P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA CIRCUNCISIÓN

LA CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR

Llegado el día octavo en que debía ser circuncidado el Niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el Ángel antes que fuese concebido.

Con un misterio de sangre empieza la vida del Niño Dios, y con misterio de sangre empieza el año para el fiel cristiano.

Entre los cantares de los Ángeles y de los Pastores de Belén, se oye el sollozo del divino Infante, que a los ocho días pasa por esta ceremonia infamante y a la vez dolorosísima.

Con un cuchillo se cortan sus carnes, sello de expiación por el pecado, que mandaba la Ley de Moisés recibiese en su cuerpo todo hijo de aquel pueblo, para distinguirse del que no había pactado alianza con el verdadero Dios.

Este sello no lo debía recibir en su cuerpo el Hijo de María, que no había contraído, como los demás, la mancha original; lo quiso, no obstante, para que se viese su espíritu de conformidad a la Ley, por más que fuese ésta cruel e ignominiosa.

Pecador quiso parecer aun en esto el Niño recién nacido; pecador con marca de tal, oficialmente impresa en su cuerpo y oficialmente aceptada.

Así convenía se empezase a presentar como uno de nosotros, hasta en esa exterior apariencia, el que había de ser nuestro Mediador, nuestro Redentor y nuestro Restaurador.

Para estos oficios, al paso que debía ostentar ante los hombres su carácter completo de Hijo verdadero de Dios con todo su poder, debía igualmente ostentar ante Dios su completo carácter de verdadero Hijo del hombre con todas sus miserias.

El Eterno Padre debía reconocer en Él la delegación y la representación, así como la solidaridad y la responsabilidad del humano linaje, cuyo primogénito venía a hacerse, y cuya expiación íntegra y superabundante venía a cargar sobre sí.

Esto mismo lo indica el hecho de que en este acto de la Circuncisión fue cuando recibió el Divino Niño su nombre característico de Jesús.

Tal Nombre le había sido revelado tanto a la Santísima Virgen, el día de la Anunciación, como a San José, cuando le fue comunicado en sueños el misterio de la maravillosa concepción de su virginal Esposa.

Mas hasta el día de la Circuncisión no se le había impuesto al tierno Infante, porque hasta ese día no había empezado a ejercer declaradamente su oficio de Salvador, que es lo que tal Nombre significa.

El vocablo Jesús resume, pues, toda la divina misión del Verbo Encarnado, para la redención del mundo por medio de su preciosísima Sangre, que en tal día y con la Circuncisión empezó a derramar como si fuese pecador por todos sus hermanos pecadores.

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Como el próximo Domingo se festeja el Santo Nombre de Jesús, y como coincide con la solemnidad de hoy la entrada del año, que vulgarmente se conoce con el nombre de Año Nuevo, dejo para el domingo dedicarme al Nombre del Salvador y trato hoy lo referente al año que comienza, que será verdaderamente cristiano, si celebra y honra el adorable Nombre de Jesús.

Año nuevo, con motivo del cual es ocasión de que traiga a la memoria el hombre, para su bien, ciertas verdades muy antiguas que en todo su decurso no debe olvidar.

Ya no existe más que en la historia aquel año a quien saludamos sonriente y halagüeño hace apenas doce meses con el título de Año Nuevo.

Ahora es Año Nuevo su sucesor, condenado como todos a dejar de serlo también dentro de brevísimo plazo, para ceder su puesto a otro de tan fugaz existencia como él.

Hace más de sesenta siglos que dura para el mundo ese tejer y destejer, que aun a los más frívolos y ligeros obliga a exclamar filosóficamente: ¡Cómo pasan los años!

Y, sin embargo…, he aquí una ilusión como cualquiera otra…

¡Es mentira! No pasan los años… Muy firmes están…

Quienes pasamos, y cierto que a paso redoblado, somos los hombres…

Después de cavilar y cavilar los metafísicos, para ponerse de acuerdo en dar una explicación de lo que es el tiempo, han convenido que lo que se llama tal, no es más que la medición de la sucesión de las cosas según el antes y el después.

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Veamos, entonces, si podemos achacarle al tiempo su rápido andar y sus infinitas mudanzas, cuando, en rigor en rigor de verdad, no es él sino nosotros quienes no acertamos a estarnos quietos…

Viajamos en ferrocarril, y, si no nos engañan los ojos, vemos pasar delante de nosotros en loca carrera los postes del alumbrado; los vemos correrse y desaparecer velozmente.

O nos engañan los ojos, o todo se mueve en vertiginoso torbellino, mientras estamos quietecitos en el vagón que, por cierto, no parece moverse de su lugar.

Nos engaña nuestra reflexión… No son los postes quienes pasan por delante nuestro; somos nosotros quienes pasamos delante de ellos; es el vagón quien nos arrastra impetuosamente hasta dar con nosotros en la estación, término de nuestro viaje.

¡He aquí la vida! He aquí nuestra constante ilusión, he aquí lo que ha de ser nuestro postrer desengaño… No pasan los días, ni vuela el tiempo, ni hay año nuevo, ni año viejo, ni cosa tal…

Hay, sí, una porción de viajeros que se hacen la eterna ilusión de verlo desfilar todo delante de sus ojos, cuando son ellos y sus vidas los que a tropel desfilan sin cesar por la rápida pendiente de la vida, cuyo término final es sencillamente la eternidad.

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¡Eternidad! Majestuosa palabra; es decir, lo que no pasa, lo que no muda, lo que para siempre permanece, lo siempre antiguo y siempre nuevo.

¿Qué es la vida más larga si se compara con ella?…

¿Qué es la juventud más fogosa?…

¿Qué es la ambición más satisfecha?…

¿Qué es la fortuna más propicia?…

¿Qué es la ciencia más encumbrada?…

Andamos, pues, sin descanso… Muchos que aún no son ancianos, no son ya jóvenes; tienen ya un pasado, es decir, no un tiempo que pasó, sino un tiempo por el que han pasado ellos.

Llevamos recorrido de la vida un trecho. Otros vendrán en pos de nosotros, recorriéndolo con análogas vicisitudes. A todos aguarda igual paradero.

Las fiestas, con tan dulce emoción suspiradas y celebradas…; los proyectos, primero acariciados y después frustrados o realizados…; los ensueños, que halagaron nuestra juventud…; los sentimientos que hicieron, ya apacible, ya borrascosa la vida de nuestro corazón…; llantos y alegrías, temores y esperanzas…, todo pasó en gran parte, mejor dicho, a todo hemos pasado ya, a todo estamos muriendo a cada hora que da el reloj, a cada día que amanece, a cada año que llamamos nuevo, para seguir engañándonos con la infantil ilusión de que no somos nosotros los que envejecemos.

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El tren anda a toda máquina. El paisaje allá atrás se queda para que lo contemplen otros ojos… Y el rapidísimo viaje no para un instante.

¿A dónde vamos? Infaliblemente a la estación terminal; que, por añadidura, ignoramos si está muy próxima o muy lejana.

El estridente silbido que anuncia la detención, sonará de repente, a cualquier hora, siempre a la menos pensada, dándoles un susto al corazón de los dormidos y descuidados.

¡Alerta, pues! ¡Basta ya de alegorías! Pasa la apariencia de este inundo, ha dicho el Apóstol San Pablo. Y en otro lugar: Obremos el bien mientras tenemos tiempo.

No busquemos otra filosofía que ésta, ni practiquemos otra…, y no nos pesará en el último día.

Procuremos dejar en este mundo, en el cual es tan rápido nuestro paso, siquiera algunas leves huellas de bien.

La eternidad es el estado definitivo del hombre, y lo que acá creemos tal, no es más que su prólogo.

Un año ha pasado, otro nuevo se nos ofrece a la vista.

Del primero, haga cada cual su balance interior, y vea cómo le salen las cuentas.

Para el segundo, formule cada uno clara y distintamente sus propósitos, siempre con la idea de que es el último que se le concede quizá, y que aún no se le asegura entero.

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Soldados somos, militantes, en lucha andamos todos los instantes con nuestras pasiones, con los enemigos de la fe, con el ejército del mal, que por todos lados nos agobia.

Combatiendo hemos de vivir, y combatiendo nos acercamos a la muerte, sin saber cuál de nuestros combates ha de tener para nuestra suerte final el carácter de decisivo.

Este año será de grandes calamidades…; ya gran calamidad es, y fuente de otras mil, vivir los hombres en su mayoría, no sólo apartados de Dios, sino en lucha contra Él; guerreando contra Él las leyes; guerreando contra Él los gobiernos; guerreando contra Él los pueblos; guerreando contra Él las artes y ciencias, siendo el estado social presente, por más que otra cosa se llame, puro estado de guerra fierísima contra Dios.

Añado que no tendrán paz los ricos ni la tendrán los pobres, porque ambas clases se desentienden del único regulador suyo, que es la santa y divina Religión; buscando los ricos la defensa social sólo en la fuerza bruta de arriba, el despotismo; y buscando los pobres lo que llaman la reivindicación social sólo en la fuerza bruta de abajo, la demagogia y el socialismo.

Puedo asegurar que, como siempre, serán perseguidos los buenos; y más perseguidos aún los mejores, pues no miente quien aseguró desde el principio que “todos los que quieran bien vivir según Cristo Jesús, padecerán persecución”.

Afirmo que, como siempre, triunfarán los más perversos, y tendrán más dinero o más honores los que tengan menos vergüenza en el rostro y menos aprensiones en la conciencia; y que se divertirán, y reirán y alborotarán más los amigos del diablo que los buenos hijos de Dios nuestro Señor; y que vivirá vida muy oscura y humillada y encogida la virtud, y paseará muy ostentoso y con grandes alardes el vicio…

Estos suelen ser los sucesos, ya muy antiguos, tan antiguos como que datan en el mundo desde el pecado de Adán…

Afirmo, sin miedo a equivocarme, que serán más, muchísimos más, los que sigan al diablo que los que sigan a Dios, aunque tanto para el cuerpo como para el alma valga más seguir a Su Divina Majestad…

Así que, y nadie se asuste, habrá más concurrencia en los bailoteos y espectáculos impúdicos que en las iglesias; tendrá más prensa y más suscritores la secta anticatólica en todos sus matices que el puro Catolicismo; adularán más millones de millones al César, que a Dios con la plegaria y la bendición en los labios; aclamarán las turbas con más bríos y entusiasmo a Barrabás, que a Cristo, cuando entre ambos les dé a escoger cualquier Poncio Pilatos…

Extrañezas estas que muchos de los nuestros no acaban de comprender, cuando tan fáciles son de ser comprendidas…

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Termino diciendo que, a pesar de todo esto, y precisamente por esto, no dejará de tener amigos fidelísimos Cristo Nuestro Rey, e hijos leales nuestra Santa Iglesia; y serán fuertes como labrados en el yunque de la Fe y bajo el martillo de la Revolución; y tendrán a gran honra ser maltratados por ella, y a gran gloria ser deshonrados con los motes más infames, y sentirán profundo consuelo en verse afligidos y mortificados…

Sublimes contradicciones que el mundo no puede comprender, ¿qué ha de comprender el muy necio?…; pero que perfectamente comprende, siente, ve y palpa realizadas en sí cualquier alma fiel, que de veras ha resuelto servir a Dios y a su Santa Iglesia.

Tal es el juicio del presente año, y de todos…

Si no les sabe a miel a los católicos de cartelito, cristianos del día, que tantos hay, busquen quien les dé otro más ajustado a su goloso y grosero paladar.

Vele cada cual por el palmo de terreno que se le ha encargado defender, y combata con brío.

Activo comerciante, que no encuentras horas más que para tus negocios mercantiles; descansado propietario, que no conoces más que de tus tierras; sabio profundo, que sólo vives para tus teorías; pobre trabajador, que no ves otro más allá que el jornal de la semana; señora vanidosa, para quien son únicamente arduos problemas el color de la cinta o la altura de los tacones; disipado muchacho o muchacha distraída, que han reducido todo ideal a esa sola palabra tan pequeña, placer; presumido político, que no ves a Dios ni a los hombres más que bajo el prisma de tus ambiciosos proyectos…, ¡oídlo bien todos, y grabadlo en vuestro corazón!: tras los años fugaces, cuya denominación numérica cambia cada doce meses, están aguardándonos los años eternos, como los llama la Escritura; y sólo es sólido y durable lo que para ellos se trabaja.

Vivid para el bien, trabajad para el bien, emplead en fomentarlo vuestro dinero, talento, poder, juventud o influencia.

Dios y su Santa Iglesia y la salvación de las almas, empezando por la vuestra propia, he aquí un programa digno, él solo, de llamarles la atención y de que le consagréis vuestros esfuerzos.

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Mientras tanto, esperando, con santa, confianza, el glorioso advenimiento de Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

Lo temporal pasa. No es más que un puente para lo estable, para lo permanente. Solamente lo eterno es bastante grande para nosotros.

No nos contentamos con menos. Por eso, debemos vivir siempre con la vista fija en aquel definitivo y glorioso día que nos abrirá las puertas de la eternidad, es decir, en el día de la Segunda Venida del Señor.

Vivamos siempre con una fe viva en la gloriosa eternidad.

Vivamos hondamente convencidos de que Cristo volverá otra vez a nosotros, al fin de los tiempos.

Esperemos confiadamente la victoria final del Señor y de su Iglesia y la de todos los que, como Ella, permanecieron fieles a Cristo.

Toda nuestra existencia actual debe estar iluminada por esta santa esperanza del retorno del Señor, por la santa esperanza de la vida eterna, de la beatífica vida que gozaremos más tarde en la inextinguible luz de Dios.

Esta esperanza…, y sólo ella…, dará un profundo sentido, un valor imperecedero a nuestro Año Nuevo, a nuestras acciones, a nuestras penas, a nuestros sacrificios, a nuestras alegrías, a nuestros dolores, a nuestros deberes, a nuestros trabajos y a toda nuestra vida.