DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPÚES DE PENTECOSTÉS
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso pedir cuentas a sus servidores. Y, habiendo comenzado a pedir cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas, como no tuviera con qué pagarlos, su señor mandó venderle a él, y a su mujer, y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para que pagara. Postrándose entonces aquel siervo le rogó, diciendo: Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Y, compadecido el señor de aquel siervo, lo soltó, y le perdonó la deuda. Mas, habiendo salido aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos, el cual le debía cien denarios: y, apretándole, lo ahogaba, diciendo: Da lo que debes. Y, postrándose su consiervo, le rogó diciendo: Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Pero él no quiso; sino que se fue, y lo metió en la cárcel, hasta que pagara la deuda. Y, cuando vieron sus consiervos lo que había hecho, se contristaron mucho y fueron y contaron a su señor todo lo sucedido. Entonces su señor llamó a aquel siervo, y le dijo: Siervo malo, ¿no te perdoné a ti toda la deuda, porque me lo rogaste? ¿No debiste, pues, compadecerte tú también de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? Y, airado su señor, lo entregó a los verdugos, hasta que pagara toda la deuda. Así hará también mi Padre celestial con vosotros, si no perdonareis cada cual a su hermano de vuestros corazones.
El Evangelio de este Vigesimoprimer Domingo de Pentecostés trae la admirable parábola del deudor desaforado, simple demostración de la quinta petición del Padrenuestro: Dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris.
Antes de entrar de lleno en el tema, detengámonos unos instantes en la fórmula introductoria de la Oración Dominical: Padre…
¿Y por qué no Rey, o Juez, o Creador…?
Clara se ve la razón. Quiso le llamásemos Padre, porque esta es la única palabra que expresa tratamiento de confianza y de amor.
La de Rey, expresa majestad; la de Juez, amenaza; la de Creador, derecho de pertenencia…
No quiso en esos momentos presentársenos más que como Padre. Se trataba de súplica, y harto sabía Él que al suplicante, que por lo regular anda confuso, conviene presentársele con el carácter que más le pueda animar a manifestar sin embarazos ni temores su ruego.
Y era oportunísima esta enseñanza, porque, si en algún lugar cae bien, es sobre todo cuando se trata de pedir.
Niños voluntariosos, y necios por añadidura, y con una maldita inclinación a prendarnos de fruslerías y juguetes de oropel que en este mundo fascinan los ojos, necesitábamos este recuerdo para que el objeto de nuestra petición no fuesen cosas vanas y tontas, cuando no funestas, sino cosas verdaderamente dignas de nuestro elevado ser de hombres cristianos, hijos, como tales, de Dios Padre.
He aquí, pues, por qué, al enseñarnos Nuestro Señor a pedir, empieza como por advertirnos que somos hijos de Dios, a fin de que atendamos a no rebajarle ni rebajarnos con súplicas indignas de nuestra real condición.
Con lo cual quiso advertirnos que los favores que quiere conceder, son favores de padre que trata con hijos, no salario de dueño que ajusta con criados, o de jefe con soldados, o de príncipe con súbditos.
Por lo cual estos favores exigen de nosotros especial disposición de ánimo para pedirlos y recibirlos. Hemos de dirigirnos al Padre por ser Padre, no por verle dadivoso. Quererle por lo que da, no es quererle a Él, sino a lo que da…; en el fondo, es querernos a nosotros mismos.
Finalmente, debemos considerar esta palabra Padre como la expresión del tono general de amorosa confianza que debe dominar en toda la súplica.
Y así, aunque una sola vez la digamos con los labios al principio de ella, el corazón ha de gozarse en repetirla y como en paladearla en todo el contexto de la misma. Como si dijésemos: Padre, sea santificado tu nombre; Padre, venga tu reino; Padre, hágase tu voluntad; Padre, danos hoy el pan de cada día, etc., etc.
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Vengamos ya a la Quinta Petición del Padrenuestro: Padre, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
No ama un padre a sus hijos, ni provee para ellos únicamente cuando los ve sanos; su interés y solicitud se extienden de un modo especialísimo en el tiempo de la enfermedad. No podía, pues, el Salvador dejar en olvido nuestra flaqueza, los mil tropiezos de nuestra debilidad, todo lo cual lo son, en lo espiritual, nuestros pecados.
Por esto otra de las peticiones de su admirable oración es perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Deudas llama Nuestro Señor a las faltas que diariamente cometemos contra Dios. Y esta palabra con que designa nuestras ingratitudes y perfidias no puede ser más paternal y compasiva. Podría haber dicho crímenes, iniquidades, etc. Hay en este modo de hablar como un cierto miramiento de no llamarlas por su verdadero nombre para no lastimarnos o infundirnos desesperación.
La palabra deuda es como paliativo con que se disfraza la enorme negrura de nuestras rebeldías; realzado, además, por la manera amorosa con que, después de haber hablado de nuestras deudas para con Dios, hace que le recordemos las deudas que hemos perdonado nosotros a nuestros hermanos que también nos han sido deudores.
Todo lo cual, si bien se considera, tiene un fondo de exquisita delicadeza que hace de la presente petición una de las más admirables.
Parece como que le duele a nuestro buen Maestro tocarnos fibra tan delicada; parece como que teme avergonzarnos, si directamente nos diera en rostro con nuestras feas ruindades; se diría que, ya que le es necesario ponernos en los labios palabras de pedir perdón, ha ido como buscando y rebuscando la fórmula que más pudiera evitarnos la vergüenza de tener que pedirlo.
Agrada considerar cómo Dios ofendido, ultrajado, pisoteado por su criatura, no quiere echarnos en cara todo eso llamándolo por sus propios y verdaderos nombres; quiere aparecer simplemente como desatendido o mal pagado, en una palabra, como acreedor con quien está en descubierto un deudor insolvente, más bien que como príncipe contra quien se alzó en rebelión desatentada un vasallo desleal.
Es una suavísima manera de llamarnos a la confianza y de facilitarnos el acceso a sus divinos brazos.
Debemos reconocer que, si el hombre hubiese debido componer por sí propio esta oración, no hubiera acertado con frase más benigna y que más se parece a atenuación o excusa de su villano proceder.
¡Alabada sea la bondadosísima misericordia de nuestro mansísimo Dios! Mejor lo ha hecho Él en favor nuestro de lo que hubiéramos podido nosotros imaginarlo.
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Ahora bien, de dos modos somos deudores a Dios.
Primero, por la insuficiencia de lo bueno que hacemos.
Segundo, por la gravedad de las injurias que cada día le inferimos.
Mucho hemos recibido de Dios, y consiguientemente a mucho estamos obligados por razón de debida correspondencia.
¿Cómo hacemos para pagar?
Los inmensos beneficios de naturaleza y de gracia que constantemente recibimos de Dios y que debieran levantar del fondo nuestra alma himnos incesantes de acción de gracias, nos encuentran indiferentes y apáticos, por no decir insensibles.
Y cuando hacemos algo bueno, se podría dudar, a no ser tanta la divina bondad, si con lo que hacemos honramos algo a Dios, o más bien volvemos a injuriarle.
¿Y qué sería si nos fijásemos, no sólo en lo poco bueno que hacemos, sino en lo muchísimo malo que nos permitimos? Aquí la deuda no es ya sólo deuda, sino formal y declarada bancarrota.
La malicia de un solo pecado mortal es superior a la intensidad del infierno; que por esto ha buscado la justicia divina en la duración eterna de él un cierto modo de hacer en lo posible proporcional la gravedad del castigo a la gravedad de la culpa.
Nuestra deuda es, pues, infinita en este concepto; no hay cálculo que pueda reducirla a números, ni cifra en que se pueda sumar, ni tesoro, como no sea el de Cristo-Dios, con que se pueda condignamente satisfacer.
¿Qué significa, pues, perdónanos nuestras deudas?
Es en primer lugar una confesión franca y humilde de nuestra condición de pecadores; es un reconocimiento de lo mucho que tenemos recibido de nuestro Dios, y de nuestra suma pobreza para pagarlo; es una apelación a la bondad suma de este Acreedor, de quien sabemos que, si se dispone a exigir rigurosamente la deuda, nos pone en graves apreturas; y, por eso mismo, le suplicamos se digne perdonarla.
Contiene, además, una indicación muy oportuna para evitar el que caigamos en dos extremos opuestos, que podrían ser ambos funestísimos para nuestra salvación.
Primero, que la consideración de la infinita misericordia de nuestro Dios nos haga excesiva y temerariamente confiados.
Segundo, si la vista del enorme pasivo que arrojan las cuentas de nuestra conciencia, nos ponga en trance de desesperación.
Pecado es la presunción, como pecado es la desconfianza. Ambos tienen su correctivo en estas palabras de la Oración Dominical, en las cuales se reconoce la bondad de Dios en perdonar la deuda, pero al mismo tiempo el deber nuestro de reconocerla y pagarla hasta donde alcancen nuestros pobres recursos.
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Ahora bien, a Dios le debemos lo que le quitamos de su derecho. Y derecho de Dios es que hagamos su voluntad, prefiriéndola a la nuestra.
Así es que menoscabamos su derecho cuando preferimos nuestra voluntad a la suya; y esto es pecado. Y los pecados son deudas nuestras.
Por lo mismo, pedimos a Dios el perdón de nuestros pecados; por lo cual decimos: Perdónanos nuestras deudas.
En estas palabras podemos considerar tres cosas:
Primeramente, el porqué de esta petición.
En segundo lugar, cuándo se cumple.
En tercer lugar, qué se necesita de nuestra parte para que se cumpla.
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En cuanto a lo primero, el porqué de esta petición, debemos saber que de ella podemos deducir dos cosas que les son necesarias a los hombres en esta vida.
Una es que el hombre se mantenga siempre en temor y humildad.
En efecto, ha habido algunos tan presuntuosos que enseñaron que el hombre puede vivir en este mundo de tal manera que por sí mismo le es posible evitar el pecado.
Pero esto a nadie le ha sido dado sino sólo a Cristo, que poseyó el Espíritu sin medida, y a la Santísima Virgen, que fue la llena de gracia, concebida Inmaculada sin pecado original, en la que no hubo ningún pecado.
Esto mismo se demuestra por esta petición. En efecto, es evidente que a todos, aun a los mismos Santos, les conviene decir estas palabras del Padre Nuestro: Perdónanos nuestras deudas.
Así es que todos reconocen y confiesan que son pecadores y deudores, y todos deben temer y humillarse.
La otra enseñanza es que vivamos siempre en la esperanza; porque aun cuando somos pecadores no debemos desesperar, no sea que la desesperación nos lleve a mayores y diversos pecados.
Luego conviene que siempre esperemos; porque por más pecador que sea el hombre debe esperar, pues si se arrepiente y se convierte perfectamente, Dios lo perdona.
Ahora bien, tal esperanza se fortalece en nosotros cuando pedimos: Perdónanos nuestras deudas.
Así es que en cualquier día que pidamos podremos alcanzar misericordia, si rogamos con dolor de nuestros pecados.
Así pues, de esta petición brotan el temor y la esperanza: porque todos los pecadores contritos y que se confiesan alcanzan misericordia.
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En cuanto a lo segundo, o sea, cuándo es oída esta petición, de que se nos perdonen nuestras deudas, debemos saber que en el pecado hay dos elementos, dos deudas: la deuda de culpa, con la que Dios es ofendido; y la deuda de pena que se debe por la culpa.
Ahora bien, la deuda de culpa se perdona con la perfecta contrición, que incluye el propósito de confesarse y satisfacer.
Conviene insistir en que la contrición ha de ser perfecta, o sea por puro amor a Dios, no por el interés del Cielo ni por el temor al Infierno; pues la sola atrición, o contrición imperfecta, sin la confesión, aunque ésta se desee, no perdona los pecados mortales.
Pero quizá alguno pregunte: puesto que el pecado se perdona por la perfecta contrición, ¿para qué es necesaria la confesión con el sacerdote? A lo cual debemos decir que por la perfecta contrición Dios perdona la culpa, y la pena eterna se conmuta en pena temporal; así es que queda obligado a la pena temporal.
Por lo cual, si muriese sin confesión, no por desprecio de ella sino por falta de oportunidad, iría al Purgatorio.
Cuando alguien se confiesa, se le perdona algo o todo de esa pena temporal, y de igual manera cuando se confiesa de nuevo.
Además, hay otros modos de perdón de esta pena temporal: a saber, por el beneficio de las indulgencias, la penitencia personal, el valor propiciatorio de la Santa Misa.
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Acerca de lo tercero, es decir, qué debemos hacer para que se cumpla esta petición del Padrenuestro, debemos saber que de nuestra parte se requiere que nosotros perdonemos a nuestros prójimos. Por lo cual se dice: así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, pues de otra manera Dios no nos perdonaría.
Es de saber que de dos modos se perdona.
Uno es de los perfectos, o sea, que el ofendido busca al ofensor.
El otro es común a todos, al que todos están obligados, o sea, que se le conceda el perdón al que lo pida.
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Por otra parte, las palabras, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, recuerdan aquellas otras severísimas del Evangelio: Con la misma medida con que midiereis seréis medidos.
Nunca mejor ocasión para recordarnos el deber de perdonar, que cuando con tanta solicitud pedimos nosotros ser perdonados.
La necesidad de la paz entre los hijos de la familia de quien es Dios Padre común, no podía pasarle desapercibida a Jesucristo; por esto halló medio de introducir este expresivo llamamiento a ella en el lugar más oportuno de la oración que dictó.
Nos obliga a tener paz con nuestros hermanos, apremiados por la necesidad que tenemos de conservarla o restablecerla con Dios.
Además, esta petición incluye una formidable amenaza para los rencorosos y vengativos, cual es la de que, si no tienen misericordia, sin misericordia serán juzgados, y condenados como aquel mal criado de la parábola, a pagar sin rebaja ni prórroga hasta el último centavo.
Con lo cual nadie podrá tachar de injusto a nuestro Juez.
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Termino con un hermoso texto del Padre Pío:
Perdonar a alguien no significa aprobar su comportamiento. Tampoco significa olvidar la forma en que nos lastimó ni permitir que nos lastime nuevamente.
Perdonar significa hacer las paces con lo sucedido. Esto significa reconocer nuestra herida, nuestro dolor, permitirnos sentir la dolencia y comprender que ya no necesitamos de ella.
Esto significa dejar de lado el padecimiento y el resentimiento para poder sanar y seguir adelante.
El perdón es un regalo que nos damos a nosotros mismos. Nos libera del pasado y nos permite vivir el presente.
Cuando nos perdonamos a nosotros mismos y a los demás, somos verdaderamente libres.
Perdonar es liberar a un prisionero y descubrir que ese recluso éramos nosotros.

