DEDICACION DE SAN MIGUEL ARCANGEL
En aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Quién es, pues, el mayor en el reino de los cielos? Y llamando a un niño lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así, pues, el que se hace pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y el que recibe a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Pero quien escandaliza a uno de estos niños que creen en mí, más le valiera que le colgaran alrededor del cuello una muela de molino y lo arrojaran a lo profundo del mar. ¡Ay del mundo a causa de sus escándalos! Fuerza es que ocurran escándalos; mas, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo! Si, pues, tu mano o pie te escandaliza, córtatelo y échalo lejos de ti; más te vale entrar en la vida manco o cojo, que ser arrojado con tus dos manos o tus dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y échalo lejos de ti: más te vale entrar con un solo ojo en la vida, que ser arrojado con tus dos ojos en la gehena del fuego. Cuidado con menospreciar a uno de estos niños, porque os digo que sus ángeles en los cielos, ven sin cesar el rostro de mi Padre que está en los cielos.
Hoy es la Dedicación de San Miguel, que prima sobre el Decimonoveno Domingo de Pentecostés, del cual se hace conmemoración y se toma su Evangelio al final de la Misa.
El Oficio de esta Solemnidad, una de las más bellas composiciones de nuestra Liturgia, nos hace contemplar unas veces al Príncipe de la milicia celestial y Jefe de todos los Ángeles buenos; otras al Ministro de Dios, que asiste al juicio particular de cada alma; y otras al Intermediario, que lleva al Altar de la celestial liturgia las oraciones del pueblo fiel.
En efecto, San Miguel es el Ángel Turiferario. Las Primeras Vísperas empiezan con la antífona Stetit Angelus, cuyo texto se repite en el Ofertorio de la Misa del día: «El ángel se puso de pie junto al ara del templo, teniendo en su mano un incensario de oro, y le dieron muchos perfumes; y subió el humo de los perfumes a la presencia de Dios», que son las oraciones de los fieles.
Y San Miguel es el Auxiliar del género humano. El día temible del Juicio, el gran Arcángel, abanderado de la milicia celestial, introducirá nuestra causa ante el Altísimo, y nos hará entrar en la luz santa.
Pero, sobre estas funciones, prevalece la de Príncipe guerrero. Y, precisamente, el Himno de las Primeras Vísperas, compuesto por Rábano Mauro, Abad de Fulda, resalta la índole combativa de San Miguel:
Oh Jesús, esplendor y poder del Padre,
vida de nuestros corazones,
te alabamos en unión con los Ángeles,
prontos a ejecutar tus órdenes.
Por Ti combate este ejército numeroso
formado de mil millares de Príncipes;
pero Miguel, el vencedor, enarbola
la señal salvadora de la Cruz.
Él es quien precipitó
al profundo infierno
al cruel dragón, y, armado del rayo,
echó del Cielo a los otros ángeles rebeldes.
Contra el orgulloso Satán, obedezcamos
las órdenes de este Príncipe del Cielo,
para recibir la corona de la gloria
venida del trono del Cordero.
En el Sermón que trae el Santo Breviario, San Gregorio Magno lo expresa con hermosa y admirable concisión:
“Siempre que se trata de algo que requiere un gran poder, la Escritura cita como enviado a Miguel para que, tanto su nombre, como el acto, manifiesten que nadie puede hacer lo que Dios hace con su poder. Así, hablando de aquel antiguo enemigo, que en su orgullosa ambición de igualar a Dios decía: Yo subiré a los cielos, levantaré mi trono sobre los astros del firmamento y seré semejante al Altísimo; y en reacción a la plenitud de su poder que le será dejada cerca del fin del mundo antes de arrojarle al suplicio eterno, se dice que luchará con el Arcángel Miguel; San Juan dice: Tuvo lugar un combate con el Arcángel Miguel.”
En nuestras alabanzas celebramos, pues, a todos los guerreros del Cielo; pero, ante todo, al Jefe supremo de la milicia celestial, a San Miguel Arcángel, que, lleno de valentía, derribó al demonio.
Es así que la Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los Arcángeles y le llama Príncipe de la Milicia Celestial. La iconografía lo representa como el Ángel Guerrero, el vencedor de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.
Ya en el Antiguo Testamento Michael aparece como el gran defensor del pueblo de Dios; y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento. Por eso, la Iglesia primitiva veneraba a San Miguel como el Arcángel que derrotó a Satanás y a sus seguidores y los echó del Cielo con su espada de fuego.
Es tradicionalmente reconocido como el Guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como Protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.
El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad; en efecto, significa ¿Quién como Dios?
Satanás tiembla al escuchar su nombre, pues le recuerda el grito de noble protesta que este Arcángel profirió cuando se insubordinaron los ángeles rebeldes.
San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el Cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios, gran parte de la corte celestial se mantuvo en lealtad y obediencia.
Su fortaleza inspiró valentía en los demás Ángeles, quienes se unieron a su grito de nobleza: ¿Quién como Dios?
Desde ese momento se le conoce como el Capitán de la Milicia de Dios, el primer Príncipe de la Ciudad Santa a quien los demás Ángeles obedecen.
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Para comprender la realidad y la actualidad de este combate, recordemos que el 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII experimentó una visión horrible. Después de rezar la Santa Misa estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando, de pronto, se detuvo al pie del altar y quedó sumido en un escenario que sólo él percibía.
Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy grave había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado.
Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede, su Santidad? ¿Se siente mal?
El respondió: ¡Oh, qué imágenes y voces tan terribles se me han permitido ver y escuchar!, y se encerró en su oficina.
¿Qué vio León XIII? Él mismo lo relató más tarde: Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno, si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener cien años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.
También León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.
Después de media hora, llamó al Secretario de la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel con una oración que ahí él había escrito; y le ordenó que la enviara a todos los Obispos del mundo, indicando que, bajo mandato, tenía que ser recitada después de cada Misa.
Es la famosa oración que todos conocemos y rezamos con fervor: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.
¿Es necesario seguir rezando esta oración y las preces prescritas para después de la Santa Misa? Huelga la respuesta…, aunque no para todos, lamentablemente…
Necesitamos la ayuda de San Miguel Arcángel en estos tiempos apocalípticos. Necesitamos su intercesión como remedio contra los espíritus infernales, que se han dispersado por el mundo moderno más que nunca.
Recuerden que el Domingo Infraoctava del Sagrado Corazón, 9 de junio, prediqué sobre la presencia de Satán en el mundo moderno.
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En estos tiempos, cuando la misma base de la sociedad está tambaleándose como consecuencia de haber negado los derechos de Dios, debemos reavivar la devoción a San Miguel y con Él exclamar: ¿Quién como Dios?
Ya lo había dicho San Francisco de Sales: La veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, del escepticismo y de la infidelidad.
Precisamente, estos pecados están al orden del día en nuestros tiempos. Más que nunca necesitamos la ayuda de San Miguel para mantenernos fieles en la Fe.
El ateísmo, la apostasía, la infidelidad, la perfidia han infiltrado todos los sectores de la sociedad humana. Es nuestra misión, como fieles católicos, confesar nuestra fe con valentía y gozo, y demostrar con celo nuestro amor por Jesucristo.
En el fin de los tiempos, la presencia y acción de San Miguel y sus Ángeles es más necesaria y valiosa que nunca.
Con sus Ángeles, librará la batalla victoriosa contra Satanás y los Ángeles rebeldes, los cuales serán nuevamente arrojados, tal como lo narra el Apocalipsis en su capítulo doce.
Esta batalla no es la misma que narra San Pedro, la cual hubo en el cielo cuando la defección de Lucifer, sino una batalla que tendrá lugar en los últimos tiempos, antes del desenlace final del misterio de iniquidad y la venida del Anticristo.
Entretanto, el dragón espera el momento, pues la lucha primordial se repetirá en los tiempos finales; y todos los intentos de Satanás serán arruinar a Cristo y a su obra.
San Pedro nos ha advertido: Vigilad; porque vuestro adversario, el diablo, ronda en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar. Y la Antífona de las Segundas Víspera de la Fiesta de los Apóstoles reza así: Sed valientes en la batalla y luchad contra la vieja serpiente y recibiréis el reino eterno.
Toda la vida de la Iglesia será combatir y sufrir los dolores necesarios para que los tiempos mesiánicos traigan a los hombres la paz de Cristo en el reino de Cristo.
Por todo esto y para esto, San Miguel es venerado como guardián de la Iglesia.
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Mientras tanto, lo más importante para nosotros, lo único que puede salvarnos es la Fe: la fe ciega en el Evangelio que nos es anunciado por los Apóstoles, por la Tradición, por la Iglesia.
El Domingo Undécimo de Pentecostés, 4 de agosto, prediqué sobre la importancia de conservar la fe recibida.
¡Una sola fe! Fuera toda diversidad de miras y pareceres; fuera toda clase de sectas y escuelas humanas; fuera los sistemas y opiniones individuales; fuera las evoluciones y adaptaciones a las diversas épocas…
Frente a lo revelado por Dios, frente a lo que Jesucristo nos enseña por medio de sus Apóstoles, de la Tradición, de su Iglesia, frente a su Evangelio no cabe más que un ciego y absoluto sí de nuestra débil razón.
No cabe más que un sí, rotundo, incondicional, de nuestra inteligencia a la Verdad sobrenatural.
Este sí es el que hemos pronunciado y debemos pronunciar aún todos los hijos de la Santa Iglesia.
Hoy, cuando el Santo Evangelio es negado o cambiado, debe brotar de nuestros corazones y de nuestras almas el mismo impetuoso y triunfal sí a los misterios de Dios, Uno y Trino, y de Jesucristo, el Verbo Encarnado.
Hoy, cuando se nos quiere inculcar otra doctrina, debemos profesar gallardamente las verdades y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia; debemos adherir a la doctrina sobre las Santas Escrituras, la Tradición, los Sacramentos…, en fin, a los dogmas que confesaban los mártires del siglo primero, los cristianos de Jerusalén y de Roma, de Corinto y de Éfeso, de Filipos y de Tesalónica…, y que más tarde predicaron los santos misioneros en estas tierras y por todo el orbe…
Nuestra Fe es la misma que profesaron los cristianos de las grandes persecuciones romanas y la que empurpuraron con su sangre los gloriosos mártires de los primeros siglos, y luego los vandeanos, requetés, cristeros y los fieles de la Iglesia del Silencio….
Una misma es la Fe que dominó en Europa y la que triunfó en la lejana Oceanía.
Un solo Credo es el que modularon miles de lenguas, un mismo Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto es el que distinguió a todos los hijos da la Santa Iglesia…
En esta misma Fe nos salvaremos también nosotros, siempre que la conservemos y la practiquemos como se nos predicó.
La Fe de la Santa Iglesia, sólo Ella, sin hermenéuticas de ninguna naturaleza, ni de la ruptura ni de la continuidad…: he aquí el único verdadero camino que lleva al Cielo.
Permanezcamos, pues, constantes en el Evangelio que nos fue predicado. La Santa Iglesia y su Liturgia ponen todo su empeño en que nosotros perseveremos fieles y en que hagamos efectiva la fe que recibimos en nuestro Santo Bautismo.
¿Qué pides a la Iglesia de Dios? ¡La Fe!
¿Qué te proporciona la Fe? ¡La vida eterna!
Hoy, el Credo de la Iglesia se ha convertido en un verdadero grito de guerra… Nuestra Fe es combatida en todo el mundo, incluso en la misma Roma y en cada diócesis y parroquia…
Aquí, se convierte a Cristo en un puro mito; allí, el hombre se constituye a sí mismo en dios o se fabrica el dios que mejor le conviene; más allá, se escarnece toda religión y se desprecia hasta lo más santo.
Uno predica que no existe más mundo que el presente, otro afirma que el Cielo y el Infierno son pura quimera…
En fin, se ha inventado una «nueva fe», en contraposición con la Fe de la Iglesia, y se afirma que es la única apropiada a la exquisita cultura de nuestro tiempo.
Por eso, el que todavía quiera seguir aferrado al Credo de los Apóstoles, al Credo de la Santa Iglesia, al Credo católico, no tendrá más remedio que renunciar a todo prestigio y a toda influencia; será irrevocablemente excluido de la comunión con los que ocupan la Iglesia… e incluso de la comunión con los llamados otrora a preservar la sana doctrina y los genuinos Sacramentos… Es más, él mismo deberá auto-excomulgarse, no tener ninguna parte, nada que ver con esos innovadores o traidores…
Precisamente, por esto, la Fe católica exige firmeza de carácter, generosidad para el sacrificio, valentía hasta el heroísmo. Si queremos vivir al compás del tiempo, si queremos pasar por hombres del día, por hombres verdaderamente modernos, liberales, comprensivos…, entonces tendremos forzosamente que renunciar a nuestro Credo.
Nuestra Fe no tiene tiempo y no depende del tiempo. El que quiera permanecer fiel a Ella tiene que lanzarse a la heroica lucha de los pocos contra los muchos, de los intransigentes y obscurantistas contra los contemporizadores y progresistas, de los convencidos contra los de cabecita fofa y los de voluntad de alfeñique.
El católico de hoy ha de ser un verdadero mártir. Vive en medio de una terrible y continua persecución moral; por todas partes encuentra miserias espirituales, tribulaciones, hostilidad, frialdad, vacío.
Sus contemporáneos, incluyendo antiguos compañeros de combate, le consideran como un ser anacrónico, como un rebelde, un sectario. Por eso tratan con todas sus fuerzas de eliminarlo, de hacerle callar.
Hoy se verifica como nunca la admonición de San Pablo sobre los tiempos en que los hombres no soportarán la buena doctrina de la salvación.
San Pablo da extraordinaria importancia a la ilustración de nuestra fe, por el conocimiento, para que pueda ser firme contra los embates del engaño, principalmente cuando éste reviste las apariencias de la virtud, según suele hacerlo Satanás; y nos confirma que será precisamente la falta de amor a esa verdad libertadora, lo que hará que tantos sigan al Anticristo, creyendo en él para propia perdición.
El Apóstol, hablando del Anticristo, nos enseña que los que serán seducidos por error, se perderán porque no recibieron el amor de la verdad.
San Pío X decía que “la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material”. (Notre Charge Apostolique)
Monseñor Sarto, Obispo de Mantua, futuro Papa San Pío X, en su Carta Pastoral, del 5 de septiembre de 1894, exhortaba de este modo:
“Vigilad oh sacerdotes, a que por vuestra falta la doctrina de Jesucristo no pierda el aspecto de su integridad. Conservad siempre la pureza y la integridad de la doctrina, en todo lo que concierne a los principios de la fe, a las costumbres y a la disciplina. Muchos no comprenden el cuidado celoso y la prudencia que se debe tener para conservar la pureza de la doctrina. Les parece natural y casi necesario que la Iglesia abandone algo de esta integridad; les parece intolerable que, en medio de los progresos de la ciencia, únicamente la Iglesia pretenda permanecer inmóvil en sus principios. Tales olvidan la orden del apóstol: ‘Te ordeno delante de Dios que da la vida a todas las cosas y delante de Jesucristo que ha dado testimonio bajo Poncio Pilato, te ordeno observar este mandato (la doctrina que había él enseñado) inmaculado, intacto, hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo’. Cuando esta doctrina no pueda más guardarse incorruptible y que el imperio de la verdad no sea ya posible en este mundo, entonces el Hijo de Dios, aparecerá una segunda vez. Pero hasta ese último día, debemos mantener intacto el depósito sagrado y repetir la gloriosa declaración de San Hilario: ‘Más vale morir en este siglo que corromper la castidad de la verdad’”.
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Honremos, pues a San Miguel como al primer Ángel del Paraíso y Príncipe de la Ciudad Santa, siempre fiel a Dios, cuyas grandezas proclama con esta palabra que ha llegado a ser su nombre: Miguel, ¿Quién como Dios?
Honremos al mismo tiempo a todos los Santos Ángeles que imitaron a San Miguel y que, como Él, cumplen para con nosotros la doble misión que han recibido de ser nuestros protectores y nuestros modelos.
Demos gracias a Dios por haberles dado tal misión, y no olvidemos saludar a la Reina de los Ángeles, la Santísima Virgen María, cuyo Rosario honraremos, Dios mediante, el próximo Domingo, primero del mes de octubre, consagrado al Salterio de la Virgen, el Santísimo Rosario.


