VOLUNTAD DE DIOS Y SANTIDAD
S. Francisco de Sales explica en qué consiste la verdadera santidad
«La perfección de la vida cristiana consiste en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, que es la soberana regla y ley de todas las acciones» Desde « Nécy, el día de la santa Cruz de 1604», escribía Francisco de Sales a la Sra. de Chantal: «No cesaré nunca de rogar a Dios que quiera perfeccionar en vos su santa obra, es decir, el buen deseo y el propósito de llegar a la perfección de la vida cristiana; deseo que debéis guardar y alimentar con ternura en vuestro corazón, como un don del Espíritu Santo y una chispa de su fuego divino.
En Roma vi un árbol plantado por el bienaventurado santo Domingo: todo el mundo lo va a ver y lo cuidan por amor a quien lo plantó; por eso, al ver en vos el árbol del deseo de santidad que nuestro Señor ha plantado en vuestra alma, lo amo y me complace pensar en él ahora aún más que en vuestra presencia, y os exhorto a hacer lo mismo y decir conmigo: que Dios os haga crecer, oh hermoso árbol que Él plantó; divina semilla celestial, que Dios os haga producir frutos maduros y que, una vez producidos, Dios mismo los guarde del viento para que no caigan por tierra y se los coman las alimañas. Señora, este deseo debe permanecer en vos como los naranjos de la costa de Génova, que están casi todo el año cargados de frutos, de flores y de hojas a un mismo tiempo. Porque vuestro deseo ha de estar presto para fructificar en cuanto se presente la ocasión, sin dejar por ello de seguir deseando más cosas y más motivos para ir adelante. Esos deseos son las flores del árbol de vuestros propósitos; las hojas serán el reconocimiento constante de vuestra flaqueza, que os conservará las buenas obras y los buenos deseos… Encomendadme a nuestro Señor, pues lo necesito más que nadie en el mundo. A Él le suplico que os conceda abundantemente su santo amor».
No sólo en su hija predilecta, sino en todas las almas, ve el obispo de Ginebra el árbol del deseo de santidad que el Señor ha plantado, y él lo cuida tiernamente y lo ayuda para que produzca con las hojas de la humildad y las flores de los generosos deseos, los frutos de las sólidas virtudes. Son innumerables las almas a quienes, con su gracia delicada y su gran poder de persuasión, él ha encaminado del deseo de la santidad a su realización más elevada, bajo el fuego del divino amor. Para llevarlas a la perfección de la vida cristiana les ha enseñado «la verdadera y viva devoción», que «no es otra cosa -nos dice en su Introducción- que un verdadero amor a Dios. Este no es un amor cualquiera, porque cuando el amor divino embellece nuestra alma, se llama gracia y nos hace agradables a su divina Majestad; cuando nos da fuerza para obrar el bien, se llama caridad; y cuando llega al grado de perfección en que no solamente nos mueve a obrar el bien, sino a hacerlo de forma cuidadosa y frecuente y con prontitud, entonces se llama devoción». Así se lo explicaba a una de sus dirigidas, que le había preguntado qué era la devoción y cómo adquirirla.
«La virtud de la devoción -le respondía- no es más que una general inclinación y prontitud del alma para hacer lo que se sabe agradable a Dios; es esa dilatación del corazón de que hablaba David cuando decía: corrí por la senda de tus mandatos cuando me ensanchaste el corazón. Los que son simplemente buenos -proseguía el obispo- andan por los caminos de Dios, pero los devotos corren; y si son muy devotos, vuelan». Según esto, lo que sabemos que agrada a Dios es el cumplimiento de su voluntad; voluntad significada en los mandamientos y en los deberes de nuestro estado; voluntad de beneplácito, manifestada en los acontecimientos que nos ocurren, ya sean agradables o desagradables para nuestra naturaleza. Estudiemos bajo esos diversos aspectos las enseñanzas de san Francisco de Sales. Él nos permitirá comprender mejor la voluntad de Dios, incitándonos a cumplirla siempre con todo amor.
La observancia de los mandamientos
Cumplir los mandamientos es el primer deber de un alma deseosa de hacer la voluntad de Dios. Escribe san Francisco de Sales: «Antes que nada, es necesario observar los mandamientos generales de la ley de Dios y de la Iglesia, que obligan a todo fiel cristiano; y sin ello -añade- no puede haber ninguna devoción; esto lo sabe todo el mundo». Pero aunque todo el mundo lo sepa, quizá no sea inútil insistir en ello. Es bueno convencerse de esta verdad, de que la observancia de los mandamientos es condición necesaria para toda vida cristiana y que ninguna práctica de supererogación dispensa jamás de las prescripciones formales de la ley.»’« Por eso, siempre debemos procurar cumplir lo que Dios manda a todos los cristianos… y quien esto no observe cuidadosamente, sólo tendrá una devoción falsa». Y aún hay más: quien aspire a una vida fervorosa, tiene que observar los mandamientos «con prontitud y con gusto».
Puesto que son la expresión de la voluntad de Dios, deben encontrarnos siempre dispuestos a cumplirlos, y a hacerlo de buen grado, tanto más cuanto que, por su naturaleza, son «dulces, agradables y suaves». ¿Es ésta, sin embargo, nuestra actitud? El Santo observa: «Muchos cumplen los mandamientos como quien traga una medicina, más por miedo a condenarse que por el placer de vivir según la voluntad del Salvador». Y es ésa una peculiaridad de la condición humana, que siente horror a todo lo que le es impuesto. Por ello prosigue: «Y así como hay personas que, por agradable que sea un medicamento, lo toman de mala gana, sólo porque es medicamento, así hay almas que tienen horror a lo que se les manda por el hecho mismo de ser mandado.
En este sentido -continúa-, se cuenta que un hombre había vivido a gusto en la gran ciudad de París sin salir de ella durante ochenta años y en cuanto el rey le ordenó permanecer allí para siempre, salía a diario a disfrutar del campo, cosa que antes nunca había echado de menos». «Es cierto que este humor caprichoso se remonta a los comienzos de la humanidad: «Eva, de cien mil frutos deliciosos, escogió el que se le había prohibido, y seguro que, si se le hubiera permitido probarlo, no se lo habría comido».
«Gusto por la independencia, ciertamente, pero también debilidad de nuestra naturaleza, que se asusta a veces de las exigencias de los mandamientos. Si tuviéramos verdadero amor de Dios, las dificultades, en vez de echarnos para atrás, aumentarían nuestro ánimo y convertirían en dulce y agradable lo que nos parece áspero y molesto. «Un corazón que está lleno de amor, ama los mandamientos, y, cuanto más difíciles son; más dulces y agradables los encuentra, porque así complace más al Amado y le hace mayor honor». El amor de Dios, la adhesión a su santa voluntad expresada en los mandamientos, dan prontitud en la obediencia y gozo en su ejecución. El obispo se preocupa mucho por nuestro progreso en este camino y en la Introducción a la vida devota nos invita a «examinar el estado de nuestra alma para con Dios»:-«¿Cómo se encuentra vuestro corazón respecto a los mandamientos de Dios? ¿Los encuentra buenos, dulces, agradables? ¡Ay, hija mía!, quien tiene el gusto en buen estado y el estómago sano, disfruta con la comida buena y rechaza la mala…-¿Cómo está vuestro corazón para con Dios? ¿Se complace en acordarse de Él? ¿Siente su agradable dulzura? David dice: me he acordado de Dios, me he complacido en él. ¿Sentís en vuestro corazón cierta facilidad para amarle y un gusto particular en saborear ese amor? ¿Se recrea vuestro corazón al pensar en la inmensidad de Dios, en su bondad y en su dulzura? Si el recuerdo de Dios os sobreviene en medio de las ocupaciones del mundo y de sus vanidades, ¿logra hacerse sitio, se apodera de vuestro corazón? ¿Os parece que vuestro corazón se vuelve hacia Él y en cierto modo sale a su encuentro? Ciertamente hay almas así, que, por muy ocupadas que estén, si les viene el recuerdo de Dios, les resulta imposible atender a otra cosa, por el placer que sienten al experimentarlo, lo que constituye una buenísima señal».
Continuará…

