ALEGRÍA DE MORIR
UN CARMELITA DESCALZO
CAPITULO XXI
LA MUERTE FÍSICA ES APACIBLE Y SERENA
Ante las reflexiones tan hermosas de la felicidad que trae la muerte, ¿qué pensaremos de su llegada?
¿Será tan suave y tan dulce como es meritorio el ofrecimiento que de nuestra vida hacemos a Dios?
Los cristianos oímos y leemos repetidas veces textos de la Sagrada Escritura, en los cuales se presenta la muerte muy hermosa.
En los Salmos se dice que la muerte de los justos es preciosa delante de los ojos del Señor (1). San Juan, en su Apocalipsis, escribe que son bienaventurados los muertos que mueren en el Señor (2), y el libro del Eclesiástico añade que el justo espera en su muerte y no le tocará el dolor de la muerte (3).
Hay otros muchos textos semejantes.
De ellos parece deducirse que la muerte será dulce y consoladora.
Una y otra vez hemos considerado que la muerte, cuando se acepta habiendo ofrecido a Dios la vida, es raudal de toda esperanza de luz y de alegría; es transparencia de eternidad feliz. Si la analizamos fisiológicamente, encontraremos que es más temida cuando se la ve aún lejana que cuando se la contempla de cerca. Temen muchos hasta recordar la muerte cuando viven en perfecta salud, como si sólo su nombre pudiera entristecer la vida, cuando más bien es principio de vida, y su recuerdo, manantial de alegría, que nos enseña a sobreponernos a las cosas terrenas.
Cuando en la enfermedad se da cuenta el paciente de que le faltan las energías, acoge la presencia de la muerte con la facilidad con que se acogen todas las cosas de la naturaleza; no se recibe con sorpresa ni espanto, sino con sencillez y naturalidad.
Si a la muerte ha precedido enfermedad dolorosa, suelen desaparecer los dolores y se tiene un período de paz y quietud; de ordinario, fisiológicamente se muere en paz.
La fatiga de la muerte es para los que la presencian y rodean al enfermo; esos sí andan llenos de miedo y de sobresalto y suscitan la inquietud en el enfermo; pero éste en los últimos momentos ya casi ni siente llegar la muerte. La naturaleza se ha ido lentamente apagando como se extingue en los animales, como se suspende el conocimiento en quien se ha producido la anestesia para una operación. Si alguna muestra dolorosa se ve en el moribundo, es ya puramente fisiológica e inconsciente.
La muerte natural no es ordinariamente dolorosa, aunque lo haya sido la enfermedad o la lesión por la cual viene. El moribundo se extingue como una lámpara al consumirse el aceite: se amortigua la llama y el resplandor, se recoge la luz en sí misma y se acaba suavemente; algunas veces da como un fuerte parpadeo de luz y seguidamente se apaga.
De semejante manera, en el hombre se desvanecen lánguidamente los sentidos, se va perdiendo sensibilidad, como el que se siente mareado, se pierde la agilidad de la lengua y de la razón y se queda dormido en el sueño de la muerte, sin darse cuenta si los que están alrededor no se lo advierten, y aun así, el moribundo ya no lo conoce. Se queda dormido para no despertar más. Ni aun los que están observándolo lo notan muchas veces. Menos frecuentemente se ve en el moribundo como un momentáneo reanimarse para seguidamente expirar.
De ordinario no hay en la hora de la muerte ni dolores exacerbados ni remordimientos de conciencia, como suelen decir los libros. La naturaleza se va insensibilizando y durmiendo paulatinamente, y antes de expirar ya se está casi muerto e inconsciente.
La muerte natural viene como un sueño natural o artificial, con amodorramiento y pesadez de los sentidos y del entendimiento, pero con sensación más bien suave y hundiéndose insensiblemente en la inconsciencia.
Algunos hombres que habían quedado como muertos y volvieron a recuperar vida y salud normal, decían no haberse dado cuenta de nada, ni aun tenían recuerdo de los actos espirituales que habían practicado a última hora con todo su conocimiento al parecer de todos y de ellos mismos. Habían caído en inconsciencia sin pena ni alegría; no recordaban molestias ni inquietudes. Así hubieran muerto.
Citaré dos casos entre muchos que conozco.
Era un hombre muy instruido, de cincuenta años; había siempre gozado de buena salud, pero empezó a perderla, y continuó empeorando hasta el último extremo. No era notablemente malo ni notablemente fervoroso, sino un hombre bueno, como la mayoría, de vida corriente y de práctica religiosa algo rutinaria, pero cumpliendo los deberes de cristiano.
Estando muy grave, recibió los Sacramentos con todo su conocimiento a juicio de los que le rodeaban. Continuó la gravedad hasta perder todo el conocimiento y uso de los sentidos y llegar casi hasta el total desenlace. Pero por una de esas reacciones, que no sabe explicar el médico más perspicaz y sólo Dios conoce, empezó a mejorar hasta ponerse completamente bien.
Contaba después que no recordaba en absoluto que hubiera recibido los Sacramentos a última hora, ni de haber tenido dolores ni fatigas especiales. Se hubiera muerto como de ordinario se muere, sin darse cuenta y apaciblemente.
El otro caso ha tenido realidad en este mismo año de 1954, no hace mucho tiempo Era un señor, ya de edad, muy instruido, bien formado en religión, de muy grande y sólida piedad.
El mismo señor expone lo que por él pasó en una hermosísima y emocionante carta, escrita a una hermana suya, de este modo: «No sé si sabrás que he estado cuatro o cinco días, después de la operación, entre la vida y la muerte, de lo que desgraciadamente yo no me he dado cuenta, pues estaba en un estado de inconsciencia absoluta. Dicen que yo mismo pedí el Santo Viático y la Extremaunción, y que no cesaba de rezar, pero te aseguro que hubiese sentido mucho morirme así, pues no pude hacer a Dios Nuestro Señor el sacrificio de mi vida» (4).
Era un señor buenísimo, hacía los actos de devoción y no recuerda ahora ni de haberlos hecho ni de que entonces ofreciese su vida, como lo deseaba.
Ni quiere esto decir que, aun cuando no recordaban haber hecho los actos de piedad a última hora, no los hicieran conscientemente, sino que ya, por falta de vitalidad, no se graban, no son casi sensibles y mucho menos dolorosos, ni quedan impresos en la memoria.
Santa Teresa de Jesús nos dice de sí misma que la dio «un parasismo que me duró estar sin ningún sentido cuatro días, poco menos… Teníanme a veces por muerta, que hasta la cera me hallé después en los ojos» (5). Los dolores, dice, se acrecentaron después; pero al morir hubiera sido inconsciente, a pesar de la preparación y del fervor que ella tenía.
No se esperen a la hora de la muerte especiales remordimientos de conciencia ni se teman dolores físicos fuertes. Ya la naturaleza no siente.
Un animal moribundo no acusa casi el golpe o el pinchazo que se le da, y en esto somos como los animales. En el orden espiritual o religioso, se muere como se ha vivido, pero con menos sensibilidad y emoción por la debilidad de la naturaleza. Dios nos dé entonces, más que nunca, buenas personas que nos acompañen, para que susciten en nosotros la contrición de corazón, el amor de Dios y los deseos de la vida eterna.
Porque a última hora el moribundo hará, más o menos conscientemente, los actos que le susciten los que le rodean.
Esto en cuanto a la muerte física.
Los que conservaron la lucidez de su inteligencia hasta el último instante no cambiaron de manera de pensar ni mostraron especiales inquietudes, sino en casos excepcionales. Los sentimientos continuaron hasta el fin; si habían sido buenos, terminan bien; si malos, mal.
Nuestro Señor Jesucristo, dueño de la vida y en toda su consciencia hasta el último momento, termina ofreciendo al Padre su vida: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Repitiendo estas mismas palabras han muerto y mueren continuamente millones de cristianos, porque las repetían durante la vida.
San Beda el Venerable termina dictando una lección de historia religiosa a ruego de sus discípulos. La mayoría de los cristianos mueren repitiendo la oración de todos los días: Os ofrezco mi vida, obras y trabajos, porque os amo de todo corazón.
César Augusto dice que si ha representado bien su papel de Emperador, le aplaudan; Herodes termina mandando degollar a cinco mil judíos cuando expire.
Son los sentimientos vividos que llegan hasta el fin.
El alma que en su vida desea amar a Dios termina procurando amarle más. Quien ha meditado frecuentemente con humildad en su nada y aspirado a la perfección y a hacer la voluntad de Dios, muere viendo su nada, pidiendo a Dios confiadamente su ayuda y poniéndose en las manos del Señor hasta despertar en la luz infinita de la gloria.
¡Bendito, mil veces bendito despertar! Quien ha repetido día tras día actos de amor a Dios, muere haciéndolos y despierta en el Amor infinito, encontrándose con la hermosura y felicidad de su Criador. ¡Feliz encuentro!
Quien se ha ofrecido a Dios y deseado ir a Él, termina viéndose vestido de gloria inmortal ante los ojos del Señor. Sea así, Dios mío.
No sentimos cuando nuestra alma se unió a nuestro cuerpo y empezamos a vivir, ni tampoco sentiremos o apenas sentiremos cuando se separen para empezar la vida eterna.
Menos consciencia se tiene quizá en las muertes rápidas violentas o imprevistas. Obra el instinto de conservación más que la conciencia.
Manolete, cogido mortalmente por el toro al darle la estocada, se recobra un momento y pregunta: «¿Murió el toro?»
En la vida del venerable Fray Luis de Granada cuenta don Luis Muñoz que cuando vivía en Lisboa, de edad muy avanzada, atravesando un día el Tajo en una barquichuela, naufragó, y Fray Luis daba voces pidiendo auxilio. Libre ya del peligro, aconsejaba que estuviesen siempre bien preparados, porque él no se había acordado en aquel momento de nada sino de pedir instintivamente auxilio para que le salvaran. La impresión violenta impide toda otra reflexión y hay que estar preparados y vivir en gracia, no esperando que a la hora de la muerte se arrepentirá y podrá hacer un acto de amor a Dios.
¡Qué sereno y feliz momento aquel para la conciencia recta! La Carmelita de Segovia Madre María Antonia exclamaba los últimos días de su vida «que no era posible que la muerte fuera tan dulce, pues aquello no era morir, sino empezar a gozar» (6).
(1) Salmo 115, 15.
(2) Apocalipsis, 14, 32.
(3) Proverbios, 14, 32, y Sabiduría, 3, 1.
(4) Carta de don Miguel Muguiro a su hermana M. Mercedes del Sagrado Corazón. C. D. en el Santo Cristo de Cabrera (Salamanca).
(5) Santa Teresa de Jesús, Vida, cap. V.
(6) Año Cristiano Carmelitano, por el P. Dámaso de la Presentación, C. D., tomo III, día 1 de diciembre.
