FIESTA DE CRISTO REY
En aquel tiempo, dijo Pilatos a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú eso de ti mismo, o te lo han dicho de mí otros? Replicó Pilatos: ¿Qué? ¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los Pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuese mi reino, mis gentes me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; mas mi reino no es de aquí. Le replicó a esto Pilatos: ¿Con que tú eres Rey? Respondió Jesús: Así es como dices. Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz.
Hoy, último Domingo del mes de Octubre, se celebra la Fiesta de Cristo Rey, con la conmemoración del Vigesimotercer Domingo después de Pentecostés.
Como enseña el Salmo segundo, ¿Por qué se alborotan las gentes y los pueblos maquinan vaciedades? Se conciertan los reyes de la tierra, y los príncipes conspiran a una contra el Señor y contra su Ungido, diciendo: “¡Rompamos sus lazos y arrojemos de nosotros sus coyundas!”
Pero, continúa el Salmo, El que habita en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos. Entonces les habla en su enojo y en su furor los conturba: “¡Pero yo he consagrado a mi Rey sobre Sión, mi santa montaña!”
Jesucristo no se conmueve; y el secreto de su fortaleza y seguridad radica en que ha sido ungido y consagrado por las mismas manos de Dios; fue constituido por Él y nombrado Rey.
Jesucristo es Rey; este es un punto indiscutible de la doctrina cristiana; y es necesario recordarlo en estos días.
No hay página de los Profetas, ni una sola de los Evangelistas y Apóstoles que no atribuya a Jesucristo sus cualidades y sus atribuciones de Rey.
Jesús está aún en la cuna, y ya los Magos buscan al Rey de los judíos.
Jesús está al borde de la muerte; y Pilato le pregunta: ¿Entonces eres tú Rey? Tú lo dijiste, responde Jesús.
Y esta respuesta se da con tal acento de autoridad que Pilato, a pesar de todas las protestas de los judíos, consagra el Reinado de Jesús mediante un escrito público y solemne.
Dijo Bossuet: “Escribe, oh Pilato, escribe las palabras que Dios te dicta, cuyo misterio no comprendes. Bien dices: Lo que escribí, escrito está. Que vuestras órdenes sean irrevocables porque ellas ejecutan un decreto inmutable del Todopoderoso. Y la realeza de Jesús está escrita en lengua hebrea, que es la lengua del pueblo de Dios; en lengua griega, que es la lengua de los filósofos y eruditos, y en lengua romana, que es la lengua del imperio y del mundo, el lenguaje de conquistadores y políticos. Venid ahora, oh judíos, herederos de las promesas; y vosotros, oh griegos, inventores de la filosofía y de las artes; y vosotros, romanos, dueños de la tierra; venid a leer este escrito admirable; y todos doblad vuestra rodilla ante vuestro Rey”.
Y es a todos nosotros, es al universo entero a quien se dirige este solemne anuncio.
Y si nos desagrada leer la inscripción de Pilato porque fue trazada por una mano indigna, escuchemos el decreto divino que el mismo Jesús promulga en el Salmo: En cuanto a mí, Él me ha constituido rey sobre su santo monte Sión; y declararé y publicaré su decreto. El Señor me dijo: Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado. Pídeme y te daré en herencia todas las naciones.
Jesucristo, como Dios, es Rey desde toda la eternidad; y, por lo tanto, al entrar a este mundo, ya trajo consigo su realeza.
Pero Jesucristo, como hombre, conquistó su realeza a costa de su Sangre. Enseña San Pablo: “Cristo murió y resucitó, con el fin de adquirir dominio sobre muertos y vivos”.
También el mismo Apóstol fundamenta en el texto del Salmo segundo, tanto el misterio de la resurrección como el título de la investidura real de Cristo: El Señor resucitó a Jesús como está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Sí, yo te engendré eternamente de mi seno; en la plenitud de los tiempos; yo te engendré del vientre de la Virgen tu madre; hoy te he engendrado sacándote del sepulcro.
Sí, dice el Señor a su Cristo, este también es un nuevo nacimiento que tenéis de mí. Primogénito entre los vivos, quise que fueras también el primogénito entre los muertos, para que ocuparas el primer lugar en todas partes. Eres, pues, mi Hijo. Tú lo eres en todo, ya que te engendré triplemente: desde mi seno, desde el vientre de la Virgen y desde las entrañas del sepulcro.
Ahora bien, por todas estas razones, quiero que compartas mi soberanía, quiero que participes de ella desde ahora como hombre, así como eternamente has participado de ella como Dios. “Pídeme, y te daré las naciones por herencia, y extenderé tu posesión hasta los confines de la tierra”.
Sí, Jesucristo es Rey, y el eterno Padre es quien, a los pocos días de nacido, manda le sean tributados esos honores Reales, por personas Reales, y en presencia y a despecho de otra persona Real, para que con esta contradicción aparezca aún más calificado el caso.
Los Magos entrando en Jerusalén, corte de Herodes, no disimulan que van a ofrecer homenaje a otro Rey. Así es que se les oye repetir con la mayor desenvoltura estas textuales palabras: “¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto en Oriente su estrella, y venimos a adorarle”.
Y se sorprende Herodes, se da por entendido y comprende que se habla del Mesías; y manda consultar los libros de los Profetas, para que se le diga dónde debía nacer este Rey; y tiembla por la seguridad de su trono.
Prueba esto que todos sabían de qué Rey y de qué Reinado se estaba tratando.
Sí, Jesucristo es Rey; nadie vacila aquí sobre el carácter de su realeza; la confiesan tanto amigos como enemigos; así los que van a visitarle con presentes para reconocer su Real soberanía, como los que se proponen destruirla por medio del asesinato.
Con este carácter Real se anuncia el Salvador al género humano desde Belén; con el mismo signo se presenta y no lo niega ni lo encubre ante Pilatos; con el mismo atributo muere en la Cruz, bajo el rótulo que, como postrer certificado, escribe allí la mano del propio juez que resumió y falló el proceso: Jesús Nazareno, Rey de los judíos.
Jesucristo pidió, y su Padre se lo dio. “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a todas las naciones”.
Jesucristo no dice “todos los hombres”, “todos los individuos”, sino “todas las naciones”. No dice sólo “bautizar a los niños”, “catequizar a los adultos”, “casar a los cónyuges”, “administrar los sacramentos”, “enterrar a los muertos”…
Sin duda, la misión que les da incluye todo esto; pero incluye más que eso; tiene un carácter público, un carácter social. Y así como Dios envió a los antiguos Profetas a los líderes y al pueblo para anunciarles sus preceptos, para decirles sus verdades; así, Cristo envía a sus Apóstoles y a su sacerdocio hacia las naciones, hacia los imperios, hacia los reyes y los poderosos, para que enseñen su ley, para que recuerden a todos su doctrina.
Significa esto que Jesucristo tiene la plenitud de la autoridad, no sólo para imponer su ley a los individuos, sino también para dictarla a las instituciones y naciones. Jesucristo tiene sobre el mundo dos clases de soberanía:
– la individual, de la que exigirá en la hora del juicio estrecha cuenta a cada uno de los hombres por lo que mira a su conducta particular;
– y la social, de la que han de responder los gobernantes de pueblos tocante al régimen y gobernación cristiana de ellos, e incluso los más oscuros ciudadanos en la parte más o menos significada que les toque desempeñar en esta gobernación.
Cristiana, es decir, sujeta a Cristo, debe ser toda criatura racional; y cristianas, es decir, marcadas con el sello de Jesucristo, deben ser todas sus cosas, sus letras, sus ciencias, sus leyes, sus artes, sus instituciones, su hogar, todas sus actividades.
Cristiana, es decir, organizada según Cristo, debe ser, en una palabra, toda función social, toda justicia que se administre, toda legislación que se dé, como que todos en la sociedad, desde el magistrado supremo, que da su última sanción a las leyes, hasta el postrero de los vasallos, que las ha de cumplir, deben, el uno dictarlas y el otro cumplirlas, únicamente según Cristo y para servir a Cristo.
Luego el Liberalismo, o sea el sistema que en mayor o menor grado predica, o procura, o autoriza la emancipación del Estado de la autoridad de Jesucristo, es radicalmente impío y anticristiano; grave pecado del entendimiento y de la voluntad, que para un cristiano equivale a la formal apostasía.
Jesucristo fue hecho Rey de reyes; y es la verdadera gloria, la verdadera nobleza de los reyes, desde la predicación del Evangelio, desde la conversión de los Césares, ser lugartenientes de Jesucristo en la tierra.
¿Será que los reyes se han vuelto menos grandes desde que la Cruz brilla en lo alto de sus diademas? ¿Será el trono menos ilustre, menos seguro, puesto que su realeza es una emanación, una participación de la realeza de Jesucristo?
Jesucristo fue hecho Rey, y ésta es la verdadera dignidad, la verdadera libertad, la verdadera emancipación de las naciones modernas: es decir, tener derecho a ser gobernadas cristianamente.
¿Podrían por casualidad decaer las naciones? Su destino ¿sería menos noble, menos honroso por el hecho de que los cetros a los que obedecen están obligados a someterse al cetro de Jesús?
Recordemos: el cristianismo no tiene todo su desarrollo, todo su florecimiento, allí donde no adquiere un carácter social. Así lo expresó Bossuet en estos términos. “Cristo no reina, si su Iglesia no es señora, si el pueblo deja de rendir homenaje nacional a Jesucristo, a su doctrina, a su ley”.
Cuando el cristianismo de un país se reduce a las simples proporciones de la vida doméstica, cuando el cristianismo ya no es el alma de la vida pública, del poder público, de las instituciones públicas, entonces Jesucristo trata a este país como lo tratan a Él mismo.
Dispensa su gracia y sus beneficios a los individuos que le sirven, pero abandona las instituciones, los poderes que no le sirven; y las instituciones, los poderes, los reyes, las razas se vuelven fluctuantes como la arena del desierto, caducos como las hojas de otoño, que cada soplo del viento se lleva.
¿Cuál es el estado actual de la sociedad enfrentada contra Cristo Rey?
La Revolución (o el liberalismo, que ha sido durante cien años su forma hipócrita) empezó reclamando libertad para no servir a Dios, y aun para no reconocerle.
Los buenos católicos se horrorizaron de la blasfema pretensión; los católico-liberales la encontraron muy ajustada a derecho, y sólo se escandalizaron de nuestro escandalizamiento, que calificaron de exageración.
Admitida la impiedad a sentarse a nuestra mesa, habiéndosele concedido el derecho de ciudadanía legal con que al parecer solamente se contentaba, ha ido extendiendo, a favor de esa infernal tolerancia, su esfera de acción; y pide mucho más que la libertad y el derecho común, exige el predominio exclusivo; y lo impone allí donde encuentra preparado el terreno para presentarse desenmascarada; y, si no, con la astucia o el terror…
El error, benévolamente admitido como huésped en casa, se ha alzado con el señorío de ella, y no se contenta con menos que con la extirpación completa de la verdad. Allí donde puede realizar su plan con opresoras leyes, dicta leyes opresoras; allí donde necesita hacer correr la sangre, tiene turbas y verdugos.
Cosa evidente es, pues, que no sólo no deben parecer extrañas las persecuciones en todo tiempo movidas contra el Catolicismo, sino que, al revés, éstas son la condición necesaria, esencial de su existencia sobre la tierra.
La lucha en que vive con el mundo el Catolicismo procede de la misma naturaleza de ambos.
El mundo no sería mundo, en el sentido que da a esta palabra el Evangelio, si no fuese la oposición perenne, tenaz, irreconciliable al Catolicismo; ni el Catolicismo sería Catolicismo, según lo ha ordenado su divino Autor, si no fuese la oposición tenaz, eterna, irreconciliable al mundo.
Así que, pues la oposición en las ideas es continua, la lucha en el terreno práctico ha de ser también continua.
Se distinguen dos clases de persecuciones y de perseguidores: la de los que con ferocidad espantosa atormentan y matan los cuerpos, y la de los que cautelosa y arteramente procuran corromper con halagos las almas.
Ambas maneras de persecución son terribles; pero ¿quién no ve que la segunda es la peor y la de más trascendentales consecuencias? Por esto es la más comúnmente utilizada por el enemigo de Dios. Ambas, no obstante, las va empleando alternativamente él contra la Iglesia, y alguna vez hasta simultáneamente.
A la luz de esta distinción, que es clarísima, ¡cuán nuevos y cuán espaciosos horizontes se abren a la consideración! Tenemos, pues, que son arma de persecución, no sólo los garfios, tenazas, ecúleos y hogueras de los primeros tiranos; no sólo el látigo y la cepo de los mandarines chinos; no sólo las cárceles y la Siberia de los autócratas rusos; no sólo los fusiles y puñales de la francmasonería de por ahí, sino que lo son, y muy particularmente, las leyes inicuas de despojo, aunque dictadas, según dicen, con el objeto de favorecer a la misma Iglesia despojada; los sistemas de enseñanza corruptores; la licencia otorgada a la prensa para defender y propagar toda impiedad; el espectáculo lujurioso autorizado; las sectas impías legalizadas y protegidas; las trabas con que más o menos hipócritamente, a título de protección o patronato, se procura entorpecer la acción de la Iglesia…
Y se sigue lógicamente que es época de verdadera persecución toda época en que así se trata a la Iglesia Católica; y que son leyes verdaderamente perseguidoras las que así ordenan la cosa pública, y que son poderes esencialmente perseguidores los que en tal sentido legislan.
Ahora bien, para el que juzga de las cosas, no por la impresión que producen ellas, sino por su bondad o malicia, o por los resultados excelentes o pésimos, ¿quién duda que no hay estragos de persecución fiera que igualen a los espantosísimos que ocasiona la persecución mansa y disimulada?
Los produce, en primer lugar, extraviando miserablemente las inteligencias.
Es lastimoso el oscurecimiento que se produce en cabezas de primer orden, que tal vez no queriendo ni pensando en modo alguno servir al error, sino antes combatirle, se hacen inconscientemente, no sólo cómplices, sino auxiliares.
Cuando tales aires dominan, se anubla en cierta manera la atmósfera moral de un pueblo, y de repente aparecen, si no enteramente ciegos, tocados a lo menos de extraña miopía los más claros entendimientos. Sucede entonces frecuentemente que acierta más en asuntos religiosos el pobre vulgo sin letras pero con fe, guiado por su solo buen sentido católico, que las más espléndidas lumbreras de una nación, desvanecidas en sus abstracciones y teorías.
Es éste el primer efecto de la persecución enguantada. Consecuencia forzosa de este oscurecimiento y cerrazón de las inteligencias es el enflaquecimiento de los corazones, el rebajamiento de los caracteres. Cualquier dificultad asusta, cualquier contratiempo desalienta, todo plazo de victoria parece lejano, por la falta de paciencia, sinónima siempre de cansancio e inconstancia.
El creer y el esperar, que fue siempre como la divisa de todos los héroes de la resistencia pasiva, que en la causa de Religión es a veces la principal, son extravagancias para los muelles soldados de hoy, que todo lo quieren alcanzar sin sufrimiento alguno, sin fatiga ni esfuerzo.
Ya sabe bien el diablo lo que hace cuando, viendo la inutilidad de sus procedimientos de fuerza, les ordena a sus ministros que persigan con la astucia y la habilidad en vez de hacerlo con la violencia… Ya sabe bien el medio secreto de rendir a las almas sin tocarles ni un pelo a los cuerpos, antes mimándolos y acariciándolos.
La persecución violenta y brutal contra el Catolicismo, no sólo le es a éste menos desastrosa que la otra mansa y finamente enguantada, sino que hasta por especial providencia de Dios puede traerles a los católicos algunas ventajas.
Dios se resigna con paciencia, que sólo se comprende y explica por la seguridad de su eternidad dentro de la cual no ha de haber plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague; se resigna pacientemente a esperar la hora suprema de su justicia para dar a cada cual su merecido, según sus obras buenas o malas.
Pero no se contenta con eso, sino que deseando que esa libertad de los malos no cohíba ni perturbe en modo alguno el orden y marcha secreta de su admirable Providencia, encuentra en su insondable sabiduría trazas admirables para que el mismo mal sirva a pesar suyo al bien, y coopere hasta con su propia y natural malignidad al triunfo definitivo del mismo y a su propia glorificación final y la de sus amigos.
Aquel texto: todo lo soporto por los elegidos; y aquel otro: Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de nuestros Libros Santos, son las fórmulas más comprensivas y a la vez las más expresivas de esta verdad teológica, filosófica y de sentido común.
Nosotros, por nuestra parte, reconozcamos a Nuestro Señor como el Rey soberano, sentado en su trono, a la derecha del Padre y envuelto en todo el esplendor de su Gloria y de su Majestad. Reconozcámosle y confesémosle como el gran Señor que ha de volver un día al mundo para juzgar a los vivos y a los muertos.
“Siéntate a mi derecha”; así se presenta ante los ojos de la Santa Iglesia Nuestro Señor Jesucristo. Es el señor Universal, el que posee el dominio del universo. Él es quien obró sobre la tierra la redención del pecado; ahora ha sido constituido Rey de toda la creación. Así se lo prometió el Padre: “Pídemelo, y te daré en herencia todos los pueblos y en posesión todos los confines de la Tierra”. “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies”.
Jesucristo ha recibido del Padre la plenitud del poder. El señor aniquilará a todos sus enemigos; llegará un día en que ya no encontrará ni un solo adversario, ni un solo antagonista. Cristo será el triunfador universal. Ante Él curvarán sus rodillas todos los seres que pueblan los cielos la tierra y los infiernos.
Hacia Él dirige su mirada ansiosa y esperanzada la Iglesia oprimida y perseguida por los enemigos; Ella está convencida de que Él aplastará a todos sus perseguidores. Un día juzgará con plena justicia todo el mal que se haya cometido a lo largo de la historia de la humanidad. Con su regreso, en su Parusía, nos llevará a su Reino, a la eterna posesión de su gloria.
Justo eres Señor y recto es tu juicio… Existe una justicia, existe un juicio sobre el mal; un juicio que descubrirá toda la malicia y la falsedad de los hombres, de los sistemas, de las culturas, de los pueblos, de los estados; juicio que saldrá en defensa del bien, de la inocencia, de la virtud, de la justicia, de la santidad.
Ese día es el que espera ansiosamente la Iglesia; ese día es en el que el Señor volverá a la tierra rodeado de gran poder y majestad.
Él es el Señor, todos habrán de inclinarse ante Él, todos habrán de acatar su palabra y su juicio.
Ven, Señor Jesús… Ven a vencer… Ven a reinar… Ven a imperar…








