JUICIO CRÍTICO SOBRE LA EDUCACIÓN ANTIGUA Y LA MODERNA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

 

Vigesimoprimer entrega

 

“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”

San José de Calasanz

 

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APÉNDICE

PARTE I

ORIGEN SOSPECHOSO DEL SISTEMA MODERNO

§ I

En el cuerpo de la obra hemos demostrado que el sistema moderno de enseñanza ha contribuido a la decadencia de la instrucción media, y hemos descubierto que predominan en él varios errores funestísimos para toda cultura literaria y científica, a saber:

la movilidad, que destruye la unidad y revela la incertidumbre;

el recargo de materias, textos y programas que abruma la inteligencia;

el método simultáneo que, distrayendo la atención, debilita las fuerzas mentales;

y por último, el inasequible empeño de instruir a los niños sin cuidarse de preparar convenientemente sus facultades para hacer que esa instrucción les entre en provecho.

Pero, por muy lamentable que sea este fracaso, porque en el orden intelectual se perjudica gravemente la formación de los niños, en quienes cifran las familias y la sociedad sus más caras esperanzas; con todo, más desastrosas consecuencias tiende a producir este sistema, y de hecho las produce en el orden moral, ya porque fomenta la inclinación al materialismo, como hicimos notar, ya porque descuida y ordinariamente suprime la enseñanza religiosa, cuya imprescindible necesidad probamos con sólidos argumentos.

Mas como para juzgar un sistema o doctrina importa mucho conocer su origen y saber quiénes son sus fautores, hemos reservado acerca de este punto algunas consideraciones, por las cuales se vendrá en conocimiento de que los corifeos de tan radicales reformas no sólo han procedido con irreflexión, sino con refinada malicia.

Y en efecto, sospechoso debe ser para toda persona sensata el moderno sistema de enseñanza por el mero hecho de haberlo introducido y patrocinado siempre y en todas partes los flamantes reformadores de la humana sociedad, que desechando todo lo antiguo, leyes, códigos y costumbres, han pretendido regenerarla, constituyéndola sobre bases enteramente nuevas.

Esos hombres, embaucados por novelerías quiméricas, intentan sustituir con derechos de creación puramente humana los eternos principios del derecho natural derivados de la ley eterna, que son el fundamento de las leyes positivas, sobre el cual descansa la constitución misma de las sociedades.

Y de delirio en delirio, han llegado a proscribir el sacrosanto nombre de Dios, renegando con audacia diabólica del que es autor y conservador del universo, fuente de toda autoridad y derecho. Los que no abominan de Jesucristo Redentor del linaje humano, falsean por lo menos el carácter de su divina persona, considerándole y admirándole solamente como un gran sabio o reformador ilustre y poniéndole en parangón hasta con los más furibundos impugnadores de sus celestiales enseñanzas; algunos menos osados aunque no siempre menos perversos, ahogan en el pecho el odio con que miran a Jesucristo, pero atacan con recia batería su obra predilecta, la Santa Iglesia Católica, y no cesan un punto de escarnecer y perseguir su culto, sus ministros, su enseñanza y sus preceptos.

Comprendiendo, pues, estos novadores que para realizar sus inicuos proyectos era preciso imbuir en sus ideas a las generaciones nuevas, han dirigido sus esfuerzos, sagazmente combinados, a dominar la juventud, apoderándose de la enseñanza, para organizaría conforme a sus miras. Con facilidad lograron su intento influyendo, ya con franqueza, ya con dolo, en los Gobiernos, hasta colocar en los altos puestos administrativos a individuos partícipes de aquella conspiración o que abrigasen al menos algunas simpatías por las ideas que representan el llamado espíritu del siglo.

Encaramados en el mando, se prevalieron del derecho de la fuerza para arrebatar la suprema dirección de la enseñanza a la Iglesia, que hasta hace un siglo la había tenido en sus manos con tan brillantes y felices resultados; y se arrogó el Estado el magisterio de la verdad, ya sometiendo a su examen y aprobación todos los establecimientos de instrucción, con más o menos disimulo, según las circunstancias de lugar y tiempo, ya creando otros a su gusto y placer, en los cuales pueda libremente y con seguridad de buen éxito, inocular el virus de sus ponzoñosas doctrinas en los tiernos ánimos de los niños.

Guarecidos en este fortísimo baluarte del poder, quedaron dueños del campo, y con calculada lentitud fueron estorbando a la Iglesia, despojada ya de la dirección de los estudios, toda entrada en los establecimientos de educación, o dejándole en la letra de la ley una influencia ilusoria, para no chocar de frente con los sentimientos de los pueblos católicos. Con astucia y constancia han ido venciendo las resistencias que frecuentemente les han salido al encuentro, y no han parado hasta hacer que desapareciesen en muchos países todos los colegios y escuelas dirigidos por eclesiásticos o religiosos, conculcando en nombre de la libertad y de la igualdad los más sagrados derechos de la Religión, de la familia y de la juventud misma.

Destruidos así, o por lo menos debilitados los enemigos, se dieron estos reformadores a legislar sobre enseñanza, empezando por imponer la instrucción primaria obligatoria y laica (esto es, atea), con el falaz señuelo de gratuita para hacer entrar al pueblo en las redes; vino en seguida para la secundaria un diluvio de planes de estudios, sin ninguna reminiscencia religiosa, en los cuales se suprime el latín o se disminuye su importancia por odio a la Iglesia y se da una amplitud desmesurada a las ciencias positivas, a la vez que se destierra de las aulas la sana filosofía en que brillaron los doctores escolásticos, y se la sustituye por un fárrago de necedades y errores, que sólo por ludibrio y baldón merecen el nombre de filosofía.

§ II

Si la hostilidad que siempre han mostrado a la Iglesia los introductores y patrones del moderno sistema abona poco en su favor, y las arterías de que se han valido para difundirlo obligan a que todo buen católico lo tenga por sospechoso; menos aún lo recomienda su origen bastardo y el bochornoso abolengo que le da la historia.

Hijo del filosofismo del siglo XVIII, apadrinado por el jansenismo, amamantado por la masonería, y favorecido por el liberalismo, ha heredado de estas sectas el odio satánico contra la Religión, que es como el rasgo característico de su fisonomía, por más que en ocasiones dadas afecte una indiferencia que está muy lejos de poseer.

Así vemos que a fines del último siglo, la obra en que con mayor empeño trabajaron los propagadores de las nuevas ideas fue la destrucción de la Compañía de Jesús, y esto precisamente porque, como tenía en sus manos la educación de la mayor y más florida parte de la juventud, consideraron indispensable deshacerse de ella para cambiar luego a mansalva todo el régimen escolar cristiano, de suerte que, como afirma un escritor de nuestros días “la ruina de los jesuitas no era más que el primer paso para la secularización de la enseñanza”. (1)

A propósito de esto, Barruel refiere, (2) que estando un día el ministro francés duque de Choiseul en conversación con tres embajadores, uno de éstos dijo que si alguna vez llegase a tener valimiento destruiría todos los cuerpos religiosos, exceptuando únicamente a los jesuitas, porque al menos ellos eran útiles para la educación. Pero yo, replica Choiseul, a la hora que pueda, sólo destruiré a los jesuitas; porque, suprimida su educación, los demás cuerpos religiosos caerán por sí mismos. Desgraciadamente el curso de los sucesos vino más tarde a justificar la malhadada sagacidad de aquel perverso estadista. Nadie ignora que a contar desde la supresión de los jesuitas aferrados al antiguo método, dio gran vuelco la enseñanza, y a toda prisa se introdujeron reformas fundamentales exigidas, al decir de maestrillos improvisados, “para destruir la monotonía de la rutina y satisfacer a las necesidades imperiosas de los tiempos”.

En Francia, el jansenismo encarnado en los hipócritas solitarios de Port-Royal, trabajaba ya en la empresa desde la mitad del siglo XVII, y cuando vio el campo desalojado de sus más terribles adversarlos, pudo celebrar su victoria tan funesta para las letras clásicas, y aún para la misma literatura francesa.

Igual efervescencia se notó en España, donde en el reinado de Carlos III comenzó la secularización y monopolio oficial de la enseñanza, con el imprudente apoyo de las principales universidades del Reino, (3) hasta que las Cortes de Cádiz asumieron descaradamente el derecho de “arreglar cuanto pertenezca a la instrucción pública”, conforme a lo cual fue sancionado el 29 de Junio de 1821 el Reglamento general de estudios, “copia todo él del que habían trazado en Cádiz Quintana y sus amigos, el año 1813, por encargo de la Regencia” (4), y que puede considerarse como tipo y dechado cumplido de cuantos en tiempos posteriores ha ideado el género del liberalismo moderno para convertir “la enseñanza de la juventud en simple función del Estado”. (5)

Lo mismo se ha ido haciendo con mayor o menor lentitud, pero siempre sin cejar un punto, en Italia, Bélgica y demás naciones del viejo continente. Y está muy lejos de sosegarse la borrasca, antes arrecia por instantes.

Es de todos conocido el encarnizamiento con que los poderes públicos acosan de algunos años a esta parte en el que fue reino cristianísimo, a las congregaciones religiosas, y las alejan a viva fuerza de los establecimientos de enseñanza, de los cuales han osado arrancar hasta la imagen veneranda del Redentor del mundo. Mas como si lo hecho hasta ahora les pareciese poco, pretenden últimamente ahogar aún el más leve respiro de libertad en la educación religiosa, con leyes tan inicuas y tiránicas que el mismo Julio Simón, a quien nadie tachará de clerical, las ha rechazado por su parte con franca indignación y energía propia de años más juveniles.

Sin necesidad de andar buscando ejemplos fuera de casa, a la vista los tenemos en nuestra República. Largo por demás es el camino que en el sentido de secularizar la enseñanza se ha adelantado en los pocos años que contamos de gobierno regularmente constituido; todos saben a qué punto de la jornada hemos llegado, y es fácil conjeturar que no se duerme el enemigo sobre los laureles de sus pasadas victorias.

En esta universal campaña abierta contra la enseñanza de la juventud según las tradiciones antiguas, marcha siempre a vanguardia la francmasonería, que es sin duda alguna la milicia más activa de la revolución, y una de las instituciones que ejercen a la sordina más eficaz influencia en la dirección que se da a las cosas públicas. Ni se recata ya de propalar sus malvados proyectos, pues en libros y periódicos los saca a la luz del día con cínica impudencia, desde que se ha reconocido bastante fuerte para descorrer sin peligro el velo de hipocresía que ocultaba sus misterios a los ojos de los profanos.

Por no aducir documentos particulares que dan pié a que algunos bonachones crean que sólo la masonería de tal o cual nación es mala, recordaremos el decreto dado en 1879 por la Asamblea general de las logias francesas, celebrada en París con asistencia de los delegados de todas las naciones, en la cual se resolvió “descristianizar por todos los medios, pero sobre todo, estrangulando el catolicismo poco a poco con nuevas leyes todos los años contra el clero”; porque así “en ocho años, gracias a la instrucción laica sin Dios, se tendrá una generación atea”. (6)

Inspirada está en los mismos perversos designios La Liga, enseñanza fundada en Bélgica por los masones solidarios y acogida con fraternal benevolencia por los masones de otros países, cuyo fin es propagar la instrucción sin Dios, para que el hombre aprenda a vivir como si el cristianismo no existiese. Esta Liga tomó tan rápido incremento que el h. Juan Macé, que la difundió por Francia, se congratulaba de que acabaría por ser un grande ejército. Ejército verdaderamente formidable para batir y arruinar la sociedad es el que se recluta en las escuelas sin Dios, por cuya propagación se observa un ardor febril.

De una cosa tan buena en sí y tan apetecida por los padres de familia, como es la instrucción de la niñez y de la juventud, se abusa traidoramente; consúmense ingentes sumas salidas de la pobreza del pueblo, en construir y dotar suntuosos establecimientos de enseñanza; la prensa insiste diariamente en presentar la escuela y la biblioteca popular (atestada de libros impíos e inmorales) como una de las primeras necesidades de la época; se repite de continuo que cada escuela abierta es una cárcel cerrada, a pesar de que nunca ha habido más cárceles, ni más pobladas, y, lo que es mil veces peor, nunca fuera de las cárceles ha habido más criminales que en estos felices tiempos de tanta ilustración; los gobiernos ponen en juego toda su actividad para combatir la ignorancia, que consideran como el más formidable enemigo de la moderna sociedad; organizan numerosas falanges de maestros y los instruyen en la táctica y disciplina de la perversión sistemática y solapada en las escuelas normales; crean consejos de educación que dirijan con estrategia certera el ataque, y encomiendan a los ministerios de Instrucción Pública el mando supremo de estas huestes, cuyo santo y seña podrían ser aquellas palabras del h. La Belle: “Salud y gratitud al método científico que destierra de todas partes el procedimiento de la fe”; y cuya consigna se compendia en estos dos artículos de un proyecto de ley formulado en 1864 por el Gran Oriente de Bélgica: “de toda instrucción religiosa. — Obligación para el padre y para la madre viuda de conducir por fuerza a sus hijos a la escuela”.

Sirve admirablemente a los perversos fines de la masonería el liberalismo de todos los matices, ora sorprendiendo con emboscadas, ora molestando con escaramuzas, ora deslizándose con divisa fingida entre las filas de los católicos íntegros, que no transigen con el error, ni con su sombra.

Del liberalismo, pues, se vale la masonería, como de antifaz que impide conocerla, para tender lazos a la juventud en aquellos países en donde el buen sentido del pueblo rechaza a primera vista todo lo que lleva el sello de la secta tenebrosa; y no precisamente del liberalismo radical, que incendia con la tea y demuele con la piqueta, sino del liberalismo manso, que pretende conciliar “la luz con los tinieblas, a Cristo con Belial”, pues de éste se recelan menos los padres de familia y no vacilan en entregarle sus hijos para que los instruya, sin contar con que su enseñanza es mortífero veneno.

Por lo que en este artículo llevamos expuesto y mucho más que omitimos, cualquiera puede comprender cómo el rumbo que en este siglo se ha dado a la enseñanza, divorciándola de la Religión, encamina al triunfo de las ideas impías y anticristianas.

Y puesto caso que el sistema a que generalmente se concede la preferencia en la dirección de los estudios, no es más que una parte de ese vasto plan de secularización, síguese que un católico no puede aceptar a ciegas y en todo su conjunto tal sistema, que le viene del campo enemigo.

No queremos decir con esto que todos y cada uno de los detalles de ese sistema contengan una impiedad; hay en ellos algo aceptable, pero la masa en general ha fermentado con levadura emponzoñada, y sería temerario, por no decir cruel e inhumano, que un padre quiera probar en sus hijos la eficacia de este tóxico.

Finalmente, y para concluir este punto con un testimonio nada sospechoso, citaremos unas palabras con que el conde de Cabarrús exponía en una de sus cartas al príncipe de la Paz los medios de asegurar en España la victoria del enciclopedismo filosófico. “¿Queremos que no se degrade la razón de los hombres? Apartemos los errores y enseñémosles sólo cosas precisas, útiles, exactas… Se trata de borrar las equivocaciones de veinte siglos, apoderarse de la generación reciente, y veinte años sobran para regenerar a la nación”.

Aprendan, pues, los buenos a desconfiar del presente griego que nos regalan los más irreconciliables adversarios de nuestra bandera, y no olviden que la de los enemigos tiene en un lado aquel lema capcioso: Instruir para educar; y ostenta en el otro su verdadero designio declarando sin ambages por la Venta suprema del Carbonarismo en estos términos: “Nuestro fin último es el de Voltaire y de la Revolución francesa: El anonadamiento eterno del Catolicismo, y hasta de la idea”.

PARTE II

RAZONES PARTICULARES QUE HACEN ESTIMABLE EL LATÍN A TODOS LOS CATÓLICOS

§ I

Fuera de los motivos generales que en la segunda parte de este trabajo expusimos, el estudio de la lengua latina tiene en particular para todo católico un interés propio y especial, cuyos fundamentos vamos a exponer.

Por de pronto a nadie se le ocurrirá negarnos que no sólo para profundizar en la teología, pero aun para adquirir de ella un mediano conocimiento, es indispensable el latín; puesto que en latín están escritas las obras teológicas y las que constituyen las fuentes de las ciencias sagradas.

Mas, esto concedido, todavía nos parece que no ha de faltar quien pregunte por qué tratamos de propósito la necesidad del latín para la teología, a la cual únicamente se dedican los que aspiran al sacerdocio. El motivo está en su singular nobleza y en su influjo sobre los demás conocimientos humanos, por lo cual no es, como algunos creen, ciencia a que exclusivamente hayan de dedicarse los eclesiásticos; pues según lo que en 1881 decía el Ministro de Instrucción Pública, “nada perdería la Nación en hacer revivir los tiempos de Bossuet o de Gerson en el estudio de la teología, que la Alemania coloca a la cabeza de sus investigaciones científicas y forma la primera de sus Facultades Universitarias”. (7)

Explanaremos algún tanto estas ideas, que pudieran parecer peregrinas a quien no alcance las razones en que se fundan.

La teología es la más noble de las ciencias, puesto que su objeto es el más sublime de cuantos ocupan el entendimiento humano, es Dios mismo, conocido con la luz de la revelación, y las obras más perfectas de Dios; la certidumbre de sus principios es la mayor de todas, porque se apoya en el más firme de todos los motivos, que es la ciencia misma y la palabra de Dios; su fin como ciencia práctica es el más excelente de todos, porque es la bienaventuranza sobrenatural del hombre, adonde como a fin último se enderezan todos los fines de las demás ciencias prácticas. Sin el conocimiento de la teología es imposible el conocimiento perfecto de las cosas, propio del verdadero sabio, que, como enseña Santo Tomás (8) es sólo aquel que considera el fin del universo.

Pongamos delante de una de las modernas máquinas dinamoeléctricas a un observador que jamás haya tenido noticia de esta clase de aparatos. No se puede decir de él que conoce perfectamente la máquina, por más que haya visto y examinado con atención cada una de sus partes, ni aunque las vea funcionar, ni aunque él mismo excite y utilice las corrientes; mientras no sepa cuál ha sido el objeto que se ha propuesto el inventor y cómo lo ha conseguido, cuáles son según este fin las relaciones que ligan entre sí las diferentes piezas y les señalan forma y lugar determinado en la obra; su conocimiento sería tan incompleto como que no verá allí más que una máquina que produce chispas o luz.

Ahora bien, el universo entero es una máquina admirable, cuyo artífice es Dios. En vano, pues, se jactará el hombre de que ha registrado las entrañas de la tierra, sondeado los mares y medido las profundidades del espacio; en vano habrá descubierto los medios de poner a su servicio las fuerzas de la naturaleza; este conocimiento no le basta para alcanzar la verdadera ciencia que hace sabios, mientras no conozca el fin a que el soberano artífice ha ordenado el universo y las relaciones que cada uno de los seres tienen con este fin último; y esto no lo podemos saber si Él mismo no nos lo hubiera revelado, porque el mundo con todas las criaturas visibles e invisibles que encierra, ha sido creado para un fin sobrenatural, y el orden sobrenatural, que perpetuamente domina y atrae a sí este universo, como el fin a los medios, excede la capacidad de nuestra razón.

Pero, puesto que a su Divina Bondad plugo revelarnos este fin, y las múltiples y estrechas relaciones que con él tienen todos los seres del universo, que son los objetos de que trata la teología, estos conocimientos son los que constituyen la verdadera sabiduría, sin la cual los que conocen el mundo, sólo lo conocen imperfectamente, en su parte menos noble y como en la corteza exterior que cubre sus arcanos.

Y si aun en lo antiguo, los sabios de la gentilidad no se tenían por tales mientras con su razón no podían investigar acerca de Dios, y comprendían que sin esto su conocimiento de las cosas era imperfecto por descuidar en ellas lo más esencial, que es la relación que tienen con Dios como con su Autor y Ordenador; mucho menos se podrá llamar verdaderamente sabio en nuestros días, el que hallándose en medio de los resplandores de la luz que ha derramado en el mundo nuestro Divino Redentor, no penetre en el conocimiento de lo que nos enseña la revelación.

Por eso quien quería antiguamente ser de veras sabio y abarcar la perfección de los conocimientos humanos, no se contentaba hasta profundizar en el estudio de la Religión, y así era tan frecuente el ver unido en nuestros doctores católicos el grado de la sagrada teología con el de la jurisprudencia.

Finalmente el ser la teología la verdadera sabiduría, como acabamos de demostrar, hace que su influjo se extienda a todas las demás ciencias.

El Sumo Pontífice Pio IX nos enseña (Encíclica Qui pluribus, de 9 de Nov. de 1846) que “el conocimiento de las cosas divinas ilumina, fortifica y perfecciona admirablemente la razón humana”; y nuestro santísimo Padre el Papa León XIII, que felizmente gobierna la Iglesia, dice en su Encíclica Æterni Patris: “El esplendor de las verdades divinas recibido en el ánimo, ayuda al mismo entendimiento… confiérele gran nobleza y lo torna más agudo y vigoroso”. En efecto “la Religión, escribe un controversista católico, se impone: amada o aborrecida, ocupa su lugar necesario en la vida humana, y no hay una sola rama de los conocimientos humanos de donde pueda ser desterrada… Con razón, pues, se dice, que la teología es la reina de las ciencias, porque con todas tiene estrecha relación”. (9)

Conocidas son de todos las notables palabras con que uno de los más furiosos revolucionarios modernos, el blasfemo Proudhon confesó ser “cosa que admira, el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología”. Sobre las cuales palabras el ilustre marqués de Valdegamas observa profundamente: “Nada hay aquí que pueda causar sorpresa, sino la sorpresa de Mr. Proudhon. La teología, por lo mismo que es la ciencia de Dios, es el océano que contiene y abarca todas las ciencias, así como Dios es el océano que contiene y abarca todas las cosas.” Y más adelante añade: “Si todo se explica en Dios y por Dios, y la teología es la ciencia de Dios, en quién y por quién todo se explica, la teología es la ciencia de todo”. (10)

Este es el sublime concepto de la antigua Universidad católica, cuya falta tanto se hace sentir entre nosotros y cuya proyectada erección reclama encarecidamente el generoso y abnegado concurso de todos los buenos argentinos. En ella la teología era la guía y maestra de todas las ciencias; conforme a lo que enseña el Concilio Vaticano que “la Fe libra y persevera de errores a la razón, y la enriquece con multiplicados conocimientos”. (11)

La filosofía tenía por oficio ser la sierva de la teología: ancilla theologiæ; pero esta servidumbre es la mayor de las noblezas, y por ella la filosofía dominaba sobre las demás ciencias, las cuales formaban su cortejo. Por desgracia, en la Universidad moderna, supeditada por el Estado, la filosofía ha sacudido el yugo de la teología; mas el día en que aquella se negó a ejercitar su noble ministerio, declarándose emancipada de ésta, cesaron de estarles sujetas las demás ciencias y le arrebataron el cetro de supremacía; no de otra suerte que cuando el hombre hubo desobedecido a Dios en el paraíso, cesaron de serle obedientes sus pasiones y se conjuraron para sobreponérsele y arrastrarlo por el lodo.

Y en realidad ¿a qué se ve reducido hoy el estudio de la filosofía? A la más lastimosa condición: al trabajo de decorar unas cuantas definiciones y teorías para llenar el nombre de una clase. Y menos mal si esas teorías y definiciones estuviesen sacadas de la sana filosofía; pues por lo común sucede que son producto del más soberbio racionalismo y del más degradante naturalismo.

Pero nosotros consideramos el orden tal como debe ser, y no tal como por los errores y perversidad de los hombres ha llegado actualmente a constituirse; y en este orden, sin sombra de duda, el primer lugar lo ocupa la teología católica.

No somos, pues, de aquellos que creen que el conocimiento de Dios se ha de relegar al olvido, y que sólo los que son llamados a la dignidad del sacerdocio deben estudiar la ciencia de la revelación; error acreditado entre muchos y originado de la impiedad del siglo en que vivimos. Nosotros creemos, por el contrario, que en estos tiempos en que cualquiera se arroga el derecho de hablar acerca de la Religión, aunque no la conozca, es más que nunca oportuno su estudio, para discurrir con acierto; y pues los enemigos de la Iglesia buscan en todos los puntos de la ciencia armas con que impugnar el catolicismo, conviene en gran manera que el sabio católico conozca a fondo la ciencia de la teología, a fin de proceder con seguridad y buen éxito en la defensa de su fe ultrajada. Si en estudiarla empleasen también su tiempo y sus talentos los que sucesivamente son llamados a la dirección de la cosa pública, procederían indudablemente con más tino en sus relaciones con la Iglesia, pues conocerían la verdadera naturaleza de esta Sociedad, sus divinas prerrogativas e inmunidades, y los deberes que para con ella tienen todos los católicos aunque sean gobernantes.

El olvido y desprecio en que yace la más sublime de las ciencias ha hecho que nos extendiésemos en las precedentes consideraciones, para hacer ver que su conocimiento es muy propio de todo sabio católico e intencionalmente hemos dicho sabio; pues nunca hemos pretendido que tales estudios hayan de ser cultivados por toda clase de hombres de mundo, aun de los que tienen carrera literaria; sino únicamente por aquellos que aspiren a la posesión plena y perfecta de la sabiduría, y más aún por los denodados seglares, que con gallardo esfuerzo, de palabra y por escrito, pelean las batallas del Señor, luchando bizarramente por restaurar todas las cosas en Cristo, como quería el Apóstol, estableciendo su soberanía social en todo el universo.

Concluyese de lo dicho que si los sabios católicos deben, para merecer tan honroso título, dedicarse a la sagrada teología, le es indispensable el conocimiento del latín, como al principio dijimos, puesto que todas las obras teológicas están escritas en este idioma.

§ II

Pero no sólo a los que pretenden subir a la cumbre de las ciencias, sino también a todo católico que se precie de ser medianamente instruido, ofrece el latín excelencias y utilidades, que merecen particular estimación y aprecio, y aconsejan su estudio. Nos contentaremos con enumerar brevemente algunas de las que más resaltan.

El latín es la lengua oficial de la Iglesia; la lengua de sus tradiciones, en la que están escritos los Sagrados Libros, las obras de los Santos Padres, los decretos de los Pontífices, los cánones de los Concilios y las enseñanzas que el Papa dirige a los fieles esparcidos por todo el orbe; es, pues, la lengua en que la Iglesia habla a sus hijos. Ahora bien, pudiendo sin gran trabajo percibir el genuino sentido de sus palabras y gustar el idioma original los primores que la versión desluce, ¿qué católico no deseará entender a esta amada Madre sin necesidad de valerse de intérpretes?

El latín es, asimismo, la lengua litúrgica en que se recitan todos los Oficios de la Iglesia. Habiendo, pues, en estos Oficios encerrados tantos misterios y tan preciosos tesoros para el alma, ya en los Evangelios, ya en las Epístolas y Oraciones que se leen todos los días en la Misa, ya en las demás ceremonias a que los fieles asisten; deseando por otra parte la Iglesia que tales tesoros se comuniquen a sus hijos; tan insigne provecho y tan respetable deseo deben mover eficazmente el ánima de éstos, no solo para estimar, sino también para aprender el latín, siéndoles esto posible.

Aun de las señoras católicas, decía en su tiempo Fenelon, “que más bien les aconsejaría que aprendiesen el latín para entender el Oficio Divino, que el italiano para leer poesías amorosas”. Y en realidad, en los tiempos antiguos muchas nobles damas católicas y hasta reinas coronadas estudiaron y aprendieron la lengua latina. Así lo leemos de la gran Isabel la Católica, Reina de las Españas, por quien en nuestra América lució la antorcha de la fe y de la civilización; así de María Tudor, Reina de Inglaterra; y así también se refiere de la infortunada Reina de Escocia, María Estuardo, que al recibir al Nuncio de Su Santidad, le hizo exponer en latín el objeto de su embajada, entendiéndolo perfectamente, y sólo se excusó de no responder en aquella lengua por no ser bastante práctica en su uso.

Es además esta lengua litúrgica un lazo de unión que liga a todos los católicos del mundo; donde quiera que se traslade en sus viajes el cristiano, oye resonar los mismos ecos, las mismas alabanzas a Dios, en el mismo idioma que en su patria. Unidad admirable, que por sí sola merecería todo el trabajo que se emplease en conservar la lengua latina. “¡Qué idea más sublime, dice de Maistre, que la de una lengua universal para la Iglesia Universal! Desde un polo al otro polo, el católico que entra en una Iglesia de su rito, se halla como en su país, y nada es extraño a sus ojos. Tan luego como llega, aunque venga de lejanas tierras, oye lo que ha oído toda su vida; puede unir su voz a la de sus hermanos; los entiende y es entendido de ellos, y puede muy bien exclamar: Roma está en todas partes, está toda donde quiera que yo habite. La fraternidad que resulta de una lengua común, es un lazo misterioso que tiene inmensa fuerza”. (12)

Tan claras son las ventajas de esta comunidad de lengua en la Iglesia, que las reconocen aun los que no son católicos. Véase sino cómo se expresaba en Noviembre de 1884 un periódico protestante de los Estados Unidos, refiriéndose al Concilio Nacional que acababa de congregarse en Baltimore: “Los dignatarios, decía, de sangre francesa de Nueva Orleans, a quienes en otro tiempo la lengua francesa era la única familiar entre todos los idiomas modernos, hablaban fraternalmente con los Reverendos Padres alemanes que dirigen la Orden de los Redentoristas, dando así una prueba elocuente de la sabiduría de su santa Madre la Iglesia, que ha perpetuado entre los sacerdotes la lengua latina, como lengua universal de la jerarquía católica, estableciendo de esta manera un vínculo que une entre sí a los fieles de todas las nacionalidades”.

Finalmente, el aprecio con que la Santa Iglesia ha mirado siempre los estudios de las letras, en especial las griegas y latinas, es un poderoso motivo para que todos sus hijos, cuando no fuera por otra razón, las estimen en gran manera y contribuyan o que sean cultivadas con el mayor lustre posible.

Este aprecio se manifiesta patentemente en todo el discurso de la historia. Los Santos Padres todos recibieron la educación literaria en los autores clásicos griegos y romanos, y algunos de ellos sobresalieron con tanta excelencia en este género de estudios, que llegaron a diferenciarse muy poco de la perfección de sus modelos. En aquella época en que por toda Europa, con el estrépito de las armas y la confusión ocasionada por las invasiones de los bárbaros, había sido completamente relegado al olvido el estudio de las bellas letras, sólo en los palacios de los príncipes de la Iglesia y en la soledad de los claustros se conservaron los escritos de los mejores oradores, historiadores y poetas.

Muchos de los Sumos Pontífices se han distinguido también de una manera especial en las letras, y todos han fomentado estos importantes estudios, ora con la fundación de escuelas, ora con la erección de bibliotecas, ora con sus exhortaciones a los Obispos, o premiando con largueza a los hombres más eminentes en estos ramos, como se ven forzados a confesarlo los mismos detractores de la Santa Sede. Y de esto mismo es buena prueba el sapientísimo Pontífice que hoy rige la Iglesia, cuyas delicadas poesías latinas han merecido los elogios de los literatos, y de cuya estimación por las letras clásicas da elocuente testimonio la carta que en Mayo de 1885 dirigió al Cardenal Vicario de Roma, en la cual, enumeradas las ventajas que proporcionan estos estudios y el aprecio que siempre ha tenido de ellos, la Santa Iglesia, le encarga que estas materias sean promovidas de una manera especial en el Seminario Romano.

Todo este empeño, al paso que es un glorioso timbre para la Iglesia Católica, por revelar cómo siempre ha sido protectora y propagadora de cuanto eleva y ennoblece a las naciones; es también una norma, que muestra a los fieles el ánimo que deben tener respecto a estas materias, buscando para sus hijos la sólida educación que tales estudios cristianamente dirigidos procuran, estimándolos ellos mismos como joya de subido precio que enriquece el tesoro de la gran familia cristiana, y contribuyendo con su juicio y autoridad para que de todos sean estimados.

Esta es la razón que muchas veces ha movido a familias sinceramente católicas; las cuales, como adivinando con instinto cristiano cuál es el más seguro proceder, han dado el ejemplo de sacrificar otras conveniencias a la de que sus hijos estudiasen la literatura clásica latina.

§ III

A fin de que los católicos puedan penetrar más a fondo la cuestión de que venimos tratando, no estará fuera de propósito el que les ayudemos a conocer cuál sea la causa de tan porfiada guerra contra las letras clásicas. En efecto “el humano linaje, según palabras de la Santidad de León XIII en la admirable Encíclica Humanum genus, desde que por envidia del demonio se separó miserablemente de Dios, al cual era deudor de su existencia y dones sobrenaturales, se dividió en dos campos enemigos, que no cesan de pelear, uno por la verdad y la virtud, otro por todo lo que es contrario a la virtud y a la verdad. Es el primero el reino de Dios sobre la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo, cuyos miembros, si quieren serlo de veras y alcanzar su salud, necesariamente han de servir a Dios y a su Hijo único con toda su alma, con toda su voluntad. Es el segundo el reino de Satanás. Bajo su imperio y su poder se encuentran todos los que, siguiendo el funesto ejemplo de su jefe y de nuestros primeros padres, se resisten a cumplir la ley divina, y de mil modos se esfuerzan, ora por pasarse sin Dios, ora por obrar directamente contra Dios”.

Este segundo campo, o sea el de los enemigos de Dios, aborrece con odio profundo cuanto procede de la Iglesia Católica. Lo que en cualquier otro le parece laudable, en la Iglesia lo juzga por digno de vituperio; y así, por ejemplo, le vemos ensalzar la continencia en las vestales y detestarla en los cristianos; ni pueda tolerar que la Iglesia haya hecho bien al mundo, y si pudiera, borraría todos los rastros de civilización, que recuerdan la benéfica influencia que ejerció sobre los pueblos. Este odio ciego se revela o veces en actos extravagantes como aquel en que la Revolución francesa quiso alterar los nombres de los meses y el orden de contar los días y los años; y en la rareza más reciente de Camilo Flanmarión, quien ha ofrecido un premio de 6000 francos a quien le presente el calendario más acabado, con tal que nada tenga del calendario gregoriano. Tan profundo encono abriga, que, a pesar de ser el gregoriano un calendario que para los usos civiles se puede llamar perfecto, no quiere que la sociedad goce de este bien, sólo por ser obra de un Papa.

Este espíritu, pues, que de la Iglesia ni el bien quiere recibir, es el que ha movido y sustenta la guerra contra los estudios clásicos, que ella siempre ha protegido. Para persuadirnos de ello, basta recorrer uno por uno los enemigos que en el capítulo IV de la segunda parte hemos mencionado.

Del Apóstata Juliano afirma Amiano Marcelino (13), historiador gentil, que escribió a raíz de los sucesos, que la causa porque publicó el edicto expresado, fue “para estorbar de esta manera el que muchos se pasasen del culto de los dioses (esto es, de los ídolos) al de los cristianos”. Y León XIII en su carta de 20 de Mayo de 1885 al Cardenal Vicario de Roma, dice: “Se comprende cuán artero y lleno de maldad fue el ardid del emperador Juliano, que prohibió a los cristianos dedicarse a los estudios liberales; pues estaba bien persuadido que caerían en desprecio estando destituidos de letras, y que no podría medrar largo tiempo la comunidad cristiana, si se la reputase ajena a estos conocimientos”.

Por lo que toca a Lutero y a los protestantes, bien sabido es el odio que profesaban a la Iglesia Romana; no ignoraban que siendo el latín lengua oficial de la comunión católica, es un lazo precioso que une entre sí a todos sus miembros; y sabían asimismo que este idioma contiene el tesoro de las antiguas tradiciones, en las cuales se encuentra la condenación de sus novedades. Previeron igualmente con su artera sagacidad, que circulando en lenguaje vulgar las obras teológicas, la Biblia y la Liturgia, decaería hasta en el clero el estudio del latín, con gravísimo detrimento de su formación en las ciencias eclesiásticas; y en consecuencia la unidad católica habría de sufrir no pequeña mengua, cuando el Jefe del Catolicismo no pudiese hacer comprender directamente su palabra soberana a todos sus fieles súbditos esparcidos por el mundo entero; y las divinas Escrituras perderían gran parte de su eficacia, usándose comúnmente en traducciones destituidas de autenticidad canónica.

Acerca de los jansenistas he aquí el juicio del conde de Maistre:

Nada aumentó tanto la fuerza de Port Royal sobre la opinión pública, como el uso exclusivo que hicieron de la lengua francesa en todos sus escritos. Sin duda sabrán el griego y el latín, aunque sin ser helenistas ni latinos, lo que es muy diferente: pues ningún monumento de verdadera latinidad salió de su escuela y ni aún el epitafio de Pascal supieron hacer en buen latín. En este uso exclusivo, además de la razón de incapacidad, que es incontestable, otra de puro instinto concluía a los solitarios de Port-Royal. La Iglesia católica establecida para creer y amar, no disputa sino con repugnancia; si se ve precisada a entrar en la lid, quisiera a lo menos que no se mezclase el pueblo en la disputa. Así habla voluntariamente en latín y sólo se dirige a los hombres sabios. Por el contrario, las sectas necesitan del pueblo, y sobre todo de las mujeres. Los jansenistas, pues, escribieron en francés, y esta es una nueva prueba de conformidad con sus primos (los protestantes). El mismo espíritu de democracia religiosa los condujo a inundarnos de traducciones de la Sagrada Escritura y de los Oficios divinos. Lo tradujeron todo, hasta el Misal, para contradecir a Roma, que por razones evidentes nunca ha gustado de estas traducciones”. (14)

No será menester más para comprender que al mismo origen debe atribuirse la tentativa del conciliábulo de 1797; pues, como demuestra Crétineau-Joly en su preciosa obra La Iglesia Romana y la Revolución, el clero puramente no era más que el sucesor y heredero de los Jansenistas.

De Lammenais, que quiso resucitar la reforma del clero constitucional, dice el mismo Crétineau:

Sabedor por secular experiencia de que la herejía siente horror por la lengua latina, proscribe la pura latinidad, y se propone darle muerte, en cuanto conoce que providencialmente será siempre indispensable para la Iglesia, como depositaria que es de las verdaderas doctrinas dogmáticas, disciplinarias e históricas”. (15)

Por lo que respecta a los cismáticos griegos y en especial a los rusos, no es un misterio para nadie el fin que se proponen al esforzarse en desterrar el latín de la liturgia de todos los pueblos que les están sometidos. Quieren arrancar las naciones de la comunión con la Iglesia Romana, y estiman que jamás han de poder lograrlo mientras no establezcan la diferencia de lengua en el rito, que fue la causa que facilitó y conserva su propia separación. Pues, como observa de Maistre, “la fraternidad que resulta de una lengua común es un lazo misterioso que tiene inmensa fuerza… Si la lengua latina se hubiese fijado en Kief, en Novogorod y en Moscou, jamás se hubiera arrancado de allí; y los ilustres esclavones, parientes de Roma por la lengua, no se hubieran echado en brazos de esos griegos degradados del bajo Imperio”. (16)

Tocante a los revolucionarios del siglo pasado, dice el mismo ilustre escritor: “El último siglo, que se encarnizó contra todo cuanto hay de sagrado o de respetable, no dejó de declarar la guerra a la lengua latina. Los franceses, que dieron el impulso, olvidaron casi enteramente esta lengua, y se olvidaron a sí mismos, hasta el punto de hacerla desaparecer de sus monedas, sin reparar ni advertir aun ahora, el delito que han cometido a un tiempo contra la razón europea, contra el gusto y contra la Religión.”

El P. Arsenio Cahour, de la Compañía de Jesús, demuestra ampliamente con hechos y documentos, que llenan toda la primera parte de su excelente obra Los Estudios clásicos y profesionales, cómo la guerra declarada al latín desde el siglo pasado procedió del odio de los impíos contra la Iglesia. Y la tan autorizada revista La Civiltá Cattolica (ser. IV, t. III) hace notar que este odio es la única causa, que se puede señalar fundadamente, del abandono en que de un siglo a esta parte ha ido cayendo la lengua latina en las obras de ciencia y en el uso de los sabios.

En orden a los enemigos que el latín y los demás estudios clásicos tienen en nuestros días, con decir que son los liberales, queda al descubierto la causa que los mueve; pues ellos mismos se glorían de ser herederos de los revolucionarios del 89, cuyos principios contiene el código de donde el liberalismo deriva sus doctrinas y la norma de sus hechos.

De esta guerra contra el latín muestra La Civiltá (ser. IV, 1.1) que es una consecuencia del naturalismo político, herejía tan encarnada en las mentes de muchos, y que conduce directamente al término por ellos suspirado de hacer que desaparezca la Religión católica de la sociedad. “Y ciertamente, añade, para consumar en todas sus partes la separación entre la sociedad civil y la sociedad religiosa, o como prefieren decir, del Estado y de la Iglesia, uno de los más eficaces medios es que aquel no entienda absolutamente la lengua de ésta, para quitar de raíz el único medio de comunicación directa que puede haber entre criaturas humanas, que es la palabra.”

No es, pues, una casualidad, sino una razón común de odio la que ha congregado a tantos enemigos de la Iglesia Católica para hacer de diversas maneras la guerra a los estudios clásicos y más en particular al de la lengua y literatura latina. Y con esto pueden advertir en qué compañía van y qué causa defienden aquellos pocos católicos que, directa o indirectamente, han contribuido a su decadencia; los cuales en esta empresa, como sucede en algunas otras, han sido, sin quererlo ni pensarlo, instrumento de los malos.

Notas:

1 Historia de los heterodoxos españoles, por el Dr. D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO, tomo III, cap. II, § VI.

2 Memorias para la historia del Jacobinismo, tomo I, cap. V

3 Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, por don JUAN SEMPERE Y GUARINOS, tomo IV, art. Planes de estudios.

4 Historia de los heterodoxos españoles por MENÉNDEZ PELAYO, tomo III, cap. III, § II.

5 El Estado moderno y la escuela cristiana por el P. FLORIAN RIESS; obra aumentada por ORTI y LARA, parte I, párrafo IV.

6 El Secreto de la Francmasonería por Monseñor Java, Obispo de Grenoble.

7 Memoria presentada al Congreso Nacional, pág. 37.

8 Contra Gentes, lib. I, cap. 1.

9 Le Syllabus, par Petitalot.

10 Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo, por JUAN DONOSO CORTÉS, lib. I, cap. I.

11 Constitutio dogmatica de Fide, cap. IV.

12 Del Papa, por el conde JOSÉ DE MAISTRE, lib. I, cap. XX.

13 Amm. Marcell. lip. XXII, car. X.

14 De la Iglesia galicana, lib. I, cap. VI.

15 La Iglesia Romana y la Revolución, libro IV.

16 Del Papa, lib. I, cap. XX.