ALEGRÍA DE MORIR – UN CARMELITA DESCALZO – CAPÍTULO I – PLACIDEZ Y ESPERANZA DE LA MUERTE DE SÓCRATES

NUEVA SERIE EN RADIO CRISTIANDAD

ALEGRÍA DE MORIR

UN CARMELITA DESCALZO

CAPÍTULO I

PLACIDEZ Y ESPERANZA DE LA MUERTE DE SÓCRATES

Platón inmortalizó maravillosamente la muerte de Sócrates con su serena y ática creación literaria.

Todos nos complacemos en releer sin cansancio las reflexiones que pone en boca de su maestro y a todos nos sobrecoge de admiración la perenne serenidad del semblante, de las palabras y acciones con que Sócrates se despide hasta muy pronto de todos.

Toma el mortal veneno a que había sido condenado y espera sereno y gozoso el inmediato momento «de ir al lado de los dioses supremos, que son verdaderamente buenos» (1). «Por esta razón, dice, no me causa disgusto el morir.»

Sabido es que Sócrates fue injusta o equivocadamente condenado a muerte por el pueblo ateniense.

Ni siquiera se quejó.

El último día de su vida le acompañaban en la cárcel, desde muy de mañana, sus discípulos más queridos. Sin muestra de tristeza les habla de la inmortalidad del alma y de la vida feliz que espera al que practicó las virtudes y buscó la verdad mientras estuvo en la tierra.

Recrea a sus discípulos y se recrea él mismo describiendo los Campos Elíseos y la vida dichosa y feliz que allí disfrutará en compañía de los hombres buenos y sabios y de los mismos dioses. Era el premio señalado para la virtud, en cuya práctica él se había esmerado; era la descripción del cielo que soñaba y el que únicamente podían concebir los paganos, tan infinitamente distinto del que nos promete nuestra fe.

Habían aconsejado a Sócrates que huyera de la cárcel y le proporcionaban la huida; pero no lo quiso aceptar, porque no había cometido falta alguna y no tenía por qué huir. Además, no temía la muerte.

La vida es propiedad de Dios y nadie puede quitársela a sí mismo sin desagradar a Dios, razona Sócrates; pero cuando Dios le manda la muerte, no puede menor de alegrarse su ánimo. Detrás de la muerte ve una mejor vida; ve la compañía de Dios y de los hombres buenos y sabios, entre quienes pronto estará viviendo. Le era amable la muerte, pues le ponía en posesión de un mayor bien, que desea y al que espera llegar. Con la muerte, se le entregaba la posesión y goce de ese bien prometido y esperado.

«¿Ha de repugnar el morir, dice, y no se ha de marchar gustoso?… No lo repugnará… porque en ninguna otra parte más que allí ha de alcanzar una prudencia inmaculada. Y si esto es así, ¿no sería, como poco antes decía, una gran inconsecuencia que temiese la muerte?» (2).

«Los cisnes, añade, cuando presienten que van a morir, cantan mucho más y mejor, llenos de gozo, porque están para emigrar a unirse con el Dios a quien sirven…; yo… no saldré de esta vida de peor gana que ellos» (3). «Y el alma así preparada, ¿no caminará a lo que es semejante a ella, a lo invisible, a lo divino, a lo inmortal, a lo inteligible, y cuando allí llegue no comenzará a ser feliz, libre de error…?» (4).

Cicerón también describe la serena muerte de Sócrates, quien, ya casi con la copa del veneno mortífero en la mano, de tal manera se despide que más que un condenado a muerte parecía iba al cielo.

Recogiendo la doctrina de Platón y haciendo alusión a los escépticos, razona el gran prosista latino que la muerte no debe infundir temor a nadie, como no se lo infundió a Sócrates. Porque si después de la muerte no existe la inmortalidad, como decían los escépticos, muriendo se deja de sufrir y dejando de existir no hay mal ni dolor ninguno.

Y si después de la muerte existe la inmortalidad del alma, como enseña la verdadera filosofía y él defiende, ¿cómo no se ha de mirar con serena alegría el momento de ir a la dicha de los Campos Elíseos, que era la felicidad inmortal concebida y enseñada por la religión y la filosofía pagana?

Y no sólo no se debía sentir pena ni temor por esto e ir gustosos a convivir con los hombres buenos e ilustres en una sociedad pacífica y dichosa, antes el gozo debía inundar el ánimo en apacibilidad.

Es verdad que Cicerón no alude para nada aquí a las penas eternas, que también admitían los paganos como castigo del mal obrar, y que tan vivamente describe su coetáneo Virgilio, y ésta es precisamente la causa por la cual el cristiano teme la muerte.

La posibilidad de la muerte para desgracia eterna es lo que llena de pavor al cristiano y le hace suplicar humildemente al Señor le libre de tanta desdicha.

Cicerón exhortaba a la serenidad apacible de la muerte y enseñaba que la muerte no es un mal del que se deba huir, porque lleva a la compañía de los hombres inmortales sabios y buenos y a la felicidad sin término, que él mismo describe según sus pobres conocimientos paganos.

«Y cuando lleguemos a la vida del cielo, dice, entonces viviremos verdaderamente. Porque la vida de aquí es más bien muerte y, si nos fuera permitido, debiéramos lamentarla» (5).

Y diciéndole uno de sus dialoguistas: «Veo que tú miras muy alto y quisieras ir al cielo», Cicerón le da esta admirable respuesta: «Espero ir y deseo esto para todos los que aquí estamos» (6).

Catón de Utica, vencido en una guerra, no quiere sobrevivir a su derrota. Toma los diálogos platónicos y lee en el Fedón las reflexiones de Sócrates a sus discípulos en el día de su muerte, sobre la inmortalidad y vida futura del alma. Esforzado con la luz de esas lecturas y reflexiones, sin atender al principio de que a nadie le es lícito quitarse la vida, Catón se quitó la suya para entrar en la inmortalidad. No faltarían después, al correr los siglos, equivocados seguidores del funesto error del suicidio.

(1) Platón, Fedón, VIII.

(2) Platón, Fedón, XII.

(3) Platón, Fedón, XXXV.

(4) Platón, Fedón, XXXIX.

(5) Cicerón, Tusculanae Disputationes, lib. I, capítulo XXXI. núm.75. Todo el libro trata de esto, en especial los capítulos XXIX-XXXI;

(6) Cicerón, Tusculanae Disputationes, lib. I, capítulo XXXI. núm. 82.