SAN AGUSTÍN: FRACASO DE CRISTO PARA NUESTRO CONSUELO

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (VI: 56-71

(Tratado 27)

El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece y Yo en él. De la misma manera que Yo, enviado por el Padre viviente, vivo por el Padre, así el que me come, vivirá también por Mí. Este es el pan bajado del cielo, no como aquel que comieron los padres, los cuales murieron. El que come este pan vivirá eternamente.” Esto dijo en Cafarnaúm, hablando en la sinagoga. Después de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: “Dura es esta doctrina: ¿Quién puede escucharla?” Jesús, conociendo interiormente que sus discípulos murmuraban sobre esto, les dijo: “¿Esto os escandaliza? ¿Y si viereis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha. Las palabras que Yo os he dicho, son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros quienes no creen.” Jesús, en efecto, sabía desde el principio, quiénes eran los que creían, y quién lo había de entregar. Y agregó: “He ahí por qué os he dicho que ninguno puede venir a Mí, si esto no le es dado por el Padre.” Desde aquel momento muchos de sus discípulos volvieron atrás y dejaron de andar con Él. Entonces Jesús dijo a los Doce: “¿Queréis iros también vosotros?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.” Jesús les dijo: “¿No fui Yo acaso quien os elegí a vosotros los doce? ¡Y uno de vosotros es diablo!” Lo decía por Judas Iscariote, hijo de Simón, pues él había de entregarlo: él, uno de los Doce.

Desde entonces muchos discípulos suyos se volvieron atrás y ya no andaban con Él.

Esto sucedió, quizás, para consuelo; porque a veces sucede que un hombre dice la verdad y no se comprende lo que dice, y quienes lo oyen se escandalizan y se retiran.

Por otra parte, le pesa a ese hombre haber dicho lo que es verdadero; dice, en efecto, para sus adentros ese hombre: “No debí hablar así; no debí decir esto”.

He aquí que le sucedió al Señor: habló y perdió a muchos, se quedó para pocos.

Pero Él no se turbaba, porque desde el inicio sabía quiénes serían creyentes y quiénes no.

Si nos sucede a nosotros, nos perturbamos.

Hallemos solaz en el Señor.

Y, sin embargo, digamos cautamente las palabras.