ALEGRÍA DE MORIR
UN CARMELITA DESCALZO
CAPITULO VII
ANSIAS DE LA VIDA PERFECTA
Las almas santas han deseado la muerte, aun cuando la naturaleza humana no dejara de poner recelos y sembrar temores. Más aún: las almas fervorosas, en gran mayoría, han llamado con gozo a la muerte; ponían con amor sus ojos en Dios y le pedían no prolongase su destierro en este mundo. Deseaban ver al Criador en su esencia y gozar de su gloria, vivir ya con Él en su reino y en su luz, y se veían aquí muy lejos del Padre amadísimo. No se conformaban con llevarle presente por fe y por amor en su corazón y en la memoria, sino que se gozaban soñando en los suaves brazos de la muerte, pues ella les colocaría en la gloriosa mansión de su Padre Celestial y en la luz increada.
Todos sentimos deseos de vivir. Está en la naturaleza de los seres vivos defender su existencia y procurar perfeccionarla cuanto sea dable. Dios nos ha creado para la vida y los seres que gozan de entendimiento sienten doblada vehemencia por la plenitud del ser y el conocimiento de la más clara verdad.
No busca el ojo con tanto afán la luz, ni se esfuerza tanto el pulmón por absorber el oxígeno del aire, como el hombre ansía la vida y el entendimiento codicia la luz de la verdad. La vida es la verdad más amable. Dios es la vida y la verdad esencial, de quien la reciben todos los demás seres. En Dios, verdad y vida son una misma divina realidad. Todas las cosas en Dios tienen vida (1).
Puede el filósofo hablar de la verdad y discurrir sobre ella y, no obstante, estar muy lejos de vivir la verdad y aún de entenderla. Puede el escritor expresar con bellas palabras errores contrarios a la verdad y sembrar la muerte espiritual en que él vive.
Las personas justas no sólo están en la verdad, sino que la viven y tienen sed y anhelo de la verdad más amplia y más clara. Es preferible vivir la verdad sin saberla expresar, a decir frases brillantes estando en la oscuridad y viviendo en la muerte del error.
La verdad en Dios, es verdad esencial, infinita y eterna. Toda vida y toda verdad creada es participación de la verdad eterna, y la verdad creada que no participa de la eterna no puede ser sino error, aunque agrade la belleza con que esté expuesta.
Las almas limpias y santamente soñadoras con ideales de fe y sed de Dios, están sumamente agradecidas a la bondad y misericordia que les dio la vida del cuerpo y de la gracia y las puso en la hermosura de la verdad; pero ante los horizontes de la luz sobrenatural y de eternidad enseñados por la fe, no pueden satisfacerse con esta limitada y pobre vida de la tierra, tan llena de sombras y errores, y ansían llegar a la dichosa posesión y disfrute de la verdad infinita, perfecta, feliz e imperecedera.
Todos los seres caminan necesariamente hacia su último fin, que es el sumo bien. En el fin último encuentra cada ser su descanso y su dicha; por eso no puede menos de ser querido y buscado.
Dios es nuestro último fin, Bien soberano, dicha perfecta, verdad absoluta, vida infinita; encierra por esencia todas las perfecciones y ha creado todas cuantas existen; es el gozo supremo de la verdad infinita; es su propia dicha infinita y da la plenitud de gozo a las criaturas, las cuales no pueden menos de desearle.
Las almas piadosas, más iluminadas por la luz de la fe y más atraídas por la fuerza del amor increado, ven con mayor claridad y certeza la inmensidad y hermosura de su último fin, le aman con mayor intensidad, más aún que a su propio ser, como se prefiere el fin último al fin particular y el cuerpo entero a un miembro cualquiera.
En el cielo no hay sombras y en Dios todo es luz y vida, todo amor y gozo. Estas almas piadosas, enseñadas por el mismo Espíritu Santo que mora en ellas, con altos y bellos ideales de inmortalidad desean, piden y esperan del Señor la vida perenne, toda hermosura. Desean la muerte en el ejercicio de sus virtudes, para entrar a recibir el premio en la plenitud de Dios.
La vida sobre la tierra tiene bellezas y alegrías, pero tiene también muchos pesares, contratiempos y penas irremediables; a todos se nos hace pesada y triste y a muchos insoportable. Pasa rápidamente la hora de la alegría y sobreviene la del sufrimiento y tristeza. Se ama el día del gozo, y abruma irresistible el día del tedio y del dolor. Se codicia el rato de gloria y se hace insufrible el del menosprecio y opresión.
La negrura del dolor, de la desgracia o de la necesidad empuja a muchos a quitarse la vida. Estos desgraciados aceleran la muerte para verse libres del sufrimiento, sin darse cuenta de que, por su rebeldía, escogen un mayor y más rápido sufrimiento y para siempre…
Si la vida sobre la tierra se nos hace pesada, no es por lo que tiene de vida, sino por lo que le falta para ser perfecta y completa; es vida mediatizada; las necesidades, los dolores, las flaquezas, son falta de vida, nubes y sombras que impiden la posesión y goce de la plena vida.
La naturaleza de cada uno nos pide y exige procurar una existencia perfecta, de paz, de salud, de sabiduría y de amor; nos enseña y estimula a codiciar el bien sin sombras, y es que Dios nos crió para la vida perfecta y feliz y, si nosotros no nos alejamos voluntariamente de Él, si somos obedientes a sus mandatos y le amamos, no dejará de dárnosla.
Decir vida es sinónimo de luz, de bondad y armonía, porque el concepto de vida encierra todo lo que es perfección y amor. Los niños tienden al desarrollo y crecimiento para llegar a la madurez del hombre; los animalitos se desenvuelven y crecen hasta adquirir su plenitud; las mismas plantas suben al espacio cubriéndose de hermosura al mismo tiempo que se desarrollan hasta llegar a la más prodigiosa floración y suavísimos frutos. Todo va buscando en el desarrollo la perfección de su ser.
También el hombre desea y busca la vida perfecta. Con el desarrollo de su cuerpo y de sus sentidos, con el cultivo de su inteligencia y sensibilidad, no logra su plenitud; con ansia anhela el perfeccionamiento de todo su ser y brota de todos los hombres un deseo de inmortalidad. ¿No podrá llegar a la posesión de una vida perfecta?
Siento que mi ser tiende a superarse, a mejorar hasta la perfección si es posible, y en nada tanto como en mi propia vida. Con solas mis fuerzas no puedo llegar a esa perfección, pero no puedo menos de desearla, y sé que Dios ha prometido dar vida perfecta y dichosa y para siempre a cuantos le buscan, le aman y obedecen. Sé que esa vida prometida es tan alta, tan bella, tan llena de claridad, de una perfección tan soberana, que no hay imaginación que pueda formarse ni una idea aproximada, porque ni ojo alguno vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman (2).
Sé que Dios me dará; y dará a todos cuantos le amen, una existencia perfecta y feliz, que es participación de su misma vida y premio de la virtud de la tierra. Sé que esa vida es tan maravillosa sobre lo que yo puedo concebir o fantasear, por ser promesa y premio de Dios, que este solo pensamiento me explica el muero porque no muero de Santa Teresa.
Pero mientras estoy en la tierra tengo, que pasar privaciones, enfermedades y contratiempos mil, efecto del castigo del pegado original. En este tiempo debo dignificar y ofrecer a Dios todos estos sufrimientos, e ir abriendo lenta y trabajosamente, sin descanso, el surco para echar semilla de inmortalidad y de gozo con las penas y dolores. La tierra es sólo noviciado y prueba para adquirir tesoros que he de disfrutar en la gloria; destierro en que he de esperar hasta llegar a la patria celeste donde manan ríos de leche y de miel.
Quien vive fielmente la caridad y la fe, marcha con alegría y siente ansia por llegar pronto a recibir el abrazo de Dios y ser iluminado con su luz fascinante. Desea que nazca, florezca y dé sazonado fruto la semilla de penas que enterró en el surco, sembrada por el amor.
(1) San Juan, I, 6; San Agustín, De Trinitate, libro IV, c. I.
(2) San Pablo, A los Cor., 11, 9.
