P. CERIANI: SERMÓN DEL SEXTO DOMINGO DE EPIFANÍA SOBRANTE

DOMINGO SEXTO DE EPIFANÍA SOBRANTE

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas esta parábola: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que toma un hombre y lo siembra en su campo. El cual grano es ciertamente la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que los pájaros del cielo vienen y anidan en sus ramas. Les dijo esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante al fermento que toma una mujer y lo esconde en tres celemines de harina, hasta que la hace fermentar toda. Todo esto se lo dijo Jesús a las turbas en parábolas; y no les hablaba sin parábolas para que se cumpliera lo dicho por el Profeta: Abriré mi boca en parábolas, diré cosas ocultas desde la creación del mundo.

Por la misma razón que los dos últimos Domingos, la Liturgia toma hoy los textos del Sexto Domingo de Epifanía sobrante en el mes de febrero. Y en el Evangelio del día, Nuestro Señor equipara el Reino de Dios al grano de mostaza, que se convirtió en un árbol grande.

Este grano de mostaza es la predicación evangélica. De hecho, desde el principio, fue pequeña, sembrada por Nuestro Señor y por los Apóstoles en Judea, y a continuación por toda la tierra, en medio de contradicciones y persecuciones.

Este grano de mostaza germinó, creció y se convirtió en un enorme árbol, donde las aves del cielo, es decir los individuos, las familias, las instituciones y la sociedad, vinieron en tropel para descansar y alimentarse, hasta que puedan volar hacia el Cielo.

La Epístola del día, tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Cristianos de Tesalónica, pone ante nuestros ojos la eficacia de la prédica apostólica, del grano de mostaza.

Tengamos en cuenta que este escrito no sólo es el más antiguo del epistolario paulino, sino también, probablemente, del Nuevo Testamento. Esta Carta contiene la primera imagen del apostolado cristiano en el mundo griego; y ya tenemos en ella los puntos fundamentales de la Fe Católica.

Después de hablar de su propia conducta con los tesalonicenses, el Apóstol pasa a hablar de la correspondencia por parte de éstos, haciendo de ellos un cálido elogio. Alaba primeramente el que recibieran su predicación «no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios», fórmula concentrada de la doctrina sobre la tradición apostólica.

Esa palabra de Dios, el grano de mostaza, obró eficazmente en ellos, dándoles fuerza en la consecución del objetivo, que es creer y obrar. En las penalidades y persecuciones sufridas por los tesalonicenses, San Pablo ve la fuerza de la palabra de Dios actuando en ellos, fiel reflejo de lo enseñado por Nuestro Señor en la Parábola del grano de mostaza.

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Lo sucedido en Tesalónica nos permite introducir la cuestión y preguntar: ¿Qué es ser católico? La pregunta, sencilla en sí misma, tiene, sin embargo, sus dificultades. En efecto, la mayoría no acierta a dar respuesta satisfactoria a pregunta tan trivial.

¿Y, por qué? Porque no se busca aquí ¿qué es Catolicismo?, lo cual debería ser cosa harto sabida; sino ¿qué es ser católico?; lo cual, aunque parezca lo mismo, ofrece mayor dificultad.

¿Qué es, en efecto, ser católico? Es estar en todo de acuerdo con la Iglesia católica. Ni más ni menos.

¿Y quién es católico? El que cree todo lo que cree la Iglesia católica. El que ama todo lo que ella ama. El que condena todo lo que ella condena.

Y una vez planteada la cuestión en este terreno, las aplicaciones prácticas son puramente de sentido común; sin asustarse ante ninguna consecuencia.

Y las deducciones nos muestran que hay dos clases de católicos.

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El Padre Emmanuel tiene una obra que nos ayuda mucho en este tema. Dicho ensayo lleva por título El cristiano del día y el cristiano del evangelio. Resumimos este valioso texto.

Cuando, a la luz de la Fe, consideramos atentamente la situación de las almas en el mundo de hoy, se ofrece a nuestra vista el espectáculo más inimaginable… Hay cristianos y cristianos…

Como sabemos, la Fe es el principio del cristianismo y la virtud primera del cristiano; gracias a ella diferenciamos al cristiano del Evangelio del cristiano del día.

El cristiano del Evangelio es un hombre de Fe; el cristiano del día, aunque tenga la Fe, puede ser algo muy distinto de un hombre de Fe.

En el cristiano del Evangelio la Fe está en toda su plenitud, reina en todo, lo regula todo.

En el cristiano del día la Fe raramente conserva su integridad; se halla debilitada, sea por una mezcla de opiniones falsas, sea por la ignorancia de ciertas verdades…

Pero las heridas más peligrosas para la Fe son las que resultan de la invasión del naturalismo y del racionalismo que hoy inundan el mundo.

Cristianos del día son aquéllos de quienes Nuestro Señor dijo: «Creen por un tiempo, y al tiempo de la tentación se vuelven atrás».

¡Creen por un tiempo! ¡Qué bien retrata ese rasgo a los cristianos del día!

Creen el día de su Primera Comunión, al día siguiente ya no creen; creen si están en peligro de muerte, pero si sobreviven, ya no creen.

Muy diferente es el cristiano del Evangelio: para él la Fe es una luz sin eclipse, bendice al Señor en todo tiempo y sabe que la verdad del Señor permanece eternamente.

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El Padre Emmanuel recurre al Apóstol San Pablo, que distingue y recalca dos cosas que él llama la Fe y el espíritu de la Fe.

La Fe es el don de Dios infundido en nuestras almas por el Bautismo, y al que cada uno debe hacer fructificar, como el grano de mostaza del Evangelio, para su salvación eterna.

El espíritu de la Fe es la Fe que anima, inspira y vivifica al cristiano y a sus obras.

El cristiano del Evangelio tiene la Fe y el espíritu de la Fe: tiene la Fe y la vida de la Fe, la Fe y la moción de la Fe.

El cristiano del día tiene la Fe, por eso es cristiano, pero con demasiada frecuencia, no tiene la moción de la Fe, tiene la moción del día.

San Pablo exhorta a que no seamos niños que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina.

Niños, niños fluctuantes, niños a merced de todo viento de doctrina: ¡qué impresionante retrato de los cristianos del día! Su debilidad raya en la puerilidad; son tan inconstantes como el viento, son juguete de toda palabra que resuena, de toda doctrina que surge, de todo viento que sopla.

El cristiano del día, por desgracia, no tiene energía ni fuerzas para resistir todos esos vientos extraños. Algunas veces lo sorprenden y se convierte en su víctima involuntaria; otras veces los recibe como liberadores y se ufana de hallarse a su merced.

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El Padre Emmanuel concluye con vigor y dice que el cristiano del día no es suficientemente cristiano.

Y lleva las cosas hasta las últimas consecuencias y dice que, si se nos preguntara en qué medida podemos reconocer el grado de cristianismo de un alma, responderíamos con San Pablo que en toda la humanidad no hay más que dos hombres: Adán y Jesucristo.

Atenerse en todo a Adán equivale a no ser cristiano en absoluto; atenerse en todo a Jesucristo es ser íntegramente cristiano.

En consecuencia, la humanidad gravita sobre esos dos polos: Adán y Jesucristo.

El hombre que sigue los pasos de Adán añade a la caída original nuevas caídas personales; el hombre que sigue a Jesucristo toma el camino en el que hallará infaliblemente la curación de su naturaleza, la preservación del mal, el perfeccionamiento de todas sus facultades y, por último, la felicidad eterna.

El cristiano del día, pese a haber recibido mucho de Jesucristo, no le está totalmente entregado. Pone condiciones, plantea reparos y se cree muy prudente al dar una parte a Jesucristo y otra a Adán. Por lo mismo que de este modo se apega demasiado a Adán, el cristiano del día se adhiere menos a Jesucristo.

Así se explica lo que ya dijimos: el cristiano del día no es suficientemente cristiano.

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El Padre Emmanuel va al fondo de la cuestión y dice que es deber del cristiano saber lo que hace y saberlo a conciencia. Dios nos dio la razón, la Fe y los Mandamientos con ese fin; y la Iglesia tiene ante todo la misión de enseñar.

El cristiano del Evangelio lo sabe, y por eso no cesa de pedir a Dios la luz de lo alto para dirigir sus pasos. Y hace, por su parte, esfuerzos continuos para crecer en el conocimiento de Dios y de sus deberes.

El cristiano del día no siente esa hambre, esa sed de la verdad. Por poco que sepa, siempre cree saber bastante, quizá demasiado. Tendríamos que preguntarnos cómo usa de su inteligencia, si es que la usa…

Con seguridad, hay algunos entre ellos que se contentan con vivir de su imaginación y de su sensibilidad. Si frente a tales cristianos recordáramos la definición del hombre: El hombre es un animal racional, nos veríamos obligados a reconocer que en ellos lo razonable está en potencia y lo demás en acto.

Éste es uno de los mayores daños de la época actual: las inteligencias quedan abandonadas y sin cultivar, todo parece dirigirse a las voluntades. Pero, ¿qué vale el movimiento de una voluntad sin la iluminación del espíritu?

Allí donde las inteligencias no están arraigadas en la verdad, que es su alimento indispensable, se manifiestan enfermedades casi inevitables: el iluminismo y el fanatismo.

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Pasando al orden práctico, el Padre Emmanuel dice que Dios nos ha dado su ley en diez mandamientos, y pregunta: ¿cuál es la actitud de los cristianos para con los santos mandamientos?

El cristiano del Evangelio, que ama a Dios sobre todas las cosas, ama sus mandamientos en todo y en todas partes; encuentra la ley justa y santa y buena; encuentra que el yugo es suave y la carga ligera. Ama a su Dios y, por consiguiente, la voluntad de su Dios le es suave y la prefiere a todas las cosas.

El cristiano del día reconoce que hay un yugo, pero no siente su suavidad; sabe que hay una carga, pero le parece pesada. Al cristiano del día, poco celoso del bien, le resulta pesada la carga de los mandamientos.

Si Dios pusiera su ley a merced de los hombres y les diera permiso de reformarla a su gusto: ¿qué ocurriría? El cristiano del día no dejaría de exigir reformas: los tiempos ya no son lo que eran antes, los hombres han hecho algunos progresos, la naturaleza…; la ley de Dios no puede quedarse atrás: tendría que tener su 1789 Y de hecho lo tuvo con el conciliábulo vaticanesco…

Pero el cristiano del Evangelio que ama a Dios sobre todas las cosas y su voluntad antes que todo, y su Ley Santa en todo, no dejaría de exclamar: ¡Padre nuestro que estás en los cielos, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo!… No pediría la revisión de la ley sino únicamente, y con toda humildad, la gracia de obedecerle, de serle fiel, y fiel para siempre.

Quien ama a Dios halla una alegría pura, verdadera, sólida, incluso eterna, en hacer la voluntad divina y cumplir los demás mandamientos.

Dice San Agustín: “Donde hay amor no hay pena; o, si hay pena, la pena es amada”. Se la ama porque se convierte en un ejercicio del amor, en un medio de manifestar el amor.

Eso es lo que saben los cristianos del Evangelio.

El cristiano del día, o no ama, o no ama bastante para cumplir el mandamiento máximo.

Al cristiano del día le resulta más fácil no amar como Dios lo ordena; piensa que con eso es más dueño de sí y que se impone menos obligaciones.

Con ello cae en un gran engaño. Al no querer obedecer al amor que le daría libertad, obedece a amores que lo mantienen en la esclavitud.

No hay término medio posible. El hombre es verdaderamente libre cuando está del todo sometido a Dios, pero, si pierde esta santa libertad de los hijos de Dios, cae necesariamente en la esclavitud que arrastran tras de sí todos los amores a que se encuentra expuesto aquél que ha perdido el amor de Dios.

El cristiano del día suele con demasiada frecuencia quedar a merced de esos amores extraviados.

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Finalmente, el Padre Emmanuel propone una sorprendente comparación, y dice que existe una enfermedad demasiado común hoy en día, que los maestros del arte de curar han denominado anemia.

Un sabio doctor ha descrito la anemia en estos términos: «Las personas atacadas de anemia son pálidas, blandas, indolentes o perezosas; tienen carnes fláccidas, color de cera; sus venas son fláccidas y han perdido ese tinte azulado que permite seguir su trayecto debajo de la piel; su pulso es débil, la más corta caminata les provoca opresión y palpitaciones; algunos sufren síncopes y vértigos; cualquier trabajo les causa fatiga; están sujetos a padecer jaquecas; las piernas se les hinchan; sus ojos se hunden en las órbitas y tienen ojeras».

Algunos opinan que el remedio para esta enfermedad es tomar hierro.

Creemos que las almas padecen una enfermedad semejante y quizá, si analizamos todos los caracteres ya enunciados de la anemia podríamos aplicarlos todos dándoles un sentido algo místico, al estado espiritual de los cristianos del día. Tratemos de hacerlo.

Las personas atacadas de anemia son pálidas: nuestros cristianos suelen ser también cristianos pálidos: hay debilidad en todos los aspectos, falta sangre y energía cristiana.

Son blandos, indolentes, perezosos: blandos, les falta actividad en el servicio de Dios, las obras de Fe les son casi desconocidas; indolentes, no tienen gusto por el bien; perezosos, no practican el bien y no tienen ninguna preocupación por practicarlo.

Sus carnes son fláccidas: reciben fácilmente toda clase de impresiones, y como las reciben sin resistencia y sin reacción, cualesquiera sean y vengan de donde vinieren, parecen estar siempre a la espera de la primera tentación que quiera apoderarse de ellos y hacerlos caer.

Sus venas son fláccidas como sus carnes: las virtudes, en ellos, son débiles como todo lo demás; porque virtud quiere decir fuerza, y en ellos las virtudes no aparecen sino como debilidades.

Sus venas han perdido ese tinte azulado que permite seguir su trayecto debajo de la piel: sus virtudes han perdido ese carácter superior, sobrenatural, celestial, ese tinte divino que permite reconocer las operaciones de la gracia, las energías sobrenaturales en todos los actos de la vida.

Su pulso es débil: en ellos la vida cristiana es tan pobre que tenemos el derecho de preguntarnos si eso es vida o muerte; no es vida, todo es demasiado débil; no es tampoco muerte, porque la misma debilidad presenta aún un resto de vida, pero nada más que un resto.

La más corta caminata les provoca opresión y palpitaciones: los espanta la idea de hacer algo por Dios; un día de abstinencia es un suplicio, un día de ayuno exige imperiosamente una dispensa: de otro modo, sobreviene la opresión.

Se alega que los mandamientos son una carga demasiado pesada: el corazón falla, aparecen las palpitaciones, la vida se escapa.

Algunos sufren síncopes, vértigos: unos tienen nervios, se desmayan, se van a morir, se mueren… con la imaginación que no mata a nadie.

Hay vértigos, las ideas se embarullan, la cabeza da vueltas, hasta se podría perderla…

Todo trabajo los cansa: frente a los grandes peligros se recurre a la máxima de que Dios no manda lo imposible y, como lo que se llama imposible es sencillamente todo, se sigue que no se hace nada de nada.

¡Las jaquecas! La mitad de la cabeza se pone enferma y eso basta para que la otra mitad se declare en huelga. Lo cual significa que, si algún deber se vuelve difícil, ello basta para dispensarse prontamente de otro que, sin embargo, es posible…

Las piernas se les hinchan: que el camino al Cielo lo haga quien pueda; se ha dicho a sí mismo que no se podía y no queda más remedio que quedarse en su sitio.

Los ojos se les hunden en las órbitas, tienen ojeras: la vista del cristiano va disminuyendo, ya no sabe leer en el libro de la voluntad de Dios; los ojos están oscurecidos por el mundo y sus vanidades, están oscurecidos y el cristiano ya no ve nada.

Si el hierro es el remedio para la anemia de los cuerpos, la Fe es el remedio para la anemia de las almas.

El Padre Emmanuel termina con una petición: ¡Dios mío, dadnos la Fe!

Terminemos nosotros con otra: ¡Dios mío, haznos católicos del Evangelio!