P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE LA NATIVIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Libro de la generación de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac. E Isaac engendró a Jacob. Y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Y Judá engendró a Fares y a Zaran de Tamar. Y Fares engendró a Esrón. Y Esrón engendró a Arán. Y Arán engendró a Amínadab. Y Amínadab engendró a Naasón. Y Naasón engendró a Salmón. Y Salmón engendró a Booz de Rahab. Y Booz engendró a Obed de Ruth. Y Obed engendró a Jessé. Y Jessé engendró al rey David. Y el rey David engendró a Salomón de aquella que fue de Urías. Y Salomón engendró a Roboán. Y Roboán engendró a Abías. Y Abías engendró a Asa. Y Asa engendró a Josafat. Y Josafat engendró a Jorán. Y Jorán engendró a Ozías. Y Ozías engendró a Joatán. Y Joatán engendró a Acaz. Y Acaz engendró a Ezequías. Y Ezequías engendró a Manasés. Y Manasés engendró a Amón. Y Amón engendró a Josías. Y Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos en la transmigración de Babilonia. Y, después de la transmigración de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel. Y Salatiel engendró a Zorobabel. Y Zorobabel engendró a Abiud. Y Abiud engendró a Elíacim. Y Elíacim engendró a Azor. Y Azor engendró a Sadoc. Y Sadoc engendró a Aquín. Y Aquín engendró a Eliud. Y Eliud engendró a Eleazar. Y Eleazar engendró a Matán. Y Matán engendró a Jacob. Y Jacob engendró a José, esposo de María, de la cual nació Jesús, que se llama Cristo.

Con suma alegría festejemos hoy el Nacimiento de la Madre de Dios.

Con muchísima razón, en el sexto Responsorio, la Iglesia nos hace decir hoy en un arranque de alegría: «Tu nacimiento, oh Virgen Madre de Dios, ha sido para el mundo entero un mensaje de consuelo y de alegría, pues de Ti ha nacido Jesucristo, Sol de Justicia, nuestro Dios, que nos libertó de la maldición para darnos la bendición, Y Él mismo, al quedar triunfador de la muerte, nos ha procurado la vida eterna».

La dicha comenzó en el Cielo. En primer lugar, hubo alegría en la Santísima Trinidad. Alegría en el Padre eterno, que se felicitó del nacimiento de su Hija carísima, a la que haría partícipe de su paternidad. Alegría en el Hijo, que contemplaba la belleza sobrenatural de la que iba a ser su Madre. Alegría en el Espíritu Santo, pues, como cooperadora en la obra de la concepción y encarnación del Verbo, María tenía que ser su Santuario inmaculado.

Hubo también alegría en los Ángeles, que con admiración veían que esta Niña es la maravilla de las maravillas del Omnipotente; comprendiendo que María, por sí sola, da a su Criador más honra y gloria que todas sus jerarquías juntas; y por eso la saludaban como a su Reina.

Pero no sólo esto, pues opina San Juan Damasceno que las Almas de los Justos, detenidas en el Limbo, tuvieron conocimiento de este feliz nacimiento y que Adán y Eva, con una alegría que no habían conocido desde su pecado en el Paraíso terrenal, exclamaron: «Bendita sea la hija que Dios nos prometió después de nuestra caída; de nosotros has recibido un cuerpo mortal; pero Tú nos devuelves la túnica de inmortalidad. Nos llamas a nuestra primitiva morada; cerramos las puertas del Paraíso; y ahora dejas expedito el camino del Árbol de la Vida».

En la tierra, gran alegría llevó al corazón de todos los que esperaban la salvación y la vida, el ver llegar a este mundo a la que sería la Madre del Redentor.

Con los Santos podemos pensar sin ser temerarios que Dios concedió a las almas que esperaban entonces la redención de Israel un contento extraordinario, una alegría grave y religiosa que se insinuó en sus corazones y, sin podérselo explicar ellos, les dio como una convicción íntima de que la hora de la salvación del mundo estaba ya muy cerca.

Pero esta alegría fue sobre todo para los afortunados padres San Joaquín y Santa Ana. Como arrobados contemplaron a esta hijita esclarecida, que contra toda esperanza les concedía Dios al declinar de sus días. Y tal vez se preguntaron si acaso sería ella uno de los anillos de la línea, agraciada de donde tenía que salir el Rey que restableciese el trono de David y salvase a Israel. Su acción de gracias subió fervorosa hasta Dios, a quien sentían presente en su humilde morada.

Este día fue y continuará siendo a lo largo de todos los siglos un día de incomparable alegría.

Así, pues, el Nacimiento de la Santísima Virgen es causa de alegría; y la alegría es el sentimiento que todo lo absorbe y penetra en esta festividad. La Iglesia quiere que nos penetremos de esta alegría desbordante y triunfal. Y a ella nos invita en todo el oficio.

Si la Iglesia nos invita a la alegría, es debido a que la Virgen es Madre de la divina gracia y ya, en el pensamiento divino, la Madre del Verbo encarnado.

Gracia y alegría van siempre a la par; se mide la una por la otra; María Santísima, por estar llena de gracia, lo está también de alegría para sí y para nosotros.

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Contemplemos a María, recién nacida.

Al plasmar Dios el cuerpo de Adán, veía con antelación a su Verbo encarnado y, modelando la arcilla, pensaba en Jesucristo, que un día se había de hacer hombre.

Con mayor razón, a imagen del Hijo hizo Dios a la Madre cuando llegó el momento de cumplir el eterno designio; y como la gracia llenaba al alma de María, en el semblante de ésta se reflejaba también la divina belleza.

Además, sus modales y sus ademanes de niña en la cuna y en los pechos de la Madre eran simples exterioridades, apariencias en las que ocultaba los prodigios que la gracia obraba en ella.

Hace notar San Francisco de Sales: «No parecía niña, porque, como disfrutaba del uso de la razón, hacía una vida puramente contemplativa; tan buena y discreta era esta criatura, que nos es imposible imaginarnos otra parecida, fuera de su amadísimo Hijo».

En efecto, desde el momento de su Concepción, María Inmaculada sobrepuja a todas las criaturas en su unión con Dios y en la participación de todo bien.

El que concebido por Ella le dio la fecundidad, el que naciendo de Ella no la privó del privilegio de la virginidad, quiso crearla tal, que Él mismo pudiese, sin detrimento de su dignidad de Dios, nacer de Ella.

Y, al crearla, derramó en Ella cuanto Ella pudo recibir como simple criatura, todo lo que hay de exquisito, de perfecto y de bello; desde entonces la colmó de sus larguezas y dones sobre todas las otras criaturas.

Encerrada en el silencio de su vida íntima en el seno materno, y luego, en su cuna, Nuestra Señora actuaba toda la gracia que había recibido, haciéndola crecer y fructificar continuamente.

Como los demás niños, no tenía palabras, pero esto no era obstáculo para que ofreciese a Dios la más perfecta alabanza que hasta entonces había Dios recibido de una criatura.

«Acércate a esta cuna, dice San Francisco de Sales, medita las virtudes de esta Niña Santa, y verás que las practica todas de eminentísimo modo. Pregunta a los Ángeles si igualan en perfección a esta Niña, y te responderán que está infinitamente por encima de ellos. Míralos alrededor de su cuna y cómo todos maravillados de la beldad de esta Señora dicen las palabras del Cantar de los Cantares: ¿»Quién es esta que sube del desierto como una varita de humo que sale de la mirra, del incienso y de toda clase de perfumes olorosos»? Y luego, considerándola desde más cerca todavía arrobados y fuera de sí, continúan su admiración: ¿»Quién es esta que camina como la aurora en su salida, bella como la luna, escogida como el sol, terrible como un batallón puesto en orden de batalla»? Esta niña no está aún glorificada, pero tiene prometida la gloria; no tiene propiamente esperanza, sino seguridad de conseguirla”.

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San Pedro Damiano tiene palabras edificantes sobre esta Festividad. Escuchemos:

«La Natividad de la Bienaventurada e Inmaculada Madre de Dios nos trae a los hombres una alegría singular y preciosa, pues inaugura la salvación de la naturaleza humana.

Dios, antes de crear al hombre, vio con el inefable mirar de su Providencia que el hombre iba a ser víctima de las maquinaciones diabólicas y, por lo mismo, resolvió, en lo más hondo de su infinita misericordia, el plan de la redención del género humano y determinó previamente todas las circunstancias.

Por consiguiente, siendo imposible que la redención humana se realizase sin que el Hijo de Dios naciese de la Virgen predestinada, de igual modo era necesario que primeramente naciese esa Virgen, en la que el Verbo se haría carne. Había que construir primero la casa a la que el Rey celestial bajaría y en la cual le darían hospitalidad.

Con razón se alegra el mundo y salta de júbilo de cabo a cabo.

Con razón canta la santa Iglesia en sus himnos el nacimiento de la Madre de su Esposo.

Alegrémonos todos en este día, en el que, al venerar el nacimiento de la Santísima Virgen, celebramos el principio de todas las fiestas del Nuevo Testamento.

Regocijémonos, deleitémonos en el Señor en este día solemne, en el que, al honrar a la Madre del Redentor, celebramos el origen de todas las otras fiestas.

La solemnidad que por el tiempo es más antigua que todas las solemnidades, no puede ser inferior a ellas en dignidad.

Si Salomón con todo el pueblo de Israel celebró la dedicación de un templo de piedra con tan magníficos y abundantes sacrificios, ¡cuánto mayor debe ser el gozo del pueblo cristiano en el nacimiento de la Bienaventurada María! A su seno, como a templo sacrosanto, se dignó bajar Dios mismo para recibir en él la naturaleza humana y vivir luego de un modo visible entre los hombres.

Ciertamente, Dios bajó al templo de Salomón; pero en este santuario animado, en el seno de la Santísima Virgen, se dignó quedarse para nuestro bien de una manera mucho más admirable y más útil: en él el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros.

Finalmente, Dios honró al templo judío con su visita, pero no recibió nada de él. En cambio, no sólo quiso bajar al seno de la Santísima Virgen, sino que quiso además tomar de él la totalidad de nuestra naturaleza humana y unírsela hipostáticamente.

La solemnidad, pues, de este día debe ser tanto más gloriosa cuanto mayores son las excelencias de este templo virginal.

Pero, ¿de qué modo podrá celebrar la fragilidad humana la fiesta de la que mereció engendrar al que es la alegría de los ángeles? ¿Cómo podría alabar la palabra caduca de un hombre mortal a la que de su sustancia engendró a la Palabra que permanece eternamente? ¿Qué lengua será capaz de celebrar a la que engendró al que toda criatura bendice y a quien todos los elementos con temblor obedecen?

Al querer escribir las alabanzas y la gloria de la madre de Dios, nos faltan las palabras y las frases para glorificarla de una manera digna porque todo en ella es nuevo e inaudito. La materia inefable nos quita la posibilidad de hablar.

Gocémonos y saltemos de contento en este día del nacimiento de la bienaventurada Madre de Dios, que anuncia al mundo una nueva alegría y que es para todo el género humano el principio de la salvación.

Saltemos de júbilo… Nos alegramos del nacimiento de Cristo; no nos alegremos menos del nacimiento de la Madre de Cristo.

Hoy ha nacido la reina del mundo, la ventana del cielo, la puerta del paraíso, el tabernáculo de Dios, la estrella del mar, la escala celeste por la que el Rey, humillándose, baja a nuestras profundas regiones, por la que el hombre, que yacía en tierra, se levanta hasta el cielo.

Hoy sale para el mundo la estrella por la que el sol de justicia iluminó al mundo; la estrella de la que dijo el profeta: Una estrella sale de Jacob; un hombre se alza en Israel.

Hoy ha nacido esta Virgen admirable, de quien procede, como un Esposo de la cámara nupcial, el más hermoso de los hijos de los hombres.

Hoy sale del seno de su madre la que mereció ser el templo de la divinidad.

Hoy se ha cumplido el oráculo profético que el príncipe de los profetas, Isaías, convertido en heraldo de la llegada de la reina del mundo, anunciaba con potente voz: Un tallo saldrá del tronco de Jessé, y de su raíz brotará una flor.

Suplicámoste, oh clementísima Madre de piedad y de misericordia, nos alcances a los que en este mundo nos gozamos de celebrar asiduamente tus grandezas, la gracia de merecer la ayuda de tu intercesión en el cielo. Y como por medio de Ti se dignó el Hijo de Dios bajar a este mundo, así lleguemos nosotros al cielo a gozar de su compañía”.

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Si bien no había una prescripción legal para las niñas, como sí lo mandaba para los varones, es verosímil que Ana, en compañía de Joaquín, llevase al templo a su pequeña María cuando ella misma se presentó para la purificación legal.

Dios se las había concedido a una edad avanzada, contra toda esperanza y después de asiduas y fervorosas oraciones. Querían dar gracias al Señor, presentándola y ofreciéndosela, ya que de su misericordia la habían recibido, y al mismo tiempo pedirle realizase sus planes sobre Ella.

María Santísima estaba feliz de verse llevar al templo de Dios, el único santuario de la religión verdadera que entonces había en el mundo. Y en él, con abnegación total de sí misma, se ofreció y se consagró a Dios como esclava suya. Esperando el día de su presentación, a los tres años, ya murmuraba en su Corazón el «Ecce ancilla Domini».

Mientras tanto, la vida familiar continúa y Joaquín y Ana se admiran y embelesan con todo lo de María. ¡Qué mirar tan profundo y casto el suyo! ¿De dónde procede esa dulzura inefable y ese fuego que los inflama para el servicio de Dios y de su misma hijita? La veneran como a un tesoro que les ha confiado el Cielo.

Muy bajito se comunican sus sentimientos y espontáneamente les viene a los labios la pregunta admirativa de los vecinos ante la cuna de San Juan Bautista: «¿Qué será de esta criatura? Es cosa clara que la mano de Dios está con ella».

Ellos lo ignoran. Si lo supiesen, su admiración se convertiría en estupor y temblor. ¡Tan cerca se halla Dios! ¡Tan grandes cosas ha hecho el Todopoderoso por la hija que les ha dado! ¡Cuántos favores, gracias y bendiciones derramó la divina Bondad en el Corazón de la Virgen gloriosa!

Pero eran tan secretas e interiores, que nadie pudo conocer nada sino la que las experimentó…

Y esta gloriosa Virgen de tal modo se conducía en esos primeros años y con tanta sabiduría y discreción vivía en la casa de sus padres, que les causaba admiración por sus acciones. Y no se equivocaron al pensar que esta Niña no era como las demás, sino que gozaba ya del uso de la razón… Admirable acto de sencillez el de esta Niña celestial, que, aun prendida de los brazos de su madre, no deja por eso de conversar con la Majestad divina.

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En efecto, si María es por la edad una niña, si dura su niñez casi tanto como la de las demás, no debemos olvidar nunca lo que en realidad es desde el primer instante de su Concepción: un instrumento preparado perfectamente por Dios con miras a la divina Maternidad.

Antes que sonase para ella la hora de este ministerio, que requiere no sólo la pureza del alma y de la carne, sino también la edad y el normal desarrollo del cuerpo que tenía que concebir, Dios la prepara para esta función muy por encima de las capacidades de la criatura más perfecta.

Al crearla, la da el uso de la razón, la ilustra con las más amplias luces, la infunde en su voluntad el hábito de no obrar nunca sino conforme a la luz de su inteligencia iluminada por la fe.

Lo que su concepción virginal obró en el que nació de Ella, eso mismo lo obró la gracia en María nacida de la concepción carnal, de tal modo que en los dos resplandece una pureza semejante: pureza más gloriosa en el Hijo, porque deriva de una naturaleza libre de toda clase de pecado; pureza sólo de gracia en la Madre, que debía ser toda pura desde el primer instante de su existencia, ya que tenía que dar a luz al Purísimo.

En ella no cabe ningún desorden ni, sobre todo, pecado alguno. Está confirmada en gracia. El orden en ella es perfecto. Su alma totalmente unida a Dios tiene a raya las pasiones y sujetos los sentidos al servicio y al imperio amado de la voluntad de Dios. La rebelión no es posible en Ella.

Por su unión a un alma que así le comunica una belleza enteramente espiritual, el cuerpo no hace más que recibir la vida sin suscitar luchas ni turbaciones; es un cuerpo purísimo unido a un alma purísima y del todo sometida a ésta.

Verdaderamente la Santísima Virgen era una niña extraordinaria; niña por la edad, pero niña sobre todo en el sentido evangélico; niña, no por la ligereza, el capricho o la inconstancia, sino por la docilidad tranquila, la sencillez pacífica, la total entrega a la voluntad de otro.

Dueña de su inteligencia y de su querer, más ilustrada ciertamente que Joaquín y Ana en lo que es o no es conveniente, acepta de buen grado y con voluntad resuelta y alegre y, por consiguiente, con mérito, todo lo que toca a la condición natural del niño, la dependencia continua, la sujeción en todo, el puesto inferior, los mil actos de renunciamiento que se imponen a los niños sin conciencia ni mérito de parte de ellos.

La Santísima Virgen, en su infancia, sufre voluntariamente y de manera perfectísima todas esas mortificaciones y contradicciones; queda rebajada porque es humilde de verdad y sólo quiere parecerse a una niña sencilla y ordinaria. Cantará más tarde, con razón, Dios ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava.

Aunque es la primera después de Dios, y desde el primer momento la más encumbrada de las criaturas, es también la más humilde.

Y nadie tampoco, ante Dios, tomó una actitud tan cabal como conviene, porque nadie, ni siquiera el Serafín más encumbrado, pudo penetrar como Ella en el todo de Dios y en la nada de la criatura.

Por esa parte, nadie mejor que María dirige a Dios la ofrenda completa de todo lo que ha recibido; nadie como Ella reconoce la soberanía absoluta de Dios, ni se entrega a su voluntad y a su beneplácito con más amor.

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En la Octava de la Natividad de la Santísima Virgen, la Iglesia dedica un día, el 12, a honrar el Santo Nombre de María.

Por la Liturgia y la doctrina de los Santos, nos enseña cuántas riquezas espirituales encierra este Nombre para nosotros, a fin de que, como el Nombre de Jesús, lo tengamos continuamente en nuestros labios y en nuestro corazón.

El Nombre de María es inseparable del Nombre de Jesús, como la Madre es inseparable de Hijo. También el nombre de María posee una eficacia singular y una virtud totalmente divina.

La virtud de este Nombre Santísimo es tan poderosa que, a su invocación, el Cielo sonríe, los Ángeles se alegran, las almas del Purgatorio se rehacen como un enfermo en su camilla a una apalabra de consuelo, la tierra salta de júbilo, los demonios tiemblan, el infierno se conturba.

Celebremos, pues, con veneración piadosa la Natividad de María Santísima y su Dulcísimo Nombre.