El 9 de noviembre de 1840, nace en Le Teil (Ardèche), diócesis de Viviers, al sur de Francia. Séptimo de dieciséis hijos de Simón Prévot y Fiorentina Anna Descoux Villard. Al día siguiente recibe el bautismo de parte del párroco, el reverendo Ollier, en la iglesia de Le Teil, con los nombres de María León Regis Florencio.
Su padre era dueño de una barcaza que transportaba mercaderías y de un carro tirado a caballos que continuaba el transporte de mercaderías a través de la orilla del río Ródano. Su infancia fue serena y de devota familia cristiana, con Misa matutina y el Rosario por la tarde, con la lectura de la vida de los santos.
El 17 de marzo de 1850 hace su Primera Comunión y el 1° de abril fue confirmado en la parroquia de Le Teil por el Obispo de Viviers, Mons. Guibert.
Su párroco, el P. Olivier vio en ese niño la semilla de la vocación sacerdotal, y al terminar la escuela primaria se habló de que continúe sus estudios.
La familia de repente cae en la precariedad: un día el río creció demasiado rápido por la fuerte lluvia caída aguas arriba y en minutos se hundió la barcaza por influencia de los fuertes vientos. La ayuda familiar llegó, siendo auxiliado don Simón Prévot por sus hermanos. Uno de ellos, Estanislao, que era ingeniero del ferrocarril, se encargó de la educación secundaria de León llevándolo a estudiar entre 1852-1855, al seminario menor de Viviers; el colegio, dirigido por los Padres Basilianos, se encontraba en Aubenas.
El 17 de octubre de 1855, con 15 años, inicia los cursos de filosofía y teología en el seminario mayor de Viviers. Ese mismo año, su padre muere luego de pagar las deudas surgidas del hundimiento de su barcaza.
Llegando a las Órdenes Menores en 1859, a sus 20 años siente la llamada a la vida religiosa y atraído por la espiritualidad de la Compañía de Jesús (sobre todo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de la que León era devoto), interrumpe sus estudios en teología y parte a Aix (Provenza) a pedir ser admitido en el noviciado de la Compañía. El 15 de octubre de 1860, entra en el noviciado de los Jesuitas (Provincia de Lyon), en Aix-en Provence. En Agosto de 1861, el noviciado de los PP. Jesuitas de la Provincia de Lyon fue trasladado a Clermont-Ferrand, y el Siervo de Dios continúa su noviciado allí.
Al cabo de dos años vividos con tanta mortificación y con un empeño tan perfecto, con el juicio de sus superiores, que pensaban que era más adecuado para una vida contemplativa que a la activa, tuvo que regresar a su casa familiar en Le Teil para recuperar su salud tan quebrantada por los ayunos y disciplinas, renunciando a sus sueños de vida religiosa, y a pasar entre los suyos dos años de reposo y de cuidados.
En su casa se encontró con la pobreza y al no poder volver al seminario, con el permiso del obispo de Aix (diócesis a la que dependía en ese momento), acordó que trabajaría como profesor particular y se prepararía para completar sus estudios al sacerdocio (el obispo no quería perderlo por su capacidad indiscutible y erudición ferviente). En 1864, llega a ser preceptor en casas de familias nobles de Aix y de Marsella.
Es ordenado sacerdote, el 10 de junio 1865 por Mons. Chalandon en la catedral de Aix y entra en el clero diocesano de esta diócesis. Continuó su trabajo como profesor particular y dedicándose al apostolado entre los más necesitados, entregando a los pobres todas las donaciones materiales que recibía. Estos gestos atrajeron los elogios de la gente de Aix, que lo veían como un sacerdote santo.
El 5 de agosto de 1868, continuando su trabajo de preceptor, consigue el bachillerato en la facultad de la Universidad de Aix.
Su obispo lo nombró capellán de las Ursulinas de Aix en 1869 y en esta función multiplica su trabajo de caridad, todo lo que le era dado por las monjas terminaba con los pobres.
El 1° de marzo de 1870 consigue el doctorado en Teología en la universidad de Aix, presentando una tesis sobre Ricardo de San Víctor.
En 1874, Aix tenía un nuevo obispo, y Prévot le manifiesta su vocación religiosa. El obispo lo envió a Port-de-Bouc, un pobre pueblo de pescadores en el Ródano, quienes comprobaron con el tiempo que el cura no tenía muebles ni los tendría, si no fuera por almas caritativas que se preocuparon por instalarlos en el presbiterio.
Pobre entre los pobres, el padre León no será capaz de restaurar la iglesia pobre debido a la falta de ayuda financiera; comenzó entonces a revivir la espiritualidad de las familias obreras, continua dando lo poco que recibe; reorganiza la Conferencia de San Vicente de Paúl, el Apostolado de la Oración y la Adoración perpetua, siempre con él delante de todos.
Su estilo de vida y de su ministerio pastoral le da el nombre de “un nuevo Cura de Ars”.
La naciente fama del padre León llega a los oídos de la fundadora de las Hermanas Víctimas del Corazón de Jesús, la Sierva de Dios, Sor María Verónica del Corazón de Jesús, quien intentaba establecer, junto a su comunidad, un grupo de sacerdotes, con los que ella habría compartido, como si fueran sus hijos, el espíritu de víctima. Enseguida llegó a ser el depositario de las confidencias y secretos íntimos de esta santa alma.
Sierva de Dios, Sor María Verónica del Corazón de Jesús
El 15 de junio 1876, cumplido el período del servicio pastoral en Port-de-Bouc, pedido por su Obispo, le renueva su petición de entrar en una comunidad religiosa. A fines de junio se encuentra en Les Avenières (diócesis de Grenoble) para encontrarse con la Madre Verónica del Sagrado Corazón. El 3 de noviembre Prévot se convierte en capellán de las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón; colabora con la Madre Verónica para fundar la Obra de los Sacerdotes Víctimas, que con el tiempo y por diversas vicisitudes, quedó trunca.
Entre 1878-1879, se encuentra en Roma para profundizar sus estudios filosóficos y teológicos. El 9 de junio de 1879, consigue el doctorado en Teología en la Universidad Gregoriana.
Regresó a Francia en 1881 y Mons. Besson, Obispo de la diócesis de Nîmes, lo envía a dirigir un orfanato y ser capellán del nuevo Monasterio de las Religiosas Víctimas del Sagrado Corazón en Villeneuve d’Avignon.
El 17 de mayo 1885, luego de varios contactos por correspondencia con el Fundador de los Sacerdotes del Corazón de Jesús, el Venerable Padre Juan del Corazón de Jesús (en el mundo, León Gustavo Dehon) y de acuerdo con el Obispo de Nîmes, Prévot deja definitivamente la diócesis para entrar en la Congregación naciente. El 21 de Mayo fue acogido como postulante por el P. Dehon en San Quintín, diócesis de Soissons, en la primera casa de la Congregación. En Junio entra al noviciado en Sittard-Watersleyde, Holanda, con el nombre religioso de Andrés. Y el 22 de septiembre emite sus primeros votos religiosos en San Quintín ante el obispo de Soissons, Mons. Thibaudier.
Padre Juan del Corazón de Jesús (León Gustavo Dehon)
En 1886, el P. Dehon lo nombra superior y maestro de novicios en Sittard (Holanda). En 1887, el P. Prévot, según el deseo del P. Dehon, expresado en el primer Capítulo General de la Congregación de septiembre de 1886, comienza al lado del noviciado de Sittard, una escuela apostólica para acoger vocaciones holandesas y de los países vecinos. Con este fin adquiere en 1888 una propiedad más apta en el sector de Leyenbroek.
En 1893, publica su primer libro: “Amor, Paz y Alegría. El Tesoro de la devoción al Sagrado Corazón según Santa Gertrudis para el tiempo presente”. El manuscrito ya lo había escrito estando en Villeneuve y es reflejo fiel de su propia espiritualidad.
En 1907, deja el noviciado y parte hacia Bélgica con los novicios franceses, holandeses y belgas, al nuevo noviciado en Manage-Meslin-l´Evêque, en la diócesis de Tournai.
En 1908, el Capítulo General decide la primera división del Instituto en dos Provincias: la Occidental y la Oriental o Alemana. El P. Andrés fue nombrado Superior Provincial de la Provincia Occidental.
En 1911, la Provincia Occidental confiada al P. Prévot se subdivide en dos Provincias: la franco-belga y la holandesa. El P. Prévot fue nombrado Superior de la Provincia Franco-Belga.
El P. Prévot en 1906 con sus sacerdotes y novicios en Sittard, Holanda
Su doctrina:
Eran tres temas que el maestro desarrollaba en sus conferencias y en sus otros contactos formativos:
– el Evangelio, a que dedicaba especialmente las conferencias del sábado y del domingo;
– las Constituciones y el Directorio Espiritual de la Congregación;
– la espiritualidad propia de los Sacerdotes del Corazón de Jesús.
Estos temas estaban impregnados del espíritu de amor, de sacrificio, de abandono al Sagrado Corazón. Todo lo que enseñaba el P. Prévot se podía resumir en estas dos palabras: amor y sacrificio.
Para el P. Andrés lo más importante era “hacer desbordar la medida del amor”. Para él, el amor era algo exigente. No entendía que pudieran darse vocaciones indiferentes, débiles e inconstantes.
Algunas de sus expresiones típicas eran:
“Ninguna palabra contra la caridad, contra la humildad, contra la obediencia.”
“Evitar las faltas más pequeñas.”
“Todo está en el olvido de sí mismo.”
“Actúen, recen, sacrifíquense con Jesús.”
“La virtud está en el esfuerzo.”
“Entréguense a Jesús y a las almas.”
“La Cruz es el camino de los Reyes.”
“Estar sin ninguna cruz, ¡qué cruz!”
“¡Muerto al amor propio, muerto al espíritu propio, muerto a la voluntad propia!”
“Todo pasa en el mundo, solo la Cruz queda en pie.”
“Estemos siempre animados del espíritu de amor y de sacrificio. Aceptemos todos juntos los sacrificios que la Providencia y la Regla puedan pedirnos: sacrificios de silencio, de obediencia, de caridad, de paciencia. Ofrecédlos bien al Sagrado Corazón por amor a Él y por las almas”.
El padre Bertrand, uno de sus primeros biógrafos, dice:
“El P. Dehon, al que dio el P. Andrés como maestro de novicios a más de 200 sacerdotes (y podemos añadir, a tantos hermanos religiosos) decía: “Se siente en su doctrina todo el espíritu de fe del hombre de Dios con las disposiciones propias de nuestra vocación: la unión con Nuestro Señor, el abandono, el sacrificio, la inmolación… Cada palabra suya respira el espíritu de fe, la vida sobrenatural, el conocimiento de las Sagradas Escrituras, y sobre todo el espíritu especial de la devoción al Sagrado Corazón: caridad, humildad, mansedumbre, confianza, sacrificio, amor de la cruz… Daba a sus amigos, a sus discípulos el espíritu del Sagrado Corazón”.
En 1906 publicó “Amor y Reparación” y “Manual para el Apostolado de la Reparación”, libros donde hace hincapié sobre el valor de la Reparación al Sagrado Corazón.
Sus virtudes:
La elección de un maestro de novicios, por parte de los responsables de un instituto, pone sin duda en primer plano su ejemplo de vida. El P. Dehon como Fundador y primer Superior General de la Congregación había puesto toda su confianza en el P. Prévot, porque conocía su temple de sacerdote y religioso del Sagrado Corazón, veía en él “el santo”, “el verdadero reparador”.
Al regresar de su funeral, describiendo su ejemplo de vida como maestro de novicios, el P. Dehon decía a sus religiosos venidos de diferentes comunidades: “¿Quién se recuerda de haber visto hacer al P. Andrés un acto solamente natural? Por mi parte, que lo he conocido tantos años y tan íntimamente, no encontraría ninguno”.
Casi 500 novicios pasaron bajo la dirección de este gran formador. Ninguno de ellos podría afirmar haber notado en él una sola falta culpable. Como superior y maestro de novicios ha recibido críticas, pero nadie se atrevía de decir que deliberadamente ha cometido una falta venial.
Lo que más ha impresionado a sus discípulos son:
– su espíritu de oración y de adoración;
– la austeridad de vida y la entrega total (inmolación) de sí mismo;
– su humildad y obediencia;
– su constante empeño por una caridad sin límites.
Su espíritu de oración y de adoración:
Todos sabían que su lugar preferido era la capilla, de rodillas, delante del tabernáculo. Aquí se encontraba cada día ya a las 4 de la mañana para su primera hora de adoración. Los novicios, cuando bajaban a la capilla, lo encontraban frente a las estaciones del Vía Crucis. Durante el día, apenas disponía de momentos libres, estaba de nuevo en la capilla. Dentro o afuera de la casa, siempre tenía el Rosario en las manos.
La unión tan estrecha con el Corazón de Jesús en espíritu de reparación, que hacía agudo en él el sentido doloroso del pecado, le hacía todavía desear más la oración nocturna, a la manera de Cristo en el Huerto de los Olivos, de cara al suelo y los brazos en cruz.
La austeridad de vida y la entrega total de sí mismo:
Su decidido propósito de hacer “morir” cada deseo de la naturaleza se manifestaba en cada circunstancia. En general no quedaba ningún momento sin imponer a su cuerpo algo desagradable: nunca hacia la siesta o usaba sillones, nunca se apoyaba contra la espalda de la silla o de la tabla. Aprendía a desafiar la lluvia, la nieve, los fríos más intensos. Por eso una mortificación, tan constante y general, le facilitaba mucho el vivir perfectamente los votos de pobreza, castidad y obediencia.
En su habitación, fuera de la extrema sobriedad de muebles (sólo la cama, que no usaba; un escritorio con algunos estantes y un lavabo), tenía una lámpara de las más primitivas, mientras se preocupaba de que la sala de estudios de los novicios estuviera bien iluminada. No tenía estufa, pero la sala de estudios de los novicios estaba bien calefaccionada.
A pesar de ser muy exigente para sí mismo, se mostraba muy prudente y atento en llevar a sus novicios hacia un auténtico espíritu de mortificación: no permitía mortificaciones extravagantes; tenía el mayor cuidado de no imponer nunca a los otros su ascetismo personal, aunque los exhortaba a subir las cumbres. Insistía en la necesidad para cada uno de llevar la cruz.
Decía: “Su parte de la Santa Cruz es la que Dios le manda, esté contento con ella”. Así seguía para los otros la línea del P. Dehon, que enseñaba que no es necesario buscar las cruces, sino aceptar las que Dios nos mande. En este sentido escribe a un sacerdote: “No tenemos en la Regla mortificaciones corporales. Son la inmolación (entrega) del corazón y el abandono los que constituyen en nuestro Instituto el sacrificio principal”. Pero para sí mismo quedaba tenazmente fiel a su principio: Nunca una palabra de lamento. Era para él su vivencia de su profesión de amor y de inmolación. Para él había una gran relación entre amor y sacrificio. Decía a sus novicios: “El sacrificio es la prueba y la medida del amor. Sin sacrificio no hay amor”.
Su espíritu de penitencia tenía además una razón muy particular: ayudar y hacer volver a los “sacerdotes caídos” al amor del Corazón de Jesús y a la alegría de su vocación.
Su humildad y obediencia:
Era el hombre más humilde que uno podría imaginarse en sus actitudes, sus conversaciones, en todo su comportamiento. No hablaba nunca de sí mismo. En la biografía que escribió sobre la Madre Verónica, raras veces encontramos una referencia a sí mismo, aunque estaba muy relacionado con ella y su Obra.
En las conversaciones dejaba hablar a los otros, después tomaba la palabra, diciendo modestamente, hasta cuando tenía la razón: “Nos parece que…”. El plural en su boca era manifestación de modestia.
Escondía sus dones y talentos naturales como músico. Nunca hablaba de esto. Cuando escribía sus opúsculos pedía a los novicios más instruidos de leer las pruebas, solicitaba sus opiniones y no admitía que se levantare la cuestión de incompetencia, porque le gustaba comparar las luces de la teología con el buen sentido sobrenatural de las personas humildes.
Tenía una gracia especial para hacerse el servidor de todos, especialmente de sus hermanos sacerdotes.
Sabía agradecer los más pequeños servicios. Un día prometió rezar dos rosarios a un novicio que le había sacado brillo a un par de zapatos.
Sus libros se vendían bien, pero nunca hablaba de esto.
También era un modelo de obediencia. El 28 de enero de 1900 enfermó gravemente de pulmonía. Los cohermanos le pedían al P. Andrés de rezar por su curación. Respondió: “Dejemos hacer al Buen Dios”. Fue llamado urgentemente el P. Dehon, que llega desde Roma el 30 de enero y le ordena pedir su curación y 10 años más de vida a la Santísima Virgen. Así lo hace y después dirigiendo su mirada a su Superior le dijo: “Viviré diez años más por obediencia”. El 25 de marzo, el P. Prévot, restablecido, reemprende la vida de comunidad en Sittard.
En lo que más insistía a sus novicios era la obediencia. Pobres novicios cuando fueran sorprendidos en una infidelidad en la realización de una orden que había dado, hasta por olvido, y más todavía por mala voluntad…
Si a veces perdía su acostumbrada calma, era casi seguro de que se trataba de un asunto de obediencia. En este aspecto era muy intransigente. A veces, para probar a sus novicios en la virtud de la obediencia, les pedía cosas como llevar una maleta muy pesada a otro convento que quedaba unos 10 kilómetros de distancia, o vestirse con una sotana muy vieja y pasar así el día entero.
Su constante empeño por una caridad sin límites:
En todas sus conversaciones como en todas sus conferencias repetía: “Es necesario que dejen desbordar la medida de la caridad”, así como Jesús mismo, según San Juan, nos había amado hasta el extremo.
Había practicado ya la caridad para con los pobres durante su trabajo pastoral en Aix-en-Provence, Port-de Bouc, y Villeneuve. Regalaba todo, sin preocupación por sí mismo. Pero más exigente es vivir la caridad de cada día, en una comunidad como la de Sittard, de personas tan diferentes y de varias nacionalidades.
La caridad para con sus hermanos estaba en sus deseos, su corazón, sus labios, su acción: inspiraba toda su vida y todas sus virtudes. Hay tantos pequeños gestos reveladores en este sentido: como el de querer cambiar un vestuario nuevo que había recibido por el viejo de un hermano o ir al encuentro de los nuevos postulantes para llevar sus maletas.
Tenía una caridad especial para con los enfermos y los sacerdotes en dificultad. Una vez hizo un largo viaje a Berlín para intentar la vuelta de “la oveja perdida”.
A veces la presencia de diversas nacionalidades causaba tensiones, o suscitaba ciertos nacionalismos, pero el P. Prévot en medio de esto practicaba una imparcialidad admirable.
Como prueba que él era todo para todos aprendió el holandés y el alemán. Especialmente el alemán le costaba mucho. Debe haber hablado bastante bien el holandés, pues el 30 de diciembre de 1897 recibió por parte del Ministro del Interior permiso para la enseñanza secundaria en Sittard. Como tenía dificultad con el alemán, el P. Dehon nombró a un sacerdote alemán como su socio.
Ayudaba económicamente a otras comunidades de formación o pagaba parte de los estudios de algunos de los sacerdotes de su Congregación.
Su muerte
En 1913, es nombrado Asistente General de la Congregación a causa de la muerte del anterior asistente. El 17 de agosto, después de unos ejercicios espirituales dado a las religiosas de la Asunción en Copenhague, manifiesta señales de extremo cansancio con una leve hemoptisis. El 23 de noviembre comienza rápidamente a decaer, celebrando su última Misa. Muere el 26 de noviembre en la casa provincial de Brugelette.
Sus restos son expuestos durante tres días. Los funerales son presididos por el P. Dehon que lo conmemora como “su hijo más digno” y “el reparador por excelencia”. Sus restos mortales fueron sepultados en el vecino cementerio de Mévergnies.
El 17 de diciembre de 1913, una carta circular del P. Dehon, comunica a toda la Congregación que “nuestro santo ha muerto”, exhortando a todos a recoger las memorias y los ejemplos de sus virtudes heroicas.
El 26 de noviembre de 1936, los restos mortales del P. Prévot fueron trasladados a la capilla de la comunidad de Sittard-Leyenbroek.
El 21 de junio de 1956, se abre el proceso ordinario informativo para la beatificación del Siervo de Dios en Tournai. Siguen los procesos rogativos en Nîmes, Roma, Roermond y Amiens.






