SAN FRANCISCO DE SALES-EN LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA

LA SENCILLEZ EN LA ADHESIÓN A LA VOLUNTAD DE DIOS

El amor a nuestra debilidad y la cordial confianza en Dios
Ciertamente, somos «miserables» y «pobres criaturas». La sencillez es la que nos hace aceptar nuestras miserias y amar la debilidad, puesto que por esas mismas miserias se manifiesta la misericordia de Dios y se consolida nuestra confianza en su indulgente bondad. No nos irritemos a la vista de nuestras miserias.
Soportémoslas con dulzura; sepamos utilizarlas para que concurran a nuestra santificación por la humildad en que ellas nos ejercitan.
«Permaneced en paz y soportad pacientemente vuestras pequeñas miserias. Pertenecéis a Dios sin reservas, Él os guiará. Si Él no os quiere liberar tan pronto de vuestras imperfecciones, es para hacerlo con más provecho, para que os ejercitéis más en la humildad y arraigaros así mejor en esta querida virtud».
Esta querida virtud, nos es, en efecto, sumamente preciosa; nos hace vencer uno de los mayores obstáculos para la unión divina, al domar nuestro orgullo y echar por tierra la exagerada estima que tenemos de nosotros mismos. Nos muestra lo que somos ante Dios, en toda nuestra miseria y pobreza.
«Pero, ¿qué es la humildad? ¿Es el conocimiento de esta miseria y pobreza? Sí, dice san Bernardo -le explica san Francisco de Sales a la baronesa de Chantal-; pero ésa es la humildad moral y humana. ¿Y qué es entonces la humildad cristiana? Es el amor a esta pobreza y debilidad al contemplar la de nuestro Señor. ¿Sabéis que sois una débil y pobre viuda? Pues amad vuestra ruin condición; gloriaos de no ser nada, alegraos, puesto que la bondad de Dios se va a servir de esa miseria para ejercitar su misericordia.
Entre los mendigos, los más miserables y con mayores y más terribles llagas son los mejores mendigos, por ser más aptos para conseguir limosnas. Nosotros sólo somos mendigos, y los más miserables son los mejores, la misericordia de Dios los mira con agrado» por tanto, de nuestras flaquezas, pues, como le gustaba repetir al Santo, «nuestra miseria es el trono de la misericordia de Dios» .
Así pues, «la virtud de la humildad consiste en el conocimiento verdadero y en el reconocimiento voluntario de nuestra debilidad. Y la cumbre de esta humildad consiste en no solamente reconocer nuestra debilidad, sino en amarla y complacerse en ella; y esto, no por falta de valor y generosidad, sino para exaltar aún más a la divina Majestad y estimar mucho más al prójimo al compararlo con nosotros mismos».
Para ilustrar esta doctrina en la que tan manifiestamente se complace, san Francisco de Sales nos da numerosos ejemplos, tanto en la Introducción como en sus cartas.
«Yo hago una tontería que me humilla; bueno. Doy de bruces en el suelo, y me dejo llevar por una cólera desmesurada: estoy pesaroso de la ofensa que he hecho a Dios, pero a la vez me alegro de que por ella se vea cuán vil, abyecto y miserable soy. Sin embargo -prosigue-, aunque amemos la debilidad que se sigue del mal, tenemos que remediar ese mal. Procuraré no tener un cáncer en la cara, pero si lo tengo, amaré la humillación que me acarrea. Y, en lo tocante al pecado, hay que guardar esta regla aún más. Si he caído en esto o en aquello, estaré triste, pero he de aceptar de corazón la humillación que se sigue; y si se pudieran separar estos dos sentimientos, me quedaría gustoso con la humillación y rechazaría el mal y el pecado. Pero, teniendo en cuenta la caridad, a veces tendremos que ocultar nuestra debilidad para edificar al prójimo. En ese caso, la tendremos que ocultar de la vista del prójimo para que no se escandalice, pero no de nuestro corazón, pues servirá para edificarle».
Si deseamos «saber cuáles son las mejores humillaciones», el obispo nos responde: «Son aquéllas que no hemos escogido nosotros y que nos son menos agradables; y aún mejor, aquéllas por las que no sentimos ninguna inclinación. Hablando claro: las de nuestra vocación y profesión. Por ejemplo: esta mujer casada escogería cualquier otra debilidad menos las que le causan sus deberes de casada; aquella religiosa obedecería a cualquiera menos a su superiora; y yo preferiría ser reprendido por una superiora religiosa que por un suegro en mi casa».
Aquí se nos muestra el «doctor» de la sencillez, tanto más perfecta cuanto más nos somete a la voluntad de Dios. Y añade: «Os digo que, para cada uno, la propia humillación es la mejor; las que elegimos nosotros quitan mucho mérito a la virtud». Esta es una enseñanza difícil de comprender, y que solamente Cristo puede darnos la gracia de practicar:«¿Quién me dará la gracia de amar mucho nuestra debilidad, mi querida hija? Nadie, sino Aquél que amó tanto la suya que, para conservarla, quiso hasta morir». Siempre debemos tener ante los ojos este ejemplo divino:« Vivid así, queridísima hija; amad la santa sencillez, la humildad y la debilidad, tan estimadas por la divina sabiduría que por ellas ha dejado temporalmente su realeza para practicar la pobreza y anonadamiento, incluso hasta la Cruz, en cual su Madre, después de beber este amor, lo derrama en el corazón de todas sus verdaderas hijas y siervas. Que vuestra gloria, pues, queridísima hija, esté siempre en la Cruz de Aquél sin cuya Cruz no hubiéramos podido conseguir la gloria».
El Santo, en sus cartas, anima también con frecuencia a amar la propia bajeza: «Queridísima hija, vivid en Dios con dulzura sencillez, con un continuo amor a vuestra bajeza y con mucho valor para servir a quien por salvaros murió en la Cruz».
«Amad constantemente vuestra propia debilidad; estimad el desprecio y acariciad las cruces que Dios quizá permita que os lleguen». El obispo piensa que, para servir bien a Dios, es cosa excelente que la humillación siempre acompañe a la aflicción:
«¡Animo, hija mía!, habéis sido afligida del modo más conveniente para servir bien a Dios, porque las penas sin debilidad engríen muchas veces el corazón en vez de humillarlo. Pero cuando recibimos un mal sin honor, o el propio deshonor, la humillación y la debilidad son nuestro mal, ¡cuántas ocasiones de ejercitar la paciencia, la humildad, la modestia y la dulzura de corazón! El glorioso san Pablo exulta, con una humildad santamente gloriosa, porque él y sus compañeros son tenidos por la basura y la inmundicia del mundo».
Pero la vista de nuestras propias miserias y el sentimiento de nuestra extrema debilidad ¿no nos llevarán a descorazonarnos? Nunca. La humildad y la sencillez vienen aquí en ayuda nuestra. Nos permiten olvidarnos de nosotros mismos, siendo así instrumentos dóciles en las manos de Dios. «La humildad es siempre sencilla, y, así como la verdadera sencillez rehúsa humildemente los cargos, la verdadera humildad los ejerce con sencillez». Y eso porque confía en Dios: «La desconfianza que tenéis en vos misma es buena, siempre que sirva de base a vuestra confianza en Dios; pero si os llevase al desánimo, a la inquietud, a la pena y a la melancolía, os suplico que la arrojéis de vos como la mayor de las tentaciones… Dios permite que les sucedan muchas dificultades a los que emprenden su servicio, pero nunca les deja caer bajo la carga, si confían en Él. En una palabra, ése es el gran secreto: no ocupar nunca el espíritu discutiendo con la tentación de desánimo, bajo ningún pretexto».
El obispo no admitirá jamás el desaliento: «No volváis nunca vuestra mirada hacia vuestras flaquezas e insuficiencias, sino para humillaros; nunca para descorazonaros».
Venga de donde venga la desconfianza, siempre tenemos que vencerla por la confianza que tenemos puesta en Dios. Es lo que enseña san Francisco de Sales a sus Hijas de la Visitación: «La desconfianza en nosotros mismos proviene del conocimiento de nuestras imperfecciones. Está bien no fiarse de uno mismo, pero de poco nos serviría si al mismo tiempo no ponemos toda nuestra confianza en Dios, esperando su misericordia».
Así escribía a aquellas personas con quienes mantenía correspondencia: «Alimentad vuestra alma con el espíritu de una cordial confianza en Dios, y, aunque os veáis rodeada de
miserias e imperfecciones, abrid vuestro corazón a la esperanza. Tened mucha humildad, pues es la virtud de las virtudes; pero que sea una humildad generosa y serena».”
En ocasiones, la desconfianza puede provenir de nuestras faltas.
«Es muy razonable que, habiendo ofendido a Dios, nos retiremos un poco, humildes y confundidos; pues si ofendemos a un amigo, sentimos vergüenza de acercarnos a él. Pero no hemos de quedarnos ahí; las virtudes de la humildad, la debilidad y la confusión son virtudes mediante las cuales debemos lograr la unión de nuestra alma con Dios».
No nos cansemos de esta experiencia tan repetida, de nuestras faltas, de nuestras caídas, precisamente cuando estábamos resueltos a permanecer santamente indiferentes a todo lo que no es la voluntad de Dios. En vez de abandonarlo todo, retomemos con suavidad la trama de nuestra existencia cotidiana, en la armonía del himno que canta en nuestro corazón a la gloria de Dios.
«Y cuando quebrantemos las leyes de la indiferencia ante cosas indiferentes, o por las repentinas salidas del amor propio y de nuestras pasiones, postremos inmediatamente, lo antes que podamos, nuestro corazón ante Dios y digamos con espíritu de confianza y humildad: Señor, ten misericordia de mí porque soy débil. Levantémonos con paz y tranquilidad y reanudemos el hilo de nuestra indiferencia; y luego sigamos nuestro trabajo. No hay que romper las cuerdas del laúd ni abandonarlo cuando notamos que desafina. Hay que escuchar para ver de dónde proviene el desajuste y luego, suavemente, tensar o aflojar
la cuerda, según lo requiera el arte» .Sepamos pues, que esas «pequeñas sorpresas de las pasiones son inevitables en esta vida mortal» y que «el amor propio no muere más que con nuestro cuerpo; siempre sentiremos sus ataques sensibles o sus manejos secretos mientras estemos en este destierro».1
No nos inquietemos demasiado, pues esto nos mantiene en la humildad y nos ejercita en el valor.
«Nuestras pequeñas cóleras, nuestras pequeñas penas, los pequeños estremecimientos del corazón, son secuelas de nuestras enfermedades, que el soberano médico quiere que conservemos para que temamos recaer, nos humillemos y permanezcamos en una sincera sumisión. Iremos afirmándonos de día en día y, con la ayuda de Dios, esas alteraciones se irán debilitando». «Esas rebeliones del apetito sensual, tanto en la ira como en la codicia, se nos dejan para que nos ejercitemos y practiquemos el valor espiritual al resistirlas».6
Por eso, humildemente y con paz, tenemos que empezar cada día nuestro esfuerzo de santificación; y no derramar lágrimas de despecho al encontrar la miseria en nosotros y ver la poda que tendremos que hacer.
«He visto el llanto de la pobre Hermana María Magdalena, y me parece que nuestras niñerías proceden todas de este defecto: que olvidamos la máxima de los santos, que nos advierten que cada día hemos de comenzar el avance en nuestra perfección. Si nos acordásemos de esto, no nos asombraría encontrar en nosotros miserias que arrancar. Nunca está terminado este trabajo; siempre hay que comenzar de nuevo y debemos hacerlo con ánimo. Dice la Escritura: «cuando el hombre haya terminado, entonces comenzará».
Lo que hemos hecho hasta ahora es bueno, pero lo que vamos a empezar será mejor; y cuando lo hayamos acabado, empezaremos otra cosa todavía mejor, y luego otra, hasta que salgamos de este mundo para comenzar otra vida que no tendrá fin, puesto que ya no podrá sucedernos nada mejor. Así que, pensad si hay que llorar cuando se encuentren miserias».
El santo obispo no nos pide lágrimas que deprimen, sino una alegría franca y serena; «la santa alegría cordial, que nutre las fuerzas del espíritu y edifica al prójimo». Y nos invita a practicarla en la humildad y debilidad: «Abatirse y humillarse, despreciarse a sí mismo hasta la muerte de todas las pasiones y yo diría, hasta la muerte en cruz, es caminar con el Esposo crucificado. Pero, queridísima hija, fijaos bien que digo que ese abatimiento, esa humildad, ese desprecio de sí mismo hay que practicarlos con suavidad, con paz, con constancia y no sólo suavemente, sino alegre y gozosamente». »
Insiste diciendo a la Sra. de Chantal: «Humillémonos, os suplico, y no hablemos de nuestras llagas y miserias más que a la puerta del templo de la piedad divina. Pero recordad que debe hacerse con alegría».
«Mostraos ante Dios gozosamente humilde, pero sed también alegre y humilde ante el mundo. Alegraos de que el mundo no os tenga en cuenta: si os estima, burlaos de él alegremente, reíos de sus juicios y de vuestra miseria que los recibe; si no os estima, consolaos alegremente, pensando que al menos en esto, el mundo está en lo cierto. En cuanto a lo exterior, no finjáis una humildad visible, pero tampoco rehuyáis la humildad; abrazadla, y siempre con gozo. Apruebo el rebajarse, a veces, a prestar servicios bajos, incluso a los inferiores… pero siempre sencilla y gozosamente. Lo repito mucho, porque es la clave de este misterio, para vos y para mí… Los oficios humildes y externos son solamente la corteza, pero sirven para conservar el fruto».»
Él mismo nos hace esta confesión de encantadora simplicidad, que resume toda la doctrina que acabamos de exponer: «Yo no sé cómo estoy hecho; aunque me veo miserable, eso no me turba, y, a veces, hasta me siento dichoso por ello, porque pienso que soy una buena tarea para la misericordia de Dios».»

Continuará…