CONSERVANDO LOS RESTOS
Decimotercera entrega
“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”
San José de Calasanz

SEGUNDA PARTE
DEL SISTEMA ANTIGUO
CAPÍTULO IV
DE LA GUERRA CONTRA LOS ESTUDIOS CLÁSICOS
Y PARTICULARMENTE CONTRA EL LATÍN
§ I
Después de haber probado que no sin gravísimos motivos abogamos por la conservación de los estudios clásicos en la segunda enseñanza, réstanos conocer cuáles son los enemigos de estos estudios y qué táctica emplean al combatirlos; sabedores así de su estrategia, no seremos víctimas de una sorpresa, y calando sus intentos y reconociendo sus personas, echaremos mano del criterio más seguro para juzgar de la bondad de una causa, cual es el examinar quiénes son sus favorecedores y quiénes sus adversarios.
Dilucidaremos por tanto esta doble cuestión, que es de capital importancia para el objeto que en este trabajo nos proponemos; pues la guerra que se ha hecho y hace contra los estudios clásicos, no tanto procede de aversión que a ellos tengan los que más se distinguen en impugnarlos, cuanto de mezquina rivalidad de partido y ciego fanatismo de secta o caprichoso antojo de seguir la corriente de la moda.
El primer enemigo de las letras clásicas que nos ofrece la historia, es Juliano el Apóstata. No aborrecía él, a la verdad, estos estudios, pero odiaba de muerte la Religión y la Iglesia Católica. Veía cómo los cristianos se apoderaban, según la expresión de los Santos Padres, de las riquezas de Egipto, aprovechándose de los tesoros en los clásicos encerrados, para formar hombres doctos e insignes oradores, que rebatiesen vigorosamente las fábulas y ridiculeces del paganismo; y para privarles de tan grande fruto, expidió un decreto en virtud del cual debían desaparecer de las escuelas cristianas estos autores, en que los fieles aprendían la pureza y perfección de la lengua y el arte de la elocuencia, educando a la vez las facultades de los jóvenes, y considerándolos como el sólido fundamento de los estudios posteriores de toda la vida.
Con este decreto, apoyado en razones ridículas y en blasfemias contra la Religión, se jactó de haber favorecido en gran manera la libertad de enseñanza; por donde también se verá, que es usanza ya muy añéjala de maniatarle a uno en nombre de la mismísima libertad. Pero aun los mismos escritores gentiles contemporáneos del Apóstata, a pesar del empeño servil que manifiestan en elogiar todos sus actos, no pueden contener la indignación al hablar de este decreto, y Amiano Marcelino llega a calificarlo de “disposición cruel y tiránica, cuya memoria fuera mejor sepultar en perpetuo silencio”.
La más notable guerra que después de Juliano se ha movido contra los estudios clásicos, y especialmente contra el latín, proviene de los pseudo reformadores del siglo XVI, a quienes siguieron más tarde sus hipócritas herederos los jansenistas.
Con el aparente pretexto de difundir la instrucción en el pueblo, se dieron los protestantes a publicar obras escritas en el lenguaje usual, esparcieron por doquiera traducciones de la Sagrada Escritura, y llevaron sus pretensiones hasta querer que se pusiese en el idioma de cada pueblo la Liturgia eclesiástica. Con estas innovaciones forzosamente había de decaer el vigor de las letras clásicas, lo cual hacía escribir al mismo Erasmo: “A estos evangélicos (los luteranos), entre otras muchas razones, los detesto particularmente, porque en todas partes por causa de ellos se resfrían, decaen, son despreciados y se arruinan los estudios de las buenas letras” (lib XIX, carta 50); y en otra parte dijo: “Donde quiera que reina el luteranismo, perece la literatura” (lib XIX, carta 56).

Por lo que hace a los jansenistas, los farsantes ascetas de Port-Royal, con el malhadado método de sustituir en las escuelas el uso del latín por el idioma vulgar, infirieron a las letras la más profunda herida que han recibido y que pueden recibir, como no sea su total supresión.
Siguen a éstos los representantes del clero cismático llamado constitucional o juramentado, quienes en el conciliábulo que tuvieron en 1797, propusieron el plan de que en la enseñanza del latín en los Seminarios, los autores clásicos paganos fuesen sustituidos por autores eclesiásticos. Es manifiesto que el proyecto no tendía a la abolición del latín, pero lo combatía y lo debilitaba; pues dejando a un lado los más perfectos modelos, nada le importaba que se alterase y perdiese de su perfección, conforme en la misma propuesta se expresa diciendo: “El fin que debemos proponernos no es tanto la pureza de la lengua latina, como poner a los alumnos en estado de entender los autores eclesiásticos; muy puro es el latín de San León, de Sulpicio Severo y de Lactancio, apellidado el Cicerón cristiano; pero aun cuando hubiésemos de perder algo por el lado de la índole de la lengua, quedaría la pérdida compensada con exceso por los grandes beneficios que de ello resultarían”.
El sínodo cismático había tenido por antecesor a Savonarola, quien de religioso lleno de celo que primero había sido, se convirtió después en agitador político y rebelde a la Santa Sede: aquel innovador había propuesto un método en que eran excluidos de la enseñanza del latín Cicerón, Horacio y Virgilio, y únicamente admitidos los Santos Padres.
También ha tenido imitadores y continuadores, entre los cuales se han distinguido Lamennais, primeramente afanado en reformar la Iglesia de Dios a su modo y conforme a sus ideas, y luego apóstata de la fe y revolucionario; y el P. Ventura Ránlica, amigo suyo y también partidario de novedades, que tan triste papel desempeñó durante el cautiverio de Pío IX, aunque después reparó con cristiana entereza sus pasados yerros.
La misma opinión han adoptado varias personas muy recomendables y bien intencionadas, movidas, a nuestro juicio, por razones especiosas; a quienes no es nuestro ánimo incluir en el número de los enemigos sistemáticos de las lenguas clásicas.
Pueden añadirse a los mencionados enemigos, los cismáticos griegos, y particularmente los rusos, que con todas sus fuerzas y con repetidos decretos se empeñan en abolir el latín de la Liturgia católica en Polonia.
Todos los hasta aquí citados tendían a debilitar más o menos el latín, y aun algunos con el trascurso del tiempo hubieran llegado al extremo de abolirlo; pero en general no lo intentaban directamente. Mas desde el siglo pasado, los preparadores y actores de la revolución francesa abandonaron esos trabajos de zapa y emprendieron la obra a campo abierto. En 1762 D’Alembert eliminaba de su plan de estudios los ejercicios de composiciones latinas en prosa y verso; y en 1791, Talleyrand suprimió absolutamente el latín en la segunda enseñanza, de modo que, según su designio, hasta la teología se había de enseñar en lengua vulgar.
En el siglo presente, el liberalismo, que en lo fanático no va en zaga a secta alguna de las que le precedieron, ha declarado al latín una especie de guerra universal, y en muchas naciones a cada paso se oye declamar contra su cultivo, considerándolo como inútil, y exigiendo que se le sustituya por otros de más inmediatos resultados. Y tan válida anda esta engañosa idea, que muchas personas de recta intención, y aun profesores del mismo ramo, y, lo que es más de sentir, hasta algunos sacerdotes, llegan a persuadirse de que tiene algún sólido fundamento. Lo extraño es, cómo en tan desfavorables circunstancias perseveran estos estudios en el estado relativamente próspero que antes hemos visto, y no se hallan abandonados del todo.
Otros enemigos, harto numerosos, tienen los estudios clásicos, y son los que no conocen el latín y el griego, a los cuales hoy con más razón que nunca, puede echárseles en cara lo que a fines del siglo pasado escribió Lorenzo Hervás, juez tan competente en el asunto, que un crítico moderno (Menéndez Pelayo) le apellida “padre de la filología comparada, y uno de los primeros cultivadores de la etnografía y de la antropología”. Dice, pues, este ilustrado y doctísimo escritor:
“La tropa de gentes semiliteratas, que injustamente dan al siglo presente el nombre de ilustrado, ha querido desterrar al reino de las tinieblas la lengua latina… Algunos modernos se esfuerzan a proponer y probar como superflua la lengua latina, y como idioma en cuyo estudio se pierde inútilmente el tiempo; y lo más admirable es que ninguno de ellos ha dado muestras de saber el latín, y varios de ellos (según común fama) le ignoran totalmente… Los antilatinos no pueden ser buenos jueces en causa que no han estudiado, ni entienden.”
Y buscando Hervás la causa de esta antipatía, pone el dedo en la llaga cuando dice:
“Los antilatinos leen algunos libros eruditos en lengua vulgar y se creen doctos, y como tales quieren ser reputados; y porque a esta común reputación perjudica la ignorancia del latín, pretenden infamar a éste, por no ser infamados por ellos”. (1)
¿No es ésta la verdadera razón que algunos tienen para hablar contra el latín y los estudios clásicos? ¡Vamos!, que sí les gustaría entender a Homero o a Virgilio sin necesidad de lazarillos; pero cuando ven que esto les es imposible, se encojen de hombros, como a quien no se le da un ardite, y se vuelven hechos viboreznos contra los pobres clásicos y el latín, que no necesitan por cierto de mejor defensa que las diatribas con que esos bachilleres tratan de ocultar su ignorancia.
Por la sencilla enumeración que acabamos de hacer se ve, que de los adversarios de los estudios clásicos, y particularmente del latín, unos combaten su uso en este terreno, otros en uno diferente; se valen unos de tal pretexto, otros del que parece contrario; pero siempre se descubre que, en vez de atacar por convicción este género de estudios, obran más bien por espíritu de bando, y toman las letras como arma de partido para fines muy diversos de los que en apariencia les mueven.
§ II
Como remate de esta cuestión haremos notar la táctica que se ha observado en esta guerra insidiosa; pues para obtener el éxito que se esperaba ha sido necesario proceder muy despacio y con calculado arte, como quiera que se trataba de desalojar un enemigo, que de largo tiempo atrás tenía tomadas posiciones en todo el orbe.
El primer intento de esta campaña fue desterrar el latín de las obras de texto y de los tratados científicos. Fácil cosa es comprender el alcance de este ataque: el estímulo más visible que se ofrece al ánimo de un niño para emprender con ahínco el estudio del latín, es la perspectiva de que sin él no ha de poder entender libro alguno de ciencia. Es verdad que hay otras razones más fundamentales, como ya dejamos expuesto, pero estas razones no se presentan tan de bulto que impresionen el ánimo de los niños, ni aun de aquellos que no son niños, si no es que hayan debido intervenir en la educación; por consiguiente, quitado este estímulo, el alumno pierde una gran parte de su afición, y es fácil proseguir adelante y alejar el latín poco a poco de la enseñanza.
Los primeros que trabajaron en esta tarea fueron los jansenistas de Port-Royal, quienes a mediados del siglo XVII se esforzaron por introducir en las clases textos en lengua vulgar: todavía siguieron escribiéndose las obras científicas en latín hasta fines del siglo XVIII, pero en realidad la lengua de los sabios había recibido una gravísima herida. La Revolución francesa extremó la guerra, y en la actualidad sólo algunas ramas de los conocimientos humanos conservan aun el uso del rico idioma del Lacio.
La otra estratagema puesta en práctica consiste en enseñar mal el latín. Se trastornó el objeto y el método de esta enseñanza, poniendo en boga la doctrina lisonjera de que basta aprender a traducir para saberlo con la perfección necesaria; y así en los cuatro o cinco primeros años, que antiguamente se dedicaban enteros a los estudios clásicos, vino a introducirse un sin número de asignaturas, inconexas unas con otras y todas con el latín. Con esto, el profesor no pudo hacer adelantar a los niños, de los cuales el que salía sabiendo traducir era una maravilla. Los discípulos se aburrieron, y si bien es verdad que con este método no aprendían a entender el latín, y mucho menos a hablarlo y escribirlo; en cambio, aprendían a aborrecerlo, que era el fin deseado.
Una vez llegados a este punto nada más fácil que dar el último paso, y representando la inutilidad del estudio del latín, la cual con artificiosas trabas se ha procurado, surge naturalmente la propuesta de su abolición. A este término van dirigidos todos los esfuerzos de los enemigos que en la época presente tienen las letras clásicas, y en algunas partes ya casi lo están tocando con la mano. Ni es sólo al estudio del latín al que tan artera táctica ha sido aplicada; pues vemos otras materias de indisputable necesidad, respecto a las cuales los sectarios primero han trabajado para que se enseñasen mal, y después, poniendo por pretexto los mismos defectos producidos en la enseñanza por la voluntad de los que la dirigen, han pedido que fueran abolidas, como sucede actualmente con la filosofía en Italia y en Francia que está casi del todo olvidada.
Y para volver al latín, cuando lo que se debiera hacer después de reconocida su utilidad e inmensas ventajas, es promover su estudio, y si algún error se ha deslizado en el método de enseñarlo, aplicar la oportuna corrección; se emplean por el contrario tan tortuosos medios para desterrarlo totalmente de las escuelas.
Otros adversarios hay que, pretendiendo que los estudios de latín y griego en la forma que hasta ahora se les ha dado son cosa añeja y que no guarda armonía con la cultura del siglo en que vivimos, intentan sustituirlos por la filología, que dicen ser más útil en sus aplicaciones y más fácil de aprender. Esta capciosa innovación tuvo entre nosotros algunos defensores en la sesión del Congreso a que varias veces nos hemos referido; pues, habiendo propuesto un Señor Diputado que se restableciese la cátedra de griego que figuraba en el plan de estudios antiguo, vino la propuesta de mano en mano a convertirse en una cátedra de filología, a la cual se agregó el dictado de elemental. De esta asignatura se dijo en aquella asamblea:
“Todos los que han cursado los estudios elementales en los Colegios de la Nación y que después han entrado a las Facultades a estudiar ciencias, han reconocido qua hay una deficiencia que no se llena con el estudio de latín que han hecho… Y esas deficiencias pueden llenarse con una cátedra de filología elemental, que dé precisamente al estudiante aquello que va a extrañar más tarde cuando estudie ciencias naturales en la Universidad… Todos (los Señores Diputados) reconocen que les faltan algunos conocimientos de filología, que les serían más útiles que todo lo que han estudiado en cuatro o cinco años de latín o griego.”

Estas palabras responden a la cuestión de si la filología puede sustituir a las lenguas clásicas; pero antes de aceptar la respuesta hemos de exponer un sencillo reparo que se nos ofrece.
No se puede negar que los estudios filológicos merecen llamar la atención y ser cultivados como una rama de erudición provechosa; pero ¿es posible que los niños que asisten a las aulas de segunda enseñanza aprendan la filología? La filología es la rama de los conocimientos humanos que estudia el origen y derivación de las lenguas y las leyes con sujeción a las cuales han tomado las raíces primitivas la forma que ahora tienen en un idioma determinado. Es, pues, evidente que tal estudio requiere el conocimiento anterior del idioma derivado y del original; porque sin conocer los dos términos, no se puede estudiar la conversión del uno en el otro. Estos términos es claro que no los conocerá el niño en el caso que la proyectada sustitución supone, pues suprime totalmente el estudio del latín y griego; luego el aprender la filología en vez del latín o del griego es imposible; y no tanto por falta de profesores, según alguien dijo en la Cámara con desdoro de nuestra cultura, como por imposibilidad intrínseca. Es una empresa semejante a la que se intentaría tratando de sustituir la geometría analítica en vez del álgebra y de la geometría, siendo así que es necesario saber estas dos para entender aquella. Ni basta decir que se trata de filología elemental, como no bastaría en el caso dado sustituir la geometría analítica elemental; pues es lo mismo que sustituir un tratado superior elemental en vez de un tratado elemental. Cualquiera ve que superior y elemental braman de verse juntos. La cuestión propuesta es, por lo tanto, ridícula e imposible, y con sólo enunciarla queda ya fallada su causa.
El pretexto que para establecer esta clase se hizo valer, de que los discípulos conociesen la etimología de las palabras científicas, pierde toda su fuerza si se advierte que con menos molestia y fastidio se conseguiría ese objeto por medio del simple trabajo sobre un diccionario que contenga estas etimologías. Personas hay que no son muy fuertes en griego ni en latín, y conocen bien las etimologías, que han aprendido por el método indicado.
Fácil será de ver con lo expuesto, en qué consiste el específico que se quiere sustituir en vez de un estudio tan importante como el de las lenguas clásicas, las cuales bien enseñadas constituyen la más sólida base de una educación completa. No es oro todo lo que reluce, ni quizás sean puras aficiones filológicas las que pretenden introducir este ramo en nuestra enseñanza: el blanco de esta y otras industrias es eliminar de ella el latín como se ha conseguido con el griego. (2) Sin embargo permítasenos afirmar que no lograrán sus adversarios que desaparezcan estos idiomas de sobre la faz de la tierra; sino el que, conforme observa de Maistre, aquellos pueblos en los cuales llegue ser abandonado del todo estudio tan fundamental queden fuera del número de las naciones civilizadas.
Notas:
(1) Historia de la vida del hombre, parte I, lib. IV, cap. V.
(2) El hecho es que nos hemos quedado sin griego y también sin filología. Fue ésta sancionada, es verdad, con el carácter de obligatoria; pero, habiendo consultado el Rector del Colegio Nacional del Rosario sobre las horas y forma de enseñarla, el Ministerio de instrucción Pública dictó en Marzo de 1885 una resolución según la cual “la cátedra de filología y etimología debe ser considerada como curso libre”, lo que equivale poco menos que a suprimirla. Pero adviértase por lo que hace a nuestro propósito, que esta resolución se tomó “de conformidad con el Informe de la Inspección le Colegios Nacionales”; ahora bien, este informe aconseja aquella medida, porque sólo los alumnos de sexto año podrán tener algún éxito en un estudio tan difícil por la vasta preparación que exige en el conocimiento de varios idiomas muertos sin excluir algunos vivos”. Luego esta clase supone como necesario e indispensable el estudio previo del latín y del griego por lo menos, de ninguna manera puede reemplazarlo, como se ha intentado.
