PADRE LEONARDO CASTELLANI: DIRECTORIALES DE JAUJA

N° 5 – Mayo de 1967

Leyendo en los grandes tratadistas de política —pongamos un Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Burke, Tocqueville— uno realiza cuán mísero es el estado político de la Argentina; cuán profundamente torcida la estructura misma de la nación: la inestabilidad política, la falta de una mecánica razonable y honrada de elección, la extinción del poder y el espíritu municipal, la corrupción impune de la administración, la relajación de la disciplina de las costumbres…, de donde desorden, anarquía y demagogia.

Releí Alexis de Tocqueville, y le encontré la clave; cosa que no pude a los 26 años, siendo profesorcilio de Historia: a Tocqueville hay que leerlo de maduro.

Eso de «las contradicciones de Tocqueville», “los errores de T.» son pavadas. No los hay.

Lo que hay en «La Démocratie en Amérique» es una falla en el espinazo, por ausencia de dos o tres grandes principios; o quizás, más exacto, por deficiente enfoque. Es un libro que tiene quebrado el espinazo, con sana carne y osamenta.

Pero desarrollar esto pediría un largo ensayo, y no una breve mención in oblicuo.

Nadie ha hecho un elogio mayor de las instituciones yanquis; ni un cuadro más turbador de sus peligros —que se han realizado. Hay en T. una descripción exacta del estado de prosperidad y fuerza de USA en aquel momento (1931) y la percepción aguda de sus causas próximas: la principal el desparramiento o repartimiento («eparpillement») de la autoridad y actividad política en comuna, condado y nación; en lo cual concuerda con Santo Tomás (“el gobierno es más suave y mejor en que todos tienen participación, de acuerdo a sus capacidades”) con una percepción anticipatoria de los peligros de la «democracia”, o sociedad igualitaria, que lo hace profeta en muchas cosas; aunque yerre en otras.

La USA que contempla no es ya la actual: no previó el comunismo, la masonería, el sionismo, la Alta Finanza o Tiranía del Dinero, el divorcio, el auge de la criminalidad, y los grandes crímenes nacionales de Yanquilandia; uno de los cuales ya verificándose, la ocupación de territorio mejicano, justifica.

Esta democracia-que-funcionó viene de las «costumbres», sostenidas por la Religión —a la cual cubre de elogios el francés, como elemento necesario de prosperidad nacional.

Pero, un momento, ¿qué religión? Aquí está la quiebra: la religión “modernista»—avant la lettre.

En su otro gran libro «L’Ancien Régime», T. analiza muy de propósito la diferencia entre el liberalismo inglés y el francés; y halla en el fondo que el inglés no es antirreligioso y lo es en alto grado desde el primer momento el francés.

Los colonos ingleses que poblaron la costa atlántica fueron desde el comienzo iguales (sin Nobleza) y puritanos; y tercamente comunales. Sobre esas costumbres se calcó en su momento la «Constitución Federal»; la cual copian naciones de Sud América sin el menor resultado, como es lógico —dice T.—; incurriendo en la idiotez motejada por Aristóteles de pensar que una Constitución que tiene éxito en un lugar, lo tendrá en todos, aunque tengan costumbres diferentes.

La colonización española fue del todo diferente: fue dirigida y hecha directamente por la Corona, ya en pendiente decadencia por desgracia.

Ese régimen autoritario y jerárquico creó costumbres tan buenas como cualesquiera otras —si se hubiera mantenido lo que comportaba de bueno: el régimen comunal, la división federal, la adhesión personal a un adalid, la elección de jefes por los varones en armas, la familia patriarcal a la romanaespañola; y como resultado, la moral estricta y en general observada.

Los yanquis no rompieron con la tradición inglesa al romper con Inglaterra; mas nosotros echamos por la borda la tradición española, en la esperanza absurda de sustituirla por ¡la yanqui! Hasta la población quería sustituir Alberdi; y Sarmiento hizo todo lo posible por conseguirlo. ¡Hasta la lengua! ¡Hasta la religión! Un demonio estúpido los poseía. Eso lo pagamos caro.

Tocqueville no es nada tierno con Sudamérica; y mucho menos con España, a quien conoce solo a través de la “leyenda negra». Atribuye a los conquistadores matanzas de indios horrorosas “que han cubierto a España de infamia por todos los siglos».

Se contradice, sin embargo, a las pocas páginas, notando que los pieles rojas de la USA “fueron exterminados legalmente», en tanto que los aborígenes del Sud se fundieron en parte con la población española “adoptando su lengua, su religión y sus costumbres».

¿En qué quedamos? Los muertos no engendran mestizos.

Dije antes que no hay contradicciones en T. Me retracto: algunas hay.

También en el capítulo «L’égalité de l’homme et de la femme» T. termina: «Si on me demande… Si se me pregunta… yo pienso que hay que atribuir la prosperidad singular y la fuerza creciente deste pueblo… a la superioridad de sus mujeres» (pg. 326, Edic. Plon) —después de haber dicho a porrillo que se debe a su gobierno comunitario y a las costumbres austeras.

Pero conecta esta última solución diciendo que “las mujeres son las que hacen las costumbres».

Bueno.

Es una mujer justamente quien me escribe quejándose de la disolución de las buenas costumbres en el país, mencionándome «La Mandrágora» y “La bestia y la virtud» (sic). Yo al cine y al teatro argentino no los conozco, si no es los títulos y los carteles; y es bastante; mas los textos desas dos pequeñas porquerías los conozco, por mal de mis pecados.

En “El hombre, la bestia y la virtud» de Pirandelo, el más bestia y menos hombre que hay es el autor.

¿Y los traductores, escenadores e intérpretes? Contentémonos con llamarlos simplemente desdichados. Por dinero pudren y se pudren.

El aprender, recitar y representar esas torpezas (alabadas por Radio Nacional) es imposible no deje una impronta indeleble en sus mentes: impresión cancerosa.

Pornócrates: sexo y cacao — que dice Filloy.

¿Qué le vamos a hacer?

Mi corresponsala dice que “así como una persona decente que inadvertidamente concurra a ese espectáculo lupanario, lo que hace es levantarse y salir a las primeras de cambio, así debería hacer la sociedad… ¿Y cómo? La sociedad es descarada y sin vergüenza, y tanto más cuanto se asciende en la ‘Pirámide del Poder’».

¿Cómo? Lo diremos, aunque sea inútil.

La pornografía-industria debe ingresar pesadamente en el Código Penal, como los rufianes, a los cuales se aparenta el pornógrafo-industria.

Y eso con castigos personales (cárcel) y no sólo monetarios (multas); pues es manifiesto por experiencia (en USA, ver revista TIME, passim) que sólo multas no le hacen gran mella pues, o bien las pagan fácilmente con el exceso de sus lucros; o con ellos alquilan «shysters» (avenegras) que les consiguen un «adquittal» del «jury»; o sea, los absuelven.

De la estructura política del país («infraestructura» dicen ahora y a fe mía, dicen más de lo que saben) hemos desembocado en la pornografía.

Pero ambas tienen que ver entre sí: la «indiscipline des moeurs» (Benoits) es el último eslabón del desorden político; y al mismo tiempo es su caldo de cultivo; porque por la cabeza comienza a podrirse el pez.