respondió de este modo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es la consumación del siglo, y los segadores son los Ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será en la consumación del siglo. El Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.
Nadie puede negar la clara enseñanza de esta Parábola, pues el mismo Jesús explicó a sus discípulos su contenido. Entonces, ante tanta claridad, ¿cómo es posible afirmar que la Iglesia está llamada a conquistar el mundo, llegando a una dominación espiritual que abarque a todas las naciones, si el mismo Jesús nos enseña explícitamente, y sin lugar a dudas, lo contrario?
¿Qué otra enseñanza se puede sacar de esta parábola, sino la de que la pequeña grey de verdaderos fieles, el trigo bueno, ha de estar mortificada y acrisolada por la continua y creciente infiltración de los hijos del maligno, la cizaña?
El completo olvido de esta enseñanza entre la gran mayoría de los cristianos, con mayor razón su desprecio, es una de las pruebas más palpables de la verdad que Jesucristo anunció: habrá cizaña hasta la Consumación del Siglo.
Terminantemente se nos enseña, no sólo que el mundo no mejorará poco a poco, sino que, por el contrario, el misterio de iniquidad irá obrando de más en más en el seno mismo de la Cristiandad.
Se ha objetado que esta doctrina presenta una sombría perspectiva del futuro…, que desalienta a los fieles…, que los arroja en la pasividad…, que es la filosofía de la desesperación…, que está opuesta a la idea popular de que el mundo va progresando en el bien… Y muchos agregan, sarcásticamente: «si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo».
El fondo de la cuestión no radica en pesimismo u optimismo, pasividad o actividad, sino en que la realidad corresponda a la verdad divina revelada.
Insistimos, de todo esto se concluye que la Iglesia, lejos de vencer la iniquidad que hay en el mundo, será acrisolada por esa misma iniquidad, que va penetrando desde el principio entre los cristianos; y de este modo la iniquidad irá aumentando hasta llegar esos tiempos peligrosos, que las Escrituras anuncian con tanta insistencia.
En concreto, antes de la Segunda Venida del Señor no habrá una restauración de la Cristiandad, no habrá un reflorecimiento de la Iglesia, no se convertirán a Cristo todos los pueblos de toda la tierra… La lucha entre el diablo y la Iglesia durará hasta la Parusía. Y el diablo, a medida que el mundo se apresura hacia el fin, perfecciona sus métodos y organiza más sabiamente su horrible contra-iglesia.
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Profundizando la cuestión, el futuro del mundo depende de un problema exegético y teológico que puede resumirse en dos hipótesis:
Según la primera, Jesucristo debe venir nuevamente al mundo para establecer su Reino juntamente con el Fin del Mundo.
La segunda sostiene que Jesucristo debe venir para instaurar su Reino antes de la Consumación del Siglo.
¿Cuál es la diferencia? Juntamente con el Fin del Mundo y antes de la Consumación del Siglo…
Si la Parusía, el Fin del Mundo y el Reino de Dios son cosas simultáneas, antes de esa liquidación total se profundizará la purificación de la Iglesia por el dolor, y luego tendrá lugar un gran triunfo de la Iglesia.
Y después volverán, con la fuerza incontrastable de la catástrofe, las fuerzas demoníacas tremendas que vemos en acción en estos momentos; y entonces tendrá lugar la tribulación magna, cual no la ha habido desde el principio del mundo acá, la persecución externa e interna a la vez hasta el grado de lo insoportable, que deberá ser abreviada para que no perezca toda carne.
Pero, si Cristo ha de venir antes, para vencer al Anticristo y para reinar por un período en la tierra; es decir, si la Parusía (con la consecuente Consumación del Siglo) y el Fin del Mundo no coinciden, sino que son dos sucesos separados (como creyeron la tradición apostólica y los Santos Padres más antiguos), entonces esa esperanza de un próximo triunfo temporal de la Iglesia no tiene fundamento.
En ese caso, la actual persecución irá aumentando hasta su máximum, con todas sus consecuencias ya dichas.
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Ahora bien, muchas citas de la Sagradas Escrituras nos aseguran que ha de llegar finalmente cierto tiempo en que todos los hombres crean y esperen en Cristo; todos lo conozcan, lo amen, lo adoren, lo bendigan.
A pesar de todo cuanto ha hecho la Iglesia en veinte siglos, falta todavía mucho que hacer para que aquellas promesas lleguen a su entera y perfecta plenitud.
En todos estos lugares de la Sagrada Escritura se debe observar la universalidad con que hablan de todas las gentes, de todas las naciones, sin excepción alguna. Esta observación hace San Pablo, sobre la palabra todas, del salmo VIII, diciendo: En esto mismo de haber sometido a Él todas las cosas, ninguna dejó que no fuese sometida a Él (Hebr. 2, 8).
Lo cual, como añade el mismo Apóstol, no había sucedido hasta su tiempo: Mas ahora aún no vemos todas las cosas sometidas a Él; y nosotros podemos añadir que tampoco hasta nuestro tiempo.
Vemos como la Iglesia gime impotente y como las miasmas de la corrupción contemporánea se insinúan incluso dentro de Ella…; y no en la forma en que siempre se han insinuado, cizaña en medio del trigo reconocible y condenada, sino en la forma más terrible de la sal que ha perdido su sabor…, el fariseísmo y la corrupción especiosa del dogma que llamamos Modernismo…
Por lo tanto, si todavía no vemos sujetas a Él todas las cosas, deberemos esperar otro tiempo en que lo sean.
¿Mas cuándo? Este tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra, ¿dónde se coloca?
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En lo que puede llamarse el “sistema vulgar”, debe colocarse antes de la venida del Señor, pues después de ésta no se admite espacio alguno de tiempo.
Antes de la Parusía…, pero, ¿cuándo?… Unos lo colocan antes del Anticristo, otros después, pero siempre antes del Advenimiento del Señor en gloria y majestad.
Antes del Anticristo, no puede ser.
Después del Anticristo, mucho menos.
Luego…, nunca.
¿Por qué no puede ser después del Anticristo? Porque el fin del Anticristo sucederá con la venida misma de Jesucristo en gloria y majestad, como lo presenta el capítulo decimonoveno del Apocalipsis; y el sistema vulgar no admite tiempo alguno después de la Parusía.
¿Por qué no puede ser antes del Anticristo? Porque los Evangelios y los Escritos de los Apóstoles dicen lo contrario, como lo hace la parábola de este Domingo, según la cual, como hemos visto, la pequeña grey de verdaderos fieles, el trigo bueno, ha de estar mortificada y acrisolada por la continua y creciente infiltración de los hijos del maligno, la cizaña.
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No obstante, pensemos por un momento qué debería suceder si este tiempo feliz, si el triunfo de la Iglesia, tuviese lugar antes de la venida gloriosa del Señor…; consideremos atentamente las consecuencias necesarias que de aquí se deberían seguir, que son las siguientes:
Antes del Anticristo se habrían verificado plena y perfectamente todas las profecías aludidas.
Se habrían convertido a Jesucristo todas las naciones de toda la tierra.
Todos los hombres serían, no solamente cristianos, sino cristianos excelentes.
Ya habría tenido lugar un tiempo muy grande en que todos los habitantes de la tierra habrían servido y obedecido a Cristo, y todos habrían sido fieles, justos y santos.
Por lo tanto, en este tiempo feliz, ya no habría en todo nuestra tierra ni idolatría, ni superstición, ni falsa religión; ni herejías, ni cismas, ni escándalos, ni cizaña…; no habría, en fin, lo que el mismo Cristo dice y asegura tantas veces que siempre ha de haber hasta que Él venga.
Esto es lo que nos asegura el libro Fátima – Roma – Moscú, del Padre Gérard Mura, de la Neo F$$PX, prefaceado en 2005 por el Superior General, Monseñor Fellay; cuyo Capítulo Quinto, en su Punto C, nos asegura:
Al futuro triunfo del Corazón Inmaculado de María estarán vinculadas una conversión a nivel mundial y la renovación de la Iglesia Católica.
Y detalla:
1) El retorno de los cristianos cismáticos, ortodoxos y protestantes a la unión con la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.
2) La conversión de los musulmanes a la Fe Católica.
3) La conversión de los judíos.
4) La conversión de los paganos y no creyentes a la Fe Católica.
Sin embargo, sabemos por los Evangelios y las Cartas de los Apóstoles, que antes de la venida del Señor, en todo el tiempo que debe mediar entre su primera y segunda venida, aunque se predicará el Evangelio por todo el mundo, no todos los hombres lo recibirán, sino pocos, comparados con la inmensa muchedumbre.
Incluso entre estos pocos que recibirán el Evangelio, no todos lo observarán, cayendo frecuentemente el buen grano, una parte junto al camino…, otra sobre piedra…, otra entre espinas; y habrá entre ellos, sin interrupción, grandes y terribles escándalos, herejías, cismas, apostasías…
Y, como si esto fuese poco, habrá odios mutuos, emulaciones, envidias y guerras sangrientas e interminables; habrá costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas asentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes…
Por lo tanto, se sigue, evidentemente, que todas aquellas cosas particulares que están anunciadas claramente para después de destruido el Anticristo, deberán verificarse también después de la venida del Señor Jesucristo.
Los Evangelios y los escritos de los Apóstoles contienen estas profecías, y la larga experiencia de los siglos nos ha enseñado siempre la veracidad de las mismas.
No las cito en particular, porque son cosas sabidas de todos; y cualquiera que lea las Escrituras del Nuevo Testamento, las encontrará a cada paso.
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Viniendo a la parábola del Evangelio del día, la de la cizaña, propuesta y explicada por el mismo Jesucristo, se ve siempre, sin interrupción, la cizaña junto con el trigo, y siempre ella haciendo daño…
La cizaña son los hijos de la iniquidad… El enemigo que la sembró es el diablo… La siega es la consumación del siglo.
De manera que, desde la predicación de Cristo hasta la Consumación del Siglo, deberá estar siempre en el mundo el buen grano mezclado con la cizaña… En una palabra: habrá siempre cizaña que oprima al trigo; y todo esto hasta la siega… la Consumación del Siglo, que no coincide con el Fin del Mundo.
Por lo tanto, hasta la Consumación del Siglo, deberá suceder siempre constantemente lo mismo, poco más o menos, que ha sucedido hasta el presente.
Si esto debe siempre suceder así hasta la Consumación del Siglo, pero no se admite algún espacio de tiempo desde la Consumación del Siglo hasta el Fin del Mundo; antes se mira este espacio de tiempo como un error…, ¿cuándo y cómo podrán tener algún lugar todas aquellas otras profecías predichas, que anuncian una fe y una justicia universales, así como una obediencia general de todas las gentes, y de todos los reyes de toda la tierra, al Rey de los reyes y Señor de los señores?
Dichas profecías presentan una idea diametralmente opuesta a la que nos ofrecen estas tres ideas y las palabras que las significan: trigo…, cizaña…, hasta la Consumación del Siglo.
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En el “sistema vulgar” no podemos esperar una concordia sólida y firme entre unas y otras profecías, porque en dicho sistema:
– no hay más tiempo que el intermedio entre la Primera y Segunda venida del Señor;
– la Consumación del Siglo o la mies es lo mismo que el Fin del Mundo;
– después de la mies, después de la Consumación del Siglo (del Fin del Mundo, por consiguiente) no hay que esperar otro tiempo, ni nueva tierra, ni nuevos cielos…
Pero, si se hace la debida distinción entre tiempo y tiempo, como la hace la Sagrada Escritura, todo lo hallamos concorde, claro y fácil.
Las cosas opuestas, que no pueden concurrir en un mismo tiempo sin destruirse las unas a las otras, tendrán su cumplimiento en diversos tiempos, cada cual en el suyo propio: unas, antes del Anticristo; otras, juntamente con su derrota y encierro; otras, después, hasta el Fin del Mundo.
Si antes de la Consumación del Siglo o de la mies, no puedan verificarse todas, se cumplirán plenamente unas antes y otras después.
Este “después” se hace durísimo admitirlo al “sistema vulgar”, porque lo destruye desde los cimientos.
En conclusión, el “sistema vulgar” no es bueno, pues ni es capaz de concordar unas escrituras con otras, ni de concordarse él con ellas mismas.
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Para terminar, saquemos una importante conclusión: frente al testimonio de las profecías bíblicas se pueden adoptar cuatro posturas.
La primera es la de la negación, la del incrédulo que rechaza sistemáticamente el misterio y lo invisible. Para él, la Biblia no es más que una historia, cuya veracidad y autenticidad distan mucho de estar probadas.
Si la examinasen más de cerca, con verdadero espíritu de estudio y sin prejuicios, ¡cuántos de los que sostienen esta posición de «alta crítica» cambiarían de opinión!
Las otras tres posturas son de creyentes.
Pero la segunda es la de ciertos practicantes que no están completamente libres de racionalismo.
Piensan que se puede elegir entre los Libros Sagrados. La Biblia, dicen, contiene la Palabra de Dios, pero no todas sus partes son igualmente inspiradas.
Esta es la postura de los «modernistas». Adhiriéndose a interpretaciones muy populares hoy en ciertos círculos, hablan de buen grado del «sentido poético» y del «sentido épico», que sólo sirven para dejar de lado el sentido literal y les permite mantener bastante bien la compostura frente a los representantes de «la escuela crítica».
La tercera postura es la de muchos cristianos que creen en la inspiración de la Escritura, pero que tienen una marcada tendencia a «espiritualizar» las profecías aún no cumplidas, buscan el sentido alegórico.
Reconocen en el Evangelio el cumplimiento literal de las Profecías acerca de la Primera Venida de Cristo, pero no quieren admitir que ocurrirá lo mismo con las Profecías respecto de su Segunda Venida, que aún están por cumplirse.
Además, tienen una tendencia evidente a aplicar a los judíos todas las maldiciones pronunciadas por los Profetas, mientras que adaptan todas las bendiciones al «Israel espiritual», que se ha convertido en la Iglesia.
¡Qué gran error es desviar de su verdadero significado literal las profecías relativas al tiempo de la Tribulación, el Recogimiento y la Conversión de Israel, el Retorno de Cristo y el Reino de Dios!
Equivale a perder «la llave del conocimiento», no entrar uno mismo e impedir que entren los demás.
Por último, la cuarta postura es la de los cristianos que reciben toda la Biblia como Palabra de Dios, según su sentido literal, según el hecho histórico, según el anuncio en su contexto y situado en su verdadera dispensación, es decir, en su tiempo preciso.
Quienes sostienen esta postura se niegan rotundamente a «espiritualizar» o «alegorizar» las profecías que aún no se han cumplido.
Prefieren callar antes que interpretarlas «espiritualmente» o «alegóricamente», situándolas fuera del tiempo para el que fueron anunciadas.
Esta es la posición de la tradición más sólida, como recuerdan los Papas León XIII, Benedicto XV y Pío XII; es la posición de los primeros Padres de la Iglesia, así como de San Jerónimo y Santo Tomás de Aquino.
Atención, porque el Hijo del hombre enviará a sus Ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

