P. CERIANI: SERMÓN DE LA AURORA DE NAVIDAD

MISA DE LA AURORA

En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos: y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron: y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.

En el Evangelio de esta Misa de la Aurora de Navidad acabamos de escuchar que los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto…

¡Navidad! Jamás, en el decurso de seis mil años que cuenta el mundo de existencia, palabra alguna ha sonado más grata a los oídos humanos que esta palabra; jamás otra alguna ha ejercido sobre los entendimientos y sobre los corazones tan poderoso ascendiente.

La voz que hace veinte siglos resonó en las montañas de Judea anunciando a los atónitos pastores el cumplimiento de las profecías, se deja oír todos los años entre nosotros, derramando por doquier raudales de purísima alegría, como si de ayer fuese el suceso que nos trae a la memoria.

Por esto, las alegrías de Navidad se aguardan con impaciencia, se disfrutan con afán, y se ven alejarse después no sin cierta tristeza, templada únicamente por la esperanza de celebrarlas otra vez el próximo año.

Por algunos días el corazón ha dado treguas a sus padecimientos, los ojos han cesado de llorar, y las fiestas de Navidad no han dejado de ser fiestas de regocijo.

En estos miserables tiempos en que nos encontramos, debemos procurar consolarnos imaginando cómo celebrarían estas fiestas allá en la soledad de sus escondidas catacumbas los cristianos de los primeros siglos.

Sigilosamente reunidos en aquellos cementerios, oyendo el torrente de la furia popular pagana que pasaba rugiendo sobre sus cabezas, amenazados de ver suspendidos sus cantos y ceremonias por los emisarios del tirano, inciertos de la suerte que cabría algunas horas después a la mayor parte de los concurrentes, o mejor, seguros de que su sangre correría dentro de poco en el circo o en el cadalso; aquellos ancianos, aquellas madres, aquellas doncellas, aquellos jóvenes, se alegraban, no obstante, en el Señor, recordando su Nacimiento, y pasaban en fervorosa y regocijada vela aquella Santa Noche, y con festivos cantos traían a la memoria las dulces escenas del portal, de los pastores, de los Ángeles y de los Magos.

Tanto es así, que de ellos hemos recibido nosotros algunos de los hermosos himnos con que damos desahogo al corazón en estos solemnes días.

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¿Y dejaremos de regocijarnos los católicos de hoy, de la inhóspita trinchera, aunque nos sobren motivos para andar tristes y desconsolados?

¡Corazones de poca fe! Oíd el Cántico Angélico que no ha cesado de resonar todavía sobre nuestras cabezas desde que por vez primera en la noche de Navidad fue anunciado al mundo: Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres de buena voluntad.

Que aparente triunfar y consolidar su triunfo el imperio de la blasfemia; el cántico hermosísimo de la Noche de Navidad seguirá siendo una verdad, como ayer, hoy, mañana y siempre; y la gloria de Dios resplandecerá inmarcesible en los cielos, y la paz de Dios quedará sólidamente asegurada en todos los corazones de buena voluntad.

El Catolicismo, mensajero eterno de aquella gloria y de esta paz, sin detenerse proseguirá su marcha inmortal a través de todos los ataques y de todos los obstáculos, y hasta la Parusía será todavía Noche Buena la del 24 al 25 de Diciembre, como desde dos mil años viene siéndolo para todo el pueblo cristiano.

Sí, los resplandores de esta noche celestial alumbrarán perpetuamente al mundo, hasta confundirse con los resplandores de aquel día sin noche y sin fin en que la Iglesia de Dios dejará de ser militante para convertirse en pacífica y triunfadora por toda la eternidad.

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Si prestamos atención al Ciclo Litúrgico, comprobamos que hay dos festividades que tienen en el Calendario Cristiano el privilegio de imponerse, por decirlo así, no sólo a la porción fiel y creyente de la sociedad, sino aun a aquella otra o decididamente incrédula o lamentablemente descuidada y olvidadiza.

Son la del Nacimiento de Cristo, Nuestro Señor, y la de su Pasión y Muerte: Natividad y Viernes Santo.

En ambos días pasa un fenómeno singular: hasta el mismo aspecto exterior de nuestras grandes poblaciones se cambia en tales días.

La fisonomía social expresa regocijo en el primero de dichos días, como muestra en el segundo impresión de duelo.

El fenómeno social de que tratamos tiene una explicación; mas hay que buscarla arriba, nada menos que en el orden secretísimo de los designios más altos de Dios.

Dios Padre prometió a su Hijo encarnado darle en heredad todas las naciones… Y, sin embargo, los hombres, en uso de su libre albedrío, se hacen rebeldes al yugo de este suavísimo Dominador, y parecen desmentir de continuo con sus alardes de independencia la promesa del oráculo sagrado.

Ahora bien, Dios, seguro de su eternidad para juzgar y castigar al hombre, respeta no obstante durante esta vida aquel su libre albedrío, hasta el punto de tolerar que el tal gusano guerree insolentemente contra Él.

Quiere, sin embargo, resplandezca la realeza y soberana jurisdicción de su Hijo divino sobre toda criatura, y no quiere aguardar para eso el día del Juicio Universal, en que de lleno tendrán su aplicación las palabras del Salmo, cuando en su nombre juzgará el Verbo humanado a todas las gentes, y con vara de hierro las regirá, y las quebrantará como vaso de alfarero.

Quiere que ya en este mundo haya días en que con toda su gloria brille el señorío de Cristo sobre la humanidad.

¿Y qué días más oportunos para eso que los que recuerdan el comienzo y el fin de su vida mortal, aquel en que fue adorado Niño en el Pesebre, y aquel en que fue levantado Víctima en la Cruz?

Cristo, Rey de todos los siglos y de todos los pueblos, reservándose castigarlo, permite que se sustraigan muchos de ellos a su amoroso señorío; no renuncia empero a toda muestra de subordinación y reconocimiento.

Dos veces al año obliga al mundo a postrarse a sus pies: una vez ante su Cuna y otra vez ante su Cruz.

Pero hay todavía más.

El mundo presta este homenaje de reconocimiento y sumisión, y lo presta con condiciones para él las más humillantes, como para Dios las más gloriosas.

En efecto, lo presta a Dios Niño y a Dios Reo.

¿Qué abatimiento mayor que el de un Niño que nace en un establo entre dos bestias, y qué vergüenza mayor que la de un Reo vil que muere en un palo entre dos ladrones?

Y, sin embargo, Dios, para exigirle testimonio de reconocimiento y vasallaje al mundo, no se le muestra en tales días de otro modo.

Y el mundo sabio, culto, ilustrado, orgulloso, pagado de sí y de sus adelantos y poder, se ve obligado a doblar cada año su rodilla ante los pañales del Niño y ante el cadalso del Malhechor.

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Veamos, si aparte del triunfo que le reserva Dios Padre a su Unigénito en el día postrero, podía darse otro más grande, más elevado, más fuera de todo orden natural. Sí, porque hasta en eso hay una razón de mayor glorificación para nuestro divino Rey.

El mundo es enemigo suyo, anda con Él en tenaz y continua lucha, sin cesar le blasfema, sin descanso le persigue con sus errores, con sus costumbres, con sus inicuas leyes, con su corrupción.

Y, sin embargo, quiera o no quiera, ha de sufrir sobre sí la marca de cristiano que le ha puesto Dios, y no sólo esto, sino que la ha de ostentar.

Vuelve, ¡es verdad! veinte y cuatro horas después, a su acostumbrada rebeldía.

Pero, ¿qué? Con público y solemne vasallaje ha reconocido dos veces cada año a su Señor. Lo ha reconocido por Señor suyo al nacer y al morir.

Y con esto ha acabado de hacerse inexcusable para el día de la final sentencia, dejando absolutamente justificado el fallo definitivo que le ha de condenar.

El mundo, a pesar de su maldad, dice en este día que Cristo es Hijo de Dios, y que, en consecuencia, la Iglesia de Cristo es la única religión verdadera.

Lo dice cuando suspende sus negocios, cuando hace enmudecer sus Parlamentos, cuando cierra sus oficinas y escuelas, cuando, en una palabra, da al día grande de Navidad el aspecto y fisonomía que debieran tener en buena ley todas las fiestas cristianas del año.

Lo dice, sí, pero lo dice como a pesar suyo, lo dice como no creyéndolo, lo dice como obligado por fuerza mayor, lo dice para desmentirlo en todas sus máximas y todas sus obras el día después.

No así nosotros…, no así nosotros…, no así… No así el homenaje de los amigos y leales, muy distinto del de los forzados y esclavos. No a medias ha de ser nuestro tributo, no de solo un día, sino completo, perseverante, con toda la abnegación del verdadero amor, con todos sus primores y delicadezas.

Amemos, y amemos de veras, y procuremos acreditarlo una vez más alrededor de esta amorosa cuna de pajas en que espera nuestras adoraciones el divino Rey.

En efecto. Se está bien estos días en torno del humilde pesebre en donde solloza el Niño Dios.

No nos movamos, pues, de Belén.

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Satisfecho el tributo de alegrías al gran acontecimiento que venimos conmemorando, no nos olvidemos de sacar de él las importantes enseñanzas a que convida; no descuidemos lo principal: observemos y aprendamos.

Cristo al nacer se encuentra rodeado del amor de unos, del odio de otros, de la indiferencia de los más.

Esta es la verdad, por muy dolorosa que sea.

No todos corrieron con presentes al humilde portal, no todas las frentes se inclinaron con reverencia ante aquella cuna de pajas, no para todos fue motivo de júbilo la aparición del deseado Mesías.

Mientras se estaba realizando en mitad de aquella oscura noche el acontecimiento tan anhelado, dormían profundamente su sueño de error y de ceguedad mil y mil naciones ocupadas en lo que ocupa aún hoy a la mayor parte de los mortales; en sus guerras, en su comercio, en sus placeres, en sus iniquidades.

Aun los mismos vecinos de Belén, ciudad claramente nombrada en las profecías, habían dado con sus puertas en rostro a la Madre del recién Nacido, y le habían negado en sus muros un albergue miserable.

Gran parte del mundo hallábase, pues, indiferente para con su recién nacido Redentor.

¡Mas si hubiesen terminado aquí las cosas! Pero, no; Cristo al nacer debía hallar a su alrededor, no sólo la indiferencia, sino la persecución.

La política de Satanás que debía clavarle en cruz y ser después la peor enemiga de su Iglesia, la política de Satanás hallábase entonces personificada en Herodes, como después ha venido a personificarse en otros impíos gobernantes.

Esta falsa política, ¡misterio profundo!, fue la primera en hostilizar al recién nacido Hijo de Dios, así como parece será la última que se canse de hostilizar su glorioso reinado.

Herodes, rey, es verdad, pero rey revolucionario, que debía a la usurpación el trono de Judá, vio un peligro para su corona en la existencia de aquel Niño, y para quitar a sus planes de dominación este estorbo no se detuvo ante el asesinato.

Conocida es de todo el mundo la sangrienta matanza de los Niños Inocentes llevada a cabo por orden de aquel rey.

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Hoy la Iglesia católica es Cristo. La Iglesia católica es Cristo viviente en medio de nosotros, como vivió un día en Belén y vive hoy glorioso en el Cielo.

Y esta Iglesia, que es Cristo, vive como Cristo rodeada del amor de unos, del odio de otros, de la indiferencia de muchos.

Ahora, pues, como entonces, hay en torno de Jesús el grupo del odio, el grupo de la indiferencia y el grupo del amor.

Los del grupo del amor en el portal de Belén fueron los menos; no obstante, vencieron a los más.

Fueron los pobrecillos y despreciados; no obstante, triunfaron de los poderosos.

Aquel Niño rodeado de pastores irradia aún sobre nosotros, desde veinte siglos atrás, celestiales resplandores que ni el tiempo ni la distancia han podido oscurecer.

Hoy, como entonces, vencerá el Niño del portal, y con Él venceremos nosotros, los pobres, los humillados, los despreciados.

Al igual que María Santísima y, ciertamente, también el Buen San José, guardemos todas estas palabras, meditándolas en nuestro corazón…