Meditaciones para el Mes del Sagrado Corazón de Jesús

Extractadas del libro

AMOR, PAZ Y ALEGRÍA”

Mes del Sagrado Corazón de Jesús según Santa Gertrudis.

Por el R. P. Dr. André Prévot, de la Congregación Sacerdotes del Corazón de Jesús

DÍA 25

La vida de alegría en el Corazón de Jesús, según Santa Gertrudis

I. Vida de alegría, fruto preciosismo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

En la visión que más atrás empezamos, Nuestro Señor, después de haber hecho tomar a Santa Matilde en su divino Corazón los frutos dulcísimos de la alabanza y de la acción de gracias, le hizo tomar un tercer fruto, aún más precioso, el de la alegría espiritual.

El Señor le dijo a Santa Matilde: «Todavía espero de ti un fruto que sobrepuja a todos los demás”.

La Santa respondió: «¿Cuál será ese fruto, oh Dios mío, muy amado?”.

El Señor responde: “Es la alegría santa, por la cual derramarás sólo en Mí todas las delicias de tu corazón”.

«¡Oh, mi único Amado! ¿Qué haré para esto?»

Y Él respondió: «Mi amor lo hará en ti”.

Entonces, en un transporte de reconocimiento, ella exclamó: «Sí, sí; amor, amor, amor”.

Jesús repuso: «El amor de mi Corazón será todo para ti; Él proveerá a tus necesidades, como una madre tierna, para conservarte en plena alegría, y tú beberás en Él, sin cesar, el consuelo interior y una suavidad indecible”.

Según Santa Gertrudis, la alegría es una de las características especiales de la devoción al Sagrado Corazón. Gertrudis encontró en este divino Corazón la ciencia del júbilo, según la expresión de nuestras Sagradas Escrituras; ella quiere servir al Señor en la alegría y regocijarse siempre en Él, según los deseos de su Corazón todo amable.

Siempre su libro nos hace considerar bajo este aspecto la devoción al Sagrado Corazón. Ahora, ¿no será también preciso presentarla bajo este aspecto a los hijos nuestro siglo, tan débiles en virtud, tan llenos de desaliento, tan egoístas? ¿No será preciso atraerlos por la alegría, para conducirlos a la fuente de la alegría, que es el Corazón de Jesús, fons totius consolationis, para conducirlos a Aquél que es la alegría esencial de Dios Padre?

¡Oh! felices las almas que vengan a esta escuela a aprender la ciencia del júbilo, beatus populus qui scit jubilationem! A pesar de su debilidad, ya no temerán aceptar el yugo que el Corazón de Jesús les hará suave y ligero; dejarán, sin pesar, las falsas alegrías del mundo para ir a beber la verdadera alegría en las fuentes del Salvador. El sacrificio ya no los asustará, se les presentará lleno de suavidad; y aún la misma cruz no las desanimará, pues sentirán la unción de la gracia incesante que la endulza, el atractivo del amor que hace abrazarla con deleite.

«Sólo hacemos bien aquello que hacemos con alegría, cum delectatione» (Sto. Tomás). Si queremos, pues, que nuestras almas sirvan bien a Dios y amen bien al prójimo, es preciso que le demostremos la alegría en el servicio a Dios y al prójimo; servite in laetitia. ¡Oh! hagámoslo así. No desnaturalicemos las cosas: Dios es alegría; la verdadera devoción es alegría; el amor es alegría; el sacrificio es la fuente de la alegría; la cruz misma es la condición de la sólida alegría. Dilatemos, pues, nuestro corazón; la alegría nos invita; avancemos, nada temamos. ¡Regocijémonos siempre; adelantemos siempre en el amor y la alegría!

Il. VIDA DE ALEGRÍA, CONDICIÓN Y RESULTADO
DE LA AMISTAD DE NUESTRO SEÑOR

Estando Santa Gertrudis muy enferma (I, 285), se le aconsejó que renunciara por algún tiempo a las delicias de la contemplación, hasta que recuperara la salud. La Santa, que siempre prefería la opinión ajena, accedió al consejo que se le daba, con la condición de que le dejasen decorar las imágenes de la cruz de Jesús, y ella encontró en esta alegría sensible, la forma de consolar así a su único Amigo.

Una noche, en que no podía dormir, como se ocupaba dulcemente en preparar para el crucifijo un pequeño sepulcro de pajas, en el cual debían colocarlo el Viernes Santo, el Dios de bondad, que se complace en las obras más pequeñas de aquellos que le aman, se inclinó hacia ella y le dijo: «Alégrate en el Señor, amada mía, y Él te concederá lo que deseas en tu corazón”.

Y le hizo comprender que cuando el alma se regocija en el Señor, sea haciendo con alegría lo que es para su servicio, sea buscando alguna alegría sensible en las cosas que a Él se refieren, el Señor, que es tan bondadoso, la mira complaciente, se regocija en ella, como un padre feliz por la alegría de sus hijos, y se siente inclinado a concederle todo lo que desea para hacer su alegría completa.

Gertrudis dijo entonces al Señor:«¿Y qué gloria puedes sacar, ¡oh Dios amabilísimo!, de una alegría en que los sentidos tienen mayor parte que el espíritu?»

Jesús respondió:» Un usurero avaro, ¿no aprovecha toda ocasión para hacer valer sus fondos? Y bien, yo que he resuelto complacerme en ti, pongo todavía mayor empeño en no dejar perder nada de todo lo que me presentas para regocijarme y atraer sobre ti mis complacencias, aun un simple pensamiento, un movimiento de tu mano».

La santa respondió: «Si tu inmensa bondad se digna complacerse tanto en estas pequeñas cosas, ¿cuánto más lo hará en este pequeño poema que he compuesto para consolarte de los dolores de Tu Pasión?”

Y el Señor respondió:» Me complazco en ello tanto como el amigo a quien su amigo conduce, en medio de los más estrechos abrazos, a un jardín muy agradable para hacerle respirar un aire más suave, alegrarlo con el aspecto de diferentes flores, encantarlo con los sonidos de una dulce armonía, y refrescarlo con frutos exquisitos. Yo te devolveré también alegría por alegría, placer por placer, consuelo por consuelo. Y haré lo mismo con aquellos que leerán tu obra con los mismos sentimientos que has tenido al componerla”.

¡He aquí la amistad del Corazón de Jesús, he aquí la alegría! ¡Oh! ¿Por qué no haremos así en las pequeñas cosas, como en las grandes? Tratemos con Jesús, como hace un amigo con su amigo, alegrándolo con nuestra alegría y atrayendo sus complacencias sobre nosotros por el placer que encontramos a su lado.

Santo Tomás afirma bien claro que la alegría es la condición y el resultado de la amistad: el amigo, dice, pone su placer y su alegría en vivir con su amigo: convivit ei delectabiliter; se alegra con las mismas alegrías que su amigo: in eis delectatur; son dos condiciones indispensables de la amistad. Demuestra en otra parte que la alegría es el resultado directo del amor, y bajo un triple punto de vista. Si amo a Dios con un amor verdadero de benevolencia, me alegro porque posee todos los bienes que puedo desearle; si amo a Dios con un verdadero amor de unión, me alegro que por la caridad Él esté en mí y yo en Él; si amo a Dios con amor de concupiscencia, me alegro porque se da y quiere darse por siempre a mí con todos sus bienes (1).

He aquí el amor, el verdadero amor: dilatemos nuestros corazones para recibirlo; dilatemos nuestros corazones en la alegría, porque dilatación y alegría son lo mismo, según el Santo Doctor (2). Alegría y dilatación para que nuestro corazón así ensanchado reciba tanto amor como pueda contener, y dé a Jesús tanto amor y alegría como pueda darle.

Al contrario, cuidemos que la tristeza no venga a comprimir el corazón, a empequeñecerlo, a hacerlo más incapaz de amor, disminuyendo y destruyendo sus fuerzas para amar. Huyamos, huyamos de la tristeza, pues podría dañarnos y dañar los intereses del Corazón de Jesús: Fuge tristitiam, non est utilitas in illa (Huye de la tristeza, no hay utilidad en ella).

III. VIDA DE ALEGRÍA, INSEPARABLE DE LA VIDA DE SACRIFICIO

Santo Tomás afirma que la alegría es el fruto natural de la verdadera devoción, porque la verdadera devoción, es decir, la abnegación sincera, la vida de sacrificio, separa el alma de las cosas de la tierra que la ensucian y estorban, y porque la une a Dios, fuente esencial de toda alegría.

La vida de sacrificio será insoportable por nuestra debilidad, si no está ayudada por una santa alegría; lo mismo que la alegría espiritual no podrá ser duradera, si la vida de sacrificio no la alimenta. Es preciso que nos entreguemos al Señor con alegría, porque a Él le agradan las ofrendas hechas con un corazón alegre, hilarem datorem; es preciso acompañar todos los sacrificios que le ofrecemos, con la simplicidad de nuestro corazón y con la alegría de nuestras palabras, laetus obtuli universa, pues «una palabra de alegría le será más agradable que el mismo don». Y Él nos devolverá la misma medida de alegría, o más bien, como lo prometió, cien veces más de alegría, para animarnos en nuestros sacrificios y atraernos más y más a su amor.

Por medio de esta alegría que acompañaba todos sus actos, Gertrudis aumentaba su valor ante Dios, y daba a las más pequeñas cruces el peso y el mérito de grandes trabajos. Nuestro Señor la felicitaba por encontrar amables aún las más mortificantes disposiciones de su Providencia hacia ella. Cuando estaba desconsolada por las iniquidades de los hombres, venía Jesús a reposar en el corazón de Gertrudis: le enviaba, para expiar los pecados del mundo, algún dolor en el cuerpo o en el espíritu, y la Santa la recibía con gran alegría y reconocimiento, que el Corazón de Jesús se sentía muy consolado, muy alegre y muy dispuesto a perdonar.

Gertrudis, dando así alegremente a Jesús todo lo que le pedía, y no rechazando ningún sacrificio mereció, que, a su vez, Jesús nada le rehusase e hiciese rebosar en su alma por la abundancia de las gracias divinas, la medida de la alegría. Hagamos lo mismo, nada rechacemos al amor; démosle con alegría todos los sacrificios que Él pide; y luego, a su vez, pidamos con confianza; nada nos será rehusado y nos dará una alegría plena: ut gaudium vestrum sit plenum.

IV. ALEGRÍA UNIVERSAL Y PERPETUA DE QUE GERTRUDIS SE IMPREGNABA EN EL CORAZÓN DE JESÚS, EN EL CORAZÓN DE MARÍA, EN TODOS LOS SANTOS

Gertrudis bebía la alegría espiritual en su fuente inagotable, que es el Corazón de Dios. Una de sus prácticas queridas era la de aplicarse a consolar y alegrar a Nuestro Señor con la alegría misma de Su Divinidad: cum delectamento divinitatis tuae. Ella se complacía en hacer derramar esta alegría del divino Corazón sobre toda criatura, en el Cielo, sobre la tierra y en el Purgatorio, luego en hacer subir hacia Nuestro Señor el dulce concierto de las alegrías de sus criaturas, en las cuales le agrada regocijarse, leatabitur in operibus suis.

Gertrudis ofrecía así a Nuestro Señor esta alegría continua en las más pequeñas ocasiones. Por ejemplo, si tomaba algún alivio era para regocijarse, con esta alegría universal, a Nuestro Señor y a todas sus criaturas. Lo mismo todas las pequeñas alegrías que la Providencia multiplica en nuestro camino, llegaban a ser para ella, ocasiones de alegría universal. ¡Dios quiera adoptemos estas prácticas tan fáciles y consoladoras!

Gertrudis no olvidaba esta otra fuente universal de santas alegrías, el Corazón Inmaculado de María: causa nostrae laetitiae (causa de nuestra alegría). Nuestro Señor le enseñó especialmente el modo de prepararle una morada alegre en la Santa Comunión, apropiándose las alegrías inmensas del Corazón de su Santa Madre; y María misma se complacía en comunicar a su amada hija, con sus méritos y sus virtudes, estas alegrías especiales que en los diversos misterios de su vida, inundaron su alma y la alegraron en Dios.

En fin, Gertrudis bebía la alegría en el corazón de todos los santos. En muchas circunstancias Nuestro Señor le hizo ver (I. 340) de qué modo, por toda la alegría que experimentamos en los beneficios conferidos a sus elegidos, merecemos para nosotros mismos un aumento de alegría eterna, y nuestra alma se ilumina, desde aquí abajo, con un reflejo de la gloria de Dios en sus santos.

Un día, en que Santa Matilde se regocijaba muy en particular de los favores que Jesús concedió a Santa Inés, vio a esta gloriosa mártir, revistiéndola con sus propias virtudes, y el Señor le hizo conocer, que por la alegría que experimentamos a causa de las gracias concedidas a los santos, nos apropiamos de algún modo sus méritos.

Para medio de estas prácticas, se nos presentan tantas fuentes de alegría, como santos tenemos que honrar en el año; las alegrías de nuestros hermanos vienen a ser nuestras alegrías; sus gracias son nuestras gracias; su gloria nuestra gloria. ¡Oh amor! ¡Oh amor de Jesús y de sus santos! ¡Oh amor! ¡Oh alegría! ¿Por qué no se abre totalmente nuestro corazón para recibirlos? No estamos rodeados más que de amor y de alegría, ¿por qué temer? Oh! Dilatemos nuestros corazones; dilatemos nuestros corazones en el amor; dilatemos nuestros corazones en la alegría: Dilatamini et vos!

CONCLUSIÓN PRÁCTICA

1. Haz a menudo actos de alegría, porque Dios está siempre alegre, y porque le estamos unidos por el amor.

2. Ofrecer a Dios todos nuestros sacrificios con un corazón gozoso.

3. Alegrarse en toda ocasión, por la felicidad de los santos y por las gracias concedidas a nuestros hermanos.

NOTAS DEL AUTOR:

(1) La razón fundamental es que el amor hace suspirar al corazón por un objeto cuya posesión lo pone contento, de manera que se dilata para recibirlo con toda su capacidad. Ahora, este contento y esta dilatación, constituyen la alegría.

(2) Dilatare, latum facere; laetitia, latum facit.