ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO – CAPITULO VIII – SAN PABLO, Y CON ÉL LAS ALMAS SANTAS, DESEABAN Y PEDÍAN LA MUERTE

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

CAPITULO VIII

SAN PABLO, Y CON ÉL LAS ALMAS SANTAS,

DESEABAN Y PEDÍAN LA MUERTE

«Los siervos del amor» (1), como llamaba Santa Teresa a los que se determinan a ser almas de oración, o mejor dicho, las almas que ya han recibido del Señor el don de la oración, viven el amor y han sido extraordinariamente iluminadas con una muy especial luz sobre el conocimiento de Dios y de sus perfecciones y atributos y sobre la insuperable hermosura y felicidad de la vida del Cielo, que es la verdadera.

No hay conocimiento filosófico ni teológico sobre aquella vida de luz eterna que pueda compararse al íntimo conocimiento puesto por el mismo Dios en las almas ofrecidas a su amor; porque aquello es ciencia enseñada por los hombres, y este otro conocer lo da el mismo Dios; aquél es conocimiento teórico accidental y exterior, siempre con oscuridades, y lo que Dios enseña es en la sustancia del alma, como iluminando lo íntimo de la verdad con espléndidas claridades; es ciencia tan manifiesta y tan gozosa, como puesta con delicadísimo amor por la mano del Espíritu Santo en el centro del alma.

Con la clara noticia que estas almas de oración habían recibido de la belleza y felicidad que hay en la vida sobrenatural, deseaban llegar a ver a Dios en su gloria, donde está la verdadera vida segura y feliz, con mayor ardor y más crecida ansia que puede desearse cualquier otro bien. Codiciaban la vida, que es toda luz y gozo sin sombras ni pesares; y como es Dios la vida misma y el amor esencial, suspiraban por la posesión de Dios. Santa Teresa de Jesús, hablando con las almas ya glorificadas en el Cielo, las decía: «¡Oh bienaventuradas ánimas amadoras! Alcanzadnos a entender el gozo que os da ver la eternidad de vuestros gozos, y cómo es cosa tan deleitosa ver cierto que no se han de acabar» (2).

San Pablo, en la explosión de su entusiasmo y de su amor ante esta hermosísima verdad, enseña con genial inteligencia doctrina tan subida y alentadora como llena de luz. No veía él la muerte ni tétrica, ni llena de horror, ni mensajera de males, sino transformadora y bella como esplendoroso triunfo, y con gozosa confianza y encantadora alegría habla de la gloriosa resurrección de su cuerpo: Es necesario que este cuerpo corruptible sea revestido de incorruptibilidad y que este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad. Y continuaba saboreando la dicha de tan gloriosa victoria: La muerte ha sido absorbida por la vida. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? Demos gracias a Dios que nos ha dado victoria contra la muerte y el pecado, por la virtud de Nuestro Señor Jesucristo (3).

Y mirando aquella vida, que es la visión de Dios y la unión con Él, deseaba morir y suplicaba al Señor le mandase la muerte.

No es malo desear la muerte como muchos equivocadamente piensan. Es malo deseársela a sí mismo o a otro cuando el fin del deseo es malo. Pero quererla para entrar en la gloriosa e inamovible visión de Dios, para llegar al último fin y suprema felicidad para que hemos sido creados, lejos de ser malo, es muy bueno y una gran virtud nacida del divino amor y del conocimiento de las perfecciones de Dios, infinitas como Él es infinito. Ni existe bien más digno de amor ni más deseable que el bien soberano del último fin. Y es el mismo San Pablo quien nos da el ejemplo. Desea para sí la muerte como el mayor bien: Tengo deseo, escribe, de verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo (4); y en otra parte: ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (5).

Deseaba San Pablo morir para entrar en la vida verdadera; dejar esta dura esclavitud, destierro y dolor, para entrar en la Patria y poseer la vida, toda claridad y gozo; quería morir para dejar la incertidumbre de perseverar en la gracia y gozar de la seguridad perfecta; la muerte le pondría una corona de piedras preciosas; quería verse libre de las ignorancias, errores y caídas de la tierra, y gozar en la claridad y hermosura donde todo es dicha, armonía y alabanzas al Señor; llegar a la Patria verdadera, donde tenía su corazón. Vivía en Dios por el amor y anhelaba el momento de estar ya todo envuelto y transformado en su gloria, poseer y gozar la insondable plenitud de la Luz, de la hermosura, inmensidad, sabiduría y vida del Creador. Desea dejar la tierra y salir de la lucha para volar al cielo y estar recibiendo de su Vida felicidad eterna.

Injusto, perjudicial y erróneo es desear seguir abrazado a esta vida, aun cuando no encerrase las amarguras y tristes vicisitudes que encierra, y menospreciar el abrazo y la compañía de Dios; es locura preferir esta cárcel a la luz indeficiente de armonía y dicha del Cielo, al eterno gozo de la sabiduría de Dios y a la dulcísima compañía de los Ángeles.

No se perdona sacrificio ni esfuerzo para adquirir nuevos conocimientos de las cosas y sabiduría del mundo, de la historia y la ciencia; ¿pues cómo no desear ir a Dios, que es la misma sabiduría, la misma verdad y el Creador de todos los seres y mundos, ante el cual toda la ciencia de los hombres y todo el saber de los Ángeles es ignorancia absoluta? Desgracia la nuestra es no conocer lo infinito de las perfecciones y grandezas divinas y la nada de la criatura, la diferencia que hay de la luz purísima de Dios a la total oscuridad de lo criado.

No vacilaríamos, si lo meditásemos, el desear ir al Cielo. Yo quiero ver a mi Dios y quiero gozarle.

El alma constante en el amor de Dios ansía, como San Pablo, la llegada de la muerte y la considera como visita del Señor; piensa con dulzura inexpresable en la muerte, porque sabe que solamente por esta amada puerta puede entrar a los rayos de la luz eterna y a la posesión de la felicidad completa; porque con ella ve llegar la dicha suprema, la visión de la esencia divina, en la cual, escribe San Agustín, «no diré nada más que se nos promete la vista de la Belleza, de cuya semejanza reciben bellezas las cosas bellas y en cuya comparación son feas todas las hermosuras» (6).

Lleno de entusiasta alborozo nos dice San Pablo que la muerte se convierte en vida maravillosa y canta la victoria de la vida sobre la muerte y cómo en aquel preciso momento son convertidas las temidas tinieblas en triunfales resplandores «cuando este cuerpo corruptible sea revestido de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal sea revestido de la inmortalidad. Entonces se cumplirá la palabra escrita: la muerte ha sido absorbida por una victoria» (7).

La muerte -el mayor y más temido enemigo del hombre al parecer-, vencida y transformada por Cristo, introducirá en la gloria a cuantos hayan buscado y vivido la verdad y el amor. Feliz el que sirve a Dios y más feliz el que le haya amado con todo su corazón y con todas sus fuerzas, porque recibirá mayor conocimiento y más alta sabiduría de las perfecciones y de los seres y mundos por Él creados, «pues con cuanta más vehemencia amemos a Dios, con mayor certeza y paz le veremos, porque en Dios contemplaremos la forma inconmutable de toda justicia» (8).

El celoso Apóstol de las gentes no apreciaba su vida sino para darla a Dios por amor, y le amaba sobre todas las cosas, y tenía todas sus ansias centradas en ofrecerse y unirse a Él; amaba y deseaba la muerte para llegar a la vida y se gozaba pensando en su próxima partida y en la corona inmortal que el Señor le tenía preparada.

En esto consiste el amor sobrenatural: en estar adheridos a la Verdad y en despreciar todas las cosas terrenas por lo eterno (9); esta inconmovible unión con su Creador y su Amor pedía el Apóstol. ¡Oh muerte, bienhechora y deseable, porque me llevas a la segura y perfecta vida, porque me unes a mi necesario y felicísimo amor y me das luz de su luz y calor de su fuego! ¡Oh muerte, mensajera de paz y de bien andanza, precursora de la luz del día eterno, codiciable y deseada, porque me sacas de esta oscuridad e inquietud para ponerme en la claridad y sosiego perpetuo; me levantas de esta tierra de dolor y discordia para sentarme en la paz de la gloria; porque me liberas de la opresión, del trabajo y de la pena y me levantas al gozo permanente; porque, con tu visita, me libertarás de la malicia, bajeza y mala voluntad o incomprensión de los hombres y me presentas ante la infinita belleza y sabiduría de mi Creador, ante la omnipotencia y bondad incomprensibles de mi Dios, cantada por los Ángeles del Cielo y por los Bienaventurados con quienes viviré y a cuyas alegrías para siempre estaré unido! Mi gozo es ahora repetir con San Pablo: Tengo deseo de verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo, para que este mi cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad (10). O con el profeta David: Mi alma tuvo sed de Dios fuerte y vivo; ¿cuándo me será concedido que yo llegue y me presente ante la infinita hermosura de tu rostro viéndote ya en el cielo? (11).

Desde hace veinte siglos no ha sido otro el delicado suspiro de amor que vienen elevando al cielo las almas fervorosas hasta que les llega el momento de emprender el vuelo a la eternidad. Fue doctrina enseñada y ejemplo dado por el Divino Maestro, Lo enseñó San Pablo, pero lo dicta el amor, cuya propiedad es unirse al amante y, en lo posible, hacerse una misma cosa con él.

A mí me lo grabó en el corazón un santo ermitaño. Me acerqué un día a su pequeña y rústica ermita. Estaba en gran soledad y apartamiento, emplazada sobre unas rocas, como un nido en una quiebra, cubierta casi de vegetación, rodeada de madroños, de brezos y jaras. Un corpulento alcornoque la cobijaba y daba sombra y media docena de cipreses la cercaban vigilantes; mirando, como ellos, sin cesar al cielo, pasaba su vida el ermitaño en oración continua, pensando en la gloria e inmortalidad y alabando a Dios. A mi tímida pregunta, respondió con muy breves y amables palabras: «Dicen que el amor es ciego, pero nadie sabe más ni enseña mejor. El amor no se equivoca nunca. Quien precipita en el error es el egoísmo, el torcido interés y la pasión. Es propio del amor unirse a la verdad y está en lo íntimo del amor de Dios adherirse al mismo Dios, verdad eterna e inconmovible. La alegría de amar es el canto a la Verdad, de la que no quiere separarse, busca su unión, hacerse una misma cosa con ella.

Por eso el amor da nueva vida, y está siempre pronto a emprender el vuelo e impaciente suspira mientras llega ese momento. Dios es su centro y su fin y el alma ansía unirse y hacerse una misma cosa con Él y permanecer unidos eternamente.

Recuerda -me dijo el ermitaño- las historias de la Divina Escritura y las de los santos. En ellas verás las obras del amor y te llenarás de gozo. En mi soledad siento consuelo de la continua compañía de mis admirables amigos los santos; no me dejan solo. Hacen de mi soledad la antesala del Cielo.

Recuerda que el amor rejuveneció a Jacob. Estaba inconsolable el santo anciano, siempre lloroso, desde que supo que su querido hijo José había sido devorado por las fieras. Pero un día le dicen que su hijo vive y con extraordinaria prosperidad, y que era dueño de Egipto; al oír esto, dice la Sagrada Escritura, que rejuveneció y se sintió tan fuerte que exclamó: «Si vive, he de verlo»; encontró energías para ir a Egipto y pudo abrazarle. Si el amor humano hace tales prodigios, ¿qué hará el sobrenatural, más alto y más noble? (12).

Y la buena Ana, madre del joven Tobías, diariamente oteaba el horizonte para ver si por ventura volvía el hijo de su largo viaje, y cuando el perrito con sus caricias anunció al viejo Tobías la proximidad del hijo amado, se llenó de alegría y, olvidando su ceguera, echó a correr para abrazarle, sin dar importancia a los tropezones y peligro de caer. El cariño le dio impulso y no pudo esperar para abrazarle (13).

Pero fíjate que nada hay tan irresistible como el amor espiritual, como el deseo de unirse a su fin, que es Dios; así como no hay nada semejante a Él en perfección, tampoco hay cariño que arrastre y levante como el del Creador.

Todos los días me complazco en recordar esto en la vida de los diversos santos, todos abrasados de amor y con deseos del cielo. Ellos me hacen amable mi soledad, porque me hacen sentir que estoy más cerca del Cielo y más dentro del Señor; que Él es mi gloria hasta que me llame, como se lo suplico, y deseo tanto que no tarde. ¿Qué hago entre estos árboles sino estar con el pensamiento en el Cielo, y, al mismo tiempo que amo a Dios y me ofrezco a Él, recordarle que le estoy esperando?

Cualquier santo nos puede servir de modelo: Santa Catalina de Sena era joven; su vida, singular y admirable, de gran provecho a la Iglesia y a las almas; pero sus deseos de estar en Dios no tenían medida. Veían los que la rodeaban, durante ciertos transportes místicos, que hablaba con Dios y la oían decir estas palabras: ¿Cuándo, Señor? ¿Por qué no ahora?

Por ese tiempo obró el Señor otra misericordia muy singular en su sierva y que fue notoria a cuantos convivían con ella. Vieron cómo había expirado y era cadáver. Durante cuatro horas su alma separada del cuerpo, vio el Infierno y sus tormentos, el Purgatorio y sus dolores, y oyendo las dulcísimas armonías del Cielo, llegó hasta sus puertas. Mas en aquel instante volvió a la vida, porque era aún necesaria sobre la tierra para lo que el Señor deseaba hacer por medio de ella.

Cuando Santa Catalina, terminado el rapto, volvió en sí, miró con ojos extraños a todos y durante dos días no hacía sino llorar y repetir: ¡Qué desgraciada soy! Preguntándola su confesor la razón de aquellas continuas lágrimas y de tan extraña e inexplicable exclamación, sin dejar de llorar, le respondió: «He visto los misterios de Dios. Llegaron a mis oídos las armonías del Cielo, llegué a la puerta y cuando ya estaba para entrar, me mandó el Señor volviese a este destierro a cumplir el ministerio que me daba para bien de la Iglesia y de las almas» (14).

Lloraba con inconsolable desgracia el no haberse quedado en la gloria después de haber oído las divinas armonías.

Mira tu propia alma y tus inclinaciones. El centro del amor es el Amado y no es posible dejar de desearlo con gran vehemencia, cuando se ve que es el bien mayor, el Sumo Bien y el manantial y origen de todo bien.»

Estas y otros Verdades me recordó el apacible ermitaño.

«Yo -me dijo al final- gozo en mirar esta infinita verdad y esto hace de esta hermosa soledad un paraíso. Aquí estoy como en luz de eternidad, con mi Dios; mi vida, en cuanto puedo, es lo más semejante a la del cielo. Dios llena mi ermita, mi corazón y estos riscos y quebradas cubiertas de verdura. Le canto al Señor el himno del deseo y de la alabanza unido a sus Ángeles. Le digo que desfallezco por Él y jubiloso estoy esperándole. Creo que de un momento a otro ha de llegar, y, entre tanto, gusto de repetir con David: Tengo todo mi gozo en vivir en el Señor (15). Como brama el sediento ciervo por las fuentes de aguas vivas, así, oh Dios, clama por Ti el alma mía» (16).

El ermitaño quedó en silencio y yo fui meditando sus palabras.

(1) Santa Teresa de Jesús, Autobiografía, cap. XI.

(2) Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, XIII.

(3) San Pablo, A los Cor., XV,

(4) San Pablo, A los Filip., I. 22.

(5) San Pablo, A los Roman., VII. 24.

(6) San Agustín, De Ordine, cap. XIX, núm. 51.

(7) San Pablo, A los Cor., XV, 53, 54.

(8) San Agustín, De Trinitate, lib. VIII, cap. VII, núm. 10.

(9) San Agustín, De Trinitate, lib. VIII, cap. IX, núm. 13.

(10) San Pablo, A los Filip., I, 23; A los Cor., XV, 53, 54.

(11) David, Salmo 41.

(12) Génesis, cap. XLV 27. 28

(13) Tobías, cap. XI.

(14) Juan Jorgensen, Santa Catalina de Siena, libro II, par. IV.

(15) Salmo 103. «… Porque en aquel estado de la bienaventuranza perfecta es una, continua y perfecta la operación por la que se une la mente del hombre con Dios. Pero en la vida presente tanto distamos de la bienaventuranza perfecta cuanto de la unidad y continuidad de tal operación. Existe, no obstante, alguna bienaventuranza participada; y cuanto la operación de la unión de la mente a Dios sea más perfecta y una, tanto tendrá más de bienaventuranza. Por esto, en la vida activa, que se ocupa de muchas y variadas cosas, hay menos de bienaventuranza que en la vida contemplativa, que sólo se ocupa de una cosa, a saber: de la contemplación de la verdad.» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-llda, Q. III, a. 2, ad 4.)

(16) Salmo XLI, 2.