TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
Epístola (Filipenses, IV, 4-7): Hermanos, vivid siempre alegres en el Señor; vivid alegres, repito. Sea vuestra modestia patente a todos los hombres; el Señor está cerca. No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna, mas en todo presentad a Dios vuestras peticiones por medio de la oración y de las plegarias, acompañadas de hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, sea la que guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús Señor nuestro.
Estamos en el Domingo Gaudete. Viendo cercana la fiesta de Navidad, la Santa Iglesia, por medio de la Liturgia de este Tercer Domingo de Adviento, nos llama la atención sobre la alegría que debe reinar en nuestras almas con motivo del nacimiento de Nuestro Señor.
San Pablo fundamenta la alegría cristiana sobre la certidumbre de que Cristo nos trae la salvación. Esta verdad debe despejar toda inquietud, toda tristeza, todo temor. Nada debe turbar el alma, sino que una gran paz debe reinar en ella.
El pensamiento de San Pablo hace referencia, obviamente, no a la alegría por el nacimiento de Jesús en Belén, sino por su Segunda Venida. La gran alegría de los cristianos radica en ver acercarse el día en que el Señor vendrá con gloria y majestad para instaurar su Reino.
La Iglesia toma este texto paulino y lo inserta en la liturgia del Adviento, aplicándolo a la alegría que nos trae el Niñito Jesús.
Alegría de la Primera Venida… Alegría por la vuelta definitiva… Como decía el Padre Castellani, nos alegramos de la Primera Venida de Dios al mundo porque esperamos la Segunda; si no, no podríamos…
Alegraos, pues, en el Señor, siempre… Alegraos porque Jesús nace en Belén…, porque Jesús viene pronto en gloria y majestad…, porque Jesús viene hoy a nuestras almas con su gracia… Alegraos, vosotros todos, porque Jesús vino, viene y vendrá…; vendrá pronto y cesará toda tristeza y nos otorgará una alegría interminable.
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Según Santa Gertrudis, la alegría es una de las características especiales de la devoción al Sagrado Corazón, es el fruto preciosísimo de esta devoción. La Santa encontró en este divino Corazón la ciencia del júbilo, según la expresión de las Sagradas Escrituras.
Por eso es muy importante presentarla también bajo este aspecto a los hijos nuestro siglo, tan débiles en virtud, tan llenos de desaliento, tan egoístas. Es preciso atraerlos por la alegría, para conducirlos a la fuente de la alegría, que es el Corazón de Jesús, fons totius consolationis, para conducirlos a Aquél que es la alegría esencial de Dios Padre.
Esta invocación, en la que el Corazón del Hombre-Dios es llamado fuente de todo consuelo, parece bien inspirada por este texto de San Pablo: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones.
El Apóstol ve en Dios la fuente de todas las misericordias y, por consiguiente, de todos los consuelos. Pero la Santa Iglesia, en las Letanías, quiere que comprendamos que todas estas misericordias del Padre nos llegan a través de su Hijo encarnado y como signos siempre renovados de su amor por nosotros.
Por lo tanto, es el Corazón de Jesús el que se convierte en la fuente inagotable, de la que todos los desdichados, todos los afligidos, todos los que sufren, pueden sacar incesantemente el fuerte y dulce consuelo que necesitan.
Ahora bien, según otro pasaje de las Cartas de San Pablo, fue a través de su encarnación que el Hijo de Dios se hizo capaz de tener compasión por nuestros sufrimientos; y esta compasión la aprendió a ejercer en el momento de su Santa Pasión: Por el hecho mismo de haber sufrido y ser tentado, puede ayudar a los que son tentados.
Por lo tanto, es en el Sagrado Corazón de Jesús donde también San Pablo encuentra la fuente de consuelo para nosotros.
Indudablemente, la primera fuente está en la divinidad misma, Deus totius consolationis; pero esta fuente se abre para nosotros sólo a través del Corazón herido de Jesús. Fue la estocada de lanza la que, por así decirlo, nos abrió el depósito infinito de las misericordias divinas.
San Pablo no se contenta con concebir los consuelos divinos como brotando para los hombres del Corazón mismo del Verbo encarnado; él nos da la razón por la cual debe ser así. Nos dice que, para ser verdaderamente consolados, necesitamos a alguien que tenga compasión de nosotros.
Ahora bien, en Dios puede haber indudablemente misericordia, es decir, la voluntad de sacarnos de nuestras penas; pero no la compasión, que presupone una comunidad en el dolor, una participación real en nuestros males.
El Apóstol saca de este principio la sorprendente conclusión de que fue sufriendo por nosotros que Jesús se hizo lo suficientemente poderoso como para ayudarnos en nuestras penas.
Por extraño que parezca, Dios Todopoderoso se ha vuelto, en cierto modo, más poderoso de lo que era, al condenarse a sí mismo a soportar ultrajes y tormentos en la debilidad de la carne.
Ganó en esta debilidad la facultad de la compasión y del consuelo.
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Para comprender plenamente esta verdad, echemos un vistazo más de cerca a lo que Dios, como Dios, podría hacer para consolarnos: Él podría ayudarnos con su gracia; podía inspirarnos una gran fe, un gran valor; podía excitarnos a la confianza y a la paciencia con las promesas de bienes futuros.
Pero una cosa es curar a un enfermo, ayudarlo, animarlo…; y otra cosa consolarlo, es decir, sacar la dulzura del sufrimiento mismo; porque para hacer esto es necesario presentarle las razones que deben hacer que el sufrimiento sea precioso y amable.
Pero para hacer penetrar estas razones en nuestro corazón, para hacerlas accesibles a nosotros y, en cierto modo, sensibles, para hacernos amarlas, nada es tan eficaz como la compasión del Corazón de Jesús.
Por tanto, gracias a Jesús y a su dulcísimo Corazón, en nuestros sufrimientos encontraremos un poderoso motivo de consuelo, en la certeza de que con ellos expiamos nuestros pecados.
Lo mismo podemos decir de cualquier otro motivo de consuelo.
Así Dios nos enseña que el sufrimiento, no es sólo un remedio para el pecado, sino que también es el gran artista que forma las almas, las adorna con todas las virtudes hasta el grado heroico.
¡Felices las almas que vengan a esta escuela a aprender la ciencia del júbilo! A pesar de su debilidad, ya no temerán aceptar el yugo que el Corazón de Jesús les hará suave y ligero. Dejarán, sin pesar, las falsas alegrías del mundo para ir a beber la verdadera alegría en las fuentes del Salvador. El sacrificio ya no los asustará, se les presentará lleno de suavidad; y aún la misma cruz no las desanimará, pues sentirán la unción de la gracia incesante que la endulza, el atractivo del amor que hace abrazarla con deleite.
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Regresando al tema de hoy, Gaudete, Santo Tomás dice que sólo hacemos bien aquello que hacemos con alegría.
Si queremos, pues, que nuestras almas sirvan bien a Dios y amen bien al prójimo, es preciso que demostremos alegría en el servicio a Dios y al prójimo; servite Domino in lætitia…, dice el Salmo 99:
“Aclamad al Señor, tierras todas, servid al Señor con alegría, llegaos a su presencia con exultación. Sabed que el Señor es Dios. Él nos hizo y somos de Él, pueblo suyo y ovejas de su aprisco. Entrad por sus puertas alabándole, en sus atrios, con himnos. Ensalzadle, bendecid su Nombre. Porque el Señor es bueno; su misericordia es eterna, y su fidelidad de generación en generación”.
Dice San Agustín: Salmo breve y bellísimo. Una de las hermosas odas del Salterio.
Se predice la universalidad del reino mesiánico. De ahí que se invite a toda la tierra a peregrinar al Santuario para cantar las alabanzas del Dios de Israel.
Servid al Señor con alegría: Este versículo representa una fórmula o antífona litúrgica. El salmista quiere expresar que esa alabanza de nuestro Padre celestial no sólo es cosa digna y debida, sino que también es una felicidad para el alma. Cantar Salmos es entregarse a Dios con toda el alma y servirle con alegría. Los que hacen el bien con ánimo triste no cantan, dice San Agustín.
Hagamos el bien con alegría. No desnaturalicemos las cosas: Dios es alegría; la verdadera devoción es alegría; la caridad es alegría; el sacrificio es la fuente de la alegría; la cruz misma es la condición de la sólida alegría.
Dilatemos, pues, nuestro corazón; la alegría nos invita; avancemos, nada temamos. ¡Regocijémonos siempre; adelantemos siempre en la caridad y la alegría!
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Una noche, en que Santa Gertrudis no podía dormir, como se ocupaba dulcemente en preparar para el Crucifijo un pequeño sepulcro de pajas, en el cual debían colocarlo el Viernes Santo, el Dios de bondad, que se complace en las obras más pequeñas de aquellos que le aman, se inclinó hacia ella y le dijo: Alégrate en el Señor, amada mía, y Él te concederá lo que deseas en tu corazón.
Y le hizo comprender que cuando el alma se regocija en el Señor, sea haciendo con alegría lo que es para su servicio, sea buscando alguna alegría sensible en las cosas que a Él se refieren, el Señor, que es tan bondadoso, la mira complaciente, se regocija en ella, como un padre feliz por la alegría de sus hijos, y se siente inclinado a concederle todo lo que desea para hacer su alegría completa.
¡He aquí la amistad del Corazón de Jesús, he aquí la alegría! La vida de alegría es condición y resultado de la amistad de Nuestro Señor. Tratemos con Jesús, como hace un amigo con su amigo, alegrándolo con nuestra alegría y atrayendo sus complacencias sobre nosotros por el placer que encontramos a su lado.
Santo Tomás afirma bien claro que la alegría es la condición y el resultado de la amistad: el amigo, dice, pone su placer y su alegría en vivir con su amigo; se alegra con las mismas alegrías que su amigo.
Estas son dos condiciones indispensables de la amistad.
La razón fundamental es que el amor hace suspirar al corazón por un objeto cuya posesión lo pone contento, de manera que se dilata para recibirlo con toda su capacidad. Ahora bien, este contento y esta dilatación, constituyen la alegría.
He aquí el amor, el verdadero amor: dilatemos nuestros corazones para recibirlo; dilatemos nuestros corazones en la alegría, porque dilatación y alegría son lo mismo, según Santo Tomás.
Alegría y dilatación para que nuestro corazón, así ensanchado, reciba tanto amor como pueda contener, y dé a Jesús tanto amor y alegría como pueda darle.
Al contrario, cuidemos que la tristeza no venga a comprimir el corazón, a empequeñecerlo, a hacerlo más incapaz de amor, disminuyendo y destruyendo sus fuerzas para amar. Huyamos, huyamos de la tristeza, pues podría dañarnos y dañar los intereses del Corazón de Jesús. Dice el Libro del Eclesiástico: Huye de la tristeza, no hay utilidad en ella.
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Pero, ¡atención!; porque la vida de alegría es inseparable de la vida de sacrificio.
Santo Tomás afirma que la alegría es el fruto natural de la verdadera devoción, porque la verdadera devoción, es decir, la abnegación sincera, la vida de sacrificio, separa el alma de las cosas de la tierra que la ensucian y estorban, y porque la une a Dios, fuente esencial de toda alegría.
La vida de sacrificio será insoportable por nuestra debilidad, si no está ayudada por una santa alegría; lo mismo que la alegría espiritual no podrá ser duradera, si la vida de sacrificio no la alimenta.
Es preciso que nos entreguemos al Señor con alegría, porque a Él le agradan las ofrendas hechas con un corazón alegre; es preciso acompañar todos los sacrificios que le ofrecemos con la simplicidad de nuestro corazón y con la alegría de nuestras palabras, pues «una palabra de alegría le será más agradable que el mismo don». Y Él nos devolverá la misma medida de alegría, o más bien, como lo prometió, cien veces más de alegría, para animarnos en nuestros sacrificios y atraernos más y más a su amor.
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Santa Gertrudis bebía la alegría espiritual en su fuente inagotable, que es el Corazón de Dios. Una de sus prácticas queridas era la de aplicarse a consolar y alegrar a Nuestro Señor con la alegría misma de su Divinidad.
Ella se complacía en hacer derramar esta alegría del divino Corazón sobre toda criatura, en el Cielo, sobre la tierra y en el Purgatorio, luego en hacer subir hacia Nuestro Señor el dulce concierto de las alegrías de sus criaturas, en las cuales le agrada regocijarse.
La Santa ofrecía así a Nuestro Señor esta alegría continua en las más pequeñas ocasiones. Por ejemplo, si tomaba algún alivio era para regocijar, con esta alegría universal, a Nuestro Señor y a todas sus criaturas. Lo mismo todas las pequeñas alegrías que la Providencia multiplica en nuestro camino, llegaban a ser para ella, ocasiones de alegría universal.
¡Dios quiera adoptemos estas prácticas tan fáciles y consoladoras!
Santa Gertrudis no olvidaba esta otra fuente universal de santas alegrías, es decir, el Corazón Inmaculado de María: causa nostrae lætitiæ (causa de nuestra alegría).
Nuestro Señor le enseñó especialmente el modo de prepararle una morada alegre en la Santa Comunión, apropiándose las alegrías inmensas del Corazón de su Santa Madre; y María Santísima misma se complacía en comunicar a su amada hija, con sus méritos y sus virtudes, estas alegrías especiales que, en los diversos misterios de su vida, inundaron su alma y la alegraron en Dios.
En fin, Santa Gertrudis bebía la alegría en el corazón de todos los Santos. En muchas circunstancias Nuestro Señor le hizo ver de qué modo, por toda la alegría que experimentamos en los beneficios conferidos a sus elegidos, merecemos para nosotros mismos un aumento de alegría eterna, y nuestra alma se ilumina, desde aquí abajo, con un reflejo de la gloria de Dios en sus Santos.
Un día, en que Santa Matilde, hermana de Santa Gertrudis, se regocijaba muy en particular de los favores que Jesús concedió a Santa Inés, vio a esta gloriosa mártir, revistiéndola con sus propias virtudes, y el Señor le hizo conocer, que por la alegría que experimentamos a causa de las gracias concedidas a los Santos, nos apropiamos de algún modo sus méritos.
Para medio de estas prácticas, se nos presentan tantas fuentes de alegría, como Santos tenemos que honrar en el año; las alegrías de nuestros verdaderos Hermanos Mayores vienen a ser nuestras alegrías; sus gracias son nuestras gracias; su gloria nuestra gloria.
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En contra de todo lo que llevamos dicho, existen hoy muchas personas tristes, ¿por qué? Porque hay en ellas poca virtud.
El mundo ríe con la boca, pero está hastiado en el alma.
La alegría, más que gozo del cuerpo es sentimiento del alma; gozo que proporciona la posesión del bien amado.
La alegría del cuerpo es nerviosa, alborotada, ruidosa, superficial. Como no llega al alma, estalla en carcajadas sucesivas; pero discontinuas y superficiales.
La alegría del alma, en cambio, es sobria, silenciosa, íntima, profunda, continua.
La alegría espiritual y la corporal están en razón inversa: cuando una crece, la otra disminuye.
La alegría del alma nace de la pureza del corazón, del deber cumplido, de la gracia de Dios.
Un cristiano debe ser alegre, reidor, con risa espontánea y sonrisa habitual…, pero no debe ser alborotador, con carcajadas nerviosas, estridentes e incesantes.
La alegría desubicada, el jolgorio tonto y vacío del mundo, nos daña mucho. No notamos sus heridas porque precisamente la primera y más grave de ella es la de sacarnos de nosotros, exteriorizarnos, volcarnos fuera de nosotros mismos, de modo tal que no prestemos atención a lo que sucede en nuestro interior. Nos impide reconocerla como trivial y no nos permite comprobar los estragos que produce.
Alegría inconsiderada, que nos disipa, nos desordena; que es enemiga de la modestia y de la templanza.
Alegría loca, que abre todas las puertas del alma, por las cuales nos volcamos al exterior y permitimos que todos los objetos externos entren en nuestro santuario, sembrando el ruido, el tumulto, y turbando la paz y el orden.
Debemos combatir la mala tristeza y este jolgorio; y, al mismo tiempo, excitar en nuestras almas una sana alegría, fruto del Espíritu Santo.
Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo digo, alegraos.
Causa nostræ lætitiæ, ora pro nobis…

