JUICIO CRÍTICO SOBRE LA EDUCACIÓN ANTIGUA Y LA MODERNA

CONSERVANDO LOS RESTOS

Decimocuarta entrega

“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”

San José de Calasanz

1

SEGUNDA PARTE

DEL SISTEMA ANTIGUO

CAPÍTULO V

DEL MÉTODO QUE EMPLEA EL SISTEMA ANTIGUO PARA ENSEÑAR FRUCTUOSAMENTE LAS LENGUAS CLÁSICAS

§ I

Acabamos de decir en el capítulo precedente, que ha entrado en la táctica de los enemigos de los estudios clásicos el ardid de enseñarlos mal, a fin de que, mostrando la experiencia la imposibilidad, o por lo menos dificultad, de adelantar en ellos, viniesen a perder su prestigio y acabasen por ser abandonados. De donde es fácil inferir cuán importante es la cuestión del método o procedimiento que en su enseñanza conviene adoptar, si queremos obtener los preciosos frutos que reportaron a las pasadas generaciones.

El estudio de las lenguas clásicas ofrece sin duda ninguna sus dificultades, que reconocen de consuno los sostenedores de entrambos sistemas, pero que unos y otros tratan de obviar por muy diferentes medios.

Los modernos, introduciendo la molicie hasta en la enseñanza, procuran suavizar el trabajo del niño y conducirlo por la senda del saber cómo por un campo de rosas, sin cuidarse de si los resultados serían más felices y seguros llevándolo por el camino trillado, aunque no sea tan ameno y agradable. Satisfechos con que el alumno llegue a traducir un poco, le ponen en las manos gramáticas que explican minuciosamente los preceptos en lengua vulgar, y comienzan a ejercitarle en la versión de los autores proponiéndole trozos de latinidad poco depurada y en extremo sencillos; que si más tarde le hacen revolver los verdaderos clásicos, se los dan en libros atestados de notas y versiones, ya literales, ya libres, cuando no añaden glosas marginales e interlineales, que hacen de cada librejo una enmarañada selva de comentarios lexicológicos, sintácticos, mitológicos, cronológicos e históricos.

Tiene este procedimiento la ilusoria ventaja de aliviar la fatiga del discípulo y librarle de la enfadosa solicitud de preparar por sí solo las materias que se le han de exigir en clase; pero trae consigo el gravísimo inconveniente de que, hallando resueltas en el libro las dificultades que se le pueden ofrecer, pone en él toda su confianza y estima en menos de lo que fuera razón las explicaciones del maestro.

Nace el error de buena voluntad, si se quiere, pero no se tiene en cuenta, que lo que sin trabajo estudiamos no se graba con firmeza y fácilmente se olvida lo que fácilmente se aprende.

1

El método de los antiguos no quiere que se esquive la dificultad, sino que se venza completamente: es firme en cuanto a la consecución del fin, ni desdeña la prudente suavidad en los medios; pero sí condena esa suavidad extremada que hoy se estila con grave detrimento de la formación de los caracteres, y rechaza esos modos de facilitar los estudios, con los cuales se destruye el fin que en los mismos estudios se pretende.

¿Qué hace, pues, ese método para que el niño, a pesar de su tierna edad y de la escasez de sus fuerzas intelectuales supere los obstáculos que presentan las lenguas clásicas? No coloca su confianza en los libros, sino en la atinada dirección de un profesor experto, y le entrega ese niño, que por sí mismo nada puede todavía, para que lo guíe y conduzca como de la mano por el difícil camino que ha de recorrer.

Al obrar así los antiguos se conformaban a la naturaleza, la cual ha ordenado, no la escritura, sino la viva voz del maestro como el medio más apto para la enseñanza, por lo cual la eficacia de este medio ha excitado en todos tiempos la admiración de los hombres observadores.

El glorioso Doctor de la Iglesia, San Jerónimo, dice: “No sé qué secreta energía tiene la viva voz, que penetra en lo más profundo del alma del alumno.”

Entre los griegos y latinos había pasado a proverbio aquella sentencia que menciona Quintiliano: “La viva voz es la que con más plenitud nutre el entendimiento”; y Pitágoras y Sócrates enseñaban sin dar a sus discípulos escrito ni libro alguno.

El mismo Jesucristo para trasmitir su celestial doctrina a las generaciones venideras no prescribió a sus apóstoles otro medio más que el de la enseñanza oral, por cuya razón decía San Pablo: “la fe por medio del oído y el oído por la palabra”.

Finalmente, los hombres reputan siempre por más afortunados y sabios a los que han recibido la doctrina de la viva voz de algún insigne maestro, que otros que simplemente han leído sus obras; y todos observamos el poderoso influjo de la voz del profesor, así en la facilidad con que se entienden sus enseñanzas, como en la tenacidad con que toda la vida se conservan, no siendo a veces poderosos los más fuertes argumentos para separarnos de las doctrinas adquiridas por este medio: tales, pues, la ventaja notable que tiene la enseñanza oral, que es el magisterio del profesor, sobre el magisterio del libro.

§ II

Veamos ahora qué procedimiento sigue este director de la niñez para que el educando llegue felizmente al término de una completa formación por medio de las letras clásicas.

Ante todo se propone no sólo poner al alumno en disposición de entender regularmente los libros escritos en las lenguas que estudia, sino que pretende hacerle llegar a un conocimiento más íntimo y delicado de dichas lenguas para poder penetrar en los tesoros de sus ricas literaturas, y en cuanto al latín le lleva hasta dejarlo en disposición de que lo hable con soltura y lo escriba con cierto dejo de elegancia.

Para conseguir estos fines tiene buen cuidado de conducir al discípulo año tras año gradual y progresivamente desde los primeros rudimentos gramaticales hasta las bellezas oratorias y poéticas; se abstiene de precipitaciones nocivas, procurando que cada nueva piedra que asienta en el edificio científico que levanta, se apoye en lo que precede como sobre sólida base; y desde el primer día que pone en manos de su discípulo un autor cualquiera, procura que éste sea muy castizo, conformándose al prudentísimo consejo de Quintiliano: Non assuescat (puer) ne dum infans quidem est, sermoni qui dediscendus est: (1) “no se acostumbre el niño, ni aun cuando balbucea, a un lenguaje que después tenga que desaprender”.

Descendiendo ahora más en particular a los detalles de este método, resumiremos con la brevedad posible el modo con que procede el profesor, según el antiguo sistema, al explicar a sus alumnos los libros que manejan.

Si la explicación versa acerca de los preceptos de la gramática o de la retórica, el principal cuidado del maestro es atender a explanar y hacer sentir la importancia de las cosas, no de las palabras con que se expresan; e inmediatamente después de la regla sigue el ejemplo, que es repetido por los alumnos, para que ni un instante deje la teoría de ser acompañada por la práctica.

Si alguna vez, sobre todo en las clases inferiores, se presentan reglas difíciles de entender, allí se detiene y las repite por dos o más días hasta que los discípulos hayan comprendido bien la explicación; y si para el caso pareciere más oportuno, después de explanarlas la primera vez, deja pasar algún tiempo, y mientras tanto emprende otras tareas menos arduas, para volver más tarde sobre lo mismo hasta superar completamente la dificultad.

Si la explicación es del autor clásico, principia por la lectura seguida, del fragmento que se trata de examinar. En esta primera parte el maestro da a sus discípulos reglas y les pone ante los ojos un modelo para la correcta y buena lectura, y sabido es que ésta dispone para una inteligente declamación. Con la misma lectura se excitan los alumnos a comprender el sentido de todo aquel pasaje: los más aventajados se esfuerzan por llegar a este fin y muchas veces lo consiguen; y todos los demás avivan la atención para comprender bien aquello poco que primero han percibido.

Luego el profesor propone el argumento, resumen breve y claro de la idea capital del trozo que se estudia, y con esto forma el niño un concepto general que va a ser precisado y desarrollado en lo restante de la explanación.

Después de esto examina uno por uno todos los períodos, aclara el sentido de los que son oscuros y resuelve sus dificultades, muestra el enlace de los consiguientes con los antecedentes y pone de manifiesto toda la ilación del discurso. Aquí la idea encerrada en el argumento ha crecido, ha seguido todas las fases de su desarrollo y aparece ya a los ojos del alumno con aquella belleza y perfección que le ha sabido dar el autor clásico objeto del análisis.

Por fin el maestro hace notar cómo en el pasaje explicado se ve la aplicación de las reglas que corresponden al grado propio de su clase.

Cualquiera comprende que la explicación hecha de esta manera es una escuela práctica que enseña a profundizar un texto, pesando la fuerza y significación de sus palabras, a estudiar el valor de un pensamiento y todo su desarrollo, a percibir la consecuencia y encadenamiento de las diversas partes de un todo, a abarcar de una mirada el conjunto; ejercicios hoy enteramente descuidados y de que apenas se conserva una confusa idea.

Es imposible que crezca el niño en medio de tan selecta sociedad como la de los mejores oradores y poetas, oyéndolos, penetrando de esta manera en la fuerza y energía de sus pensamientos, percibiendo en ellos lo más delicado de la belleza y los más perfectos recursos del arte en el modo de desenvolverlos, sin que su ánimo se eleve y se perfeccione, sintiendo la llama del entusiasmo y la inspiración de la poesía: mientras que, nutrido con las saludables enseñanzas morales que el maestro le ha de imprimir durante esta tarea, se forma cristianamente su corazón.

Porque, si por todas las partes de la enseñanza quiere el antiguo sistema que penetre y se difunda como suave aroma el benéfico influjo de aquel medio principalísimo de educar, que es la Religión; de una manera particular lo prescribe durante la explicación, que es el más perfecto e importante de todos los ejercicios de clase.

2

Para este objeto ofrecen ocasiones a cada paso los autores que se explican, expresando un sin número de verdades, sugeridas unas por los mismos dictámenes de la razón natural, y otras ecos lejanos y huellas desfiguradas de la revelación primitiva, como parecen serlo, por ejemplo, los maravillosos conceptos vertidos en la cuarta de las églogas de Virgilio. La existencia de Dios, la de la Providencia que todo lo dispone y gobierna, la inmortalidad del alma, los premios de la virtud y de la piedad, el castigo de los vicios, la eternidad de las penas, la necesidad de la Religión para conservar las naciones; son verdades, entre otras muchas, que se hallan consignadas en los autores clásicos, y de los cuales puede sacar partido el maestro para formar el carácter moral de los niños, haciéndoles palpar la ceguedad y sin razón de los que en nuestros días, después de recibida la divina luz del Evangelio, vuelven más atrás que los paganos, y desconocen lo que ellos con solo el auxilio de la razón llegaron a alcanzar; y descubriéndoles al propio tiempo la fuerza que dan y la perfección que añaden a estas verdades las sublimes enseñanzas de nuestro Divino Redentor.

Para que aparezca más el benéfico influjo que en la formación de los jóvenes ejerce la viva voz del profesor, explicando los autores clásicos de la manera dicha, transcribiremos el brillante testimonio que da, fundándose en la propia experiencia, el ya citado Schollaert, lumbrera del Parlamento belga, quien dice:

Siempre me acordaré con admiración, del comentario que del Ædipo Rey de Sófocles, nos dio mi querido maestro el P. Broeckaert. Este comentario, cosa asombrosa, duró cerca de seis meses; pero cuando terminó, nuestro profesor que saboreaba su autor, nos había enseñado la sintaxis griega, el análisis gramatical y lógico del drama, el valor de cada palabra, la cantidad y número de cada verso. Nos había enseñado lo que era Atenas en tiempo de Pericles, lo que había sido antes, lo que había de ser después, de qué manera debe compararse Sófocles con Esquilo, en qué es superior a Eurípides… Nos había enseñado el principio, progreso y carácter del arte dramático; sabíamos por él cómo se había propagado en Europa, y qué influencia habían ejercido los grandes trágicos de Grecia sobre los grandes trágicos franceses. Nos había dado el análisis de los caracteres que aparecen en el drama, su poder patético, su valor histórico y moral. Nos había mostrado la marcha de la acción, sus peripecias, su desenlace. En fin, nos había descrito los lugares donde Grecia asistía a las representaciones casi sagradas de sus grandes poetas. ¡Ved aquí la gimnasia literaria! Señores, jamás olvidaré este curso. Cuando salimos de allí, la impresión que nos quedó, a mis compañeros de estudio y a mí, fue que el Padre jesuita Broeckaert, cuyo nombre recordaré siempre con el más vivo y afectuoso reconocimiento, había despertado en nosotros el gusto y la conciencia de lo bello.”

Nota:

(1) Institutiones oratoria, lib. I, cap. I.