Extractadas del libro
“AMOR, PAZ Y ALEGRÍA”
Mes del Sagrado Corazón de Jesús según Santa Gertrudis.
Por el R. P. Dr. André Prévot, de la Congregación Sacerdotes del Corazón de Jesús
DÍA 17
Vida de reparación
(Continuación)
§ DISPOSICIONES CON QUE EL ALMA EUCARÍSTICA
DEBE ANIMAR SU VIDA DE REPARACIÓN
Las reducimos a tres disposiciones de Santa Gertrudis: la voluntad plena, la gratitud, el deseo ilimitado.
Para que la reparación que ofrecemos al Corazón de Jesús le sea enteramente agradable, es preciso que salga desde el fondo de su corazón, que le seamos agradecidos porque se digna servirse de nosotros para consolar sus dolores y la salvación de nuestros hermanos. Para que esta reparación sea completa, es preciso que con nuestros deseos, la aumentemos a medida de los males que queremos reparar, y que, al unirnos a las satisfacciones del Salvador, le procuremos un mérito tan extenso como nuestros deseos.
1. Ya vimos cómo Santa Gertrudis, con gran voluntad de satisfacer por todos los pecados del mundo, logró a través de sus ardientes oraciones y afectuosas caricias, apaciguar al Señor irritado, y hacerlo propicio para con los pobres pecadores.
2. Así mismo porque recibía con agradecimiento los sufrimientos que Jesús enviaba a su cuerpo o a su alma, para expiar los crímenes del mundo, su sacrificio era recibido en olor de suavidad, que consolaba por completo al dulcísimo Salvador. Jesús le enseñó que la gratitud da valor a los sufrimientos más pequeños y compensa lo que podría faltarles como valor satisfactorio.
3. Gertrudis, como le enseñó el Salvador, acompañaba sus más pequeñas obras satisfactorias con una intención universal y deseos ilimitados; para suplir la impotencia de sus deseos, se unía a las satisfacciones de Jesús y de sus santos, y llenaba así los deberes de la reparación.
§ 4. MEDIOS PRÁCTICOS PARA MULTIPLICAR LOS RECURSOS DE REPARACIÓN
Expondremos muchos, tan fáciles como consoladores, sugeridos por Santa Gertrudis y que pueden llegar a ser de suma riqueza, cuando se usan de acuerdo con el espíritu que la animaba.
1. El abandono.- El mal que queremos reparar proviene de la rebelión de los hombres contra la Voluntad de Dios, que dispuso cada cosa para el mayor bien de todos; el remedio y la reparación se encuentran, conformándonos y abandonarnos completamente a esta Voluntad tan sabia y bondadosa. Desde otro punto de vista, si Nuestro Señor quiere servirse de nosotros para la obra de la reparación, no olvidemos que para esto, necesita almas que se le abandonen completamente, de las que pueda disponer como quiera. Si las encuentra, realizará en ellas esta obra tan necesaria, de un modo suave para estas mismas almas, consolador para su Corazón divino, fructuoso para la Iglesia. No hay más que dejarle obrar y abandonarse a Él (1). Visto de esta manera, y sin duda es el punto de vista más verdadero, la reparación no ofrece nada de terrible, nada de triste, nada de penoso: es una obra excesivamente buena, suave, pacífica, por medio de la cuál nos entregamos como instrumentos dóciles, entre las manos bienhechoras de Jesús, a la disposición de su Corazón tan tierno y misericordioso, a fin de que por nosotros y en nosotros derrame el bálsamo por todas partes, cure todo mal, consuele todo dolor, restaure por doquier el orden y la paz. Y, ¿no comenzará Él por nosotros mismos, no seremos los primeros que curará, consolará, pacificará, restablecerá en el orden y la abundancia de todos los bienes? ¿Qué tendremos que temer y por qué nos inquietamos? Abandono, abandono sin temor y para siempre a Aquél que es todo paz, todo suavidad, todo orden y todo bien.
2. La humildad. – Siendo el orgullo el principio de todo pecado, resulta que la humildad destruye el pecado de raíz, agota en su misma fuente los males que produjo, y repara directamente la ofensa que ha hecho a Dios. Es también la humildad el carácter especial de la reparación de que Jesús nos da ejemplo en la Eucaristía; allí, más todavía que en su Encarnación, se aniquiló, despojó no solo de la forma divina, más aún de la forma humana, no presentando a nuestros sentidos, más que una simple apariencia sin realidad. Alma eucarística, he aquí tu modelo: la humildad es la principal virtud del alma eucarística, así como la humillación es tu vía ordinaria: déjate humillar, ocúltate, guarda silencio, despójate, tanto como puedas, de tu personalidad; déjate reducir a la nada; sé sumisa a toda criatura; no te estimes en nada; soporta todos los sucesos adversos, todos los olvidos, todos los desprecios; soporta todas las contradicciones, todas las equivocaciones, sin decir nada para tu justificación; guarda silencio, como Jesús en la Eucaristía, siempre y en todas partes cuando se trata de ti mismo: en su Pasión Jesús apenas habló alguna palabra; en la Eucaristía, se calla completamente; imítalo, pues te da ejemplo, Él, el Maestro, a ti, el pequeño servidor, para que obres como Él. He aquí la inmolación que pide de ti, una inmolación que no es tan aterradora como la del Calvario, y que además su gracia la hará suavísima, pero inmolación que no es menos seria, inmolación que hará tu amor propio por la causa de Jesús, inmolación que te hará sincera y eficazmente reparadora.
3. La adoración, la alabanza, la acción de gracias. – Demostramos en otra parte cómo pueden ser satisfactorias y qué medios ofrecen al alma para la reparación (2).
4. La Cruz. – Por medio de la Cruz, Jesús reparó todos los pecados del mundo; el Sacrificio eucarístico es la reproducción del Sacrificio de la Cruz. Todas nuestras penas son, en el plan general de la Redención, un medio para unirnos a la Cruz de Jesús para reparar nuestros pecados y los de nuestros hermanos. Aceptémoslas con este espíritu. Abandonémonos dulce y amorosamente, sin temor y sin reserva, a todas estas cruces providenciales que Jesús nos envía, en su Misericordia; dejémosle hacer enteramente su obra de expiación. Por medio de estas cruces y por los sacrificios que su gracia nos hará añadirles, completaremos lo que falte de nuestra parte en la Pasión del Salvador, para su Cuerpo, que es la Iglesia; así cooperaremos con la gran obra de reparación que Jesús obró por el Sacrificio del Calvario y que aplica a nuestras almas por el Sacrificio de la Eucaristía.
5. El amor. — El amor que todo resume y completa, el amor que da todo su valor a las otras reparaciones, y que puede suplir a todas. El amor del alma eucarística es el bálsamo para las llagas del Corazón de Jesús, es una dulce recompensa por todos los homenajes que se le han privado, una satisfacción agradable por todos los ultrajes que le hicieron soportar.
Amemos, amemos, y esto basta; amemos por nosotros mismos, amemos por nuestros hermanos; consumámonos en el amor; difundamos, por todas partes, el amor en torno nuestro.
Rodeemos de amor a Jesús, dejémosle en nuestro corazón y por nuestro corazón, amar tanto como lo desee, tanto como lo necesite; llevémosle pronto, todo el amor que pide en retorno, concentrando en nuestro corazón el afecto de todas sus criaturas para ofrecérselo. Pongamos todos nuestros esfuerzos para que nuestro único Amigo ame y sea amado tanto como Él quiere y ésta será la más dulce reparación que podamos brindarle.
El alma eucarística que difunda el amor en torno suyo, reparará todo el mal a su alrededor; el alma eucarística que cubra con su amor a sus hermanos tanto como pueda, contribuirá tanto como le sea posible a su perdón y su salvación.
Como Magdalena, el alma que ama mucho por sí misma y por sus hermanos, obtiene que muchos pecados le sean perdonados a ella y a sus hermanos: Remittuntur peccata multa, quoniam dilexit multum [Muchos pecados le son perdonados, pues ha amado mucho]. (Luc. VII, 47).
NOTAS DEL AUTOR:
(1) Es decir, a su Providencia que nos hará ligero el peso de los sacrificios necesarios, y a su gracia que nos inducirá a tomar sobre nosotros el yugo suave de los sacrificios voluntarios.
(2) No tenemos que hablar de la comunión reparadora, misa reparadora, adoración reparadora, etc., que por lo demás, van unidos a los medios que indicamos.

