PADRE LEONARDO CASTELLANI: HOMENAJE EN EL 125° ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO

16 de noviembre de 1899

Primera Entrega

LOS PAPELES DE BENJAMÍN BENAVIDES
Parte Cuarta
Capítulo IV

EL ÍDOLO

Nota puesta al final: Este cuento, o lo que sea, estaba entre los papeles del viejo en la sección del Anticristo bajo el título general de Los tres sueños de un apóstata, que no eran más que dos, es decir, éste, que estaba sin título, y el siguiente llamado Los dos cardenales (ver en la próxima Entrega).

El tercero faltaba, a no ser que lo fuese un escrito inacabado y horrendo llamado Él último cristiano, en que parece el viejo quiso emplear la túnica literaria del conde de Lautréamont y no le salió; como a Picasso cuando quiere pintar como Gauguín o Van Gogh.

O quizá lo destruyó el viejo como tantos otros que destruyó por honradez literaria, por prudencia… o por antojo.

***

“Haced reverencia a la imagen corpórea
material y visible, del Dios verdadero”.

El pregonero vestido de peluche negro y oro, como un gran abejorro revolcado en polen, repitió la solemne intimación levantando la larga tuba de bronce, aunque todos sabían que la voz imponente y desgarradora —como el grito de Trazan— salía de los grandes altavoces colocados detrás de él y en el interior del ídolo. Los fieles arrodillados en torno de la estatua en la vasta plaza inclinaron hasta el polvo la frente. El heraldo o muezín después de una pausa voceó por tercera vez, añadiendo la invocación «del Dios verdadero y vivo”.

Todos besaron el suelo y se estremecieron —quiero decir, todos los que estaban adorando—, al mismo tiempo que la gigantesca estatua empezó a moverse. Los que pasaban por la calle o por las aceras, no hacían caso; a lo más se detenían un momento. Pero los fieles estaban absortos.

La estatua volcó como dos guadañas los dos descomunales brazos inferiores sobre la masa de los fieles, mientras cruzaba las dos manos medias sobre el pecho, y elevaba, las dos manos superiores, con los dos tazones de incienso, sahumándose a sí misma, casi hasta su cabeza de cinocéfalo, oculta en nubes aromáticas y más alta que los altos pinos. El cuerpo se estremeció, semejante al del hipopótamo y del vientre blanco salió un quejido. Las enormes fauces bostezaron, las dos piernas cortas y robustas hechas en tiempos en que se sabía lo que era trabajar en bronce se rebulleron.

Los «brazos inferiores, en su poderoso envión, derribaron varios adoradores, tomándolos de las cabezas y hombros, y enviándolos todos juntos a un montón lamentable, lastimados algunos y todos humillados y confusos. Pero ninguno protestó ni se quejó.

Es una prostitución adorar un ídolo así —pensé yo—, pero no puedo negar que tenía un verdadero temor ante la gran estatua verdosa. No parecía obra de hombres, De hecho, la leyenda tradicional aseguraba que había aparecido de golpe en una noche, trasportada por manos invisibles, por manos que no podían ser de hombres.

Se sabe que una estatua de bronce no puede ser Dios. Ninguno de los adeptos al ídolo lo pretendía. Pero hay imágenes más o menos milagrosas, más o menos curativas y eficaces. De hecho, los adoradores de la estatua aseguraban que eran felices, y que sentían continuamente una profunda sensación interna de seguridad y alegría; se producían entre ellos curaciones milagrosas; y en todas sus empresas siempre tenían suerte y el triunfo los acompañaba.

Esto no lo negaban ni los mismos enemigos del ídolo. Al contrario, algunos de ellos atribuían a la estatua más prodigios, o más descomunales, que los mismos fieles; lo cual no era óbice a que lo aborreciesen.

Los enemigos del ídolo tenían alquiladas casas, bohardas o balcones alrededor de la plaza, y desde allí tiraban al ídolo flechas, y hasta tiros de escopeta, de noche. Poca mella le hacían, a lo más le quitaban trozos del dorado; sin contar con que casi todos los tiros fallaban. De vez en cuando, eso sí, un bodoque hacía temblar el monumento y le arrancaba bramido sordo; de lo cual se enfurecían los fieles, pero también creo que una cierta satisfacción les daba. De hecho, a quien más aborrecían ellos era al indiferente, al que transitaba calle abajo calle arriba sin darle al ídolo mas beligerancia que una mirada distraída. Al enemigo lo necesitaban.

A mí el ídolo me daba en los nervios: esto me nació no sé cuándo y me fue creciendo paulatinamente. Como yo no pertenecía a ninguno de los tres grupos, pues el ídolo me producía repulsión y temor, y no me dejaba indiferente, me sentía como en el aire y como extraño a todos, sin congeniar con ninguno. Eso no era voluntario en mí, ni tampoco lo podía evitar; y esa fue mi tragedia.

No sé cómo nació en mí el aborrecimiento; quizá por el aburrimiento. En Magnápolis se topaba al ídolo hasta en la sopa. Como extranjero llegado a Magnápolis a ganarme la vida, yo estaba en la disposición de aceptar con respeto todo lo de la rica y potente ciudad, o al menos callar la boca ante lo que no gustara, como se debe hacer en el extranjero. Y el ídolo al principio hasta me atraía. El ceremonial era atrayente, las gemas y metales ricos de los vasos y candelabros deslumbraba, las vestiduras de los prestes eran suntuosas y magnificas. Las funciones del 6, 15 y 25 de cada mes, donde se echaba el resto, me tuvieron al principio de espectador infalible. Las lentas y exquisitamente medidas evoluciones de los oficiantes, todos de la misma altura, y vestidos de chapa de oro con florones rojos; la penetrante voz de los niños del coro, la vociferación de los oráculos, la música y el incienso en la tibia luz del crepúsculo hacían un espectáculo de esos que lo retienen a uno horas enteras y hacen languidecer la voluntad, como escuchar el canto de un arroyuelo, o mirar las olas del mar.

Poco a poco empecé a virar. Creo que más que el ídolo empezaron a cargarme los idoladores. Tenían todos una misma manera de ser, y nunca estaba uno seguro de entenderlos del todo: creo que ni entre ellos se entendían, aunque de fuera se mostraban siempre cordialidad desmedida. Debo confesar que una vez el ídolo me derribó en uno de sus ciegos manotazos; pero ya hacía tiempo que yo le sentía tirria; justamente me derribó porque me arrimé para verlo de cerca; de cerca solamente se veía su fealdad. De lejos, al crepúsculo y entre el incienso, daba impresión de majestad y fuerza.

Era un fastidio; uno no podía hablar en la ciudad de miedo a ofender sin querer a uno de los idoladores, y ser acusado a los sumos sacerdotes. Por más cuidado que uno tuviese, las ceremonias, ritos, prescriptos, tabús y chibolets del ídolo eran demasiados y demasiado complejos para recordarlos todos cada momento, si uno no dedicaba toda la vida a eso, y dos horas diarias de estudio, come hacían los idoladores. Además, algunas de las prescripciones eran ya arcaicas, y de ninguna manera se podía saber ya su objeto ni su fin; y yo, las cosas que no las entiendo no las puedo recordar. Se me van de la memoria, sobre todo si no me gustan.

Empecé a luchar contra esa obsesión de acordarme con disgusto del ídolo a cada momento, y verlo por la noche en sueños envuelto en nubes verdosas. Pero fue inútil. Cada mañana al levantarme me decía: El ídolo no existe. Es una fantasía tuya. ¡Afuera!

Pero allí estaban las trompetas de bronce para desengañarme; y las ceremonias del 6, 15 y 24; y las insignias por toda Magnápolis; y en el hotel en que vivía estaba lleno de idoladores —de modo que en la mesa a veces me pasaba callado todo el tiempo, porque no los entendía o me daban en rostro: eran muchos y yo era extranjero. Alguna vez, ante una afirmación demasiado absurda, me sulfuré y me descaré, y con una fresca hice callar a alguno. Me fue siempre mal. A la larga la pagaba. No se podía tocar al ídolo sin pagarla. Los únicos que andaban siempre impunes eran sus enemigos. Más todavía que sus amigos.

Esta gente no leía más que el Manual de los oráculos —o mejor dicho se lo sabían de memoria— y despreciaban teda otra literatura. «¡Calidad y no cantidad!” —decían—. Yo no niego que los oráculos eran buenos, pero ¿los practicaban ellos? Yo creo que los que mejor se sabían los oráculos, eran para aplicárselos al prójimo.

“La justicia y la verdad son el culto del Dios vivo; y todo otro culto sin esto es idolátrico«, decía el oráculo CLXIII. Muy bien. Pero ellos hacían lo contrario; o por lo menos esa justicia y esa verdad la entenderían ellos y era el monopolio de ellos.

Un día me atreví a discutirle un oráculo a un dolador pequeño y gordito, cara de bruto, que estaba solo conmigo y un bock de cerveza, una tarde sofocante de agosto. «Vea, amigo —le dije— juzgado con criterio estético, el dios es repugnante, es inarmónico y disonante... Ahora, juzgado a la luz de la religiosidad, usted dirá”

Se puso lívido. “Usted carece de los ojos de la fe —barbotó tartamudeando—. Usted es ciego. El dios es supremamente bello”.

Se levantó de la mesa y salió. A los pocos días me cobraron en la caja del hotel una multa picante por haber trasgredido una ordenación mínima, que todo el mundo traspasaba: la de entregar la llave al portero al salir. El idolador me había denunciado.

¡Y a eso llaman libertad de conciencia! Sentí que empezaba a volverme estúpido, intimidado y perverso. No se puede vivir en contra del ambiente en que uno vive. Empezaba a prestar crédito, o al menos a dubitar, a las consejas increíbles que del ídolo contaban los enemigos. Que los gemidos que exhalaba el ídolo, como yacaré empachado, venían de infelices idoladores que el ídolo recogía al azar de sus manotazos y engullía por una gigantesca estoma que tenía en el tórax entre los tres pares de brazos; que el infeliz se iba muriendo lentamente adentro sin dejar de adorar al ídolo: esto decían los enemigos. Y curioso es que los idoladores lo admitían en lo esencial, rechazando solamente al pormenor de la víctima, que ellos sostenían no era sino un enemigo. Pero yo creo seguro que los gemidos venían de un fuelle, colocado allí por los sacerdotes, que servía también para el y el no de los oráculos. Sin embargo, cuando empecé a odiar y temer al ídolo, empezó a vacilar mi racionalismo, y las fábulas empezaron a parecerme probables. Por eso digo que empecé a idiotizarme.

Proyecté marcharme a otra ciudad. Total, no ganaba tampoco tanto y ante todo la salud, como decía mi abuela. Claro que era una aventura y una molestia, después de tantos años de pacífica residencia; pero… ¿qué se hace ante la fatalidad? No estaba ya en mi mano dejar de pensar en el ídolo, y mi alma ansiaba un poco de paz. Pero he aquí que me dijeron que en todas las otras ciudades era lo mismo, que cada una tenía su ídolo; por lo menos, todas las ciudades de que se tenían noticias en todo el contorno. ¿Cómo pudo suceder eso? ¿Cómo había acontecido eso repentinamente? En mi niñez estoy seguro que no era así. Aunque no acabé de creer esa información, sin embargo bastó para hacerme dudar y la duda bastó para quebrar mi voluntad, e impedirme toda decisión. Recordemos que en ese tiempo era yo un intimidado.

Además, la empresa era demasiado difícil: pase libre no me iban a dar, y los prestes del ídolo tenían centinelas apostados en todas partes, digo, en todas las puertas y largo los muros. Oí decir que tenían orden de dejar seco de un tiro a quien intentase salir de las murallas. Y varios esqueletos sospechosos en las cercanías de los fosos parecían hacer buena esta noticia alarmante.

Cuando me vi sin salida, me entró una especie de angustia muy penosa, que, aunque enteramente absurda, me hacía mucho daño y arruinaba mis negocios. Me pasaba, los días enteros discutiendo con el ídolo; y aun las noches, pues dormía muy mal. Cómo me habré puesto, que hasta me entró en la cabeza —o medio entró— la descomunal sandez de pasarme a los enemigos. Pero los enemigos eran perfectos idiotas que no hacían absolutamente nada, antes bien parecían amigos disfrazados. Los amigos sin disfraz, con el fastidio y todo que les tenía, todavía eran mejores; porque al menos tenían poder real, se consolaban con sus ceremonias y se ayudaban en sus negocios. Esto fue en el tiempo de la angustia. Claro que estando así, yo no era yo mismo.

Me las empecé a ver muy negras, y hubo un momento en que me di por perdido; menos mal, el recuerdo de mi abuelo el arquitecto y sus hazañas de pionero me salvó; y también la amistad de una buena señora, que aborrecía también al ídolo, pero no le hacía tanto caso.

¿Por qué tenía que hacerme mala sangre? ¿Me faltaba algo en la ciudad? ¿Me obligaban a adorar a la estatua por si acaso, y ni siquiera verla? Yo le explicaba que había en toda la ciudad una especie de niebla verdosa, una atmosfera sutil, que a mí me envenenaba. ¡Pamplinas! —decía ella—. Esa atmósfera se la hace usted. ¿Tiene más que dejar de hacer caso? Está bien; pero ¿cómo se deja de hacer caso? Pues dejando.

Era española; son tremendas las españolas. ¡No hacer caso! ¡Ponerse fuera de alcance! Al principio me parecía imposible … pero probando y probando comenzó a dar resultado. Claro que no hubiese perseverado en probar sin los continuos y tercos imperativos mulares de la tía Ina.

Empecé a dar de mano al ídolo, a empujarlo poco a poco a razonable distancia, a mirar la parte grotesca del asunto. ¿Qué derecho tenía yo a querer que fuera destruida esa legendaria y centenaria consolación de miles de personas solo por mi gusto? Empecé a ver que había en mí algo de pretensión ridícula. El ídolo no podía caminar; y si yo no me ponía a tiro, no me podía manotear. ¿La celebración obligatoria del 6, 15 y 24? Podía cerrar los ojos. No sería un rato muy delicioso; pero no sería más que un rato. Comprar un Manual de tos oráculos y aprender de memoria 10 o 12 de los oráculos más fáciles, no era cosa, del otro mundo. Seguirles la corriente a los idoladores, aunque uno no viese a dónde van a veces, tampoco es imposible. Al fin y al cabo, casi todos ellos son hombres buenos, aunque con ese toque todos de la reserva y los tapujos y no tocarles los puntos neurálgicos. Con razones y cautela se puede arreglar uno con todo el mundo; y ellos pasan por todo; lo único que no pueden perdonar es la inteligencia y la alegría. Pasar algunos disgustos en este mundo es inevitable; y cuando se ve uno en un gran apuro —como el 24 pasado, el «Día del Alimento”, que no tenía el certificado de asistencia a todas las fiestas del semestre— se arregla uno como puede; y entre hombres siempre hay arreglo.

Apenas comencé con este tratamiento comencé a andar mejor. El ídolo me empezó a parecer grotesco en vez de horroroso, y vi la cara de cinocéfalo, el vientre de hipopótamo ylos seis brazos de araña que antes no veía sino a modo de sombras imponentes en medio del incienso. Pero me guardaba muy bien de reírme para fuera. Cuando uno comienza a ver las cosas de la vida como grotescas, no se vuelve ya loco: todos los locos son trágicos y terriblemente serios. Y yo comencé a ver que el ídolo estaba un poco ladeado y tenía grietas.

Fue una gran emoción aquel día. Este asunto de las grietas es capital en Magnápolis. No se sabe por qué una gran cantidad de edificios se agrietaban de alto a bajo de la noche a la mañana; anteayer mismo el gran rascacielos del Consolidated. Es cosa sumamente seria que ha sido discutida incluso en gran concilio de los Primórdices; los perito en arquitectura y geología no dan pie con bola. La gente anda furiosa y pide que se aplique la pena de muerte a todo arquitecto cuya obra se cuartee; paro resulta que los edificios que se quiebran son los antiguos, cuyos constructores han muerto mucho ha; y por lo demás ninguno se cae, todos se agrietan solamente. Yo tengo la impresión de que esta ciudad se va a venir abajo todo entera o casi, con ídolo y todo. un día; pero yo no lo veré. Tiemblo de miedo al escribir esto: si estos papeles los hallase un idolador, estaba yo listo. Y para qué los escribo, yo no lo sé; para que no se me pudran dentro.

Los arquitectos no dan importancia a la cosa y dicen: «defecto de construcción” —la mayoría de ellos— y maldicen a los grandísimos asnos de los antiguos. Hay un grupo de arquitectos que sostiene que el fenómeno se debe al tiempo, a la temperatura; ha habido dos inviernos muy fríos arreo y dos veranos excesivamente calurosos, con sequía persistente. Pero hay un grupo de arquitectos-geólogos que opina se ha ido formando paulatinamente una gran oquedad, especie de sótano de forma oblonga, debajo del piso de la ciudad, efecto de la misma gran civilización de ella y del exceso de rascacielos y fábricas. Los aborrece toda la gente y los llama los catachismeros. Ellos han fundado un club con ese mismo nombre. La mayor parte son unos pobres muertos de hambre.

Yo no busco dolores de cabeza, y evito las discusiones: vivir y dejar vivir. No creo que Dios me tome en cuenta tres ceremonias fingidas que hago cada mes sin creer en ellas. Sé que dudan de mi fe aunque sin poder probarme nada, y me han puesto el mote sine-Deo-in-hoc-mundo. Mientras no pase de ahí, no importa. Yo creo en Dios, no soy ningún judío; y que el ídolo sea la imagen exacta o no del Dios verdadero, no me meto. Yo no lo puedo creer, pero no impido a nadie que lo crea; y cuando de noche me gritan la contraseña: “¡corpórea!» contesto fielmente “material y visible” o bien “imagen” inmediatamente les vocifero: “del Dios vivo y verdadero”. Yo creo que existe un Dios vivo y verdadero, que creó el cielo y la tierra e hizo salir el sol; y que existió su Hijo Jesucristo, un gran profeta salido de mi raza, el cual vivió en el mundo e hizo lo que pudo y lo que hizo fue excelente; y lo que no pudo Él, no lo vamos a hacer nosotros.

Claro que este dolor de cabeza continuo que tengo me lo gané con el esfuerzo enorme que tuve que hacer para vencer la obsesión y el miedo del ídolo; paciencia, pesan los años, ¿qué se va a hacer? Todos los viejos tienen achaques, cuento ya 48 años. El carácter se me ha envilecido un poco, he perdido aquella alegría, coraje y humor de antes, me he vuelto cobarde y perverso un poco. A veces tengo días de gran depresión y una tristeza muy profunda, un tedio de morirse; y pienso si no fuera mejor haber tratado de saltar la muralla a riesgo de un tiro cuando era aún tiempo, ahora es tarde; o haberse plantado en decirle a gritos a los idoladores acerca de la belleza del ídolo, que podía ser bello, pero yo lo veía feo, ¡qué tanta historia!, a uno a fuerza de garrotazos le pueden hacer confesar que es un asesino, pero no le pueden hacer creer que es un asesino si no lo es: o últimamente, podría haber llevado un buen martillo a la fiesta del 6, ponerme al alcance del manotazo y hacer trizas a golpes las zarpas articuladas del ídolo, que al fin y al cabo, como dice la invocación, no es ningún espíritu.

Claro que eso era la muerte, quizá allí mismo linchado ipsofacto, quizá en el vientre del monstruo entre tormentos espeluznantes.

Morir, morir…, es fácil decir quiero morir, pero morirse de veras es otra cosa. Hoy día ya no es tiempo de caballerías, yo nunca he sido un Don Quijote, a no ser intelectualmente o imaginariamente. Solamente quisiera sanar de este dolor de cabeza. El ídolo por cierto no me lo va a quitar.

Ahora mismo me levanto y me voy a almorzar con Ina: bastante he trabajado hoy. Después de comer me pongo mis pantuflas y fumo mi pipa. Después me acuesto: no duermo, pero descanso. Después dos horitas de oficina, pero facturas y arqueo, no voy a perder más tiempo en escribir estas memorias que las tengo que esconder a llave y recatarme del último de los dependientes peor que si fuese yo un asesino.

Después, paseo hasta la plaza del ídolo, la función vespertina, cena, pantuflas, pipa, acostarse de nuevo; no duermo tampoco mucho, pero descanso. ¿Descanso? Los días que no veo al ídolo en sueños… ¿Para qué vivo yo? ¿Por qué no me habré matado ya, como Mathurin, Leví, Jorge, o Diego Dutraz? Tengo ya más amigos del otro lado que de este.

Creo que lo que me conserva en vida es esa misma visión horripilante pero curiosa: “la ciudad que se hunde con ídolo y todo, aunque yo eso no lo veré”. Pero lo que uno sabe cierto que acontecerá ¿acaso no lo ve? Toda la vida he sido más curioso que una pititorra: cuando pibe mi gran deporte era entrar al teatro sin pagar.

Y esto de ahora lo veo como una escena de circo o de cine: la gran Urbe Magnápolis que se hunde de golpe con ídolo y todo; lo mismo que veía antes el ídolo entre nubes verdosas con geta de chino y panza de bagre antes de poder verlo así a pleno día, como pasa ahora.

¡Vaya a saber si no son alucinaciones mías! Pero no. Las grietas son reales, las grietas en la ciudad las ven todos, aunque las del ídolo las veo yo solo. Pero son reales.

¡Lo que es si llego yo a ver eso! La gran ciudad Magnápolis…