ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO: CAPITULO XVI – PORQUE DIOS ME AMÓ, ME DIO EL SER

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

CAPITULO XVI

PORQUE DIOS ME AMÓ, ME DIO EL SER

La creación entera alaba al Señor pregonando su gloria y su omnipotencia. Los mundos siderales entonan sin cesar el himno de su poder y de Él reciben la luz y a Él, Señor de infinita bondad, confiesan con sus esplendores.

Las criaturas racionales, que viven en obediencia a Dios, cantan conscientemente sus misericordias. Los Ángeles y los bienaventurados se le ofrecen en alabanza y los hombres en súplica de inmortalidad gloriosa.

Los siervos del amor unen su voz a la de David, diciendo: Alma mía, alaba al Señor, y todo cuanto hay dentro de mí bendiga su santo nombre (1).

Por su alabanza y ofrecimiento recibirán premio de eterna gloria, como lo suplican y esperan, repitiendo las palabras del Salmista: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, sácanos para reunimos Contigo y ya nos gloriemos en tu gloria (2).

Decía San Francisco de Sales que el alma que está enamorada de Dios tiene un insaciable deseo de alabarlo y quisiera poder cantarle con alabanzas infinitas en reconocimiento de sus infinitas, perfecciones y en gratitud de cuanto de Él ha recibido y espera recibir.

Dios amoroso me pide lo que yo puedo darle, que es la nada de mi pobre corazón. Por este pequeñísimo amor que yo doy al Señor, Él me da el suyo infinito para que yo pueda amarle mejor y merecer más.

Yo, gustoso, me entrego; sé que en sus manos no puedo encontrar sino dicha y que de ellas no puede salir otra cosa que luz, alegría y felicidad eternas.

Porque es mi Dios, infinito en perfecciones y comunicador de todo bien, siento inconmensurable gozo en pensar el momento que me llame y me diga: Ya pasó el invierno, ya han cesado las lluvias; levántate, amiga mía, y ven.

Santa Teresa de Jesús, como alma fervorosa y encendida en amor, le decía a su Dios:

Veis aquí mi corazón,

yo le pongo en vuestra palma,

mi cuerpo, mi vida y alma,

mis entrañas y aflicción;

dulce Esposo y redención,

pues por vuestra me ofrecí,

¿qué mandáis hacer de mí?

Tampoco yo puedo contentarme con menor ofrecimiento que el de Santa Teresa; pues Dios me amó expresamente a mí con amor infinito desde toda la eternidad y siempre he estado presente a Dios, sin interrupción alguna, como ahora soy, con todos mis actos, mis pensamientos y deseos. En el claro diamante divino se han representado desde la eternidad, sin interrupción, las perfecciones que su amor en este momento me daba.

Siempre, Dios mío, me amaste; siempre estaba yo presente en Ti y eternamente lo estaré, porque en Ti no hay mudanza, no hay pasado ni futuro. Desde la eternidad me señaló como último fin su misma gloria y me ha prometido hacerme participante eternamente de su misma vida, si soy fiel a su amor.

Además de darme la existencia, además de la gracia y su amor en la tierra, determina dárseme eternamente en el cielo. Su vida será mi vida. Viviré en el Señor; será mío y para mí y me manda la muerte del cuerpo para que mi alma vaya a tomar posesión de la gloria. ¿Qué menos puedo hacer que darle mi vida como regalo y obsequio mío en agradecimiento amoroso?

¿Cómo no dar alegre la vida a Dios? ¿Cómo no he de desear me la reciba pronto para entrar en la posesión de su gozo?

¿Cuándo me será concedido que yo llegue y me presente ante la cara de Dios? (3).

Amaré eternamente al Señor que eternamente me estará amando y colmando de felicidad.

Estos son efectos del amor, y sólo quien ama llega a entenderlos, como lo advertía ya San Agustín al explicar el Salmo: «Gózate en el Señor y te concederá cuanto tu corazón le pida. Porque en ti está la fuente de la vida y en tu luz veremos la luz. Dame un alma que viva el amor y comprende lo que digo. Dame un alma que suspira por la vida eterna, y conoce esto que expongo. Mas si hablo a un tibio, que no conoce el amor, no me comprende» (4).

Si sé con toda certeza, como lo sé, que Dios me ha amado y me ama con amor eterno e infinito, ¿cómo procuraré pagarle su infinito amor? No de manera menos generosa que ofreciéndole mi vida.

No quiero incurrir en el error ya condenado por San Agustín: «Si el alma no se ama en toda la extensión de su ser; por ejemplo, si el alma humana se ama como se ha de amar el cuerpo, siendo ella superior al cuerpo, peca, y su amor no es perfecto, y si se ama más allá de las fronteras del ser, es decir, si se ama como sólo a Dios ha de amarse, siendo ella infinitamente inferior a Dios, peca en exceso y no se ama con amor de perfección y su malicia y aberración es completa si ama a su cuerpo como sólo a Dios se ha de amar» (5).

Dando mi vida a Dios por amor suyo, le amo más que a mí mismo, y en ello está mi mayor ganancia y con ello me amo más a mí mismo, y ofrezco también al Señor este mi cuerpo, que rehúye morir, porque no comprende la ganancia del ofrecimiento ni la transformación que tendrá con la muerte.

(1) Salmo 102.

(2) Salmo 105.

(3) Salmo 41, 2.

(4) San Agustín: Tratado 26 sobre San Juan.

(5) San Agustín, De Trinitate, lib. IX, cap. IV, núm. 4; traducción del P. Fray Luis Arias, O. S. A.