N° 13-14-15 – Enero-Marzo de 1968
ENSAYOS INTEMPESTIVOS
I
FF. AA.
Un militar no sirve para gobernar, a no ser “PER ACCIDENS”.
De suyo, en cuanto militar, no estudia para eso. Estudia para ganar batallas, lo cual pertenece al orden de la guerra; y el orden de la guerra es subordinado al orden de la paz, porque tiene un fin particular y transitorio mientras el orden de la paz, es más amplio y comprende en sí como parte (importante) el orden de la guerra.
El orden y la sociedad han nacido para la paz y no para la guerra; la guerra misma está ordenada a la paz.
Creer que los militares por serlo saben gobernar naciones es como creer que un enfermero puede operar de úlcera.
Puede darse, más “PER ACCIDENS”.
Algunos militares han gobernado, porque madre natura les dio dotes de estadistas, o los adquirieron en la dura escuela de la historia … convulsionada, como “Napoleón genio guerrero”.
Napoleón no quería lo consideraran un militar; el ganar batallas —en lo cual fue genio— lo consideraba, si no como una diversión, como un sota-oficio. Gobernó perspicuamente (en cuanto a la técnica) pero “mejor hubiera sido para Francia que no hubiera nacido”, pronunció nada menos que Jacques Bainville. Quiso realizar la unidad europea (viejo ideal de Europa desde Carlomagno y aún antes) bajo la hegemonía francesa; pero Dios no estuvo con él. Y es que él no estaba con Dios —a no ser antes de morir desolado en Santa Elena.
Si yo dijera de mío esto de los militares, merecía ser estaqueado en la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral. Pero lo dijo (y no de suyo) Santo Tomás de Aquino, a quien no se puede estaquear porque está hace siete siglos en el Purgatorio. Puede que esté en el cielo, porque fue una especie de mártir; pero de suyo los intelectuales (como yo) van al Purgatorio; si no es a peor lugar.
Pero si los militares no están enseñados a gobernar (porque entienden de mando y no de rección), ¿quién lo está? Aquí nadie; porque los politiqueros no están enseñados a nada, si no es artimañas, arterías y trapisondas de comité.
Para estar enseñados a gobernar, precisan dos cosas:
1ª) La ciencia. Es decir, una fina formación intelectual, como la que daban antes (y espero sigan dando en algún lado) las Humanidades Clásicas, seguidas del estudio sólido de la filosofía. Si esto falta, puede suplir como «SECOND BEST»: cualquier otra formación intelectual sólida: la de médico, (p. e.) o la de abogado. Pero aquí estas dos han dado malos éxitos: Cantoni fue médico, Balbín es abogado.
2ª) La experiencia. Aquí falta lo que los romanos llamaron el “CURSUS HONORUM” o sea la carrera política o escalonamiento de los cargos; desde los inferiores, como Tribuno o Edil hasta los máximos, Cónsul o Senador. Es ridículo creer que algo tan intrincado como regir una nación pueda dominarse sin aprendizaje; o sea, puede improvisarse a lo argentino.
«No hay que fiar de los hombres. Yo he tratado mucho con criminales y les digo que no se fíen de los hombres» (Juez Tedín Uriburu).
De modo que aquí ni la “Educación Común” ni el Colegio Militar forma gobernantes. Y entonces ¿qué quieren Uds.?
— ¿Cuál es la receta para hacer un guiso de liebre?
— Lo primero hay que cazar la liebre. Si aquí no hay gobernantes —y esos no nacen en los repollos— ¿con qué cara le piden a Dios ser bien gobernados?
La serie de retrocesos, agachadas y entregas reseñadas por Julio Irazusta en BALANCE DE UN SIGLO Y MEDIO, que al Dr. Dardán lo hizo llorar a lágrima viva, no es el puro hecho de “entregadores”. Algunas sí; pero la mayoría son el hecho de ignorancia, miopía, falta de visión. Claro que sus autores merecen castigo lo mismo; por lo menos una estatua getuda en una plaza; porque “el que ignorando peca, ignorando se condena” pues que un necio en el poder es peor que un malvado en el poder. Dios nos libre de un necio con iniciativa.
La necedad es pecado, y pertenece a tres pecados capitales nada menos: Soberbia, Lujuria y Pereza.
“La República cría ahora una aristocracia ociosa” —decía tristemente Scalabrini Ortíz. El Ejército es una aristocracia porque tiene privilegios; y el más serio de todos, poder apoderarse del mando. Es una aristocracia ociosa, porque aquí no hace la guerra para la cual estudia —si es que estudia. Fabricaciones Militares y algunas intervenciones en eventos desastrosos (bonita intervención fue la del terremoto de San Juan 1944) no bastan a enjugar el ocio del Ejército; aunque concedamos que “Fabricaciones Militares” sería el camino; el cual es apenas comenzado. Rodríguez, Storni, Savio, Mosconi, son casos excepcionales que por su cuenta se hicieron próceres; o al menos útiles.
Nuestro Ejército no tiene guerra continua de fronteras, como el Romano, ni en realidad no tendrá guerra ninguna hasta que sea enganchado como auxiliar en una guerra foránea por los EE.UU. y mandado al Asia Menor. No tiene la culpa de eso y en realidad es un sorprendente mérito suyo que no se haya corrompido. Que no se haya corrompido más —diría Lisandro de la Torre—.
“Liberalizado” desde Roca. “Un ejército como el argentino que supo tomar prisioneros a 7.000 ingleses, sin fusilar uno solo, nunca se decide a fusilar connacionales. Su gloria lo defiende del descrédito de una carnicería”. No había acabado de escribir esas palabras José Vasconcelos en su HISTORIA DE MÉXICO, cuando Aramburu y Rojas se apresuraron a desmentirlo.
La verdad verdadera es que, para salvar la patria, el Ejército Argentino debería ser capaz de fusilar connacionales, traidores y perduelis.
Convertir en victoria nacional una derrota nacional como la de Caseros, y enseñarle eso a los chicos, incluso a los “cadetes”, es querer hacer almácigos de traidorzuelos; o por lo menos de abobados.
El único remedio es que sea amaestrado el ejército en hacer obras públicas —que tengan alguna atinencia con la guerra, si es posible. El Ejército Romano además de perseguir “bárbaros” y piratas, estaba de continuo ocupado en calzadas, acueductos, fortalezas, que aún en parte duran, “obra de romanos”. Por eso, mientras en eso duró, fue la sal del Imperio y junto con la Iglesia salvó el Orden Romano y originó los reinos europeos actuales. Su corrupción comenzó por los “mimados”, la Guardia del Pretorio, que comenzó por quitar y poner emperadores (como aquí ahora) y terminó por poner en subasta el Trono.
Nada impediría que nuestro Ejército construyera una aristocracia gobernante, si estuviera continuamente ejerciendo su oficio; o sea, defendiendo el país de incursiones “bárbaras”, chilenas o brasileras digamos. Eso pasó en tiempo del feudalismo, cuando una élite guerrera defendía a los trabajadores y a los letrados, y los gobernaba a la vez.
Mas, cuando la “nobleza” europea dejó de ejercitar esa misión y de guerrera se volvió «cortesana» comenzó su decadencia; y al fin fue desplazada y abolida.
Y entonces, dejado el ejército, ¿dónde está la clase dirigente argentina?
Aquí no hay. Ya está dicho que los “políticos” son cualquier cosa menos dirigentes.
Hay (o habría) una clase dirigente potencial, tomada de los ganaderos, industriales y letrados, con jefes sindicales; pero no está formada, y yo no veo cómo se podría formar.
Pero habrá de formarse si el país habrá de arreglarse.
Sin embargo, que el país haya de arreglarse (marchar mejor que ahora) es cosa que Dios solo sabe.
Arriba puse “letrados” y no “intelectuales” —Dios nos libre—.
Borges, Mallea y Julio Cortázar no es lo que quise decir. Son «INTELECTUALES», no son letrados; o por mejor decir, son “inteligentuales”. Son parásitos y corruptores del país, a veces. Véase “Los Profetas del odio” de Jauretche.
Esto escribo porque tengo que escribirlo, pero no es lo que desean y piden que escriba. Quieren que dé pábulo a las esperanzas de los jóvenes, tan simpáticos y animosos. A los jóvenes les toca tener esperanzas o (como dicen ahora) “inquietudes”: es su privilegio que nadie puede quitar. Pero a los viejos toca algo más amargo, la experiencia.
Si se pudiera hacer una mezcla de ambas, algo así como “experiencianza”; yo compraría una docena de frascos.

