Conservando los restos
BREVE HISTORIA DEL SANTO ROSARIO
La devoción al Santo Rosario y la advocación de Nuestra Señora del Rosario van íntimamente ligadas a la mariología popular.
Sus inicios se remontan al siglo XIII Santo Domingo de Guzmán, atormentado por las continuas blasfemias de los Albigenses contra la Madre de Dios, no cesaba de rogar e implorar a la Virgen que defendiese e intercediese por su propia causa:
“¡Oh dulcísima Virgen María! ¿por qué permites que impuros herejes ultrajen de este modo tu suprema dignidad? ¿Por qué permites que tantas almas, rescatadas al precio de la sangre de tu divino Hijo, sean presa del demonio, y se pierdan eternamente? ¡Lloran los caminos de la celestial Jerusalén, porque nadie las sigue! ¿Por qué permites que los vicios se extiendan y triunfen por todas partes; que la santa Iglesia, Esposa de tu Hijo, sea manchada de lodo y sangre? ¿Dónde están tus misericordias, oh Madre de misericordia?”.
El Beato Alano de la Rupe († 1475) en su famoso libro De dignitate psalterii nos relata lo siguiente:
“Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró en un bosque próximo a Tolosa y permaneció allí tres días y tres noches dedicado a la penitencia y a la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su cuerpo con disciplinas para calmar la cólera divina, hasta que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de tres princesas celestiales y le dijo: ¿Sabes, querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?
¡Oh Señora, Tú lo sabes mejor que yo -respondió él-; porque, después de Jesucristo, tu Hijo, Tú fuiste el principal instrumento de nuestra salvación!
Pues sabes, añadió Ella, que la principal pieza de la batalla ha sido el salterio angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi salterio.
Levantóse el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las campanas para reunir a los habitantes, gracias a la intervención de los ángeles. Al comenzar él su predicación, se desencadenó una terrible tormenta, tembló la tierra, se oscureció el sol, truenos y relámpagos repetidos hicieron palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen, expuesta en un lugar prominente, levantaba por tres veces los brazos al cielo para pedir a Dios venganza contra ellos si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa Madre de Dios. Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción del santo rosario y hacer que se la conociera más. Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó, finalmente, la tormenta. Prosiguió él su predicación, explicando con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del santo rosario, que casi todos los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en la ciudad”.
Alano de Rupe, en otra parte de su narración, refiere ciertos detalles:
“Todos los predicadores hacen rezar a los cristianos la Salutación Angélica al comenzar sus sermones para obtener la gracia divina. La razón de ello es una revelación de la Santísima Virgen a Santo Domingo: Hijo mío -le dijo-, no te sorprendas de no lograr éxito en tus predicaciones, porque trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda que, cuando Dios quiso renovar al mundo, envió primero la lluvia de la salutación angélica. Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a las gentes en tus sermones a rezar el rosario, y recogerás grandes frutos para las almas. Hízole así el Santo constantemente, y obtuvo notable éxito en sus predicaciones”.
Lejos de sospechar los favores divinos que le tenía reservado el Señor, por intercesión de su Madre, el Beato Alano de la Rupe recibe de la Santísima Virgen el encargo de renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario.
Cierto día, mientras celebraba la misa el Beato, el Señor desde la hostia consagrada le dijo:
“¿Por qué me crucificas de nuevo? –¿Cómo Señor?, respondió aterrado el Beato Alano-. Tus pecados me crucifican, -respondió Jesucristo-. Aunque preferiría ser crucificado de nuevo al ver a mi Padre ofendido por los pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes la ciencia y cuanto es necesario para predicar el rosario de mi Madre instruir y alejar del pecado a muchas almas… Podrías salvarlas y evitar grandes males. Pero, al no hacerlo, eres culpable de sus pecados. Tan terribles reproches hicieron que el Beato Alano se decidiera a predicar incesantemente el rosario”.
La Santísima Virgen, en cierta ocasión, para animarlo a predicar el santo rosario le dijo:
“Fuiste un gran pecador en tu juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido por ti y deseado -si fuera posible- padecer toda clase de trabajos por salvarte, ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria, y hacerte digno de predicar por todas partes mi rosario”.
Entre otras cosas le dijo:
“El rosario es un género de oración pronto, fácil, muy agradable a mis ojos, muy propio para atraer la misericordia divina y para salvar a los pueblos; es un auxilio eficaz en todas las penosas calamidades”.
En otra ocasión la Virgen le dijo al Beato Alano de Rupe:
“Quiero que los devotos de mi rosario obtengan la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas las esclavitudes y sean reyes verdaderos -con la corona en la cabeza y el cetro en la mano- y alcancen la vida eterna. Amén”.
Santo Domingo, describiendo los grandes frutos que había conseguido entre los fieles por esta práctica devota que él predicaba, continuamente decía:
“Miren los frutos que he alcanzado con la predicación del santo rosario. Que hagan lo mismo ustedes y cuantos aman a la Santísima Virgen, para atraer, mediante el santo ejercicio del rosario, a todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud”.
El Beato Alano de Rupe fijó el Salterio Mariano de 150 Avemarías, intercalando un padrenuestro por cada 10 Avemarías, estableciendo también la meditación sobre la infancia, muerte y resurrección de Jesús al cual lo llamó “Salterio de la Bienaventurada Virgen”.
Finalmente, Santiago Sprenger fue quien perfeccionó el rezo del Santo Rosario en su forma estable, al simplificar el sistema salterial de Alano y reducir a 50 Avemarías el rezo de una sola Corona, cinco Misterios.
El P. Baltazar Álvarez, confesor de Santa Teresa de Jesús, fue quien introdujo en el Santo Rosario después de cada decena la bella invocación:
“María, Madre de gracia y Madre de misericordia. En la vida y en la muerte ampáranos Madre nuestra”.
Dice San Luis Grignion de Montfort que desde cuando el Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo, que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de rosas.
A partir de entonces, y con el correr de los años nació la advocación de “Nuestra Señora del Rosario” tan difundida y propagada en todo el mundo por los Padres Dominicos. Su fiesta fue instituida por el Papa Pío V y se celebra el 7 de octubre.
El Papa León XIII ha sido uno de los más grandes devotos del Santo Rosario. Consagró todo el mes de octubre a María Santísima bajo el título de Nuestra Señora del Rosario. Durante su Pontificado le dedicó nueve encíclicas, dos epístolas y una carta apostólica.
La Virgen en su última aparición en Fátima, el 13 de octubre de 1917 cuando se les apareció a los tres niños pastores les dijo:
“Yo soy la Virgen de Rosario. Deseo que en este sitio me construyan un templo y que recen todos los días el Santo Rosario”.
LOS SANTOS HABLAN DEL SANTO ROSARIO
“Rezar mi Rosario es mi más dulce ocupación y una verdadera alegría, porque sé que mientras lo rezo estoy hablando con la más amable y generosa de las madres”. (San Francisco de Sales)
“Este es uno de los mejores secretos venidos del cielo para irrigar los corazones con celestial rocío y hacer que produzcan los frutos de la palabra de Dios, como lo demuestra la experiencia cotidiana”. (San Luis María Grignion de Montfort)
“La práctica del santo rosario es grande sublime y divina. El cielo nos la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados”. (San Luis María Grignión de Montfort)
“Con el Rosario se puede alcanzar todo. Según una graciosa comparación, es una larga cadena que une el cielo y la tierra, uno de cuyos extremos está en nuestras manos y el otro en las de la Santísima Virgen. Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su Corazón”. (Santa Teresita del Niño Jesús)
“Tan necesario como es el pan para el cuerpo, así lo es el Santo Rosario para la salud del alma”. (Don Bosco)
Cuando a Don Bosco le dice un alto político “Quite esa costumbre tan atrasada”. El Santo le responde:
“Sobre la devoción de la Virgen y el rezo del Rosario se basa toda mi obra educativa. Preferiría renunciar a cualquier otra cosa, antes que al Rosario”.
San Juan María Vianney refiriéndose al Rosario decía:
“Con esta arma le he quitado muchas almas al diablo”.
ALABANZAS DE LOS SUMOS PONTÍFICES AL SANTO ROSARIO
Los Sumos Pontífices han exaltado y alabado el Santísimo Rosario de varias formas:
“Ornamento de la iglesia” (Julio III)
“Destrucción del pecado” (Gregorio XIV)
“Salud de los fieles” (Clemente VIII)
“Tesoro inagotable de la gracia” (Paulo V)
“Aumento del pueblo cristiano” (Urbano VII)
“Devoción que renueva las almas” (San Pío V)
“Es el salterio de la Santísima Virgen” (San Pío V)
“El Rosario es para las horas tristes como el ángel que fue a consolar a Cristo en el Huerto de Getsemaní; una ayuda providencial que aumenta las fuerzas y llena de valor y esperanza” (Pío VI)
“La devoción más hermosa, la más rica en gracias y gratísima al Corazón de María” (Pío IX)
“La más agradable de las oraciones” (León XIII)
“Resumen del culto que se le debe tributar a la Virgen” (León XIII)
“Una manera fácil de hacer recordar a las almas sencillas los Dogmas principales de la Fe cristiana” (León XIII)
“Un modo eficaz de curar el demasiado apego a lo Terrenal” (León XIII)
“Un remedio para acostumbrarse a pensar en lo Eterno que nos espera” (León XIII)
“Bandera de la fe cristiana” (León XIII)
“Si queréis que la paz reine en vuestras familias y en vuestra Patria, rezad todos los días el Rosario con todos los vuestros” (San Pío X)
“El Rosario ocupa el primer puesto entre las devociones en honor de la Virgen y que sirve para progresar en la fe, esperanza y caridad” (Pío XI)
“Resumen del Evangelio y de la vida cristiana” (Pío XI)
“Himno de alabanzas, plegaria doméstica, norma de vida cristiana” (Pío XII)
“Una oración muy propia para la familia” (Pío XII)
“Señal segura de obtener favores del cielo” (Pío XII)
“Un medio en el cual podemos poner toda nuestra confianza para conseguir de Dios que cure los males de nuestro tiempo” (Pío XII)
A comienzos del siglo XIX, el Santísimo Rosario formaba parte de la vida cotidiana del católico. Se piensa acertadamente que el cristianismo reclama devoción a Nuestra Señora, y el amor a la Virgen Santísima implica rezar el Rosario.
Años después, varios hechos invitaron a rezarlo más.
El 11 de febrero de 1858 Nuestra Señora se aparece en Lourdes con el Rosario en la mano, e indica a Bernardette que lo rece. «La misma Santísima Virgen recomendó especialmente este modo de oración, cuando se apareció y lo enseñó a la sencilla muchacha en la gruta de Lourdes» (Pio XI, Ingravescentibus malis).
En 1883, León XIII declara octubre como mes del Rosario.
En 1884 se publica la segunda Encíclica de León XIII, invitando a rezar el Rosario.
En 1889 aparece la tercera Encíclica de León XIII, insistiendo en rezar el Rosario.
Una Encíclica es uno de los documentos de mayor categoría que escriben los Papas. Y ya llevamos tres Encíclicas sobre el Rosario. Cualquiera podría pensar que el tema ya está claro. Pero el Papa necesita de las oraciones de los cristianos e insiste en el rezo del Rosario dedicándole ocho encíclicas más, año tras año: de 1891 a 1898.
Durante ocho años seguidos el Papa León XIII recomienda a los católicos el rezo del Rosario. Le ha dedicado once encíclicas (aparte de otros once documentos de menor categoría donde el Rosario es también el tema central).
En consecuencia, a comienzos del siglo XX nadie dudaba de que un buen cristiano reza el Rosario.
Sin embargo, en el Cielo piensan que conviene insistir más, y Nuestra Señora interviene de nuevo.
El 13 de mayo de 1917, en Fátima, Santa María se apareció a tres niños portugueses (Francisco, Jacinta y Lucia) y les citó los días 13 de cada mes, hasta octubre, donde hizo un gran milagro ante 70.000 personas.
En esas apariciones, habló a los niños de varios temas: la paz, la penitencia, la conversión, el desagravio, etc.
Pues bien, María Santísima se presentó así en la sexta aparición: «Soy la Señora del Rosario»; y en cada una de las apariciones animó a los niños a que rezaran el Rosario.
León XIII había recomendado el Rosario con insistencia anual. Nuestra Señora lo recordó mensualmente…, durante seis meses…




