QUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Nos encontramos en el Quinto Domingo de Pentecostés.
Como sabemos, en base a la Epístola del Domingo pasado, Cuarto de Pentecostés, hemos afrontado el tema de gran actualidad de la llamada Batalla Cultural, que, como ya hemos visto, y aún veremos más en profundidad, no sólo carece de un fundamento sólido, sino que el que posee es revolucionario.
Hemos terminado el Domingo pasado con esta sentencia: si el fin supremo del hombre lo constituye la contemplación de Dios, se sigue que la función más alta de la vida humana ha de corresponder al sabio, que está sumergido en esta divina ocupación.
Para que el hombre pudiese conseguir su salvación eterna, ha sido necesario que, aparte de las ciencias filosóficas, que se adquieren con las luces naturales, hubiera otra que, ayudada por la revelación, enseñase al hombre las cosas que son superiores a su comprensión, e incluso algunas de las que la razón humana puede descubrir.
Esta doctrina sagrada es ciencia; y dimana de los principios de la ciencia superior, que únicamente pertenece a Dios y a los Bienaventurados.
Esta ciencia sagrada, por la misma razón que trata de Dios como de la primera de todas las causas, es no sólo bajo un aspecto determinado, sino absolutamente hablando, sabiduría por excelencia entre todas las sabidurías humanas.
Esta ciencia sagrada es absolutamente la más noble de todas las ciencias, tanto las especulativas, como las prácticas.
Detrás del sabio, vienen las funciones de todos los que participan de él, que son aquellos que contemplan la verdad en sus grados más imperfectos, como los filósofos y los científicos.
Todo esto abarca el campo de la Verdad.
Detrás de sabios, teólogos, filósofos y científicos han de venir los que llevan a la práctica esta verdad, ya en sus propias vidas, ya en la colectividad social: verdad realizada, que constituye el dominio de la virtud y, por ende, del político.
Este es el campo del Bien.
Detrás ha de venir el dominio de la Belleza, el quehacer artístico, las Bellas Artes.
Finalmente, detrás viene el dominio de lo Económico, esto es, de los requisitos materiales de la existencia sujeta a las condiciones de necesidad y utilidad, propio de las industrias, las artesanías y los oficios de la tierra u otros.
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Ahora bien, la naturaleza de estos dominios, tanto en su condición interna cuanto en función del hombre, determina una ordenación jerárquica ineludible.
Lo Económico o dominio de la necesidad y utilidad y lo Artístico deben someterse a las regulaciones de la Virtud; y la virtud, a su vez, a las exigencias de la Verdad.
La jerarquía Verdad – Virtud – Belleza – Necesidades corresponde a la de Sabio – Político – Artista – Ecónomo; y una y otra jerarquía se fundan en las exigencias mismas del ser.
La Necesidad, Utilidad y Belleza no pueden lograr categoría humana, sino reciben la regulación de la Virtud; y ésta no puede constituirse en carácter de tal, sino surge como una ordenación de la Razón; y la Razón carece de fundamento sólido, sino es afirmada por la Verdad subsistente.
Tal es la conformación del hombre, que no puede perfeccionarse en su estructura física, sino por la incorporación de bienes materiales, sujetos a las necesidades; ni en su estructura moral, sino por el cumplimiento de la ley; ni en su estructura espiritual, sino por una total adecuación a Dios.
Tal es su conformación que de todas las cosas necesita para su perfeccionamiento, y que estas mismas cosas le empujan irresistiblemente a buscar en Dios la plenitud de su perfección.
Tal es su conformación que todo en él coadyuva para que pueda cumplir la operación más alta de su ser que es la de entender; y esto en el acto más alto de esta misma operación, que es la de entender a Dios, el más alto y soberano inteligible.
Tal es su conformación que encierra un misterio ontológico, porque su felicidad está hecha necesariamente a medida de Dios y no del hombre; esto es, que sólo la posesión de Dios puede colmar las apetencias innatas de su inteligencia hecha para la Verdad y de su voluntad hecha para el Bien.
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Una civilización que merezca el nombre de tal se constituye por la subordinación jerárquica de los cuatro valores mencionados:
– el Sabio, que considera la Verdad;
– el Político —rey o gobierno, cualesquiera sean los regímenes de suyo secundarios y accesorios—, que se propone imponer la virtud, la Bondad o Bien;
– el Artista, que debe expresar Belleza, la manifestación divina en la armonía de lo creado;
– el Ecónomo (industrial, comerciante, artesano, agricultor), que cuida del bienestar del cuerpo.
La Sabiduría para la inteligencia, la Virtud para la voluntad, la Belleza para campo inmenso y variado del saber hacer, el Bienestar o Salud para el cuerpo.
Y los cuatro símbolos que encierran todo lo humano son el Saber, el Poder, la Belleza y la Riqueza.
Si el hombre ha de buscar su perfección en la vida civilizada; y si ésta encierra valores económicos, artísticos, virtuosos y contemplativos, estos cuatro bienes ordenados progresivamente, han de hallarse en una auténtica civilización.
De acuerdo a esta escala de valores aparece claro que el hombre no se libera sino cuando, provisto de los recursos materiales y sosegado en su interior y exterior, entra en la contemplación de la Verdad.
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La cultura merece, pues, el nombre de tal sólo si culmina en la posesión del Soberano Bien.
Esta verdadera cultura está por encima de la política, la presupone necesariamente y la dirige, como la contemplación dirige y gobierna la acción.
La política por su parte presupone el arte y la economía y también los dirige, como la ética regula las fuerzas mecánicas e instintivas del hombre.
En esta subordinación jerárquica estriba la salud de estos valores y de toda civilización.
Si la Cultura rompe el lazo que la une con Dios, Primera Verdad, se constituye en fin en sí misma, y se profana, llevando la rebelión y la anarquía al dominio del Saber. Sin el Primer Inteligible, todo entender se trueca ininteligible. La civilización queda entonces entregada a la pura fuerza del Poder.
Pero el poder político pierde su razón de ser instrumento, y se convierte en fin en sí mismo. Y como erigido en valor absoluto, el poder político, cuya esencia es servir, no puede mantenerse, es necesariamente suplantado por las fuerzas inferiores de lo artístico y económico; y la sociedad, presa del materialismo, camina hacia la desintegración.
Es condición necesaria para que una civilización pueda mantenerse en su propio ser que, a través de todas sus relaciones y estructuras vitales, una fuerza de unidad unifique en la contemplación de la Verdad toda la diversísima complejidad de operaciones y funciones humanas.
Si la Verdad no logra mantener el centro de la unidad en el conjunto social, pronto se constituirá otro principio de unidad, que será el Poder o el Dinero, el Placer o el Trabajo. Pero esa sociedad, descentrada de su verdadero fin, quedará a merced de rebeliones profundas que acabarán por fragmentarla y disolverla en un proceso sin fin de anarquía y tiranía.
En este proceso de desintegración una norma de convivencia social —la contemplación de la divina Verdad— será substituida por otra esencialmente diversa —el Poder, el Dinero, el Trabajo—; y la sociedad cambiará esencialmente en la medida en que deja de ajustarse a las condiciones esenciales de su propio ser: la nueva civilización será necesariamente perversa.
Podríamos también señalar aquí que una sociedad puesta bajo el signo del Dinero, como la mercantil, o bajo el signo del Trabajo, como la comunista, será necesariamente atea, porque aun cuando el comerciante y el trabajador puedan creer en Dios, creerán en Él no en cuanto comerciante ni en cuanto trabajador sino porque son hombres, esto es porque son mucho más que comerciante y trabajador, pero eso no se reflejará en su accionar.
Luego una sociedad que erige como valor supremo de vida el Dinero o el Trabajo es, en cuanto ciudad, necesariamente atea.
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Incluso si el hombre hubiese sido creado en el estado que llaman los teólogos de pura naturaleza (no elevado al orden sobrenatural), la civilización reuniría en sí, jerárquicamente subordinados, bienes del cuerpo, bienes artísticos, bienes políticos y bienes religiosos.
El poder político, aunque estaría en la cúspide de todos los valores humanos, estaría subordinado a las leyes de la razón, y, sobre todo, a Dios Primera Verdad y Primer Bien, cuyos derechos constituirían el fundamento de todos los otros derechos y obligaciones.
Todo arrancaría de Dios y todo conduciría a Dios porque la civilización, destinada a perfeccionar al hombre, no haría sino inducirle a ponerse en conexión con la fuente misma de toda Verdad y de todo Bien.
En esa Sociedad reinaría, por encima de todos, el Filósofo, quien comunicaría especialmente al Político, al Prudente, las conclusiones prácticas, operables, de su contemplación para que éste, a su vez, con la disciplina de las leyes, levantase a la multitud popular, en la medida de lo posible, a la participación de la vida contemplativa del filósofo.
Pero el hombre, en la condición actual en que ha sido creado no puede por las solas fuerzas de su naturaleza realizar este estado de perfección exigido por una civilización humana. El hombre no puede ser verdaderamente hombre dejado al arbitrio de su sola voluntad.
El estado en que fue creado, llamado de justicia original, le garantizaba la plena integridad humana y la elevación divina.
En este estado podía el hombre, en virtud de auxilios gratuitos que perfeccionaban su naturaleza cumplir fácil y plenamente con su fin natural que es la contemplación humana de la Divina Verdad, y podía también en virtud de dones estrictamente sobrenaturales entrar en la misma sociedad Divina y tener acceso a la contemplación divina de la Divina Verdad.
Pero, al perderlo Adán con su prevaricación, comunicó a sus descendientes una naturaleza destituida de la justicia original en que fue creada y, por añadidura, una naturaleza caída y afectada de culpa.
Desde entonces el hombre nace sin la elevación sobrenatural y sin la integridad humana. No es divino ni plenamente humano. El hombre nace enfermo y herido en su naturaleza.
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Todo esto ha de ser tenido en cuenta cuando se habla de Cultura y de Batalla Cultural. No considerarlo, es dar batalla a la Cultura…, luchar contra ella…
Para comprender cómo se operó el paso de la sociedad cristiana, generadora de verdadera Cultura, con la Verdad, el Bien, la Belleza y el Bien Útil, a la nueva sociedad universal, que cultiva la mentira, la malicia, le feo y lo puramente deleitable, debemos considerar el punto de partida, el punto de llegada, el proceso intermedio y el instrumento que operó dicha transformación.
El punto de partida lo constituye la sociedad asentada sobre los valores esenciales de toda civilización, perfectamente diferenciados y jerárquicamente subordinados: la autoridad de la Iglesia, el poder político, los artistas, las clases económicas.
El Antiguo Régimen se componía de cuatro estados: el clero, la nobleza, la burguesía y el artesanado. A esto debemos sumarle el ámbito artístico.
Estados o ámbitos esencialmente diversos entre sí, porque responden a funciones esencialmente diversas, unidas por una común cooperación.
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El punto de llegada pretendido es una sociedad universal, sin diferencias religiosas, ni nacionales, ni económicas, ni de sexos.
Un igualitarismo universal en una común participación de bienes materiales, como vivienda, confort, alimentos, vestidos y placeres.
Una común participación hacia la universal y absoluta desintegración.
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El proceso de la transformación está señalado por tres revoluciones: la religiosa, la política y la económica.
Es decir, por la destrucción de la supremacía sobrenatural de la Iglesia en la Reforma; por la destrucción del Poder Político operada por la Revolución Francesa; por la eliminación de la burguesía de la vida social por la Revolución comunista.
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El instrumento de la transformación es la trilogía revolucionaria: libertad, igualdad y fraternidad.
Si se aplica esta trilogía a una sociedad cristiana, que comporta desigualdades económicas, políticas y religiosas, en virtud de su acción desaparecerá primero la jerarquía religiosa; y quedará una sociedad de libre examen, secularizada, entregada al absolutismo del poder público.
Si a esta sociedad absolutista y autoritaria se la aplica la trilogía, desaparecerá el poder público; y quedará entregada al dominio teórico de las muchedumbres, pero efectivo y práctico de las oligarquías adineradas, es decir, de la burguesía.
Le llega entonces el turno a la clase proletaria, es decir, a una nivelación más universal; universalización de naciones, profesiones, sexos y condiciones; esto es, la supresión teórica de toda autoridad, lo que significa en la práctica el reinado legal de la astucia y de la fuerza en manos de una camarilla internacional que prepara la entronización, a su vez, del amo del mundo.
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La Edad Media realizó, hasta cierto grado al menos, un ideal de auténtica cultura humana. El ideal de la vida cristiana —eminentemente humano— dio estructura propia a todas las formas de la vida cultural.
Buscando «el Reino de Dios y su justicia», anhelando alcanzar el ápice supremo de la posesión beatífica de Dios y preparándose en el tiempo para su consecución, el hombre medioeval organizó cristianamente su vida terrena en sus múltiples manifestaciones, con la consiguiente cultura.
La organización social (familiar, gremial y política), el arte, la moral, la ciencia, la Filosofía y la Teología brotaron armónicamente de aquella forma cristiana de vida.
La Edad Moderna, en cambio, paso a paso fue alejándose de Dios. Iniciado este proceso como un movimiento de independencia y superioridad del hombre frente al ser trascendente, como una conquista del propio hombre y de su conciencia personal, como un antropocentrismo opuesto al teocentrismo medioeval, paradojalmente estos principios han acabado destruyendo el propio ser del hombre y deformando su cultura hasta colocarlo en la dolorosa encrucijada actual, en que toda la cultura, las instituciones humanas y la vida espiritual y aun la misma existencia del hombre sobre la tierra están amenazadas de muerte.
Los bienes culturales, si bien continuaron siendo cultivados (y más que antes en no pocos sectores —científico, estético y técnico, por ejemplo—), arrancados de su unidad jerárquica humana, desarticulados del fin supremo trascendente y de la dirección auténtica de la vida y ser del hombre, perdieron también su sentido esencialmente humano, para acabar contra el propio hombre, convertidos en inhumanos.
Ha surgido así una desorbitación y desintegración de la cultura y de sus bienes: una técnica, un arte, una ciencia, extraordinarias en sí mismas, pero que atentan contra el propio bien y ser espiritual y hasta material del hombre y que amenazan aniquilarlo en todos sus aspectos.
Tal es la crisis por la que atraviesa la cultura actual en sus diferentes realizaciones de la técnica, del arte, de la ciencia y de la Filosofía. Ha perdido su sentido primordial, porque ha sido despojada de su esencial sometimiento al hombre, porque ha perdido su precisa ubicación en cada caso dentro de la unidad armónica del hombre.
Y ha perdido este sentido humano, que le es esencial, porque el hombre mismo ha perdido de vista su auténtico y definitivo bien trascendente que da sentido y organización a su vida en los diferentes aspectos dentro de su órbita y ubicación dentro de su unidad esencial.
Porque se ha desarticulado de su meta trascendente divina, la actividad humana se ha desorganizado y aniquilado, y la cultura, como proyección suya, se ha vuelto contra su propio autor…; perdida su subordinación a éste, se ha deshumanizado e inhumanizado.
Es inútil querer reorganizar la cultura desde la cultura misma; como es inútil querer reorganizar al hombre desde el hombre mismo.
Es inútil porque es imposible.
Tal actitud implica un desconocimiento y una deformación del ser y vida humanos, cuyo bien y meta supremos están más allá del hombre.
La cultura no saldrá de su crisis, no recobrará su sentido esencial, si no es integrada en una concepción católica, es decir ajustada a las exigencias de la verdad en un genuino humanismo; el cual, a su vez, sólo puede afianzarse y desarrollarse con la verdad y el bien del ser trascendente y, en última instancia, del Ser divino.
Todo intento de recuperación de la cultura ha de comenzar por la recuperación de la inteligencia; la cual, a su vez, no puede alcanzarse sin la recuperación de la Verdad y una reorganización en base a concepción teocéntrica del hombre y de su vida.
En definitiva, la Batalla Cultural de los liberales le hace el caldo gordo a la Batalla Cultural de los extremistas de izquierda, pues el mismo liberalismo es una etapa de la misma Revolución Cultural.
Dios mediante, veremos esto el próximo domingo.

