P. CERIANI: SERMÓN DEL DÉCIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DÉCIMO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Para algunos, los que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar, el uno fariseo, el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba en su corazón de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo”. El publicano, por su parte, quedándose a la distancia, no osaba ni aun levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, compadécete de mí, el pecador”. Os digo: éste bajó a su casa justificado, mas no el otro; porque el que se eleva, será abajado; y el que se abaja, será elevado.

El Evangelio de este Décimo Domingo después de Pentecostés trae la Parábola del Fariseo y el Publicano. Nuestro Señor la presentó contra algunos que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás.

En contrapartida, la Oración Colecta reza de esta manera: Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia principalmente perdonando y usando de clemencia, multiplica sobre nosotros tu misericordia, para que, corriendo hacia tus promesas, nos hagas partícipes de los bienes celestiales.

Fariseísmo…, Justicia…, Misericordia… y, como vimos el Domingo pasado y prometimos tratar hoy, Celo devorador de Jesús por el honor de la Casa de su Padre…

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En cuanto a la Justicia, según Santo Tomás, es preciso reconocerla en Dios, en que concede a todos los seres lo que les es propio según su respectiva dignidad; y en que conserva la naturaleza de cada cosa en el orden y virtud que le son propios.

San Anselmo dice: Cuando castigáis a los malos, obráis con justicia; porque los tratáis, como ellos se merecen: y cuando los perdonáis, también es justo vuestro proceder; porque hacéis lo que es condigno a vuestra bondad.

En cuanto a la Misericordia, enseña el Santo Doctor que debe atribuírsela principalmente a Dios; no sin embargo como un afecto de pasión, sino como efecto.

Es sabido que se dice misericordioso aquel que tiene el corazón compasivo, es decir, como afectado tristemente por la miseria de otro, cual si fuera suya propia. De donde se sigue que, cuando alguien procura remediar la miseria de otro, como si fuera la suya propia, hace una obra de misericordia.

Ahora bien: Dios no puede entristecerse por la miseria de otro; pero le conviene por excelencia aliviarla.

Por eso la Oración Colecta dice que Dios manifiesta su omnipotencia principalmente usando de clemencia, de misericordia.

Si consideramos la relación entre ambas perfecciones, vemos que Dios obra por misericordia, sin faltar a la justicia, pero obrando a veces por sobre ella; como cuando uno da doscientos pesos a un individuo a quien debe sólo cien, no obra contra la justicia, sino con liberalidad y misericordia.

Es pues evidente que la misericordia no destruye la justicia, sino que es cierta plenitud de ella; por lo cual dice Santiago que la misericordia sobreexcede al juicio.

Además, todo lo que Dios hace en sus criaturas, lo realiza en el orden y en la proporción conveniente, que es lo que constituye la razón de la justicia.

Pero toda obra de la justicia divina presupone siempre una obra de misericordia, y se funda en ella, porque la criatura no puede tener derecho sino por razón de algo que en ella preexiste, lo cual depende sólo de la bondad divina, que es el último fin.

Hay obras, que se atribuyen a la justicia de Dios, y otras a su misericordia; porque en las unas resalta más un atributo y en las otras el otro.

La misericordia se muestra incluso en la condenación de los réprobos; no porque se les perdonó el castigo, sino bajo el concepto de que el castigo es menor del que merecen.

En la justificación del impío se muestra también la justicia; puesto que Dios no remite las culpas sino en consideración al amor que su misericordia infunde en el corazón del culpable.

En el castigo de los justos en este mundo brillan también la justicia y la misericordia: porque estas aflicciones los purifican de sus ligeras faltas, y los elevan más a Dios, separándolos de los afectos terrenos.

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Pasando ya al celo, vemos que uno de los mejores frutos de la unión con Dios es mantener en el alma el fuego del amor; no solamente hacia Él, sino también hacia el prójimo. La verdadera vida interior nos liga tanto a las almas como a Dios: es fuente de celo.

Cuando se ama de veras a Dios se desea verlo amado por todos. Quien ama a Dios de veras, siente profundamente las ofensas hechas al amado; desfallece a la vista de las iniquidades de los pecadores que traspasan la ley divina; sufre al ver dilatarse el imperio del príncipe de las tinieblas.

¿Qué es, en efecto, el celo? Es un ardor que quema y se comunica; consume y se difunde; es la llama del amor o del odio manifestado en actos externos.

El alma abrasada de santo celo se consagra sin descanso al servicio de Dios; y se esfuerza en servirle con todas sus fuerzas; y cuanto más ardiente es este fuego interno, mas irradia al exterior.

El celo que hemos de tener para con la divina Bondad es ante todo odiar, ahuyentar, estorbar, rechazar, combatir y derribar todo lo que es contrario a Dios, es decir a su voluntad, a su gloria y a la santificación de su nombre.

El celo, que devoraba el corazón de Nuestro Salvador hizo que arrojase y que, al mismo tiempo, vengase la irreverencia y la profanación que los vendedores y traficantes cometían en el templo.

En segundo lugar, el celo nos hace ardientemente celosos por la pureza de las almas, que son esposas de Jesucristo.

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Aviso importante sobre la manera de conducirse en el santo celo: Siendo el celo como un ardor y vehemencia del amor, necesita ser sabiamente dirigido, pues de lo contrario violaría los términos de la modestia y de la discreción. Con frecuencia sucede que el entendimiento propone y hace emprender caminos demasiado ásperos y violentos, y que la cólera o la audacia, una vez excitadas, no pudiendo contenerse en los límites que señala la razón, arrastran el corazón al desorden, de suerte que el celo se ejerce indiscreta y desordenadamente, lo cual lo hace malo y reprensible.

Aquel buen padre de familia que nuestro Señor describe en el Evangelio, sabía bien que los siervos fogosos y violentos suelen ir más allá de las intenciones de su dueño, pues, al ofrecerse los suyos para ir a arrancar la cizaña: No —les dijo—, porque no suceda que, arrancando la cizaña, arranquéis juntamente el trigo.

Ciertamente, la ira es un siervo que, por ser fuerte, animoso y muy emprendedor, realiza mucha labor; pero es tan ardiente, tan inquieto, tan irreflexivo e impetuoso, que no hace ningún bien sin que, ordinariamente, cause, al mismo tiempo, muchos males.

Y es que el amor propio nos engaña con frecuencia y nos alucina, poniendo en juego sus propias pasiones bajo el nombre de celo.

El verdadero celo es hijo de la caridad, porque es el ardor de la misma; por esta causa, es, como ella, paciente y benigno, sin turbación, sin altercado, sin odio, sin envidia, y se regocija en la verdad.

Pero hay personas que creen que es imposible tener mucho celo sin montar fuertemente en cólera, y que nada se puede arreglar sin echarlo a perder todo; siendo así que, por el contrario, el verdadero celo no echa mano de la cólera sino en los casos de necesidad extrema.

Ahora bien, no es patrimonio de todos saber encolerizarse cuando conviene y como conviene.

Una ira que está inspirada o excitada por el Espíritu Santo, no es ya la ira del hombre, y es precisamente la ira del hombre la que hay que evitar, pues ella, como dice el Santiago, no obra la justicia de Dios.

Los espíritus agrios, mal humorados, presuntuosos y maldicientes, al dejarse llevar de sus inclinaciones, de su humor, de sus aversiones y de su jactancia, quieren cubrir su injusticia con la capa del celo, y cada uno, bajo el nombre de fuego sagrado, se deja abrasar por sus propias pasiones.

No hablan estos sino de celo, mas no aparece tal celo, sino tan sólo la maledicencia, la cólera, el odio, la envidia y la ligereza de espíritu y de lengua… Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése…

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Por todas estas razones, en el Capítulo LXXII de su Regla, San Benito trata Del buen celo que deben tener los monjes, y dice que “Si hay un celo malo y amargo, que separa de Dios y conduce al infierno, hay también un celo bueno, que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Este es el celo que los monjes deben practicar con el amor más ardiente”.

Comienza, pues, por declarar que hay “un celo malo que conduce al infierno”; es el celo de los agentes de Satanás, que acuden a todos los medios para arrebatar a Jesucristo las almas rescatadas con su preciosísima sangre.

Este ardor inspirado en el odio es la forma más refinada del celo malo; el demonio lo fomenta, y por eso dice San Benito que conduce al abismo infernal.

Hay otras formas de celo malo, que toman las apariencias del bueno; por ejemplo, el de los fariseos, rígidos observantes de la ley externa. De ellos dice el Evangelio de hoy: Para algunos, los que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia, y que tenían en nada a los demás…

Este celo “amargo”, como lo califica San Benito, tiene su origen, no en el amor de Dios y del prójimo, sino en el orgullo.

Los infectados de él tienen una estima desordenada de su perfección; no conciben otro ideal que el suyo propio, y reprueban todo acto que no esté conforme con su modo de pensar; lo reducen todo a su manera de ver y de obrar, de lo cual provienen discusiones y odios.

Recordemos con qué aspereza los fariseos, que estaban dominados de este celo, perseguían al Salvador con proposiciones insidiosas, tendiéndole lazos y haciéndole preguntas capciosas, no para conocer la verdad, sino para cogerlo en renuncio.

Vemos cómo insisten y le provocan a condenar a la mujer adúltera: Moisés ordeno apedrear a una mujer tal; Tu, Maestro, ¿qué dices?

Los fariseos no estaban animados del celo por la justicia, que teme el contagio de los malos ejemplos, sino de la impaciencia de un celo amargo y un fastuoso orgullo de una piedad afectada. El Evangelio de hoy, personificando en uno de ellos, hace decir: Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros; ni como el publicano ése. Ayuno dos veces en la semana y doy el diezmo de todo cuanto poseo.

Al respecto, dice Bossuet:

“Ejercemos sobre nuestros hermanos cierta tiranía, les manifestamos acritud y desprecio, nos convertimos en sus censores y olvidamos su calidad de hermanos. Tal era el vicio de los fariseos; no era la compasión por las humanas flaquezas lo que les hacía reprender los pecados de los hombres; se creían los únicos impecables y así se desdeñaban de tratar con pecadores y publicanos; se constituían en censores públicos, no para lamentar y corregir los pecados, sino para encumbrarse sobre los demás y mostrar orgullosamente su santidad”.

Notemos como los fariseos le echan en cara al Señor no guardar el sábado; como hacen cargo a sus discípulos de desgranar las espigas en tal día; como se escandalizaban al verle aceptar un lugar en la mesa de pecadores y publicanos; manifestaciones, todas ellas, de este celo amargo, en el cual se mezcla, las más de las veces, una refinada hipocresía.

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Hay otro celo exagerado, siempre inquieto, turbulento, agitado: para este celo no hay nada perfecto.

San Benito previene al Abad contra este celo intempestivo. “No ha de ser turbulento ni inquieto, exagerado ni obstinado; no sea celoso, ni demasiado suspicaz, porque nunca tendría paz”.

“En la misma corrección adopte suma prudencia y no se exceda; no sea que rompa el vaso pretendiendo raer todo el orín… no pierda de vista nunca su propia fragilidad”.

En una palabra, que jamás, por falso celo, se deje arrastrar de la envidia o celotipia.

Lo que dice del Abad lo repite el santo Legislador a los Monjes: “Eviten la animosidad y envidia”.

Esta prescripción es muy sabia; hay quienes critican siempre todo lo que se hace; se juzgan llenos de celo, pero es un celo amargo y de contienda, porque es impaciente, indiscreto y carente de unción.

Dom Columba Marmion, en su Comentario a la Regla de San Benito, dice:

“Todo está en saber lo que abrigamos en el corazón. Tal vez nos veamos obligados a responder: Yo tengo grande estima de mí mismo; para mí no hay más que yo; no hay más que el afán de afirmar mi personalidad; estoy aferrado a mi sistema, es decir, a mis ilusiones. Pero como no estoy solo en el mundo, sino rodeado de muchos otros “yo”, que pueden achicarme y reducirme a menores proporciones, mi celo se convierte fácilmente en ardor de impaciencia, de ira, disensión y discordia”.

Es el celo que describe el Señor en la parábola del sembrador, cuando los criados piden al amo les permita arrancar la cizaña que sembró su enemigo, sin reparar en que así arrancarían el trigo con ella.

De este mismo celo participaban los discípulos, indignados del mal recibimiento de los samaritanos a su divino Maestro, queriendo castigar con fuego del cielo la insolencia: Mas, ¿qué responde Jesús a estos discípulos impetuosos? “No sabéis que espíritu tenéis”.

A veces, el amor y el buen celo se transforman en odio y en celo de amargura.; y seguimos llamando amor y buen celo a nuestro enojo y a nuestros celos amargos.

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Debemos saber que se puede practicar el celo de tres maneras:

Primeramente, realizando grandes actos de justicia, para rechazar el mal; pero esto sólo corresponde a aquellos que, por razón de su oficio, están autorizados para corregir, censurar y reprender públicamente, en calidad de superiores, como los príncipes, los magistrados, los prelados y los predicadores; mas, por ser este papel respetable, todos quieren desempeñarlo y entrometerse en él.

En segundo lugar, se ejercita el celo practicando grandes actos de virtud, para dar buen ejemplo, sugiriendo los remedios contra el mal, exhortando a emplearlos, obrando el bien contrario al mal que quiere exterminar, lo cual incumbe a todos, si bien son pocos los que lo quieren practicar.

Finalmente, se practica el celo de una manera muy excelente padeciendo y sufriendo mucho para impedir y alejar el mal, y casi nadie quiere practicar esta clase de celo.

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Para redondear con lo que vimos el Domingo pasado, vemos que Nuestro Señor Jesucristo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas. Cuando echó fuera a los negociantes del templo, no lo hizo con celo de amargura.

Tanta era la bondad con que los expulsó que sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: “El celo de tu casa me devora”.

El celo que devoraba a Cristo hizo que todas sus obras fueran buen celo.

Hizo un látigo de cordeles para expulsar el celo amargo de aquellos a quienes quería atraer con el celo bueno de sus propios azotes y clavos.

Movido por el buen celo, cambió los bueyes, ovejas y palomas del templo y al templo mismo por lo mejor que tenía para ofrecer, su propio Cuerpo.

Al expulsar a los negociantes que profanaban la santidad del Templo, el Señor les dio su Cuerpo para que lo destruyeran sobre la Cruz.

En verdad, el celo de Nuestro Señor se puso principalmente de manifiesto en la muerte de Cruz, para destruir la muerte y el pecado de los hombres.

Obró como si hubiese dicho: Expulso a los negociantes del celo amargo para atraerlos al celo bueno, que me devora, porque quien come mi Carne tiene vida eterna.

De esta manera, como dice la Colecta de hoy, manifestó su omnipotencia principalmente perdonando y usando de clemencia, multiplicando sobre nosotros su misericordia.

De nuestra parte, corramos hacia sus promesas, para que nos haga partícipes de los bienes celestiales.